Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Fragmento:


Hoy, sin embargo, las cosas parecen... diferentes. Por primera vez en semanas, hemos recibido la visita de una caravana: diez hombres y mujeres bajaron desde Humanes, tirando de un par de caballos que parecen tan exhaustos como nosotros. Son el grupo de Iván, uno de esos líderes jóvenes que ha conseguido conglomerar aldeanos y restos de urbanización a medio camino entre los núcleos rurales y los márgenes de la antigua M-506. Han traído sacos de trigo, algo de sal, y –maravilla de maravillas– unas pocas botellas de penicilina que han logrado canjear en Móstoles. A cambio hemos dejado media docena de latas de conserva (bendito aquel infiltrado que vació todo el Día a tiempo y las guardó hace años), un generador pequeño, y la promesa de socorrerles si el grupo de saqueadores de la carretera vuelve antes del invierno.

Duración: 11:41

El humo de las ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

23 de Noviembre de 2024

Querido diario:

El frío ya se siente al abrir la puerta del almacén, aunque aún quedan semanas para el verdadero invierno. No es un frío normal: es ese aliento que brota de los escombros, que se cuela entre la ropa remendada y el acero oxidado de los tejados y que parece helar hasta los pensamientos. A ratos creo que es peor el silencio –ese silencio denso que cayó sobre Fuenlabrada desde que la última horda cruzó la vía del tren hacía el sur y dejó vacías calles y compuertas de garaje. Pero sé, por alguna razón, que ese silencio es lo único que aún nos mantiene cuerdos.

Hace casi cinco años que el mundo se terminó. Solo que nos llevó más tiempo darnos cuenta de lo definitivo: los meses de confusión, boinas militares por las calles, ambulancias en ruina, supermercados desbordados de gritos y sudor, el rumor de internet que moría como la batería de un móvil sin enchufe. Ahora Fuenlabrada apenas es una cicatriz extendida sobre el cinturón sur de Madrid, un amasijo de gente, pedazos de ciudad fortificada a medias y ruinas en el extrarradio, donde ni los saqueadores ni los infectados se atreven a dormir.

No escribo mucho, pero ahora que nos han dado este cuaderno –hallado en algún estante del antiguo centro cívico– me robo minutos cada noche para que no se pierda del todo lo que estamos viviendo. Quizá lea esto alguien, algún día; quizá solo lo entierre con mis huesos si acabo convertido en otra sombra por la avenida de Europa. En cualquier caso, todos tenemos miedo a olvidar.

Hoy es uno de esos días en los que pesa el recuerdo de antes. De cuando almorzar era asunto de menú, ir en metro suponía relajar el cuerpo, y Fuenlabrada era solo un nombre de ciudad dormitorio, no una fortaleza de supervivientes. Los viejos aún cuentan cómo durante el primer invierno de la plaga se oían tiros toda la noche cerca de Loranca. Dicen que la gente se apretujaba en los portales, que hubo días en que nadie dormía. Los relatos de aquellos meses han acabado por convertirse en leyendas: la huida del último convoy militar, el matadero de zombis en el estadio Fernando Torres, la caída del hospital. Los que estamos aquí somos los hijos de esa supervivencia.

Hoy, sin embargo, las cosas parecen... diferentes. Por primera vez en semanas, hemos recibido la visita de una caravana: diez hombres y mujeres bajaron desde Humanes, tirando de un par de caballos que parecen tan exhaustos como nosotros. Son el grupo de Iván, uno de esos líderes jóvenes que ha conseguido conglomerar aldeanos y restos de urbanización a medio camino entre los núcleos rurales y los márgenes de la antigua M-506. Han traído sacos de trigo, algo de sal, y –maravilla de maravillas– unas pocas botellas de penicilina que han logrado canjear en Móstoles. A cambio hemos dejado media docena de latas de conserva (bendito aquel infiltrado que vació todo el Día a tiempo y las guardó hace años), un generador pequeño, y la promesa de socorrerles si el grupo de saqueadores de la carretera vuelve antes del invierno.

