Fragmento:
La escasez de animales de carga era otro de los recientes problemas. Desde que los grupos aislados de saqueadores decidieron arriesgarse nuevamente a las rutas rurales, los asaltos eran menos frecuentes, pero más precisos —sabían dónde atacar, cuándo y para qué—. Los animales, algo tan común antes del colapso, eran ahora tesoros tan codiciados como las semillas o la munición. Abel todavía recordaba con estupor la alegría infantil cuando, el verano anterior, un búho se posó por primera vez en la ventana del silo. Era como la señal de que la vida silvestre, si les daban espacio, también se atrevería a regresar.
Duración: 10:38
17 de septiembre de 2025
Desde lo alto del silo de grano de la antigua cooperativa, Abel escudriñaba las huertas bañadas por la luz dorada del amanecer, la línea del horizonte que antes era interrumpida por los techos de edificios olvidados y ahora, tras años de abandono y lucha, volvía a llenarse tímidamente de vida. Fuenlabrada había cambiado tanto desde el inicio del colapso, cinco años antes, que a veces sentía que su memoria era la de otro hombre. En septiembre de 2025, la ciudad era un mosaico de campos recuperados, tapias reforzadas y pequeñas fortificaciones; la naturaleza había reclamado parte del terreno y, con ella, los humanos que se negaban a desaparecer en el caos habían encontrado nuevos motivos para permanecer.
El silencio de la mañana se rompía de vez en cuando por el mugir de alguna vaca, el arrullo lejano de gallinas y, mucho después, por el zumbido de una pala eólica recién instalada junto al polígono abandonado. Hacía solo un año, nadie habría creído posible que pudieran levantar de nuevo los molinos de viento y las presas pequeñas para alimentar con electricidad rudimentaria las estaciones de radio y los talleres de reparación. Sin embargo, el miedo seguía vivo, tan presente como el sonido rítmico de las campanas improvisadas en los vallados, cada una señalando una ruta segura o una advertencia: saqueadores cerca, horda vista en la M-506, comercio en la plaza del antiguo ayuntamiento.
Abel sentía el peso de ser uno de los veteranos de la comunidad. Ahora, con 40 años, y columnas de canas en la barba, su autoridad ya no venía de la fuerza física, sino de la memoria de lo ocurrido y el respeto acumulado por sobrevivir: "No solo importa aguantar, sino recordar para improvisar". Era uno de los pocos del antiguo cuerpo de bomberos voluntarios que quedaba, y todavía conservaba la costumbre de recorrer los muros cada mañana, revisar los depósitos de agua, las trampas para los zombis que ocasionalmente rondaban el extrarradio y esas rutas verdes que había aprendido a conocer durante las patrullas de los primeros años.
A las siete, se detuvo frente al más reciente mapa pintado con carbón sobre las baldosas de la vieja sala de maestros de la escuela Giner de los Ríos, ahora convertida en centro de mando y trueque. Carmen, la jefa de milicia, joven aún pero con una cicatriz fresca sobre la ceja, repasaba los últimos reportes de la noche. El mapa estaba lleno de señales: el puente sobre el Arroyo Culebro, limpio desde hacía dos semanas, la vieja nave de repuestos donde se avistó humo la noche pasada, campos de cebada en la carretera de Humanes, y una flecha apuntando hacia el noroeste: "Saqueadores, al menos cinco. Equipados. No disparar sin necesidad."
—¿Alguna novedad? —preguntó Abel, posando una mano sobre el hombro de Carmen.
—No han vuelto a acercarse a los cultivos desde el último intercambio de disparos —respondió ella—. Pero anoche robaron dos caballos en Loranca. La vigilancia en las rutas de almacenamiento se ha reforzado.
La escasez de animales de carga era otro de los recientes problemas. Desde que los grupos aislados de saqueadores decidieron arriesgarse nuevamente a las rutas rurales, los asaltos eran menos frecuentes, pero más precisos —sabían dónde atacar, cuándo y para qué—. Los animales, algo tan común antes del colapso, eran ahora tesoros tan codiciados como las semillas o la munición. Abel todavía recordaba con estupor la alegría infantil cuando, el verano anterior, un búho se posó por primera vez en la ventana del silo. Era como la señal de que la vida silvestre, si les daban espacio, también se atrevería a regresar.
La jornada comenzó, como todas, con la ronda colectiva. Decenas de personas, antiguos vecinos, forasteros y descendientes de refugiados, formados en la plaza bajo la mirada del árbol centenario que milagrosamente sobrevivió a la plaga y a los incendios. Clara, la maestra más joven, repartía a los más pequeños pizarras y tizas, y los enviaba a copiar palabras cuyo significado no todos recordaban: mercado, consejo, solidaridad, coraje.
Los adultos, divididos en cuadrillas, se dispersaban con disciplina militar: unos quedaban reparando molinos hidráulicos junto al lago artificial, otros cuidaban los campos de tomate y maíz que ahora eran el corazón de la alimentación local, y la mayoría se encargaba de vigilar los accesos y las rutas de paso. En las murallas improvisadas, aún quedaban manchas de sangre oscura en las vigas, testigo de los últimos ataques zombies de la primavera pasada. Para los niños, los cadáveres ambulantes eran parte del folclore, "caminantes" que solo veían desde lejos cuando se acercaban a los lindes de los campos, pero para los adultos el zumbido malsano de una horda aún era capaz de helar la sangre y paralizar a cualquiera.
