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Portada del relato Ecos entre las ruinas de Fuenlabrada
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Fragmento:


El sol apenas asoma, solo insinuando claridad tras las nubes pesadas y un aire tan frío que congela la piel en cuestión de minutos. José entreabre los párpados y respira hondo: todo huele a polvo, a madera vieja y a sábanas sudadas. Hace semanas —quizá meses— que no duerme de un tirón. En Fuenlabrada, como en casi todo el sur de Madrid, dormir profundamente es un lujo de nostálgicos o insensatos. Nadie recuerda el último día sin sobresaltos. Los ruidos emergen del silencio como latidos lejanos: una ventana vibrando al compás del viento, el graznido afónico de un cuervo, un golpe sordo que podría ser una rama arrastrada... o algo mucho peor.

Duración: 10:33

Ecos entre las ruinas de Fuenlabrada
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2021

El sol apenas asoma, solo insinuando claridad tras las nubes pesadas y un aire tan frío que congela la piel en cuestión de minutos. José entreabre los párpados y respira hondo: todo huele a polvo, a madera vieja y a sábanas sudadas. Hace semanas —quizá meses— que no duerme de un tirón. En Fuenlabrada, como en casi todo el sur de Madrid, dormir profundamente es un lujo de nostálgicos o insensatos. Nadie recuerda el último día sin sobresaltos. Los ruidos emergen del silencio como latidos lejanos: una ventana vibrando al compás del viento, el graznido afónico de un cuervo, un golpe sordo que podría ser una rama arrastrada... o algo mucho peor.

Se incorpora con lentitud en el improvisado catre, instalado en lo que alguna vez fue una sala de profesores del instituto Salvador Allende. Hace exactamente seis meses que la pequeña comunidad de supervivientes transformó el centro educativo en refugio: aulas con camas de mantas, despachos que guardan latas y tarros, el gimnasio convertido en almacén, el patio trasero reforzado con alambre espino y muebles apilados. La biblioteca fue fortificada para servir de sala de reuniones y, cuando se puede, de comedor.

José escucha a su lado la respiración entrecortada de su hija, Laura, que duerme abrazada a la manta, el rostro escondido. Recuerda la Navidad anterior, aún en aquella casa de Loranca. Hubo regalos, turrón, planes para el futuro... un mundo que ahora parece remoto como una leyenda. Laura tenía ocho años cuando aparecieron los primeros rumores de muertos que caminaban y atacaban a los vivos. Ahora, a sus casi diez, lo que conserva de la niñez es apenas el susurro de una canción infantil tarareada en sueños, entre madrugadas de vigilias obligadas.

El paso del invierno sobre Fuenlabrada se nota en todo: el silencio congelado de la mañana, el vaho que escapa de la boca al respirar, la dificultad para encender la pequeña estufa con los restos de madera encontrados en los derribos. Las calles están desiertas, salvo por los rastros de alguna horda errante: charcos oscuros en el asfalto, huellas medio enterradas en la escarcha, y esa sensación indescriptible de un peligro acechante, incluso cuando parece que todo está en calma.

Recostado junto a su hija y los otros seis miembros del grupo —Ricardo, un enfermero sesentón que fue la voz de la calma durante los peores días; Paloma, su compañera, que aún colecciona semillas y sueña con cultivar de nuevo; los gemelos Salva y Mario, apenas adolescentes, astutos como ratas y veloces como liebres; Rosa, la anciana del piso de arriba, silenciosa salvo cuando relata historias imposibles al calor de la vela—, José repasa mentalmente el plan para el día: revisar la trampa colocada en el aparcamiento del centro, vigilar el perímetro sur (donde una verja cayó a causa del peso de la nieve), y, si la suerte acompaña, salir hasta la Plaza de la Constitución para intentar conseguir algún bien que pueda intercambiar en el mercado improvisado de la Iviasa, dos manzanas más allá.

El principal asunto que les angustia, sin embargo, es el hambre. El colapso de los sistemas de abastecimiento no solo trajo la escasez de comida industrial —casi todos los supermercados están saqueados y sus restos esparcidos bajo capas de polvo—, sino también el temor constante a la desnutrición, la enfermedad y el frío. Las latas rescatadas del Día y el Lidl hace meses se están terminando. Las patatas y cebollas que Paloma logró sembrar tras los primeros deshielos apenas comenzaron a crecer. Cada desayuno, cada comida, es una suma de recuerdos y carencias. El agua —decantada con esfuerzo y hervida en pequeños lotes— es racionada y vigilada con el mismo fervor que la munición limitada.

Al primer tintineo de la alarma improvisada —una sarta de latas colgadas frente al bloque A del instituto— José reacciona instintivamente: cuchillo en mano, señala a Laura que se esconda tras la mesa. No son zombis; lo sabe por el modo en que las latas repican rápido y breve, un código convenido para anunciar la llegada de amigos (o aliados temporales). Ricardo, desde el despachillo, asoma la cabeza y le hace un gesto rápido: es Olga, la mujer que dirige uno de los grupos en la fábrica de Coca-Cola cercana, ahora reducto de más supervivientes, algunos armados y no todos igual de fiables.

Olga llega siempre envuelta en una parka militar y un gorro de lana, los ojos oscuros e inquisitivos, la escopeta colgada de un hombro y la bolsa de lona repleta de cosas extrañas: pequeños tesoros obtenidos quién sabe cómo. Esta vez viene acompañada de un hombre que, por su aspecto, nadie reconoce. La prudencia es ley. Olga saluda, se sienta, y espera a que José, como portavoz, le ofrezca agua tibia y algo de pan duro. El desconocido apenas habla: responde con monosílabos, mientras mira la estancia con desconfianza.

