Brote
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Portada del relato Eco de los tambores en la isla muerta
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El silencio vuelve; el murmullo lejano de las olas es ahora acompañado por el repiqueteo de herramientas en el casco antiguo. Abajo, en la plaza, un grupo de niños juega a la pelota, vigilados por ancianos. La soleada Ibiza de la música y la embriaguez mediterránea es solo un recuerdo guardado como una leyenda entre quienes aún sobreviven.

Duración: 12:48

Eco de los tambores en la isla muerta
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

18 de septiembre de 2027

Las primeras luces del amanecer apenas acarician la costa blanqueada de Ibiza. Desde la antigua fortaleza de Dalt Vila, el mar parece inmóvil, quieto como un espejo roto. Las murallas, conservadas durante siglos contra corsarios y conquistadores, ahora protegen a una humanidad remanente del azote inquietante de los muertos que caminan.

No siempre fue así. Al oeste, la silueta de Es Vedrà permanece como testigo constante de todo lo que se perdió. En estos días de septiembre de 2027, la isla no es solo un punto en el mar Balear, sino uno de los pocos refugios que sobrevivieron a la marejada de destrucción que arrasó la península y media Europa. Desde hace años, Ibiza permanece aislada, convertida en un experimento involuntario de supervivencia y tenacidad.

Hoy, a diferencia de los años de colapso y caos, la vida empieza a tener un ritmo distinto, marcado por los toques de campana, el rugido ocasional de un viejo generador rescatado y el eco lejano de aquellos que aún no han aprendido a vivir en comunidad.

Francisco mira al mar desde el baluarte de Sant Bernat, con los dedos apretados en la barandilla oxidada. El uniforme de la milicia local le cuelga ancho, raído, símbolo de una autoridad construida a golpes y pactos precarios. Tiene cuarenta años, la mitad de los cuales los ha vivido en el mundo anterior: fue bombero voluntario, socorrista en las playas, a veces DJ en la temporada alta. Ahora es el jefe de los vigías de Ibiza.

—¿Nada, Paco? —resuena a su espalda la voz grave de Anna, la jefa del consejo comunal.

Él apenas mueve la cabeza. El sol asoma por el este, pero no hay barcos mercantes ni pesqueros. Eso, en otros tiempos, habría significado hambre, pero hace meses que la comunidad ha aprendido a rotar cultivos en las fincas y a desecar pescado para el invierno.

—Nada —responde—. Solo silencio.

Anna se acomoda a su lado, envolviéndose en una chaqueta de lana. Tiene el rostro curtido por el viento marino y las noches de guardia. Le cayó en suerte coordinar al consejo en los días más crudos, cuando Dalt Vila parecía un castillo medieval asediado por los muertos, y hoy no es menos duro, aunque la amenaza haya cambiado de forma.

—Hablé con los de Santa Gertrudis —dice Anna, mirando al interior de la isla—. Confirman otra vez avistamientos cerca de Sant Mateu. Un grupo de saqueadores. Humanos.

Francisco suspira. Esa palabra —humanos— nunca había tenido un matiz tan siniestro, pero en estos años de reconstrucción se ha transformado en el peor de los temores después de los zombis.

—¿Cuántos?

—Una docena, quizás menos —responde Anna, cuadrando sus hombros—. Van armados, pero no parecen querer acercarse a los asentamientos fortificados.

El silencio vuelve; el murmullo lejano de las olas es ahora acompañado por el repiqueteo de herramientas en el casco antiguo. Abajo, en la plaza, un grupo de niños juega a la pelota, vigilados por ancianos. La soleada Ibiza de la música y la embriaguez mediterránea es solo un recuerdo guardado como una leyenda entre quienes aún sobreviven.

Francisco baja la mirada al horizonte, pero en su mente repasa la cronología de los últimos siete años.

Primero fue el rumor. Después, radio e internet colapsaron. Los vuelos cesaron, los ferris dejaron de llegar. Los primeros zombis aparecieron en los bosques de la Serra Grossa, luego en el puerto. El pánico se apoderó de los turistas, algunos intentaron huir en yate. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos escaparon, cuántos naufragaron. Pronto Dalt Vila fue punto de reunión, baluarte frente al horror.

Ibiza quedó atrás, conectada sólo por la radio de onda corta con otras islas Baleares y, muy esporádicamente, con la rebelde Mallorca, que en los años siguientes osciló entre la anarquía, el dominio de bandas y al final, el surgimiento de una comunidad sobreviviente con la que hay comercio precario.