Cuando la caravana llegó, todos salimos a los balcones, colgando trapos de colores para señalar que hay vida, que hay vigilancia. Todavía usamos las señales que acordamos justo después del segundo año de plaga: sábanas blancas, para el paso seguro, y cortinas rojas si alguna amenaza acecha. Hoy, la ciudad era una constelación de paños blancos. Es la única fiesta posible en estos tiempos.

Hemos reforzado los muros hace unos días. Miguel, nuestro herrero –antes conductor de autobús–, ha logrado reciclar vallas y chatarra hasta soldar una barricada decente en la entrada de la avenida de la Universidad. Los niños, que ahora son expertos en buscar clavos y cable de cobre en cualquier esquina, ayudaron a tropezones con sus manos escuálidas. Los saqueadores han atacado dos veces desde el verano: la última vez perdimos a Luis, un guardia que soñaba con ser cocinero. El cuerpo lo encontramos fuera, al amanecer, con las huellas evidentes de una pelea. Se ha corrido la voz por las barricadas: a partir de esta semana, turnos dobles en la vigilancia.

En algunas calles aún queda un zombi de vez en cuando. Ya no caminan como antes, ya no corren; los viejos de la plaga parecen sacos secos, enredados en los tendederos o atrapados bajo contenedores volcados hace años. Pero ninguna zona es segura. En la biblioteca, bajo el polvo, aún yacen tres o cuatro cuerpos cerrados entre estanterías; no nos atrevemos a limpiar del todo, y el olor a podrido ha ido pasando a ser uno de los tantos perfumes de Fuenlabrada.

Sigo anotando: el recuerdo de cómo fue el último ataque importante, en julio. Era noche cerrada; sobre el polígono industrial se oyó un estruendo de motor, y luego gritos. Unos tipos –¿de Leganés, de Parla?– intentaron cruzar la zona entre La Serna y Parque Miraflores. Pensaron que iban a pillar a los nuestros desprevenidos. Pero habíamos minado el paso con botellas, cables y hasta viejos microondas llenos de explosivo casero. Cayeron dos; los demás huyeron. Saqueamos sus mochilas al día siguiente. Desde entonces, el consejo –el grupo de seis que se erigen como nuestros representantes– ha decidido que la zona oeste estará fuertemente vigilada. Al amanecer, siempre se despierta uno preguntando por los caballos de guardia en ese lado.

Al margen de la seguridad, el mayor temor sigue siendo la comida. Este otoño el huerto del antiguo colegio Juan de la Cierva ha dado un poco más que el año pasado. Las patatas, cebollas y algo de acelga crecen a trompicones en la tierra maltratada, pero Verónica, nuestra jardinera jefe (antes era cajera en El Corte Inglés), asegura que el próximo año podremos plantar garbanzos. La nave donde guardamos las semillas es, junto con el pozo y el dispensario de medicinas, el lugar más protegido de todos. A veces, me da miedo que dependamos tanto de tan poco.

El agua, ah, el agua. Se nos ha colado un problema hace un par de semanas: una de las bombas del pozo se ha atascado. Cada día mandamos a un par de chavales a revisar la tubería que recorre lo que fue la piscina municipal. Cuando la presión baja, nos toca caminar hasta las afueras –donde la urbanización aún conserva dos pozos abiertos– para llenar garrafas. El consejo ha impuesto raciones justas: un cubo por familia, y nada de usarla para lavar ropa más de una vez por semana. He vivido guerras por menos.

En cuanto a la vida de puertas adentro, todo gira alrededor de la plaza más resguardada, la que antes albergaba algún bar y la churrería de los domingos. Ahora es nuestra ágora, por decirlo así. Allí, cada viernes, se celebra el mercado: gente de asentamientos cercanos venía a cambiar harina por algo de ropa o medicinas. El trueque ha vuelto a regirlo todo: los extranjeros de la tele han pasado a ser los supervivientes de otro bloque, y monedas solo existen para mantener las puertas cerradas.

Esta mañana he visto a los niños jugar. Es raro ver esperanza en sus gestos: son chicos nacidos ya en tiempos de plaga. No entienden del todo los chistes de los adultos cuando recordamos cómo era ver un partido en el Torres o pasear por la Calle Hungría de noche; para ellos, la ciudad es este cascarón roto y peligroso, pero lo aceptan con una naturalidad dolorosa. Han hecho una especie de comba con cable eléctrico, ríen, corren, desafían las miradas tristes de sus padres. A veces pienso que son ellos los que sobrevivirán de verdad a esto.

