Fragmento:
El 17 de mayo de 2027, después de siete años viviendo entre alambradas y barricadas, la palabra esperanza comenzó a pronunciarse en las calles y las viejas plazas. El frío era menos cruel, y por primera vez en años no olía tanto a cadáver. Yo, Javier Rojo, maestro desde antes del fin, llevaba semanas anotando en mi cuaderno los primeros versos de la primavera: la germinación de semillas recuperadas, la risa breve de los niños y, sobre todo, el murmullo creciente de una ciudad tratando de volver a serlo.
Duración: 11:20
17 de mayo de 2027
El aire tenía un sabor extraño, a polvo viejo y leña húmeda. Fuenlabrada, esa ciudad invisible para el turista, tan cercana a Madrid como distante en la mente de los que soñaban con centros históricos, se había convertido en algo más que un extrarradio. Era un bastión. Los días deslucidos de antaño —cuando los obreros cruzaban la Avenida de la Hispanidad y los niños corrían hacia el parque de la Solidaridad— parecían fragmentos de otro mundo, sueños compartidos en noches de miedo en los refugios subterráneos.
El 17 de mayo de 2027, después de siete años viviendo entre alambradas y barricadas, la palabra esperanza comenzó a pronunciarse en las calles y las viejas plazas. El frío era menos cruel, y por primera vez en años no olía tanto a cadáver. Yo, Javier Rojo, maestro desde antes del fin, llevaba semanas anotando en mi cuaderno los primeros versos de la primavera: la germinación de semillas recuperadas, la risa breve de los niños y, sobre todo, el murmullo creciente de una ciudad tratando de volver a serlo.
Mi jornada comenzó, como casi todas, sobre el tejado del antiguo Centro Comercial Plaza Loranca 2, ahora convertido en torre de vigilancia y puesto de mercado. Desde aquella altura, con los prismáticos colgados al pecho, divisaba el mosaico de techos y la autopista M-506 muerta. Fue allí donde vi la primera caravana digna de tal nombre desde hacía muchos meses: seis carros tirados por caballos magros, con lonas hechas jirones y cargados de sacos. Los escoltaban milicianos armados, algunos con escopetas deslucidas y otros con lanzas improvisadas. Detrás avanzaban figuras cansadas, tal vez mujeres y niños, como manchas sobre el asfalto resquebrajado.
La alarma no tardó en sonar, tres campanadas cortas, código universal de “caravana amiga”. Las radios de corto alcance, fabricadas a saber con qué piezas de qué recovecos de la ciudad, chisporrotearon la noticia: “Llegan los de Humanes, traen semillas y sal.” La ciudad, que hasta hacía bien poco era apenas un revoltijo de ruinas y barricadas con corazón propio, empezó a bullir de un modo inédito. Por las callejuelas, entre los solares poblados de huertas y malas hierbas, la gente emergía pálida y expectante.
Una de las primeras leyes de la Fuenlabrada postcolapso era clara: nadie entraba sin pasar una doble cuarentena y una revisión por la vieja Inmaculada, nuestra sanitaria mayor. El miedo al brote seguía latente, aunque la peste parecía agotarse en los cuerpos de los zombis más antiguos. Sin embargo, la infección acechaba en los nuevos cadáveres como un recuerdo tozudo del pasado. Las patrullas de inspección se acercaron, armados de largas lanzas y máscaras filtrantes hechas con ropa acartonada y filtros improvisados —era casi un ritual—, mientras los niños, ignorantes del peligro, se encaramaban a los bordes de las huertas, agitando manos diminutas.
Aquel día, en particular, los seguidores de la vieja secta que llamaban “Los Bautistas del Final” recorrieron la ciudad entonando sus letanías de salvación, advirtiendo sobre el peligro de abrir puertas sin rezar antes. En otra época habría llamado a la policía, pero hoy sólo opté por mirar hacia abajo y asegurarme de que los míos, los cuarenta chicos y chicas que llamaban “escuela” a un desvencijado almacén de cascos de obra, no se dejaran asustar por voces ajenas.
