16 de Noviembre de 2026
Era una de esas mañanas en que la neblina se pegaba al asfalto como una plaga silenciosa. Fuenlabrada despertaba con un frío reseco, y el hedor de la putrefacción era ya como parte del aire cotidiano, tan familiar como el humo de los fuegos de la Plaza de España, junto a la iglesia, donde los supervivientes colgaban ropa mojada y secaban tiras de carne de conejo. Bajo aquel tapiz de cielo gris, la ciudad resistía, obstinada, a mitad de camino entre lo que fue y lo que intentaba ser.
La ciudad era una fortificación improvisada, más por necesidad que por arquitectura. Primero fueron los portales cerrados con muebles, luego las barricadas en los túneles del Metro Sur—el hospital viejo, el cercanías, todo se había adaptado a un miedo omnipresente. El ruido de las barricadas era continuo: golpes de martillo, metales arrastrados, los gritos de quienes aprendían a vivir encerrados. Atrás quedaban los días en que Fuenlabrada era solo un extra radio de Madrid, con sus rotondas y sus parques; ahora era un enclave sitiado.
Desde el último verano, la ciudad apenas podía llamarse ciudad. Bien lo atestiguaba el Mercado Central, fortificado tras los antiguos muros del Polideportivo Fernando Martín, su pista de baloncesto cubierta ahora de casetas hechas con tablones y contenedores. Caravanas de mulas llegaban desde Humanes y Arroyo Culebro, trayendo los escasos alimentos secos; harina, legumbres, algo de arroz y, las raras veces, sal de los antiguos ultramarinos saqueados. La pólvora—por increíble que pareciera—se había vuelto casi tan valiosa como la comida, e incluso los niños sabían el precio de una caja de cartuchos para escopeta.
Esa mañana, Pedro vigilaba la entrada sur, cerca de la Avenida de Europa. Era un tipo alto, de barba encanecida, ex camionero, y jefe de escuadra de la milicia local. Llevaba el mismo abrigo desde hacía dos inviernos, recosido una y otra vez. Estaba apoyado en una lanza fabricada con el palo de una señal de tráfico y una bayoneta oxidada, un arma ridícula para el Pedro de antes, pero letal si se manejaba con nervio y la desesperación adecuada. Observaba con recelo el descampado que separaba los bloques de pisos—una franja llena de coches calcinados y bolsas negras de basura, donde a veces se veían cuerpos deambulando.
El recuerdo de lo que había sido la Navidad, en las épocas antes del brote, todavía le dolía. Calles adornadas, olor a castañas y colas en la churrería, niños en los columpios de El Naranjo. Ahora, las luces eran sombras y las risas habían sido reemplazadas por voces resecas, siempre atentas, siempre a punto de gritar ‘¡zombi!’.
En las últimas semanas, la amenaza zombi estaba menguando. Por alguna razón que algunos atribuían al clima, otros a una especie de descomposición final, los infectados más antiguos apenas podían caminar. Pero aún así, un descuido significaba la muerte—a veces una muerte rápida, otras lenta y atroz. Y muchos preferían arriesgarse contra un humano armado antes que enfrentarse a una horda de esos restos de humanidad.
A lo lejos, se oyó el tañido seco de las campanas del antiguo colegio San Esteban, convertido en torre de vigía. Dos toques cortos, una pausa larga, luego tres toques seguidos. Mensaje aprendido por todos en la zona: “Caravana de comercio, entrada sureste. Sin incidentes visibles.” Pedro sopló el frío de sus manos y se puso en camino; el mercado estaría animado ese día y, con suerte, sería tranquilo.
El Mercado Central era el verdadero corazón de la ‘nueva’ Fuenlabrada. Allí se decidían las alianzas, se remendaban los conflictos y nacían los rumores. Los muros de contenedores doblaban la altura de cualquier hombre y estaban coronados con alambres, trozos de cristal y, en los puntos más estratégicos, algún francotirador en chambra de camuflaje. La entrada la custodiaban dos chicas de dieciséis años, hijas de uno de los líderes locales; portaban ballestas fabricadas a mano y miraban con una seguridad impropia de cualquier adolescente pre-apocalipsis.
Pedro saludó con la mano. “¿Informe?”
