Fragmento:
Al principio intentamos seguir como siempre. Ir al Lidl, hacer cola en la farmacia, echarle gasolina al coche. Pero luego hubo toques de queda, helicópteros pasando cada dos por tres y el silencio de los trenes, que dejaron de venir.
Duración: 09:09
15 de diciembre de 2020
Diario de supervivencia de Marta Pérez
Fuenlabrada, Madrid
No sé a quién cuento esto. No sé si habrá alguien algún día que lea lo que escribo en este viejo cuaderno de mates. Escribo porque es mi forma de no volverme loca, de mantener la cabeza ocupada, aunque sea solo por unas pocas horas en medio de esta oscuridad sin fin. Lo hago, sobre todo, por la nostalgia, por esos días en los que solo había que preocuparse por el horario del tren de Cercanías o por el atasco llegando a Móstoles.
Pero ahora, aquí estamos. Fuenlabrada ya no es la ciudad que fue. Ni gente ni coches ni ruido de niños saliendo de las escuelas del barrio. Solo frío, silencio, humo y los ecos de algo terrible en las calles.
Me llamo Marta, tengo 27 años y hasta marzo de este año trabajaba como camarera en un bar de la avenida Europa. Me gustaba, la gente era maja y cobraba bien de propinas. Vivía con mi madre Pepi y mi hermano Rubén en un piso alquilado cerca de la estación. Papá murió hace años, así que éramos los tres. Ahora ya no sé quién queda en Fuenlabrada, ni cuánto aguantaremos aquí.
El caso es que, cuando empezó todo en marzo, nadie se lo tomó en serio. Sonaba como lo del virus ese de los chinos, el COVID, pero peor, porque salían cada día más noticias de gente que se volvía loca en los hospitales, que atacaba a los médicos, que mordía a otros. Nadie te lo creía, decían que era bulo. Hasta que dejaron de ser bulos.
Al principio intentamos seguir como siempre. Ir al Lidl, hacer cola en la farmacia, echarle gasolina al coche. Pero luego hubo toques de queda, helicópteros pasando cada dos por tres y el silencio de los trenes, que dejaron de venir.
Lo peor llegó en mayo, cuando los hospitales reventaron. Recuerdo aún los gritos de la gente metiéndose dentro del Hospital de Fuenlabrada, todo el personal médico huyendo, la policía disparando y la masa de enfermos abalanzándose sobre ellos. Aquella noche la pasamos en casa, con los muebles tapando la puerta y el agua puesta para hervir latas, el estómago encogido como si con eso pudieras proteger el alma.
Aquello fue solo el principio. Un día tras otro seguidos de más muertes, más miedo, más noticias de zombis comiéndose a los vivos por las calles del centro. Salir a por pan era jugarte la vida.
Intenté conectar internet, pero en agosto todo dejó de funcionar. Solo quedaban unas radios viejas pillando señales rotas de algún ejército perdido del sur diciéndonos que cerrásemos puertas, que Fuenlabrada no era segura.
Ahora, en diciembre, el frío nos come. Mamá y Rubén aguantan como pueden conmigo en el piso, con las mantas apiladas y las cortinas tapando las ventanas. Hace dos semanas Rubén casi no vuelve: fue a una de esas escuelas donde se refugian los vecinos y en el camino una horda de zombis barrió la Plaza de la Constitución.
Por suerte, encontró a unos chavales que le ayudaron a esconderse en el antiguo centro juvenil, pero cuando volvió no hablamos de qué hizo para sobrevivir. Nadie habla de lo que hace ahí fuera. Solo del hambre y del frío.
Desde hace semanas el supermercado está vacío. Unos vecinos, los hermanos de la calle Francia, se han instalado en el antiguo campo de fútbol, rodeándolo con vallas de obras y han puesto hogueras por la noche. Dicen que invitan a quien traiga algo de comida o leña.
A veces pienso en irme con ellos, pero mamá no quiere moverse y Rubén dice que solo se fían de los suyos. Así que intentamos sobrevivir aquí, sin luz, sin calor y casi sin esperanza.
Hoy ha nevado. Por primera vez desde que todo esto empezó, he visto la nieve caer y aunque debería alegrarme porque dicen que los zombis se hacen más lentos cuándo hace frío, la tristeza me puede. El barrio está muerto, casas cerradas, coches helados, ruidos lejanos de disparos que alguien suelta para ahuyentar a los muertos o a los ladrones. Me tapo con cuatro mantas viejas y escribo para no aterrarme.
Llevo la cuenta de los días tachándolos en la pared, como hacía en la escuela con los días que faltaban para las vacaciones. Ahora no hay vacaciones y no está Ana, mi mejor amiga, que se fue con su familia a un pueblo de Toledo en julio y nunca más supe nada.
