Fragmento:
Vivo con veinte personas en una casa que alguna vez fue hostal. Está en el borde de lo que llaman ahora el núcleo seguro. Antes, sólo era la zona vieja. Cuando cayó el sistema, subimos muebles pesados hasta el portal, tapiamos las ventanas del primer piso y bloqueamos la entrada con una polea. Ahora parece una fortaleza improvisada, y lo es, porque sobrevive sólo quien improvisa bien. Eugenio, mi tío, es el jefe de esta micro-comunidad. Al principio, era sólo un profesor cansado que no sabía disparar una escopeta. Ahora, enseña a niños a montar guardias nocturnas y a trazar mapas de los campos comunales.
Duración: 10:55
12 de julio de 2028
El sol de la mañana cae fuerte sobre las murallas blancas y el tejado de la casa donde ya falta mucho de lo que alguna vez fue Ibiza. Desde aquí, sobre la acrópolis de Dalt Vila, el mar parece por momentos calmo, pero es sólo ilusión: al sur, dos barcazas oxidadas traen gente nueva, o lo que queda de ellos, y cada llegada es como abrir la puerta a lo imprevisible. Hace años que ninguno de nosotros disfruta de esa vista como los antiguos turistas. Ahora, el agua es frontera y los barcos, lotería: pueden traer trigo duro para macarrones o a esos comerciantes gallegos armados hasta los dientes. O un grupo de saqueadores disfrazados, o simplemente una nueva remesa de historias sin sentido que sólo sirven para poner más peso en el aire.
Me llamo Mara y tengo veintisiete. Algo así, porque nadie aquí puede ya contar los años con precisión. Sé que nací una primavera donde aún llegaban aviones y cada verano asfixiaba la isla esa plaga de cuerpos bronceados. A ratos, todavía sueño con el vapor de los chiringuitos en la playa y con motores fuera de borda compitiendo con la música de clubes legendarios. Ahora sólo hay silencio y el zumbido de los generadores, algunos días, entre el rumor de las cabras y el chirrido de los carros. Hasta la música regresó, pero es otra: gritos, silbidos, campanas. Ruidos de advertencia, no de fiesta.
Ayer saltaron los rumores: los jefes han pactado una tregua con la gente de Sant Antoni. No es la primera vez, pero algo ha cambiado. Desde la limpieza de la carretera de Santa Gertrudis hace ocho semanas todo se siente más simple y a la vez más tenso. Ibiza ya no es una isla sitiada, sino un archipiélago de pequeñas ciudades amuralladas, cada una envuelta en un océano verde y espeso que a veces es más peligroso que los zombis mismos. Ayer, por ejemplo, Anney, el vigilante francés, llevó una partida comercial hacia el puerto nuevo, más allá de Sa Penya, y a medio camino tuvieron que abandonar un carro. Nadie sabe si lo atacaron saqueadores, o si fue la vieja plaga, pero hay un miedo espeso en los ojos de todos.
Vivo con veinte personas en una casa que alguna vez fue hostal. Está en el borde de lo que llaman ahora el núcleo seguro. Antes, sólo era la zona vieja. Cuando cayó el sistema, subimos muebles pesados hasta el portal, tapiamos las ventanas del primer piso y bloqueamos la entrada con una polea. Ahora parece una fortaleza improvisada, y lo es, porque sobrevive sólo quien improvisa bien. Eugenio, mi tío, es el jefe de esta micro-comunidad. Al principio, era sólo un profesor cansado que no sabía disparar una escopeta. Ahora, enseña a niños a montar guardias nocturnas y a trazar mapas de los campos comunales.
La escasez, que hace unos años era sólo rumor, ahora es realidad, aunque aquí nos defendemos mejor que otros. Ibiza es fértil, y durante estos años aprendimos a cultivar cebadas y tomates donde antes florecían hoteles. Los antiguos campos de golf y las piscinas secas han sido convertidos en huertos, pero aún así, nada crece tan bien como el miedo. Nadie enciende una luz después del toque de queda voluntario, sólo linternas de dinamo. Y las carcajadas, cuando las hay, siempre suenan bajas y rápidas, como si estuvieran pidiendo permiso.
