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Portada del relato Los Últimos Tambores de la Isla
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Fragmento:


Ibiza nunca había sido silenciosa. Había vivido de la música, de la voz incesante de fiestas y celebraciones, de la promesa constante de la llegada de alguien de algún lugar lejano con historias y ansias de vivir. Pero ahora, la isla, igual que el mundo, era una colección de susurros contenidos entre piedras y escombros.

Duración: 11:37

Los Últimos Tambores de la Isla
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Texto de ajuste de pausa.

7 de Enero de 2025

Cuando el gris de la mañana se asomaba sobre las aguas entre Eivissa y Formentera, Carla bajó la colina envuelta en un abrigo de lana que había encontrado meses atrás en un yate amarrado a la deriva. A lo lejos, los restos de los barcos turísticos se mecían como tumbas olvidadas. Las playas, antaño invadidas por turistas, estaban cubiertas de algas y objetos traídos por mareas afiladas que arrastraban consigo toda la memoria de un mundo sepultado.

Ibiza nunca había sido silenciosa. Había vivido de la música, de la voz incesante de fiestas y celebraciones, de la promesa constante de la llegada de alguien de algún lugar lejano con historias y ansias de vivir. Pero ahora, la isla, igual que el mundo, era una colección de susurros contenidos entre piedras y escombros.

En el puerto viejo, los supervivientes habían levantado muros a base de contenedores volcados, hierros y bolsas de cemento endurecido con agua de lluvia. Encontrar material siempre era cuestión de riesgo: los supermercados estaban desvalijados desde hacía años, y los almacenes que atesoraban partes metálicas eran vigilados por bandas errantes o, peor, se habían convertido en trampas mortales en los primeros meses de la plaga.

Carla llegó a la entrada principal, donde un grupo de guardias—armados con lanzas improvisadas y una sola escopeta heredada de la caseta forestal—entrececerraba los ojos ante el alba. El abrir y cerrar de la pesada verja era un rito que todos respetaban. Nadie entraba ni salía solo.

—¿Has visto algo? —preguntó uno de los hombres, un francés que nunca usaba su nombre.

—No. Demasiado frío para que se muevan —respondió Carla.

Era cierto. Desde mediados de noviembre, el viento de levante caía helado sobre la isla. Decían en la radio militar, esa mancha de estática que a veces lograba cruzar el mar, que el invierno hacía más lentos a los zombis, especialmente en regiones donde el viento soplaba con furia. En Ibiza, el mes anterior, habían muerto más personas de hambre y frío que de mordeduras.

El mercado improvisado del puerto se abría tímido, con tres tiendas en carpas azules y amarillentas. Había trueque de cebada en grano, linternas hechas con conchas y pequeñas velas, y ocasionalmente pescado seco o aceitunas que alguien había logrado guardar. Carla llevaba consigo un paquete de antibióticos, el verdadero tesoro, que se había guardado para el invierno desde hacía dos años. Los cambiaría por ropa para su hermana pequeña, que tosía por las noches en la vieja casa de su abuela, en Sant Josep.

La isla estaba dividida en facciones. Los de Vila—el centro amurallado, Dalt Vila, casi intacto desde el siglo XVI—eran la comunidad más grande. Resistían, cultivando lo que podían en terrazas y reconstruyendo sistemas de recogida de agua de lluvia en tejados. Al sur, los grupos de Es Cubells y Sant Jordi funcionaban como pequeñas aldeas, unidas por rutas vigiladas a pie y señales hechas con banderas de colores. Pero hacia el norte, en San Lorenzo, una banda armada controlaba los accesos y el paso por los caminos costeros, cobrando tributo en sal, armas o información.

La mañana se animaba mientras Carla avanzaba por las primeras filas de puestos. Saludaba con la cabeza a cada rostro conocido, estremeciéndose siempre por la presencia de los vigilantes situados sobre los techos, con la mirada fija en el bosque de matorrales bajos y pinos retorcidos que separaba el puerto del resto del pueblo.