Eso también cambió. En algún momento de 2025, los zombis empezaron a deteriorarse, su amenaza disminuyendo. Pero el hambre, la sed y la desesperación humana fueron, a la larga, incluso más peligrosos.

El puesto de vigía da a una Ibiza serena en superficie: cultivos de maíz y olivo crecen en terrazas antiguas, caballos y mulas reemplazan coches y furgonetas, y la pequeña desalinizadora manual localizada en lo que fue un Beach Club garantiza lo esencial. Todo rodeado de improvisados muros y cercas, mantenidas y patrulladas a todas horas por los milicianos locales.

—¿Crees que debamos alertar a Eivissa Nova? —Pregunta Anna, usando el nombre con el que se bautizó la nueva comunidad levantada cerca de Sant Antoni tras desalojar la zona de zombis seis meses atrás.

Francisco lo piensa. Eivissa Nova ha crecido en poco tiempo, con molinos de viento produciendo electricidad limitada para radios y taller mecánico, y campos de girasoles y maíz. Allí, la amenaza de humanos armados podría ser letal si no están preparados.

—Sí. Y debemos enviar un grupo a reforzar la guarnición con ellos. No podemos repetir lo de Cala Llonga —responde él, recordando la masacre de la cooperativa agrícola a manos de saqueadores nómadas, apenas dos años atrás.

Ambos descienden hacia la plaza central. El sol ya pega fuerte sobre las losas irregulares. Josef, un adolescente moreno, espera junto a una bicicleta casi reconstruida.

—Hay noticias de Formentera —le grita, agitado—. Vieron luces en Es Pujols anoche. El consejo dice que son barcas.

Anna le dirige una mirada a Francisco, con la sombra de la preocupación bailando en sus ojos verdes.

—¿Zombis o humanos?

—No lo saben. No se acercaron.

Francisco asiente. Formentera, la hermana pequeña y cercana de Ibiza, fue despoblada en los primeros años. Queda un pequeño enclave de pescadores en La Savina, pero se comunican poco, temerosos de todo forastero.

Para cuando el sol está alto, Anna reúne al consejo. Hay ocho supervivientes adultos frente a ella: Antonia, que antes dirigía un hotel boutique y ahora es responsable del racionamiento; Luis, mecánico de origen ecuatoriano, repara radios y generadores con piezas sacadas de barcos y coches oxidados; Sofía, maestra improvisada, a cargo de los niños.

Se acuerda enviar una patrulla de tres hombres con armas rudimentarias —escopetas cortas, arcos hechos a mano, lanzas con restos de chatarra— para apoyar Eivissa Nova. También deciden enviar señales de radio a Mallorca y Menorca, solicitando información sobre movimientos de bandas o migraciones.

El trabajo nunca termina. Mientras los hombres parten con sus mulas, Anna recorre campos asistiendo a los agricultores. En su trayecto saluda a Candela, anciana huraña que cuida el rebaño colectivo de cabras cerca de Puig d’en Valls.

—El otoño llega pronto este año —le dice Candela, apretando su cayado de madera—. Si las lluvias no acompañan, faltará heno.

El tiempo, desde hace años, se mide en cosechas y en recuentos del ganado, no en fiestas ni en noches interminables de discotecas. Aun así, sobreviven retazos del pasado: en la despensa comunal, entre sacos de harina y latas de conserva casi vencidas, hay una turntable y una batería de altavoces que a veces los adolescentes encienden en fiestas improvisadas cuando la cosecha lo permite.

Solo por unos momentos, la música —la vieja música de Ibiza— borra el horror.

Pero ese día no habrá fiesta. Cuando cae la tarde, la patrulla enviada a Eivissa Nova regresa apresurada. Su líder, Rubén, alto, fuerte y de carácter adusto, informa:

—Solo iban seis. Estaban armados con machetes y cuchillos, alguno con una pistola vieja. Intentaban saquear la despensa de la comunidad. Les sorprendimos y respondieron con fuego. Uno de los nuestros está herido, pero el grupo huyó hacia el norte, hacia los acantilados.

Francisco intercambia miradas con Anna. Es el enésimo ataque en menos de un año. A cada comunidad que prospera le siguen bandas de forasteros decididos a sobrevivir con la violencia. El verdadero enemigo, ahora, es el ser humano.

