Fragmento:
Bajó con cuidado, la linterna de dínamo rebotando en su cadera. Sonia, su compañera de guardia, la esperaba junto a la estufa y el panel de señales, entumecida y ojerosa. Cada noche, repasaban el diario del asentamiento: llegadas de sobrevivientes, muertos enterrados, nacimientos, pérdidas de animales. Este año habían conseguido mantener tres caballos vivos y media docena de gallinas lejos de las ratas o los perros salvajes.
Duración: 11:38
18 de Noviembre de 2025
La niebla se levantaba densa donde antes el Mediterráneo brillaba, y la silueta de Es Vedrà, esa roca mítica envuelta en leyendas, relucía débilmente al sol mustio de noviembre. Hacía frío en Ibiza. El mar golpeaba las piedras en la ensenada de Sa Caleta; el viento traía un eco de muerte y salitre hasta los muros reforzados de la colonia. Marina sujetó con fuerza el rifle, sentada en el último piso del antiguo faro de Santa Eulària, que ahora era puesto de vigilancia y faro de señales para toda la comunidad. El invierno traía consigo menos hordas, pero ninguna confianza. En el transcurso del otoño, el temor no venía tanto de los zombis, sino del mar, de esos botes improvisados que cruzaban desde Mallorca o incluso desde la costa valenciana, cargados de saqueadores o desesperados que ya no distinguían entre vida y hambre.
La isla había cambiado. No quedaba música, ni fiestas electrónicas, ni turistas; solo el zumbido de los generadores y el olor a madera húmeda de los refugios improvisados. Las ruinas de villas de lujo servían ahora como almacenes para semillas, trampas, y puntos de encuentro armados. Las playas, antes rebosantes de cuerpos bailando al sol, ahora estaban alambradas y sembradas de clavos oxidados y miradores desde donde vigilar posibles desembarcos. Dicen que Ibiza nunca duerme, pensaba Marina, pero ahora era más cierto que nunca. Nadie podía permitirse dormir más de cuatro horas seguidas.
El turno de vigilancia se le hacía eterno, los escombros del hotel derrocado frente al faro servían tanto de trinchera como de cementerio para los que cayeron defendiendo aquel acceso lateral del puerto. A un lado, colgaba un cartel pintado con pintura blanca y letras negras temblorosas: "AQUÍ VIGILA IBIZA". Era una mezcla entre advertencia y oración. A través de la mira del visor, Marina veía las colinas deformadas por la guerra y el abandono. En la distancia, la antigua carretera hacia Sant Antoni estaba cortada por barricadas: alambres, carros volcados, troncos gruesos. Más allá, humo: eran los fuegos de los nuevos asentamientos.
Bajó con cuidado, la linterna de dínamo rebotando en su cadera. Sonia, su compañera de guardia, la esperaba junto a la estufa y el panel de señales, entumecida y ojerosa. Cada noche, repasaban el diario del asentamiento: llegadas de sobrevivientes, muertos enterrados, nacimientos, pérdidas de animales. Este año habían conseguido mantener tres caballos vivos y media docena de gallinas lejos de las ratas o los perros salvajes.
—¿Algún movimiento? —preguntó Sonia, sirviéndole una taza de café de cebada, tan negro como la noche más silenciosa.
Marina negó con la cabeza. Sabía que la amenaza estaba más cerca de lo que parecía. En los últimos tres meses, varias bandas habían intentado asaltar la isla en pequeños barcos a motor. Los defensores respondían con balas ahorradas, piedras, y cócteles caseros hechos con gasolina y botellas de Ron Ibiza. Nadie tiraba nada; cada envase podía ser un arma, cada resto de tela una mecha.
En la bitácora del día, anotaron: “Oleaje alto. Avistamiento de balsa a dos millas suroeste. Sin contacto.” Luego revisaron el código de señales con los asentamientos del norte: tres fogatas encendidas equivalían a “día tranquilo”. Cuando una cuarta se prendía cerca de Puig d’en Valls, todos se preparaban: “Enemigo a la vista”.
