14 de septiembre de 2028
El murmullo del viejo generador se asemejaba al ronquido de un gigante dormido, reverberando entre los muros de hormigón y las fachadas deslucidas de la nueva Fuenlabrada. La niebla se pegaba densa sobre los tejados aún ennegrecidos por incendios antiguos, y el aire traía consigo un olor inconfundible a hierro, tierra húmeda y esperanza cautelosa. Era septiembre, y aunque ya no existía la “vuelta al cole” en el sentido tradicional, la vida detrás de las barricadas comenzaba a adquirir un ritmo casi predecible.
La ciudad, antaño un mosaico de barrios obreros, urbanizaciones populosas y centros comerciales llenos de luz, era ahora una fortaleza sostenida por la voluntad de sus habitantes y sus nuevas costumbres. Se la nombraba Fuenlabrada, sí, pero en la radio de onda corta y entre los forasteros de las caravanas se la conocía como la Zona Limpia del Sur. El apellido era reciente y no se usaba con ligereza; limpiarla había costado años, sangre, y la colaboración de otras ciudades del antiguo cinturón sur de Madrid.
David Rodríguez caminaba por la Avenida de España con un paso recio y prudente, el fusil al hombro y la gorra de visera de cuero apretada sobre su frente, aunque ya no hacía falta tanta vigilancia diurna. El asfalto estaba irregular, repleto de parches frescos y cicatrices antiguas—improntas de barricadas, cráteres de explosivos caseros y, de vez en cuando, las huellas secas del paso de una horda que no había vuelto jamás. A cada lado de la avenida, el tráfico había cedido su reinado a hombres, mujeres y niños que empujaban carros de madera, carretas tiradas por mulos y bicicletas remodeladas, portando sacos de harina, bolsas de patatas y cubos de agua recogida en los puntos limpios.
El ayuntamiento, aunque ruinoso, era ahora el núcleo principal de la vida común. Desde allí se organizaban las patrullas, los turnos de cocina comunal y hasta los horarios de las clases para los pequeños. La vieja Plaza del Tesillo, renombrada como Plaza de los Caídos en los primeros meses de la Liberación, era el punto de confluencia de las caravanas y el mercado semanal, que en septiembre resplandecía al sol de la tarde con sus toldos de colores desparejados y su bullicio.
David se detuvo frente al puesto de la familia Gómez, donde se cambiaban zanahorias por balas o medias de lana por botellas de desinfectante hecho a mano. Julia Gómez, la hija mayor, le saludó agitando la mano enguantada con un gesto de confianza y rutina.
—¿Has visto a Rubén? —le preguntó en voz baja, al tiempo que guardaba con disimulo un par de manzanas bajo el taburete—. Iba al depósito esta mañana, pero no ha vuelto y su turno terminó hace una hora.
David frunció el ceño. Rubén era uno de los muchachos encargados de vigilar el sector norte, cerca del polígono industrial abandonado. En otros tiempos, ese norte había sido territorio imposible, hogar de cientos de zombis supervivientes de alguna horda perdida en los años de máxima oscuridad. Ahora era una de las zonas más limpias, pero nadie se confiaba del todo. Si Rubén no había vuelto, algo había ido mal.
—Salgo a buscarle. Diles a los del consejo que prepararé un equipo de tres y que me lleven la radio grande —murmuró David.
—¿Aviso a la Tercera Milicia?
—Solo si no volvemos antes del anochecer.
El sol, todavía fuerte, apretaba entre las nubes bajas mientras David reunía a dos compañeros de confianza: Sara, una exenfermera del hospital que ahora apenas superaba los veinticuatro años, y Daniel, un exprofesor de ciencias cuya habilidad con los mapas y el rastreo resultaban útiles para estos pequeños rescates. Seguro cada uno de ellos llevaba una réplica casera de pistola, una lanza de acero negro, una mochila ligera con raciones secas y, sobre todo, una cuerda de señales con tres nodos—una reliquia de los inicios, donde no existía radio ni luz artificial, y la comunicación a distancia era cuestión de vida o muerte.