A la hora del desayuno –una sopa gris hecha con raíces y una pizca de sal del mar–, Eugenio nos anuncia que esta tarde llegarán dos carros desde Sant Josep cargados con harina y herramientas. El comercio es vida aquí. Fuera de la muralla, sobrevivir es cuestión de suerte. Me toca a mí y a Rubén, un forastero que llegó hace seis meses, acompañar la cabalgata hasta Es Canar, para entregar una carga de madera y aceite de oliva. Rubén es perro viejo; fue marinero y sabe leer las señales del cielo mejor que nadie. Nunca habla del pasado.
Al mediodía, salimos con los vehículos –chatarra a la que todavía le queda un poco de motor. El viaje es lento; las ruedas crujen, las bestias sudan, y el calor aplasta. Pasamos por campos que durante meses estuvieron infestados, ahora apenas quedan unos pocos zombis, que caminan erráticos y en silencio. Es extraño: da más miedo su quietud. Los cadáveres se amontonan donde antes hubo fiestas eternas. En San Rafael, algunos han montado un pequeño altar con botellas vacías y flores de plástico. Huele a memoria y a miedo.
Durante el trayecto, Rubén me cuenta parte de su versión de los hechos, entre frases escuetas. “La última vez que salí a la mar”, dice, “fue en una de esas noches en las que todos temíamos que nunca amanecería. Me salvé porque el velero encalló en Formentera y allí no había nadie. Todo el mundo había corrido hacia tierra firme, hacia el norte, menos yo. Me quedé solo hasta que llegaron los fuegos”. Pregunto por su familia, pero calla.
El intercambio en Es Canar es tenso. La gente sólo baja la guardia cuando hay niños presentes. Los líderes de allá, encabezados por Carmela, nos vigilan mientras pesamos la harina con una balanza vieja. El contacto humano se reduce a lo indispensable, pero hay algo cálido en los ojos de Carmela, una promesa de tregua. Ella y Eugenio intercambian mapas y frases de esperanza suspendida: la posibilidad de una ruta segura que conecte Santa Eulària, Es Canar y Sant Carles antes de que vuelvan los grupos nómadas o alguna horda errática.
En el camino de vuelta, ya cae el sol y todo parece inmóvil, pero al llegar a una curva cerca del viejo club Amnesia, Rubén tensa el cuerpo. Un grupo nos observa desde las ruinas del antiguo aparcamiento. Son humanos, cuatro adultos y un niño. Llevan ropas raídas y hambrientas. Rubén hace un gesto de calma y detiene el carro a distancia prudente.
“¿Qué buscan?”, pregunta fuerte. La negociación es instantánea: agua, algo de comida, una promesa de trabajo. Se llaman Lalo, Mireia y su hijo Simón, venían de la península, cruzaron en una balsa improvisada hace dos meses. Nos enseñan la piel marcada por el sol y la sal, y en sus mochilas apenas quedan un puñado de frutos secos y una lata oxidada. Decimos que sólo podemos dejarles una parte del aceite y una escudilla de la sopa. Prometen trabajar a cambio de refugio. Uno no puede dejar de cuidarse, pero tampoco somos monstruos. Ibiza, de milagro, se ha librado de lo peor de los saqueadores: aquí una reputación sobrevive tanto como una cosecha.
A la entrada de la ciudadela, una escaramuza interrumpe ese precario equilibrio. El puesto de avanzada, cerca de la plaza vieja, lanza el aviso: hay movimiento al este, donde un bosque reciente da cobijo a grupos nómadas. Corremos, y desde una elevación vemos la escena. Unas quince figuras se mueven erráticamente, algunas más rápidas. No son del todo zombis; al menos cinco van armadas y gritan en un idioma que no es el nuestro. Disparan una vez al aire.