“La caravana viene tranquila, jefe”, dijo la mayor, Paula, ajustándose una trenza que asomaba bajo su gorro de lana. “Dicen que llevan medicina, pero no han querido dar detalles. Traen a uno herido en camilla.”
“¿Humano o mordedura?”, preguntó Pedro, la pregunta obligatoria.
“Cortes, parece. Pero hay que revisarlo.”
Pedro asintió, bajó la lanza y entró, abriéndose paso entre el bullicio. El interior era un caos organizado. Mujeres y ancianos despachaban trueques, niños corrían sujetando cebollas y botellas de agua, y en las esquinas, jóvenes armados vigilaban con la atención de quien no conoce la paz. Sobre la pista sucia, pequeños tenderetes: uno con abrigos viejos, otro con partes de bicicletas desmontadas, un tercero dedicado a la recarga manual de cartuchos.
Justo en el centro, un círculo de silencio señalaba la llegada de la caravana. Un hombre mayor descendía, ayudado por dos chicos de veinte años, con el rostro curtido por varios inviernos. La camilla era una puerta de piso, acarreada por mulas. Sobre ella, un cuerpo cubierto con una manta empapada de sangre fresca. La multitud se apartó, observando con la mezcla de miedo y esperanza que ya era un reflejo de supervivientes.
Pedro se acercó. “¿De dónde venís?”
“Del hospital antiguo de Leganés. Tuvimos problemas con unos nómadas—bala perdida. No es mordedura.” Hablaba lento, cansado, con la voz de quien ha cruzado kilómetros de carreteras desiertas.
Pedro vio el rostro del herido, menos de treinta años, herida en el abdomen cubierta torpemente, los ojos febriles. Asintió y sacó un pañuelo, olor a desinfectante casero. “Llevadlo con Juana, en la esquina de la farmacia; que nadie toque la herida sin guantes”, ordenó. Nadie discutió: Pedro era conocido por salvar más vidas de las que había perdido y, en ese mundo, eso le daba más autoridad que cualquier pistola.
En el fondo del mercado, un grupo preparaba la comida del día: guisos de garbanzos, raíces de diente de león, pedazos de carne seca, caldo oscuro y amargo. La dieta de Fuenlabrada en 2026 era pobre en nutrientes pero rica en calorías, lo justo para sobrevivir otro día.
Vio a Luisa, su mujer, tendiendo una sábana sobre el mostrador de intercambio de medicinas. Tenía el cabello salpicado de canas prematuras. Al acercarse, le bastó una mirada para saber que algo andaba mal.
“¿Han oído de Valdemoro?”, preguntó ella en voz baja.
Pedro negó con la cabeza. “¿Qué ha pasado?”
“Esta mañana, dos hombres llegaron del sur. Dicen que los saqueadores han tomado el silo de grano y han matado a los ancianos. Nadie sabe si las chicas han sobrevivido. Deberíamos reforzar la entrada por la M-506.”
Pedro contuvo una maldición. Las noticias corrían más rápido que el propio peligro; bastaba una faena mal hecha, un saqueo mal contenido, y docenas de refugiados aparecían a las puertas, hambrientos, aterrorizados, dispuestos a todo. Y cuando la violencia era tan peligrosa como las hordas, no quedaba espacio para la clemencia.
Un niño pequeño se acercó a la pareja, uno de los huérfanos recogidos de la Estación de Loranca. Llevaba en las manos un amuleto de madera que era, en el fondo, un trozo de cabecero tallado. “Señor Pedro, dice mi hermana que hay una tumba nueva en el túnel de Renfe. Tiene el mismo pañuelo de color que los militares… ¿podría venir alguien?”
Pedro miró a Luisa, suspiró y asintió. “Dile que vamos ahora.” Echó mano de la lanza y caminó tras el niño, atravesando el gentío y sorteando puestecillos de torres de libros—ediciones descuadernadas de best sellers y manuales de electricidad. La gente le saludaba; algunos, agradecidos, otros, escépticos; todos, cautos.
El vestíbulo de la estación de Renfe era ahora un refugio habilitado contra las lluvias, pero los túneles seguían siendo peligrosos. El comité de defensa había clausurado la entrada principal con vigas y sacos de sal, pero todavía se colaban ratas, y a veces… algo más.