Los tres se encaminaron por la calle Galicia, bordeando el límite entre lo reconstruido y lo apenas acondicionado, donde los edificios aún mostraban ventanas tapiadas y las aceras estaban cubiertas de malas hierbas. A cada paso, Sara escudriñaba las esquinas y Daniel controlaba el panorama con unos prismáticos herrumbrosos. De vez en cuando, encontraban algún testigo: un grupo de niños recogiendo leña, una patrulla en pausa, o un viejo que reparaba con esmero una bicicleta herida de guerra.
En la frontera con el polígono, el silencio cobraba una intensidad física. Los vivos de Fuenlabrada ya no temían tanto a los zombis, pero los rumores de saqueadores de Alcorcón o mercenarios sin bando mantenían la tensión en el ambiente. Los negocios de hace años —robar una batería, asaltar un almacén, incluso secuestrar para trueque— aún circulaban, ahora más como leyendas, pero todavía plausibles.
Sara fue la primera en ver algo: una lona azul entre dos compactadores de basura, movimientos mínimos. Daniel se agachó, apretando el fusil de caño recortado contra su pecho.
—Identifícate, por favor —siseó Sara.
La sombra respondió levantando las manos: era Rubén, aterrorizado, con sangre seca en la frente y el uniforme astillado por varios tajos.
—¿Herido? ¿Te mordieron? —preguntó David, cuidando de mantener la voz baja pero firme.
—No… Son humanos. Tres del grupo de Chavela, venían desde Leganés —jadeó Rubén, señalando hacia el almacén de repuestos—. Me vieron hacer señas y me persiguieron. Me escondí, pero creo que aún andan por aquí.
David apretó los labios. Chavela era una líder temida, famosa por haber fundado uno de los grupos de saqueadores más implacables al este de la M-50. Sus seguidores eran una mezcla de criminales reconvertidos y adolescentes sin raíces, expertos en escabullirse y capaces de cualquier cosa por una bolsa de medicamento o una caja de munición.
El grupo improvisó una retirada lenta, cubriéndose unos a otros y llevando a Rubén hacia el límite seguro. Entre los montones de chatarra, una voz áspera rompió el silencio:
—¡Alto ahí!
Se giraron. Dos figuras, una mujer y un hombre enjuto, llevaban los uniformes sucios de una milicia improvisada. Ella blandía un revólver baqueteado, él sujetaba un palo claveteado. Llevaban la insignia improvisada de Chavela: una tela morada atada al brazo.
—Estamos en territorio de intercambio, aquí no hacen falta armas —protestó Sara, alzando la mano.
La mujer se echó a reír, un sonido cortante.
—En vuestros sueños, muchacha. Aquí sólo manda la necesidad.
David no dudó. Levantó su propio arma, no para disparar, sino para dejar claro que la negociación iba a ser breve. Durante unos segundos el aire pesó como plomo; entonces, Daniel habló, suave y educado.
—Podemos negociar. Daremos comida, un botiquín, y os marcháis sin pelear.
La mujer parecía pensar, pero el hombre con el palo no era tan paciente; se abalanzó hacia Rubén, gritando, pero tropezó con un escombro. David disparó un tiro de advertencia que pasó cerca del suelo, lo suficiente para helar la sangre sin herir a nadie. Sara extrajo el botiquín y lo lanzó por el suelo.
—Eso es todo —gruñó David.
La mujer recogió la bolsa y, tras un intercambio de miradas tensas, se marchó arrastrando al hombre rezongón. El polígono volvió a sumirse en el silencio extraño de los lugares arrasados. David y los suyos aprovecharon la calma para correr a la protección del puesto de vigilancia más cercano, donde dejaron a Rubén en manos de los sanitarios.
El sol descendía ya detrás de la línea de tejados cuando volvieron al centro. El mercado seguía en pleno apogeo, la gente intercambiando historias y productos, refugiados de Móstoles paseando entre los puestos y comerciantes que llegaban desde Humanes con botellas de miel y pequeños bloques de queso, rarezas casi milagrosas.