La defensa se organiza en segundos. Eugenio da la orden y un grupo sale con lanzas de tubos plásticos y dos escopetas medio funcionales. Las campanas de alarma resuenan en la Atalaya. La tensión es extrema, pero el ruido y la visión de los hombres armados hace que los nómadas se replieguen. Durante la noche se oyen disparos a lo lejos, sin acercarse más.
El día siguiente se amanece con un recuento exhaustivo. Nadie falta, ningún zombi se acerca, el grupo de forasteros acepta un encierro “provisional” en uno de los viejos garajes, mientras se les decide el destino. Carmela manda un mensaje por radio rudimentaria: han tenido problemas parecidos, aunque las bandas suelen migrar rápido desde las zonas secas del sur.
Desde la azotea, veo la luz dorada cubrir Es Vedrà. La naturaleza avanza sobre los hoteles abandonados y los caminos destrozados. El horizonte se llena de nubes, y pese a todo, siento una esperanza casi infantil. Hay tomates en los huertos, y el trueque funciona. La isla, marcada por viejas cicatrices de excesos y crisis, ahora florece a su manera.
Por la tarde, asisto a la escuela improvisada de los pequeños. Hay siete niños en mi grupo: cuatro nacidos después de la caída y tres que aún recuerdan el mar lleno de veleros. Hablamos de los animales feroces, de las cosechas y de la historia de la isla. Ana, la hija mayor de Eugenio, cuenta cómo fue el primer invierno tras la plaga, cuando la sal del mar salvó a muchos de morir de hambre. Les enseño sobre el ciclo de las semillas y cómo distinguir las plantas venenosas.
Por la noche, el consejo comunitario se reúne para decidir si aceptarán al grupo de forasteros. Tras una deliberación tensa, y con la promesa de que trabajarán en los campos y respetarán el toque de queda, se acepta su integración temporal. Hay quien protesta: “Cuantos más seamos, más bocas y más peligro.” Pero otros recuerdan que hace años, toda la isla sobrevivió gracias a un puñado de extranjeros que sabían manejar motores o fabricar jabón.
Ya tarde, Rubén y yo salimos al patio. El murmullo de los demás se va diluyendo. Me pregunta si alguna vez fui feliz antes de todo esto. Intento recordar, pero mi memoria es un mosaico hecho de imágenes borrosas: una fiesta electrónica, una tarde de playa, risas, viento, el olor del mar. Digo que sí, y él sonríe. “La felicidad es saber que, mañana, aún hay algo por lo que volver a la cama.”
En la última guardia de la noche, un grito rompe el silencio. No es miedo, es risa. El niño, Simón, ha encontrado un gato pequeño entre los escombros y ha decidido llamarlo “Motor”. Alguien improvisa una canción infantil. Por un momento, la isla recuerda que hay vida más allá del peligro, que estamos vivos, y que, pese a todo, aún queda música.
Ibiza, en este año de 2028, no es ni una sombra de su antigua gloria, pero es más humana de lo que nunca fue. Aquí sobrevivir no es sólo dormir con un ojo abierto y un cuchillo bajo la manta; es aprender a confiar, a esperar, a construir con las manos gastadas y el corazón endurecido por mil penurias. No todos lo logran, algunos se van, otros se pierden. Pero aquí, mientras el sol vuelve a salir tras las murallas y las campanas suenan para advertir, y no para celebrar, sentimos que, muy despacio, algo nuevo está naciendo entre las ruinas.
Y en la brisa, antes de dormir, cuando todos parecen rendidos, a veces creo escuchar el eco lejano de aquella vieja Ibiza, la de las noches infinitas, las luces y las risas, cruzando el tiempo sólo para recordarnos que nunca estuvimos del todo solos.
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