La conversación es tensa; sólo de vez en cuando hay destellos de camaradería. Traen noticias inquietantes: hace dos noches, una banda llegó desde Móstoles y atacó a un grupo en el centro comercial Plaza Loranca 2. Saquearon todo, dejaron heridos y se llevaron casi todo el material útil. Seguramente seguirán hacia Leganés o Getafe. Hay que mantener vigilancia extra. La frontera entre los vivos es más volátil y peligrosa que la amenaza de los muertos, comenta Olga, y nadie se atreve a contradecirla. Ellos han visto los cadáveres, humanos y no humanos, apilados en calles, en entradas de portales, en el asfalto cubierto por una costra de hielo.

Antes de retirarse, Olga deja media barra de pan rescatada de una despensa abandonada en la calle Hungría. José ofrece a cambio una vela y dos pastillas de paracetamol; un trueque justo en estos días, incluso generoso. Laura se atreve a salir y observa al desconocido; la niña es toda huesos y ojos, pero transmite una mezcla de inocencia y determinación. Olga la despide con una sonrisa triste y un apretón de manos, como haría una hermana.

La mañana avanza entre tareas rutinarias y miedos latentes. Salva y Mario, los gemelos, regresan tras comprobar las trampas: han conseguido atrapar un conejo famélico, lo que significa una comida un poco menos raquítica para todos esta semana. La euforia dura poco; son conscientes de que habrá que salir a buscar leña o combustible, y de que las hordas, aunque reducidas por el frío, siguen inmóviles en las sombras, esperando pacientemente que la primavera las devuelva a la vida.

Es al mediodía cuando toman la decisión más difícil. Paloma, Rosa y Laura permanecerán en el instituto; Ricardo y los gemelos escoltarán a José en una incursión rápida hacia el antiguo polideportivo Fernando Martín. Allí, según rumores, podrían quedar medicamentos o algo de comida olvidada en los despachos. Saben que es arriesgado, pero el hambre acucia y algunos vecinos siguen faltando desde hace días. José besa a Laura en la frente antes de partir. Le promete que regresará antes del anochecer; lo repite, aunque la incertidumbre le arañe el estómago más que la propia falta de comida.

La caminata por la avenida de Europa es una mezcla de suspense y dolor: los escombros de coches quemados, grafitis alertando de zonas “peligrosas”, bolsas de basura petrificadas bajo la escarcha. Salva y Mario avanzan ágiles, atentos a cualquier sonido. Desde las ventanas de edificios abandonados les vigilan miradas invisibles; en este nuevo mundo, todo el que sobrevive es potencialmente enemigo, salvo contadas excepciones forjadas por la más dura necesidad.

El polideportivo está rodeado de neumáticos, carros volcados y una barricada improvisada. No hay señales recientes de movimiento, pero el hedor —a carne podrida y humedad— es inconfundible. Ricardo, siempre meticuloso, revisa la entrada, mientras Salva y Mario se adelantan para controlar los pasillos laterales. José siente cómo el pulso le retumba en las sienes. Nadie sabe cuántos zombis podrían quedar escondidos allí dentro, o si algún saqueador está al acecho.

El primer susto llega pronto: un grito ahogado de Mario y el sonido sordo de golpes en la puerta trasera. El grupo se repliega, cuchillos y palancas en ristre. Solo hallan a un anciano hambriento y delirante, que pide pan y agua, y afirma haber visto “demonios” durante la noche. Tras dejarle una manta y medio vaso de agua, prosiguen, aunque la alerta retumba en todos.

El botín es escaso: dos cajas de aspirinas caducadas, una botella medio llena de alcohol y tres sobres de sopa liofilizada. Aun así, celebran el hallazgo. José guarda una caja para Olga; el resto irá al fondo común del instituto.

El regreso es aún más peligroso. Las sombras crecen y una niebla baja comienza a cubrir el asfalto, perdiendo la visión de las líneas de los antiguos carriles bici. Un grupo de zombis menores —ya lentos, casi congelados— irrumpe torpemente de un garaje. Los gemelos los despachan con brutal eficacia, mientras Ricardo los distrae arrojando piedras y chillidos. José siente cómo una mano muerta alcanza su abrigo, pero logra escapar ileso. Sabía que la suerte algún día se agota, pero hoy aún les sonríe.

Caen la tarde y la negrura; la única luz es la de una linterna de dinamo y el reflejo de la luna en el techo ennegrecido del instituto. Laura es la primera en recibirles. La niña salta al cuello de su padre, mientras Paloma y Rosa reprenden a los heridos y celebran, en susurros, la pequeña victoria.

La noche les encuentra reunidos en el ala oeste. Ricardo lee un cuento viejo en voz alta; Rosa relata batallas que nunca ocurrieron. José observa a su hija, dormida junto al fuego, y en ese instante, entiende que la esperanza todavía resiste, tejiéndose en silencios y gestos humildes, como una brasa al abrigo de las ruinas. En la Fuenlabrada del invierno de 2021, la vida se defiende a mordiscos, a memoria y a caricias. Y aunque el mundo se haya sumido en tinieblas, aquí, entre muros de instituto y miradas de acero, late aún un viejo deseo humano: sobrevivir para contar el mañana.

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