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Portada del relato Ecos Bajo la Sal
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Fragmento:


Afuera, los restos del puerto eran un bosque de mástiles caídos y fibra de vidrio resquebrajada. Los pescadores supervivientes habían aprendido a camuflar las barcas entre los escombros, porque bastaba una chispa — o el asomo de una linterna — para atraer la atención de saqueadores o, peor aún, de alguna horda rezagada. Era raro ver zombis pululando por el litoral: quizá la humedad marina aceleraba el deterioro, o tal vez los cuerpos eran arrastrados por el oleaje a las calas donde acaban sirviendo de carnaza a gaviotas enormemente obesas. Nadie lo sabía con certeza. Ibiza, como el resto del mundo, se había convertido en un laboratorio de horrores cotidianos.

Duración: 11:08

Ecos Bajo la Sal
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Texto de ajuste de pausa.

17 de julio de 2024.

Anocheció mucho antes de lo que podía recordar. En Ibiza, las noches de verano solían estar marcadas por los faros de Paseo Marítimo y la música que vibraba desde San Antonio hasta Ibiza ciudad. Ahora, la oscuridad llegaba antes de tiempo – y era más espesa, más pesada, como si la plaga hubiese echado raíces en el propio cielo, tapando incluso las estrellas.

Sara ajustó el vendaje de su antebrazo bajo la camisa, apretándolo lo justo para que el dolor la mantuviera alerta pero no le inmovilizara la mano. Tenía la piel quemada por el sol y los ojos enrojecidos por la sal y el polvo, pero no podía perder ni un minuto. La caravana debía estar preparada para salir al amanecer: pasarían el día entero cruzando la isla, desde el refugio improvisado en la marina abandonada de Santa Eulària hasta el punto de encuentro junto a las antiguas murallas de Dalt Vila, donde se les uniría la escolta armada procedente de Sant Josep. Era la primera vez en dos años que un convoy planeaba cruzar los quinces kilómetros del corazón de Ibiza sin perder a nadie.

Habían estado preparándolo con cuidado: tres caballos de carga, dos coches restaurados con piezas de tractor, cinco radios de corto alcance, y sólo seis armas automáticas. Todo un milagro en 2024. Y, sobre todo, gente de confianza, dispuesta a trabajar en equipo. Sara no pensó que volvería a ver algo parecido a una alianza después de los primeros meses de la plaga.

Afuera, los restos del puerto eran un bosque de mástiles caídos y fibra de vidrio resquebrajada. Los pescadores supervivientes habían aprendido a camuflar las barcas entre los escombros, porque bastaba una chispa — o el asomo de una linterna — para atraer la atención de saqueadores o, peor aún, de alguna horda rezagada. Era raro ver zombis pululando por el litoral: quizá la humedad marina aceleraba el deterioro, o tal vez los cuerpos eran arrastrados por el oleaje a las calas donde acaban sirviendo de carnaza a gaviotas enormemente obesas. Nadie lo sabía con certeza. Ibiza, como el resto del mundo, se había convertido en un laboratorio de horrores cotidianos.

Sara cruzó la cubierta inundada de una lancha motora y descendió por la escalera de proa hasta el muelle donde la esperaba Lucian. El rumano era uno de los mejores mecánicos supervivientes; había convertido el jardín de un hotel en un taller y lograba que cualquier motor resucitara aunque estuviera cubierto de salitre. Era, además, el único que podía manejar la radio militar soviética a la que le debían media docena de intercambios exitosos en el último semestre.

—Los bandidos del norte nos han contestado, —le susurró Lucian—. Dicen que no pisarán a menos de dos kilómetros de la costa, pero que si ven movimiento en la Avinguda Espanya disparan primero, preguntan después.

—¿Y los del sur? —preguntó Sara, recordando el accidente de la última caravana: diez muertos y dos desaparecidos, capturados para trabajos forzados por la banda de "el Mallorquín".

—Dicen que sólo quieren nuestro permiso para cruzar a Formentera sin ser tiroteados desde nuestras posiciones. Traen antibióticos, semillas de hortaliza, y dos cajas de balas para armas cortas.