Al llegar, un grupo de niños lo esperaba junto a la boca del túnel. El olor era tremendo, mezcla de moho, gasolina y descomposición oxidada. Allí, como dijo el niño, una tumba improvisada: unas losas cubrían el cuerpo de alguien. Había sangre seca y un pañuelo militar, color oliva.
Pedro se arrodilló, apartó con la lanza la losa superior. El cuerpo era un joven, claramente militar, con la insignia de algún batallón de Getafe. No mostraba mordeduras, solo el disparo clásico en la sien, la última elección de un soldado rodeado. Rebuscó entre sus ropas y halló una libreta de notas, algo húmeda, pero legible en parte.
“’Cercados en Loranca. Sin refuerzos. Zombis apenas caminan, pero hay saqueadores armados. No esperamos evacuar. Si alguien encuentra esto, que no traiga niños. Pidan refuerzos a Sur...’, luego unas líneas tachadas”, leyó en voz alta, para todos. Los niños escuchaban con una gravedad extraña. “Lo enterraremos bien”, dijo Pedro. “Y avisaremos a sus compañeros si vuelven de patrulla.”
Guardó la libreta en el abrigo. Miró a su alrededor. “Hoy, volvemos al mercado. Nadie ande solo por el túnel”, ordenó. Los niños obedecieron sin preguntar—la disciplina, en ese mundo, era asunto de vida o muerte.
Al regresar a la superficie, ya brillaba un sol tibio que apenas calentaba. Pedro se detuvo en la Plaza de España. Una joven empujaba un primitivo carrito de madera, tirado por un perro negro, y el sonido de risas infantiles emergía de un corro improvisado junto a la vieja fuente. Fue entonces cuando Pedro sintió, con una fuerza primitiva, que aquella lucha diaria tenía sentido.
Se permitió unos segundos de observación. Vio llegar a dos soldados desde El Arroyo. El mercado, a pesar de todo, funcionaba. La gente negociaba, sobrevivía, se miraba a los ojos cuando hacía un trato. Señales luminosas pintadas en los tejados transmitían mensajes a otras comunidades, alertando de posibles ataques o de la presencia de nuevas caravanas aliadas. Una bandera blanca con el escudo verde y rojo de la vieja Fuenlabrada ondeaba en la azotea de los antiguos juzgados, símbolo de la resistencia local, tan modesto como tenaz.
Por la tarde, Pedro asistió al consejo de líderes. En uno de los despachos del viejo ayuntamiento, ahora convertido en sala de crisis, se reunieron seis personas: tres hombres de la milicia, dos mujeres encargadas de la logística y la matriarca de la comunidad, doña Remedios, una superviviente de ochenta años que había visto caer la ciudad y renacer entre escombros.
Se discutieron reservas de alimentos, rutas de caravanas, el destino del grano de Valdemoro y, por supuesto, la amenaza siempre latente de los saqueadores. Se propuso reforzar las defensas del barrio de El Naranjo, enviar patrulas al hospital viejo y programar una expedición al sur, hacia Getafe, en busca de suministros médicos. Ninguna de las decisiones era sencilla, pero todas eran inevitables.
Pedro salió al anochecer, bajo la primera estrella que asomaba. Caminó por la Calle Hungría, reconociendo las huellas de un mundo antiguo bajo la hojarasca: un parque infantil oxidado, una parada de autobús convertida en atalaya. A lo lejos, el sonido de un gallo disperso rompió el silencio gris.
En las noches de noviembre de 2026, Fuenlabrada era un mundo herido, pero vivo. Las hordas de zombis eran aún temibles, y los humanos—hundidos en sus propias luchas—seguían avanzando, paso a paso, muros levantados a pulso, esperanzas amarradas entre palés y latas de sardinas. No era el fin del mundo, tal vez; era el inicio incierto de otro, donde el hambre, la sangre y la tenue luz de los mercados ofrecían una esperanza obstinada.
Pedro volvió a casa, la vieja portería convertida en refugio, y antes de dormir acarició la libreta encontrada en el túnel, prometiéndose a sí mismo que, mientras él y los suyos resistieran, la historia de Fuenlabrada seguiría escribiéndose, aunque fuera con sangre, tierra y papel rescatado del olvido.
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