Esa noche, el viento trajo un rumor extraño, un canto como de niños a lo lejos, transportado por la brisa fría. Marina tomó aire y miró a Sonia.
—¿Crees que haya otro grupo buscando refugio? —preguntó.
—O buscando qué llevarse —respondió Sonia, sin apartar la vista del mar.
En las semanas previas, la tensión había ido en aumento. Meses antes, algunos de los suyos habían caído durante un enfrentamiento con saqueadores venidos de la península. Los supervivientes, endurecidos y silenciosos, mantenían el recuerdo de lo ocurrido aquel septiembre clavado en la piel. Desde entonces, cada recién llegado debía pasar cinco días en cuarentena y bajo vigilancia antes de entrar al recinto fortificado del antiguo colegio reconvertido en comedor y dormitorio comunal.
La colonia se sostenía gracias a la agricultura: huertos en terrazas, cultivos protegidos tras muros de piedra, y el agua recogida de los tejados y almacenada en aljibes. Los generadores eléctricos, tesoros irreemplazables, estaban solo en manos de los escogidos: el grupo de prensa, donde se copiaban y revisaban mapas y directrices; el pequeño hospital de la zona de Santa Gertrudis; y el taller de reparaciones de vehículos de Cala Llonga, cuya energía era usada con suma mesura.
De noche, la mayoría cocinaba a leña. Los niños jugaban con muñecos hechos de tela y palos, sin haber conocido el TikTok, ni los neones, ni el rugido lejano de las discotecas. La memoria del mundo viejo llegaba solo en relatos a la hora del fuego, historias irreales sobre la Ruta de la Sal, la Feria Medieval, los turistas alemanes y británicos en busca de sol. Ahora solo quedaban historias sobre el valor de mantenerse juntos, sobre el miedo siempre agazapado al sur, de donde nunca llegaban ni ayuda ni esperanza.
Al amanecer, un disparo rompió el silencio azul. Desde la torre, vieron un bote de madera deslizándose, traqueteando contra las olas, con cinco figuras apretadas. Al ver el fusil armado en la atalaya, levantaron las manos, mostrando que no iban armados. Dos eran mujeres; uno, apenas un niño de unos once años, cubierto con una manta militar.
Un pequeño grupo de defensa, liderado por Ismael —antiguo socorrista de la playa de Talamanca, ahora convertido en coordinador de la milicia local— salió a su encuentro. Marina lo acompañó. El sol apenas despuntaba, y el aire era una promesa de invierno crudo. Los recién llegados hablaban catalán y castellano como los de casa, y eso relajó un poco al grupo de vigilancia, aunque nadie bajó las armas.
—Hemos pasado tres días en el mar —dijo la mujer mayor, su voz un susurro entrecortado—. Nos fuimos de Mallorca cuando cayó el refugio de Manacor.
Ismael los hizo esperar el tiempo reglamentario en la cabaña de cuarentena. Luego los alimentaron con sopa de garbanzos y pan duro, una fiesta en tiempos de guerra.
Ese día, durante la reunión del consejo de la colonia, se intercambiaron noticias. Los forasteros habían visto, antes de huir, cómo hordas enormes caían sobre las ciudades del interior de la isla vecina. Decían que el mar, en ocasiones, arrastraba cadáveres hasta las playas, y que apenas unos pocos aún intentaban defender pueblos pequeños. Había habido rumores de barcos militares navegando cerca de Menorca, pero nadie sabía quién los comandaba ni si quedaba alguna autoridad legítima.
La bandera improvisada de la colonia —hecha con viejas sábanas blancas y el logo desdibujado de una discoteca— ondeaba sobre la muralla del colegio, entre maleza y antenas improvisadas para captar señales lejanas. Los radares improvisados con piezas de coches rotos apenas funcionaban, pero se habían constituido en símbolo de la obstinación ibicenca.