Sara asintió. El trueque seguía siendo la única moneda válida en el nuevo mundo. No había tiempo para negociaciones largas, y menos aún para promesas. Todo dependía de la hora y del hambre.

Antes de la plaga, Sara había sido médico rural. Su clínica sobrevivió al primer colapso del hospital de Can Misses, pero cuando el infierno se desató de verdad, ninguna experiencia contaba. En Ibiza, la mayoría de los supervivientes que quedaban ya no eran isleños: los locales habían huido en la primera oleada o, si estaban los suficientemente aislados, organizaban granjas fortificadas tierra adentro. Algunos forasteros, como Lucian, o Janine — la francesa que se encargaba de los caballos y la intendencia —, se habían quedado tras las primeras migraciones, atrapados por el cierre de puertos y aeropuertos. Entre todos, formaban una comunidad heterogénea en la que la desconfianza era la norma.

Esa noche, el faro de Punta Grossa aún parpadeaba a lo lejos, como un vestigio de un mundo extinto. De vez en cuando un destello más intenso se colaba entre los mástiles rotos; era la señal de que algún centinela había terminado su ronda y que, de momento, no había movimiento en la costa. Sara revisó por última vez la lista de suministros: cajas de medicinas, conservas de pescado, semillas de trigo y cebada, baterías solares, herramientas, algo de ropa seca, dos lámparas de queroseno y las últimas botellas de agua potable que no sabían a algas.

Por la mañana, el aire traía aromas de pino y polvo, pero también el olor agrio y antiguo que delataba los cuerpos putrefactos dispersos en los campos cercanos al río de Santa Eulària. En los meses cálidos, los zombis evitaban la playa y preferían deambular por los olivares y caminos rurales, donde la maleza alta servía de escondite y trampa. Para atravesar la isla, Sara y su grupo debían avanzar casi en silencio, evitando no sólo las hordas, sino también los ojos codiciosos de los bandidos y los remanentes de sectas — como la de los "Hijos de Eivissa", que creían que la plaga era una purificación y sacrificaban a los recién llegados "en nombre de la Madre Isla".

La caravana partió al amanecer. Detrás de Sara iban Janine y dos adolescentes, Nico y Lira, encargados de conducir los caballos y vigilar las sombras entre los alcornoques. Lucian cerraba la retaguardia, rijoso y tenso, la vista siempre pendiente del horizonte. A su lado, un antiguo policía ibicenco, Pau, llevaba un fusil con más orgullo que pericia.

Las ruinas del Hippy Market de Punta Arabí les sirvieron de primer refugio al mediodía: entre los puestos quemados y banderas deshilachadas, encontraron sombra y, milagrosamente, una vieja hucha de metal con monedas que solo valían para jugar a lanzar contra botellas vacías. Lira, inquieta, preguntó por qué seguían avanzando a pesar de que podían "resistir meses" en la marina.

—No podemos quedarnos quietos —le respondió Janine—. Cada día aparecen más bandidos en la costa. Y los zombis del interior también bajan cuando escasea la comida. Muchos son lo bastante listos para seguir huellas y cazar como perros. Ibiza ya no es la isla que era.

El trayecto continuó bajo el sol que, a esa altura del año, castigaba a los desprevenidos. Hacían descansos cada hora, evitando los bosques más cerrados y cruzando en fila india los márgenes de los campos de almendros donde, de vez en cuando, veían algún cadáver vestido a la moda de hace cuatro años, formando parte del espantoso paisaje.

El verdadero peligro emergió cerca de la carretera de San Rafael. Allí, lo que había sido una gasolinera — ahora decrépita, adornada de pintadas religiosas y banderas negras — ocultaba una banda de saqueadores. Sara lo notó antes que los demás: el olor a tabaco, inusual para esa época, y el súbito silencio de pájaros muertos en los cables cercanos. Desde el parabrisas sucio de un Seat León oxidado, un rostro flaco la observó con el cañón de un fusil asomando por la ventanilla.

Las reglas eran sencillas: no mirar directamente a los ojos, no empuñar armas, y hablar primero. Sara se adelantó, las manos abiertas y la voz firme:

—Venimos de Santa Eulària, vamos a la ciudad. Trueque sólo, comida por medicinas, y paso seguro para los dos próximos días.

