Fragmento:
Hoy el calor golpea la barricada del este como si la ciudad ardiera de dentro hacia afuera. Julieta ha dicho que tendremos otro día seco, lleno de ese polvo gris que se mete en los pulmones y cubre las botas. Llevo semanas queriendo escribir este diario pero la rutina siempre vence: trabajar los campos, revisar el cerco, escuchar el rumor de noticias en la feria de trueque de la plaza vieja. Hoy es distinto. Siento que es momento de registrar palabras, para quien venga después. Si acaso alguien.
Duración: 10:40
7 de Julio de 2027
Hoy el calor golpea la barricada del este como si la ciudad ardiera de dentro hacia afuera. Julieta ha dicho que tendremos otro día seco, lleno de ese polvo gris que se mete en los pulmones y cubre las botas. Llevo semanas queriendo escribir este diario pero la rutina siempre vence: trabajar los campos, revisar el cerco, escuchar el rumor de noticias en la feria de trueque de la plaza vieja. Hoy es distinto. Siento que es momento de registrar palabras, para quien venga después. Si acaso alguien.
Fuenlabrada ha resistido mucho. Cuando los primeros brotes alcanzaron Madrid pensé, como todos aquí, que era cosa de semanas. Se equivocaban los expertos. El virus, la plaga, la cosa esa que convirtió a la gente en bestias hambrientas de carne, solo necesitó un mes para tragarse las calles. Debo recordar, para el que lea esto, que por aquel entonces apenas quedaba internet y lo único que teníamos eran rumores y partes militares en la radio vieja del taller de mi abuelo.
Pero aquí estamos, seis años y medio desde el gran colapso, y Fuenlabrada se ha transformado. La ciudad está dividida en tres sectores amurallados. El norte, cerca de la estación, es la zona agrícola. Allí trabajan los clanes de los Pérez y los Díaz—dos de las familias que lograron criar ganado en la vieja escuela secundaria, reconvertida en corral y hospital. Al sur, cerca del Centro Comercial Plaza Loranca, vive la mayoría: familias que vinieron huyendo del derrumbe de Leganés y Alcorcón, refugiados amontonados en pisos ocupados y sótanos adaptados. El oeste, donde siguen en pie los viejos talleres industriales, es territorio de los milicianos. Nosotros, los que patrullamos, mantenemos a raya a los saqueadores y a los zombis, lo que queda de ellos.
Ya casi no hay hordas. Al caer la tarde, desde la azotea en la que hago guardia, veo a lo lejos el humo de otras aldeas, y alguna vez ha pasado una ralea de cuatro o cinco podridos como perros errantes. Pero los días de terror, de balazos y barricadas improvisadas, han quedado atrás, aunque el miedo aún nos acompaña como una sombra.
Hoy, 7 de julio, ha sido especial. Han llegado a la feria tres caravanas: una de Getafe, otra de Humanes y una última, tan polvorienta como misteriosa, de lo que supimos era Toledo. Trajeron trigo y tela, pero lo más valioso han sido los rumores. Escuché decir que, en Aranjuez, han logrado recuperar una pequeña central hidráulica. Que en Parla abrieron una “escuela para todos”, donde los niños aprenden a leer y escribir usando antiguos cuadernos recogidos de colegios abandonados. Y que en Madrid, tras años invadida, algunos sectores del Retiro han sido recuperados: terrenos convertidos en huertas y aguadores que extraen líquido de pozos artesanales.
Los milicianos de mi grupo, los del cuartel improvisado en la vieja nave de la avenida de Europa, vivimos atentos. Nuestro líder, Salva, intenta mantener el orden, aunque siempre hay discusiones porque la comida escasea y los más jóvenes, que no vivieron el terror de los primeros meses, se atreven a desafiar las reglas. Recuerdo cuando, siendo apenas un adolescente, presencié la quema del hospital, el derrumbe del puente de la M-506 y el saqueo de las tiendas del centro. Hoy esos recuerdos me parecen de otra vida.
El jornal empieza temprano. Despiertan a las cinco, cuando aún es de noche. Las luces, apagadas desde hace meses, han dado paso a faroles y hogueras controladas. Salimos en parejas, revisando los muros, mientras los “escuchas” rastrean canales de radio. El Sargento Lobo nos advierte cada noche: aún hay grupos nómadas por los descampados—bandidos dispuestos a todo por un poco de lata de conservas.
Vivimos de lo que la tierra da; en las terrazas de los bloques, cultivan tomates, cebollas, incluso alguna vez lograron melones en un tejado caluroso del Barrio del Arroyo. El verdadero problema es el agua: el viejo canal sigue dando vida, pero tras varios sabotajes, cada litro cuenta. Los filtros son tesoros y cada gota se valora más que el mismo oro.
Hoy, tras intercambiar un rifle por una caja de clavos, hablé con Laura, la médica. Todavía recuerda cuando llegó a Fuenlabrada, hace cuatro años, empapada, con la ropa rota y una pierna herida. Cuenta historias de pueblos enteros barridos por el hambre, de niños que nunca vieron los coches circulando o la Navidad encendida. Ahora es una de las pocas que sabe usar una jeringuilla y prepara extractos de plantas medicinales en el laboratorio improvisado del gimnasio municipal. Me dice que pronto vendrá otra ola de enfermedades: la gente vive apiñada y el verano es cruel. Me aconseja reforzar los muros del sur y vigilar las rutas: ni ella confía en que los zombis hayan desaparecido por completo.