Rubén añade en tono sombrío:

—Llevaban entre ellos a un niño. No parecía uno de los saqueadores. Estaba atado, con una mordaza.

Un escalofrío recorre el consejo. El secuestro se ha vuelto un crimen recurrente: niños y jóvenes forzados a trabajar en campos o servidumbre bajo amenaza de muerte. El consejo decide organizar una partida de búsqueda; la milicia voluntaria reparte lo poco que hay: machetes, viejos revólveres, arcos de flechas afiladas.

Esa noche, la alarma recorre Dalt Vila: cuatro fogatas encendidas en las colinas al norte de la ciudad, señal convenida de alerta. Anna observa las luces desde la plaza, inquieta por la sombra que estas proyectan sobre el futuro de la isla.

—¿Crees que algún día esto terminará, Paco? —pregunta—. ¿Que podremos vivir sin miedo de los otros?

Francisco le responde, mirando al horizonte donde la luna se alza sobre Es Vedrà:

—Solo cuando recordemos más lo que compartimos que lo que perdimos.

Pasarán semanas antes de que la banda sea localizada. Dos son abatidos en un enfrentamiento cerca de Sant Miquel. Otros escapan a la abrupta costa noroeste, donde los acantilados caen en vertical sobre el mar y solo las cabras salvajes se atreven a pastar.

Recuperan al niño, un pequeño de cinco o seis años, demacrado, sucio, incapaz de articular palabra por días. Es enviado bajo custodia de Sofía y los niños de la comuna lo adoptan como uno más, sin preguntar su origen. Así es la nueva ética en Ibiza, donde la supervivencia ha redefinido los lazos y la existencia individual.

Octubre avanza. Los temores a un rebrote de la infección persisten. Cada cadáver es quemado según el protocolo. Los enterradores voluntarios cubren sus rostros con máscaras improvisadas, desinfectan con vinagre y fuego. Se emiten boletines radiofónicos en catalán y castellano, transmitiendo cifras, consejos, avisos de comercio o trueque.

La reconstrucción es lenta, tercamente disciplinada. Cada pared, cada corral de piedra, cada parcela cultivada representa cientos de horas bajo el sol, noches de guardia y el peso acumulado del duelo.

Pero no todo es pérdida. Eivissa Nova crece, rodeada de almendros y girasoles. Al sur, en Sant Josep, un pequeño grupo de artistas y antiguos ingenieros fabrican papel y tinta —sus manuales de supervivencia hechos a mano circulan por toda la isla, atesorados como reliquias.

Algunos jóvenes exploran con asombro lo que queda de la tecnología pre-plaga; otros huyen al interior de sí mismos, reencontrándose con antiguos ritos olvidados, rezando a dios o a la mar, venerando a Es Vedrà, que se eleva inmutable sobre el agua, guardiana de los secretos de Ibiza.

El ciclo se repite: trabajo, vigía, trueque, defensa. Las noches transcurren bajo el parpadeo de velas y faroles, alrededor de fogatas donde los abuelos cuentan historias del viejo mundo —discotecas deslumbrantes, turistas multicolor, amores imposibles bajo la luna ibicenca— a una generación nueva que jamás escuchó un avión, que solo conoce el sonido de las campanas de alarma y los tambores de guerra.

Poco a poco, con cada luna llena y cada cosecha, Ibiza cicatriza. La isla blanca resiste; en sus murallas vuelven a pintar grafitis, esta vez no de DJs internacionales, sino de palabras que los supervivientes consideran sagradas: Vida. Unión. Esperanza.

Y al final de cada jornada, cuando el cielo se incendia en tonos de rosa y oro, los vigías miran de nuevo hacia el horizonte, temiendo lo que podría aparecer más allá del mar. Saben que el peligro persiste, que los humanos —más que los zombis ahora— son la amenaza real.

Pero también saben que, mientras haya alguien preparado para tocar la campana desde Dalt Vila, Ibiza vivirá. No será la Ibiza del mundo perdido, sino otra nueva, modelada a golpe de esfuerzo y memoria.

En el silencio de la noche, mientras la isla descansa y un viento suave acaricia los olivos, la música de la supervivencia sigue sonando, discreta, indeleble, constante. Y así, entre el miedo y la esperanza, la nueva Ibiza sigue adelante, faro diminuto, pero inquebrantable, en un mar de oscuridad.

Brote
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.