Nos queda poca comida. Esta mañana apliqué el último truco que me enseñó papá antes de irse: buscar agua en las cisternas de los pisos vacíos del bloque y robársela a la sed. Somos parásitos de las ruinas. A veces Mamá pide que recemos, aunque antes de esto nunca iba a misa. Ahora se agarra a cualquier superstición. Rubén se pasa los días mirando por la ventana, buscando algo en ese vacío blanco del invierno, como si pudiera ver a la vieja del piso tres llevándose la basura a la calle.
Hace tres días oímos un ruido fuerte abajo, en la entrada del bloque. Creímos que eran zombis y apagué la luz de la vela temblando. Pero no: era don Pablo, el portero, que podía haber tenido los huevos para largarse y se quedó, liado con una escopeta vieja que alguien le dio cuando todo se fue a la mierda, supongo para poder defender el portal. Nos contó que había visto a una manada de zombis arrastrarse por la calle Extremadura, y que ya apenas podían caminar, medio helados. Esto debería animar, pero entonces, por cada muerto nuevo, hay un vivo que pierde la esperanza.
Nos acercamos a la ventana, con miedo. Vi la horda, cuerpos apilándose, lentos, chocando unos con otros, sus figuras borrosas bajo la nevada.
Quizá se acaben pronto, pienso, pero siempre hay nuevos… El miedo nunca descansa.
Esta tarde he salido a por leña. No queda nada cerca, así que he ido a la plaza de la Aurora, donde quemaron contenedores para hacer barricadas hace meses. Solo he podido arrancar un par de tablones del quiosco abandonado y unos cartones. Cada paso por la ciudad es un viaje al infierno, sin saber qué te vas a encontrar.
En la esquina de la farmacia, dos cuerpos tirados con la ropa rota; a uno le faltaba media cara, y al otro solo quedaba una pierna. Mi estómago se revuelve, pero ya no puedo vomitar, ni llorar. Pasas y sigues adelante, cuerda pero a veces ya no te reconoces.
He pensado mucho en cómo acabamos aquí. De cómo los políticos nos mandaban mensajes alentadores, de que resistir era ganar, de que “todo iría bien”, como si eso sirviera de algo cuando las hordas arrasaban Leganés y los helicópteros sólo pasaban para grabar la caída de Madrid.
Aquí, en Fuenlabrada, nadie vino a ayudarnos, ni a rescatarnos. El último tren llegó en abril y ya nunca salió nadie más. Desde entonces estamos solos, y los que quedamos vivimos día a día, tragándonos el miedo y esperando que mañana la puerta no se abra con un golpe seco y no nos toque correr escaleras arriba.
El invierno apaga poco a poco lo que queda de humanidad. Los que aún estamos aquí parecemos fantasmas. Cada uno en su refugio, esperando que la comida dé para una semana más. El frío mantiene a los zombis lejos, pero también nos va matando, despacio, poco a poco, de hambre y de desasosiego.
Casi nadie confía en nadie: las manadas de saqueadores que cruzan la autovía roban antes de preguntar. Ayer mismo escuchamos disparos en el centro comercial Loranca, más allá de la piscina cubierta. No me atrevo a salir más allá de la calle de los Reyes Católicos. Lo poco que queda, lo defendemos con uñas y dientes.
A veces echo de menos las clases de inglés de la escuela de idiomas, los domingos en el Parque de la Solidaridad, la risa de los niños jugando a la pelota junto al pabellón y el sonido de la radio, cuando la vida era una rutina aburrida y predecible.
Ahora la rutina es sobrevivir, no respirar fuerte cuando un zombi pasa cerca y saber cómo encender una hoguera con lo que tienes a mano.
Esta noche, Rubén ha conseguido una radio vieja y, con ayuda de unos cables pelados y una linterna, ha pillado una señal débil. Alguien desde Móstoles, voz ronca, decía en bucle: “No salgáis de las casas. El invierno les frena, pero están por todas partes. Hay supervivientes en la vieja estación de tren. Reuníos solo en grupo”.
Nos hemos mirado sin saber si alegrarnos o asustarnos más.
–¿Vamos? –le he preguntado.
Rubén dice que esperemos. Mamá tiene miedo. Yo… yo estoy cansada de esperar.
Cierro el diario aquí porque la vela se va a apagar y la tinta ya casi no fluye. Mañana saldré otra vez, buscaré más leña, más comida, o quizás intente llegar a la estación para ver si hay alguien vivo, si queda algo de lo que éramos. Lo hago por Rubén, por mamá. Y porque, si nadie sobrevive para contarlo, todo esto se irá con nosotros.
Ojalá alguien lea estas páginas algún día y sepa que en Fuenlabrada hubo gente, hubo vida, hubo lucha. Que incluso en el invierno más cruel, con los zombis apilándose detrás de las puertas, no dejamos de creer que podíamos volver a empezar. Espero que mañana llegue el sol, aunque sea solo para derretir la nieve, aunque sea solo para darme otro día de esperanza.
FIN DEL DIARIO, 15 DE DICIEMBRE DE 2020
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