Por la tarde, he acompañado al grupo que patrulla la zona industrial. Allí, entre chatarra y escombros, vive Esteban, el armero. Un hombre seco, con barba blanca y manos callosas. Él ha recuperado viejas prensas y ha empezado a sacar las primeras balas de plomo del reciclaje de cables y cañerías. Sus hijos ayudan, funden metal, martillean, sueldan grecas para escudos y cuchillas. No son armas como las de antes: fallan, humean, a veces más peligrosas para el tirador que para el objetivo. Pero sin ellas no tendríamos posibilidad contra los forasteros.
Mientras caminaba entre las ruinas de los talleres, me vino a la mente la imagen de las avenidas de Fuenlabrada antes de todo esto: llena de coches, niños y ancianos paseando en tardes de verano, el bullicio de los bares, el mercado los sábados. Ahora todo es más lento: el silencio lo cubre todo, salvo en los días de feria, cuando la plaza vuelve a latir con los gritos del trueque y el olor del pan recién horneado.
Aunque las palabras “seguro” y “futuro” suenan huecas, empezamos a construir algo parecido a ambos. En la plaza de España, el antiguo ayuntamiento se ha transformado en sala de asambleas. Allí, cada sábado por la mañana, se juntan los jefes de cada sector, representantes de los clanes familiares, y algunos viejos profesores que se encargan de registrar en papeles amarillentos las decisiones tomadas. No es democracia, pero tampoco dictadura: una cosa extraña, formada de necesidad y miedo común. Hoy se discutía la llegada de un grupo de refugiados de Algete; la última vez que aceptamos forasteros, uno de ellos trajo consigo una epidemia de fiebre y nos costó vidas. Pero tampoco se puede negar la ayuda, no después de todo lo que hemos vivido. Caridad y autodisiplina: esa es la nueva ley.
Hoy fue día de escuela para los niños del bloque 3. Julieta, con su paciencia de santa, ha enseñado a los pequeños a sumar con piedrecillas y a leer los nombres en latas oxidadas. La generación que nace y crece entre ruinas apenas recuerda los días de luz y electricidad. Algunos no han visto un televisor encendido en su vida. Aún así, en sus ojos hay una chispa que no ví en los mayores: la curiosidad, el hambre de saber.
El miedo sigue siendo real. Hoy, justo después del mediodía, saltaron las alarmas: uno de los vigías vio movimiento en la vieja vía del tren. Acudimos corriendo al punto habitual, armas en mano, corazones en la garganta. No era más que un perro flaco, seguido por tres gallinas y un niño descalzo, pero por unos minutos el terror nos devolvió a los peores días, cuando cualquier sombra podía ser el final. Uno no se acostumbra a vivir en la cuerda floja, pero aprende a moverse rápido.
El resto de la tarde la he pasado en el taller de la antigua Renault. Allí los mecánicos se las apañan para reutilizar bicicletas, carritos y hasta una especie de furgón tirado por dos mulas que llegó de Griñón el mes pasado. Nicolás, el inventor, dice que pronto conseguirá montar una dinamo que alimente una radio de onda corta capaz de captar señales desde Toledo. Hace años nos parecía ciencia ficción; ahora daríamos lo que fuera por volver a tener noticias de más allá del sur, tal vez incluso palabras de aquellas ciudades donde aún resistimos.
Ha caído la noche, y el cielo de verano es tan claro que se adivina la sierra al fondo. Sobre la nave de los milicianos, donde duermo desde hace dos inviernos, se ve la hoguera titilando en la plaza y las voces apagadas de quienes aún se reúnen para contar historias. Algunos cuentan leyendas de los primeros tiempos: de héroes, de sacrificios, de los que cruzaban la M-40 para salvar a amigos o recuperar medicinas. Se ha formado una memoria colectiva hecha de dolor, pero también de resistencia y pequeñas victorias.
Ahora que escribo estas líneas y escucho a lo lejos el canto de una mujer, me doy cuenta de que algo en Fuenlabrada ha cambiado. El miedo no ha desaparecido, pero tampoco es dueño total de los corazones. La ciudad, mutilada y vieja, late. Donde antes había solo muros y silencio, hoy hay siembra, trueque, y niños que ríen corriendo entre los montículos de tierra y los sacos.
Me pregunto cómo será el mundo fuera de aquí. La última vez que vi un mapa fue en las paredes del colegio, y no sé si aún existen capitales, países, ni siquiera fronteras. Pero aquí, en la vieja Fuenlabrada, la vida se reconstruye paso a paso, en cada jornada de trabajo, en cada consejo, en cada intento de proteger lo poco que queda. Hay quienes hablan de reconquistar Madrid; yo, como la mayoría, solo quiero asegurar que mañana siga habiendo pan, agua y algún lugar donde dormir sin sobresaltos.
Escribo estas palabras para que, si algún día llegan a otras manos, sepan que resistimos. Que el mundo no terminó con la plaga, que aún bajo la sombra de la muerte florece a veces una risa, un sueño, la esperanza tozuda de que no somos solo ruinas sino semilla de algo nuevo. Eso es Fuenlabrada en julio de 2027: ni fortaleza gloriosa ni infierno, solo el esfuerzo constante de no rendirse.
Cuando el sol salga mañana, tocará otra vez vigilar el muro, revisar cultivos, compartir historias al calor del fuego. Se ha convertido en nuestra rutina, pero dentro de esa monotonía, crece la posibilidad de que, tal vez, el mañana sea un poco mejor.
Por eso escribo hoy. Por si acaso.
FIN DEL RELATO
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