Esa noche cenaron todos juntos en el comedor comunal: un guiso espeso de patatas, zanahorias y un trozo de carne seca como reliquia de un mundo mejor. Entre cucharada y cucharada, David vio cómo las chicas jóvenes limpiaban rifles junto a los niños que aprendían a leer, y cómo un grupo de ancianos tejía tapices nuevos para recalentar los refugios.
Por la radio de manivela llegaron nuevas noticias: la caravana de Leganés había conseguido cerrar un acuerdo comercial estable, lo que significaba menos conflictos en la frontera este durante unas semanas. Había rumores de que en Móstoles, un tren pequeño había recorrido un par de kilómetros en la vía, reactivado por un mecánico loco y su banda de niños aprendices.
El consejo comunal, reunido en el ala derecha del ayuntamiento, discutía la ampliación de los cultivos urbanos y el refuerzo de las defensas en el sector norte. Una de las profesoras propuso organizar una feria del intercambio fija cada quincena, protegiendo a los mercaderes con la cuarta milicia y permitiendo que las caravanas del sur trajesen más semillas y libros.
Antes de acostarse, David paseó por la cercanía del Parque de Loranca. Allí, los olmos y pinos revivían tras años de abandono, y entre los arbustos, unos niños jugaban a “cazar zombis” usando palos a modo de lanzas. No era un simulacro morboso, sino un juego de coraje, de memoria para que no olvidaran lo que acechaba fuera de los muros. Un abuelito observaba, sonrisa cansada en el rostro, mientras tejía una red de pesca con hilo trenzado.
El aire olía a humedad y ceniza, pero también a verde, esa promesa de que aún renacía la vida de la muerte. El horror de los años perdidos quedaba esculpido en los rostros de los adultos, en las cicatrices de los viejos edificios, pero la ciudad seguía adelante, de la mano de un futuro que parecía, al fin, menos trágico.
La alarma de señales cortó el silencio. Golpes cortos, tres, repetidos dos veces. Era el aviso de la llegada de una caravana nocturna. Sin pensarlo, David corrió a la muralla exterior, donde las farolas improvisadas y los focos cuadros de batería alumbraban la tierra oscura de la antigua carretera de Leganés.
Tirando de una cuerda, los centinelas abrieron la puerta de chapa metálica y permitieron el paso a una docena de personas y su comitiva de mulas, carros y bicicletas cargadas de harinas, herramientas y cebollas. Los viajeros llegaban cubiertos por capas de hule y morrales de tela gruesa, sus rostros reflejaban la dureza del camino pero también el brillo de un mundo que volvía a abrirse, aunque fuera un poco, a la idea de comunidad.
David reconoció entre ellos a una chica delgada y morena: era Mara, su hermana menor, a la que no veía desde hacía más de un año, cuando partió hacia Navalcarnero escoltando una expedición de trueque por pólvora y semillas. Ambos se fundieron en un abrazo contenido por las circunstancias, pero embebido de una alegría genuina y silenciosa.
La caravana fue recibida con vítores bajos y tímidos. No había banquetes, ni fiestas estruendosas, pero sí un consuelo denso y una bienvenida sincera. Aquella noche, la ciudad volvió a sentir, entre ladridos de perros y chasquidos de cacerolas hervidas, la cercanía de otros humanos y el rumor de un futuro posible.
Bajo las estrellas desvaídas por los focos, mientras las patrullas recorrían los muros y los más jóvenes compartían historias y frutas secas, Fuenlabrada parecía, por un instante pasajero, reconstruida no solo con piedras y alambres sino con la confianza de quienes, pese a todo, seguían eligiendo la esperanza. En algún lugar del extrarradio, el eco distante de un disparo devolvía a todos a la vigilancia, pero también a la certeza de que vivir era, en sí mismo, un acto revolucionario.
David subió al tejado de la vieja biblioteca, desde donde se divisaba buena parte del pueblo cercado, los campos de cultivo y, a lo lejos, la silueta fantasmal de Alcorcón todavía sin limpiar. Observó los caminos abiertos, las pequeñas luces danzando entre el polvo y el musgo, y pensó que, tal vez, el mundo nunca volvería a ser como antes, pero eso no significaba que el mañana no pudiese, después de todo, ser suyo.
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