En Fuenlabrada, la vida giraba entonces en torno a tres cosas: la comida, la seguridad y la educación. Los huertos se extendían donde antaño había campos de fútbol y jardines comunitarios. Los alimentos secos, el principal objeto de comercio, eran custodiados en almacenes tan protegidos como la estación de tren, completamente fortificada. Nos comunicábamos mediante códigos de señales, banderas y faroles, como en las viejas guerras medievales. Cada vez que un convoy llegaba o partía, toda la ciudad lo notaba.
Cuando el mediodía llegó, bajé del tejado. El cuadrante norte de la ciudad era el lugar más seguro, defendido por barricadas de camiones volcados y picos de metal. Allí, en un rincón junto a la biblioteca municipal, una decena de alumnos esperaba para la clase —si es que podía llamarse así a esas reuniones llenas de polvo, lápices reutilizados y pizarras hechas de tablas pintadas. Las escuelas eran el motor de la nueva civilización. Les enseñábamos a multiplicar, escribir, pero, sobre todo, a sobrevivir: cómo distinguir una planta venenosa, cómo usar una escopeta, cómo callar a tiempo.
—Don Javier, ¿la caravana de hoy es buena o mala? —preguntó Paula, la hija menor de los Sánchez, mientras me entregaba una hoja, un dibujo de la ciudad con murallas y zombis diminutos atrapados fuera del muro.
—Buena —respondí, convencido de que al menos por esa jornada no tendríamos sobresaltos.
Entonces recordé a mi mujer, que dormía aún. Sofía era una de las milicianas que patrullaba la zona del polígono industrial. La silueta de su fusil —una de las viejas Heckler & Koch que habían sobrevivido al desmantelamiento de la comisaría— era familiar bajo la ventana a la hora del relevo. Su turno comenzaría tras el trueque. Era el tipo de mujeres que había salvado a la ciudad de la aniquilación en múltiples ocasiones, aunque nunca reclamaba el mérito. Entre clase y clase me crucé con ella, con el sudor en la frente y la chaqueta militar remendada con parches de distintas milicias.
—¿Crees que habrá problemas? —preguntó, sin rodeos, mientras rebuscaba munición en el chaleco.
—No con los de Humanes —dije, aunque ambos sabíamos que la verdadera amenaza solía ser humana, no zombi.
Fuenlabrada estaba, por primera vez en años, creciendo. Tras la entrada de la caravana, los portones del muro se cerraron con solemnidad. Las calles se llenaron de voces y risas. Se intercambiaron fardos de harina, sacos de sal y, sobre todo, semillas: garbanzos, lentejas, trigo traído del viejo banco genético de la Ciudad Universitaria de Madrid. Era una hazaña digna de cantar. En un rincón de la Plaza de las Artes, un grupo de comerciantes improvisó una pequeña feria, con mesas saqueadas de cafeterías, una guitarra ascendida de los escombros y hasta algo que parecía zumo de naranja, exprimido a pulso con naranjas rescatadas de invernaderos comunitarios.
Mientras los adultos discutían, los niños se lanzaban al suelo, jugando a perseguir a sus propios zombis imaginarios por los restos del mobiliario urbano. Por un momento recordé cómo era ser joven, antes del colapso, cuando nuestras preocupaciones eran los exámenes de Selectividad y las fiestas de barrio.
Pero el peligro nunca estaba lejos. A media tarde, un disparo hueco resonó, justo antes del toque de queda. No hubo caos, no hubo muertos, sólo un incidente: un grupo de saqueadores aislados había intentado forzar la empalizada al sur. Fue repelido. En aquellos años, la vida pendía de unos pocos disparos y la astucia colectiva. Las patrullas regresaron a paso ligero, sin perder el ritmo, y la ciudad continuó su coreografía diaria de supervivencia.