Por la noche, durante la guardia, el cielo se ve limpio por primera vez en meses. El apagón terminó con la contaminación; se ven estrellas que nadie recordaba. Un par de veces, las luces de linterna de la caravana de Humanes parpadean en la distancia: han acampado fuera, por miedo a atraer ruido o provocar una avalancha de los pocos zombis que quedan. El consejo les ha ofrecido cama, pero la desconfianza lo puede todo. Nadie duerme sin su cuchillo bajo la almohada.

La radio militar aún funciona a ratos. Los técnicos (antes, distribuidores de gas) la han reparado con piezas viejas de transistor. Hace tres noches interceptamos una transmisión, oculta en una frecuencia baja: hablaban en clave sobre un gran asentamiento en Móstoles, de cientos de personas, muros altos y alguna suerte de generador hidroeléctrico. Son solo rumores, pero se multiplican los relatos de “ciudades grandes” amuralladas y fortificadas. Aquí, ese sueño parece un proyecto imposible: bastantes problemas tenemos ya con mantener a raya a los saqueadores, los zombis desesperados y la hambruna que asoma cuando se acaba el otoño.

Alguna vez se ha hablado de enviar un grupo de exploradores hacia el centro de Madrid: se dice que hay allí laboratorios ocultos, que algunos científicos lograron resistir y, quizás, aún investigan cómo detener la infección. Pero el riesgo es tan alto que el consejo lo prohíbe. Ir al centro es firmar una sentencia de muerte; los túneles del metro están dominados por hordas que no se atreven ni a salir durante el día. Ni siquiera los peores bandidos se animan: el viejo mundo ha quedado atrapado bajo el asfalto.

No todo es miedo. Hay noches como ésta, tras la llegada de la caravana, en que la gente se reúne a contarse historias en torno a una hoguera en la plaza. Alguien toca la guitarra, un instrumento que sobrevivió con parches y cuerdas improvisadas. Se escuchan canciones viejas, casi como mantras, y relatos de otros tiempos. Algunos recuerdan la feria, el ruido de un partido de fútbol, la ilusión de las fiestas patronales. Otros, más jóvenes, solo conocen las leyendas de la resistencia de Fuenlabrada contra bandidos y zombis. Mientras el fuego arde, la gente se mira a los ojos y, por un rato, no hay más hambre ni temor. Solo la certeza de estar vivos.

En algún momento de la noche, me acerqué a Pilar, la médica. Me contó que ha detectado dos nuevos casos de fiebre sospechosa; el miedo siempre es el mismo: que la plaga haya encontrado la manera de regresar con formas nuevas, de volver tras las murallas y dejar otra vez vacío el pueblo. Pero no parece nada grave, solo infección común: exceso de humedad y mala alimentación, los males de siempre.

Mañana, las tareas continúan. Hay que terminar de reparar la cerca nueva, revisar otra vez el motor de la torre de comunicaciones y preparar las trampas alrededor del Centro Comercial Plaza Loranca, donde últimamente se ha visto movimiento sospechoso. Las patrullas ya han recorrido el perímetro este, entre el polideportivo y los bloques de la calle Francia; por el momento, ninguna señal de zombis, ni de saqueadores.

He recogido algunas hojas secas de los árboles del parque para prender la estufa. Antes se consideraba un desperdicio ensuciar así, ahora nada se tira. La madera es oro, igual que el combustible, igual que cada cartucho de munición. A pesar de todo, la vida sigue. Conservamos algo de dignidad, y cada noche agradezco despertar con la protección de los muros, las miradas vigilantes de mis vecinos y la promesa de otro día.

No sé qué será de nosotros el mes que viene, ni si lograremos sobrevivir al invierno. Pero, por lo pronto, seguimos aquí. Somos la última Fuenlabrada, la ciudad de los supervivientes, la que resiste. Mientras este diario siga sumando palabras, continuaré dejando estas huellas de nuestra pequeña victoria diaria.

Quizá, alguna vez, alguien vuelva a llamarnos ciudad.

Buenaventura, 23 de Noviembre de 2024

(fin del registro)

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