De repente, un grito atravesó la bruma.

—¡Al sur! ¡Al sur!

El eco saltó de los puestos al muro improvisado. Carla apenas tuvo tiempo de mirar antes de sentir el tirón en el brazo de Amadou, un pescador senegalés convertido en líder de la guardia.

—Al refugio, niña —le ordenó, sin más explicaciones.

Las primeras siluetas aparecieron entre las zarzas: cuerpos famélicos, avanzando torpes, sucios de barro y sal. Por las ropas, Carla supo al instante que no eran zombis: dos iban cubiertos con chaquetas deportivas, una de ellas todavía con la mancha blanca de lo que tal vez fue un equipo futbolístico. Iban armados, quizá con cuchillos o palos.

Pero detrás de ellos sí venían los otros. Reptando, tropezando, cruzando las matas sin resistencia, la masa informe de muertos ambulantes se acercaba con la misma indiferencia de siempre. Carla sintió el viejo terror que la acompañaba desde la primavera de 2020, cuando en la otra orilla del Mediterráneo alguien gritó por primera vez que la muerte había dejado de cerrar los ojos.

Se refugiaron en la antigua bodega, ahora convertida en cuartel y almacén de medicinas. Carla, desde una ventana superior, observó cómo los primeros intrusos forcejeaban con dos guardias. Los tiros retumbaron. Una figura cayó al suelo. El resto giró y, sin pensarlo, saltó por encima de un contenedor, directa hacia la línea de la playa.

El caos sólo duró unos minutos. Los zombis, lentos y resbaladizos, perdieron fuerza al intentar escalar la pendiente de los muros de piedra. Por primera vez desde hacía meses, Carla vio cómo uno se desmoronaba, los huesos desmoronándose bajo su propio peso. El mar retumbaba en el horizonte, arrogante y feroz, ajeno a todo nuevo orden.

Cuando el peligro retrocedió, los supervivientes se reagruparon. Era uno de los primeros ataques en semanas: durante el invierno, la mayoría de los grupos prefería no arriesgarse y sobrevivir en escondites. El regreso de forasteros humanos era más raro, y por eso, más preocupante.

—No tenemos tiempo. Hoy salimos a por leña y revisaremos los sistemas de agua. Si no llueve pronto, quedaremos secos —dictaminó Amadou, y la atención giró hacia lo esencial.

Carla aprovechó el paréntesis para reunirse con los comerciantes. Un trueque rápido le dio lo que necesitaba: un par de botas y un abrigo ligero para Sara. También consiguió una pequeña tableta de sal, negociada con fragmentos de un cargador solar que ya nadie podía usar.

Camino de vuelta, cruzó la plaza frente a la iglesia. Allí, bajo el campanario desconchado, un grupo de niños se entretenía con piedras, componiendo formas que solo entendían entre ellos. Nunca habían bailado en las discotecas ni conocido el sonido de un autobús lleno de turistas. Nadie les hablaba ya del paraíso ibicenco, pero a su manera, sobrevivían al invierno tal y como hacían sus ancestros, siglos atrás.

El camino a Sant Josep estaba cubierto de escombros y vehículos volcados. Carla elegía el margen, recorriendo veredas por donde los pinos daban sombra y camuflaje. Sabía que debía evitar a los saqueadores—sobrevivientes extraviados por la violencia de los nuevos jefes de banda—y a los rezagados zombis, que de vez en cuando, atraídos por grillos nocturnos o por el olor de un fuego mal apagado, se arrastraban hasta los cultivos y dejaban tras de sí solo destrucción.

En la casa de su abuela, Sara la esperaba sentada junto al ventanuco, enredada en mantas. Cuando la vio llegar con las botas, sonrió débilmente. Sandra, su madre, se acercó y ambas compartieron una mirada silenciosa, de esas que guardan años de memoria comprimida en gestos mínimos.

—Hoy hubo movimiento en Vila —dijo Carla, repitiendo los fragmentos esenciales de lo que había presenciado—. Pronto los caminos no serán seguros. Quizá debamos buscar a otros y probar suerte cerca de Sant Antoni.