El saqueador miró a sus compañeros — cinco en total. Todos llevaban hachas viejas y escopetas recortadas, los tatuajes y la mugre formando una segunda piel.

—¿Podías ser doctora? —preguntó el líder con voz ronca—. Dicen que sabes coser heridas que ni un demonio cerraría.

Sara asintió. Sentía el corazón en la garganta. Sabía que la vida valía menos que un cartucho de escopeta, pero las noticias de una mano salvadora viajaban rápido.

—Veremos, pero sólo si nos dejáis cruzar. Sin trampas.

El trueque fue rápido y duro. Dejó tres vendas limpias, una caja de antibióticos, y un par de jarabes. A cambio, obtuvieron información sobre el paso más seguro hacia Puig d’en Valls. Era la diferencia entre la vida y la muerte.

Al llegar a las faldas de Dalt Vila, el sol se estaba poniendo. Desde la distancia, la antigua ciudad amurallada se mantenía como un nido de águilas sobre las ruinas de Ibiza ciudad. Allí, grupos de supervivientes se alternaban en las torres, encendiendo fogatas cuidadosamente cubiertas para no atraer miradas indeseadas. Las puertas, reforzadas con chatarra y maderas centenarias, eran tan sólidas como la desconfianza de aquellos que patrullaban en la noche. El jefe del puesto de guardia, un gallego exmilitar, les exigió a todos desinfectar manos y mostrar los dientes — las mordeduras seguían siendo la condena más temida.

Sara recorrió los pasadizos hasta la "zona médica", antes conocida como el Centro Cultural. Allí el aire olía a alcohol, y las paredes rebosaban de inscripciones: nombres de caídos, frases en catalán y castellano, poemas de amor y desesperación a partes iguales. Agotada, atendió a dos heridos por arma blanca y uno por mordedura parcial — la herida maloliente prometía poco futuro, pero logró anestesiar el sufrimiento lo justo para que su dueño pudiera despedirse de su pareja.

Esa noche, Sara fue convocada a la mesa de los "líderes" de Dalt Vila para decidir el futuro de la caravana. Había rumores de bandidos acercándose desde San Antonio, atraídos por la fama de la fortificación. Otros proponían abrir de nuevo una ruta marítima hacia Mallorca, aprovechando que los zombis apenas cruzaban el mar abierto.

—¿Podemos confiar en la gente fuera de los muros? —preguntó una mujer mayor, antes empresaria hostelera, ahora jefa de intendencia.

—Nadie confía en nadie —respondió Sara, mirando el rostro marcado de Lucian—, solo podemos organizar las necesidades y compartir lo poco que sabemos. Si dejamos este refugio como una fortaleza cerrada, perderemos la isla. Si nos arriesgamos a colaborar, tal vez alguien, algún día, vea una Ibiza distinta. Una menos rota.

Al amanecer, desde la muralla, veía el mar brillar como un espejo surcado de viejos barcos fantasmas y restos de placer olvidado. El sol nacía entre nubes violetas y columnas de humo lejanas. Ibiza, la isla blanca, resistía. Se teñía de cicatrices y esperanza. Los rumores sobre laboratorios militares ocultos en los peñascos del norte seguían apareciendo entre susurros; y la promesa de una cura, una vacuna, o al menos un nuevo orden, era tan fina como la niebla marina. Pero los vivos seguían luchando por espacio, agua y refugio, y en la lucha, aún existía el eco de lo que fue la humanidad.

Aquel día, por unas horas, la caravana respiró en paz. Daban gracias por haber sobrevivido otro sol naciente sobre una isla que se resiste a morir. Aunque la plaga aún seguía vagando en los rincones más oscuros, y el rugido de una horda podía llegar desde cualquier parte, la vida – al menos ahí, sobre las murallas – seguía abriéndose paso. Nadie sabía cuándo, o si alguna vez, volvería la música al otro lado de la bahía. Pero en cada gesto, en cada mirada cargada de cansancio y desafío, Sara veía una promesa: sobrevivir, reconstruir, y volver a buscar la risa donde ahora sólo había silencio y cicatrices marinas.

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