En la parroquia vieja, convertida ahora en almacén y refugio, celebramos esa noche la cena común. Alguien encendió una radio, uno de esos pequeños artefactos alimentados a manivela tan valiosos como el pan, y sintonizó la voz de una comunidad lejana en Alcorcón. Sonaban rumores: que al sur, en Getafe, las huestes de un nuevo señor de la guerra habían desalojado a otro grupo de saqueadores; que en Móstoles, las escuelas volvían a impartir matemáticas y hasta música; que, a veces, en la noche más silenciosa, podía oírse una melodía de piano robada a los viejos tiempos.
A esas horas fugaces intenté escribir el comienzo de lo que sería nuestro primer boletín informativo: un folio a mano para circular entre asentamientos, donde anunciar las cosechas, los peligros y las rutas seguras. A mi alrededor, los rostros de los otros —sobrevivientes, líderes, niños— estaban marcados por las cicatrices y la tenaz esperanza. Había algo de milagroso en ver saltar a los niños tras un día sin perder a nadie, en oír a las abuelas hablar de “cuando vuelva el cine” y en ver a los más jóvenes jugarse el tipo para restaurar la biblioteca.
Intenté dormir, pero la noche era espesa y llena de preguntas. Desde el ventanuco de nuestro dormitorio, Sofía y yo mirábamos el oscuro descampado donde alguna vez hubo un McDonald’s y una gasolinera. Ahora, todo era campo, huertas y maquinaria improvisada, como un regreso al medievo tamizado de memoria digital.
—¿Volveremos a vivir sin miedo? —susurró ella, mirando la silueta de la muralla bajo la luna quebrada.
No respondí. La situación era mejor que nunca, pero el miedo era parte de nosotros. Quizá lo seguiría siendo.
La mañana siguiente trajo el olor de pan recién horneado. El cartero, que era un adolescente con una bandera roja y una escopeta de dos cañones, portaba noticias: la caravana de Humanes partiría rumbo a Moraleja de Enmedio al alba, que se necesitaban voluntarios para reforzar el muro, y que el consejo de sabios (así llamábamos a los tres viejos del barrio que decidían sobre justicia y trueques difíciles) debatiría sobre la adopción de un reglamento común, algo tan cercano a una constitución como habíamos tenido en años.
Ese día, en la clase improvisada, les pedí a los niños un ejercicio singular: que dibujaran cómo imaginaban que sería Fuenlabrada en otros siete años. Algunos la plasmaron como una aldea fortificada con campos de cultivo, otros como una ciudad resucitada, con tranvías y cines. Paula, la más pequeña, dibujó un puente de madera sobre la M-506 y escribió: “Aquí volverán los abuelos”. Quise llorar, pero me mantuve firme. Sabía que, aunque la amenaza zombi se desvanecía, la verdadera reconstrucción estaba empezando, que la memoria sería el nuevo cemento del futuro.
Esa tarde, cuando el mercado cerró y las patrullas volvieron a sus rutas vigilando los caminos de Humanes y Parla, salí a pasear entre huertas y solares. Vi a dos jóvenes probar una vieja bicicleta, abrazados de alegría porque la cadena no se rompió. Oí el zumbido distante de una sierra, el martilleo de los que intentaban habilitar una nueva noria para extraer agua. En cada rincón, la vida se abría paso. Por primera vez en años, me permití creer que habría un futuro más allá del simple sobrevivir.
El ocaso llegó rosado tras los escombros del sur, coloreando la Biblioteca Tomás y Valiente, que aún esperaba resucitar. Fuenlabrada, esa ciudad olvidada tantas veces, seguía en pie, erguida sobre ruinas, memoria y esperanza. Un nuevo mundo estaba germinando bajo nuestros pies, y yo era testigo de su despertar, respirando por fin ese aire, extraño pero vivo, a polvo, leña y futuro.
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