El consejo de Sant Josep se reunía cada semana en la vieja rectoría, y a veces, cuando la luna era clara, llegaban noticias de otros asentamientos. Pero la comunicación era frágil—dependía de señales de humo, o de niños veloces que servían como correos, a cambio de promesas de chocolate que ya nadie podía cumplir. Había quien soñaba con escapar en barco, cruzar hacia Mallorca o incluso a la Península, donde decían que los grandes ejércitos comenzaban a luchar no contra zombis, sino entre sí. Pero la mayoría había aprendido a confiar solo en lo que podía ver, cultivar o proteger con sus manos.

Aquella noche, mientras el viento sacudía las chapas del tejado y el fuego chisporroteaba en la chimenea improvisada, Sandra, la madre de Carla, recordó en voz baja cómo habían sido los inviernos antes de la plaga. Había fuegos en la playa, bailes improvisados, guitarras. Había amigos que regresaban cada año, y el mundo se antojaba infinito. Ahora, el universo era un puñado de metros cuadrados vigilados cada noche, con la esperanza de sobrevivir hasta la siguiente cosecha, hasta la próxima lluvia.

El sosiego no duraba mucho. A la mañana siguiente, Carla escuchó los ruidos de pasos en la colina. Subió por la finca, palanca en mano, y detrás de los escombros divisó a un grupo de extraños. Tres hombres y una mujer, cubiertos de capas y ropas prestadas. Iban desesperados, con la mirada vacía de quienes huyen de algo más que hambre.

—Venimos del norte. San Lorenzo ha caído —fue todo lo que dijo el primero. Nadie preguntó su nombre.

El consejo del pueblo se reunió a media mañana, discutiendo en voz baja si dejar permanecer o expulsar a los recién llegados. Habían aprendido, con dolor, que la compasión podía costar vidas. Pero también sabían que cada persona contaba, que un día de trabajo extra podía marcar la diferencia entre vida y muerte cuando escaseaba la leña, o cuando un muro se derrumbaba en la tormenta.

Al caer la tarde, el pequeño asentamiento de Sant Josep era un hormiguero. Gente atando barricadas, reforzando contrapuertas, afilando cuchillos. En una de las habitaciones de la rectoría, Carla y Sara cosían ropa a la luz de una vela, ajustando pantalones y remendando abrigos, mientras la radio vieja crepitaba desde la esquina.

—Aquí Emisora Cala Tarida —dijo una voz nasal, quebrada por la estática—. Horda en movimientos en la zona de Santa Gertrudis. Se aconseja evitar caminos principales. Dos grupos armados avistados al oeste. Repito…

Carla sonrió. Los códigos de señales entre asentamientos funcionaban—al menos, en la isla más pequeña. A veces, la esperanza era saber que otros, distantes pero vivos, seguían intentando comunicar, proteger, advertir.

Esa noche, antes de dormir, Carla se permitió un lujo: se asomó al huerto, donde unos brotes de patata asomaban entre piedras y tierra, y compuso en silencio una canción triste para la isla, una canción que nadie sabría jamás cómo era, porque renunciaba a la melodía para sobrevivir con el paso del viento.

Desde lejos, el mar seguía batiendo las rocas del promontorio, empeñado en su lenguaje de siglos. Ibiza resistía. A pesar de las guerras entre humanos, el frío despiadado, el hambre y la amenaza persistente de los muertos ya casi inmóviles, aún quedaba vida entre las colinas, una obstinada voluntad de no olvidarse del mundo anterior, ni perder la fe en construir otro día bajo el mismo sol.

Esa era la esperanza real de los supervivientes. No la promesa de recobrar todo, sino la certeza de que, mientras alguien recordara la risa de los suyos, el olor del mar y el tacto de un níspero o una higuera, Ibiza nunca caería del todo. Por mucho que hubieran cambiado las fronteras y las reglas, siempre sería —al menos al amanecer y al anochecer— una isla que no olvida.

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