Esa mañana llegó un rumor con la caravana del río: al otro lado de la radial, en lo que fue Parque Miraflores, se estaba gestando una alianza peligrosa entre un grupo de antiguos policías y los que antaño fueron saqueadores dispersos. Elsa, la jefa de caravanas, traía las cejas fruncidas y el rifle viejo sobre el hombro. No había sido fácil: cruzar la autopista implicaba riesgos diarios y la amenaza de grupos marginales era cada vez más concreta.
—Abel, acabo de ver una señal de humo cerca de la estación antigua del tren. Primero pensé que eran sólo pastizales, pero luego al encontrarnos huellas de caballos… no me gustó —dijo, apenas bajó de su carro entoldado cargado de costales de trigo y sacos de judías verdes.
—¿Pudiste identificar a alguien? —insistió Abel.
—Solamente vi siluetas. Al menos seis, con chaquetas negras y pañuelos rojos. Parecían organizar algo, quizá rodear la comunidad de Pradillo.
Aquella información incrementó la tensión en la plaza del ayuntamiento. Viendo la inquietud crecer, Carmen ordenó a una patrulla mixta prepararse para salir al mediodía hacia la zona sospechosa. El consejo de mayores, reducido pero respetado, se reunió bajo la sombra de la encina para deliberar. Las voces eran prudentes pero realistas: enfrentarse a una posible alianza hostil pondría en peligro la cosecha, la gente y la esperanza tan duramente ganada tras años de incertidumbre.
—No podemos aislarnos —afirmó Sofía, la matriarca que había llegado de Extremadura tras la caída de Madrid—. Si dejamos que sus amenazas crezcan, hasta los niños sabrán que ninguna fortificación es segura.
El día transcurrió con esa mezcla de normalidad tensa y pulso expectante que, desde hacía un lustro, definía la vida de los supervivientes de Fuenlabrada. Por la tarde regresó la patrulla enviada a Miraflores; menos dos hombres, uno herido en la pierna: un virote de ballesta, de fabricación casera. Pero traían algo valioso: una conversación interceptada. Habían escuchado hablar de un plan para asaltar las reservas de grano de Fuenlabrada y de Humanes en los próximos tres días.
Ya caída la tarde, Abel reunió a parte del consejo en la torre más alta del colegio, aquél donde tantos refugiados encontraron asilo durante el primer invierno del colapso. Él mismo rescató, de entre los escombros, una bandera blanca vieja y la colgó en la entrada como señal de negociación.
—Si vienen —dijo, mirando las sombras largas de la plaza abandonar las calles para perderse en la maleza urbanizada— lo hacen porque creen que tenemos algo. Debemos demostrarles que defenderemos lo que nos pertenece, pero también que vale más colaborar que destruir.
Esa noche, en la radio de manivela, Elsa logró captar una señal codificada desde Alcorcón. Era una frecuencia segura, de las que usaban los líderes regionales para coordinarse. Un mensaje breve: “Intenten negociar primero. Hay familias entre ellos. La violencia solo traerá hambre." Abel sonrió al escuchar la voz, apenas distorsionada, de un viejo colega del cuerpo de bomberos que ahora dirigía la comunidad de Leganés.
A la mañana siguiente, temprano, antes del primer cambio de guardia, Abel, Carmen y Elsa se acercaron a las afueras, donde la senda hacia el viejo cementerio se cruzaba con la vía del tren. Allí, levantaron una mesa improvisada y colgaron dos pañuelos blancos en ramas altas, esperando que la señal fuese comprendida. Minutos después, desde la arboleda surgieron cinco figuras vestidas con ropas militares recicladas, las caras tapadas, armas viejas en bandolera.
El diálogo fue tenso. Los recién llegados confirmaron lo que temían: en Miraflores y Humanes sobrevivían unas cuantas decenas de personas más, muchas de ellas niños, y los alimentos escaseaban. Era cierto que planeaban asaltar, pero también lo era que habían perdido muchos hombres a causa no solo de los zombis, sino del invierno y la enfermedad. Durante una hora se habló de intercambio: maíz, jugo de remolacha, medicina, herramientas a cambio de información y vigilancia conjunta, de formar una señal de alerta por si una horda descendía desde Getafe, o si los nómadas, esos indomables saqueadores que seguían sin aceptar ningún acuerdo, se acercaban demasiado.
Cuando la negociación terminó, Carmen entregó al líder forastero una bolsa con grano y seis ampollas de antibióticos de las reservas del antiguo consultorio, bajo la condición de recibir a cambio dos caballos y el compromiso de no atacar ninguna granja durante la campaña de otoño.
La noticia de la tregua trajo alivio y nuevas preocupaciones. En la asamblea vespertina, Sofía fue la primera en aplaudir la decisión, aunque no dejó de advertir:
—La estabilidad es solo una tregua, nunca un estado permanente.
Globalmente, en septiembre de 2025, la humanidad aún no había recuperado las antiguas ciudades, pero en lugares como Fuenlabrada, donde la comunidad había aprendido a resistir y colaborar, el ciclo del miedo daba paso, poco a poco, a la construcción de otra sociedad. Los niños, en sus pizarras, escribieron aquel día una nueva palabra: “alianza”. Y Abel, antes de dormir, la apuntó en el gran mural de piedra que guardaba la memoria de los caídos desde que la plaga cambió el mundo.
Esa noche, desde lo alto de la torre, volvió a escuchar el ulular del búho. Lo tomó como buen augurio. “Quizá —pensó finalmente— el futuro no pertenezca solo a los que sobreviven, sino a los que insisten en imaginar, con cada nuevo amanecer, el porvenir.”
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