Las noches en Ibiza eran un compás de miedos y esperanzas. Bajo el influjo de la luna llena, las historias de los más ancianos adquirían un brillo especial. Aquella noche, Marina se sentó con los recién llegados alrededor del fuego, y el niño de Mallorca encendió una vela, gesto aprendido de su abuela. Al resplandor amarillo, Marina preguntó qué echaban de menos.
—No echo de menos nada —dijo el niño finalmente—. Nunca tuve nada antes.
La frase la devolvió al presente. Todo lo demás —el mundo de las redes, de las modas, de los lujos— era solo un eco lejano, transformado ahora en voluntad de resistir.
A partir de la llegada de los mallorquines, la colonia se replanteó sus defensas. Se organizó un mercado de trueque más estructurado: pescado salado, jabón casero hecho a partir de grasas animales, pequeñas piezas de motor útiles, medicinas de fecha dudosa, navajas y semillas. El trueque se mezclaba con las noticias, y los rumores volaban rápido: que en San Juan tenían una peste en los cultivos; que una noche, en Sant Agustí, atracó un velero con armas a cambio de miel y queso de cabra; que en el sur de la isla, cerca de Ses Salines, una caravana había sido asaltada y solo sobrevivió una niña, ahora muda.
En el consejo de mediadores, se debatía si debían establecer contacto con Formentera, donde se decía que vivía una comunidad pequeña pero estable con energía hidroeléctrica en las salinas. Otros sugerían reforzar el faro de Es Vedrà como señal para nuevos posibles sobrevivientes o posibles aliados. El mar era frontera, pero también promesa.
En los últimos meses, era más común dejar salir pequeños grupos de exploradores por el interior de la isla. Los otrora bosques de pinos, algunos arrasados por incendios, otros por la necesidad de leña, ahora eran campos de vigilancia; la reforestación era un lujo que solo podrían plantear cuando la amenaza zombie fuera realmente residual. Pero la vida —y la muerte— se movía en una rutina inquebrantable: fortalecer las barricadas, cosechar, arar cuando la tierra lo permitía, patrullar la costa.
Apenas dos semanas antes del frío más crudo, un grupo de saqueadores llegó navegando en tres neumáticas robadas. Sin la coordinación de otros meses, pillaron desprevenida la costa norte y mataron a tres colonos antes de caer acribillados. Tras ese ataque, la colonia tomó una decisión: organizar una cuerda de señales con espejos, humo y códigos sonoros, para avisar de cualquier presencia extraña en la isla. El miedo era ahora institucionalizado; la desconfianza, una moneda que todos pagaban.
Marina, que nunca había conocido la Ibiza antigua salvo por fotos y leyendas, se preguntaba si alguna vez volverían los tiempos en que el mar era sinónimo de vida, no de amenaza. Veía a los niños —ya más serios, más atentos a las caras y los silencios que a los juegos— y comprendía que ellos eran la esperanza de un mundo que tenía que reinventarse sobre las ruinas del otro. Las generaciones que venían nada sabían sobre Instagram, sobre la ruta de fiestas ni el glamour; para ellos, el verdadero lujo era tener un techo estanco y una sopa caliente después de sobrevivir a otra luna llena.
A veces, cuando el cielo estaba despejado, algunos subían a la colina de Sa Talaia para ver las luces titilantes de las nuevas aldeas en la costa, esperanza titilante contra la negrura del apocalipsis. Un día, prometían, Ibiza sería otra vez un faro: no de fiesta, sino de refugio, de resistencia y de humanidad. Pero para eso, aún faltaba resistir otro invierno. No estaba garantizado.
Al anochecer, el aire era tan frío y limpio que hasta las estrellas se veían nuevas, como si el cosmos mismo hubiese olvidado la civilización caída y ahora saliera de nuevo, curioso por ver quiénes de entre los humanos habrían de escribir la próxima leyenda insular.
Ibiza sobrevivía. Despierta. Atenta. A la espera del próximo rumor en el viento, la próxima lección escrita con sangre y coraje sobre las piedras viejas bañadas por el mar.
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