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Portada del relato Ecos en la Fortaleza de Neón
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Fragmento:


La esposa, con la desesperación perforándola, masculló: “¿Va a matarlo?”

Duración: 11:40

Ecos en la Fortaleza de Neón
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Texto de ajuste de pausa.

17 de Octubre de 2020.

Durante semanas, el horizonte de Las Vegas había sido un río de humo oscuro que flotaba sobre hoteles descascarados y torres en penumbra, un anuncio funesto para quienes aún resistían detrás de barricadas improvisadas. Ya no se escuchaba la música de las fuentes del Bellagio ni el bullicio de los turistas. Todo era silencio, roto solo por gritos lejanos y el seco estallido ocasional de disparos.

La estación de policía de Fremont Street, convertida en cuartel de resistencia, estaba rodeada por una amalgama de patrullas volcadas, autobuses turísticos acribillados a balazos y torres de muebles apilados. Desde el primer brote, los agentes que quedaban –o los que sobrevivían todavía a sus heridas– se habían reagrupado aquí. Nadie supo muy bien cuándo la vigilancia se transformó en cerco militar, ni cuándo la automatización del pánico dio paso al instinto básico de supervivencia. Para Gabby Moreno, teniente con más de quince años de servicio, el umbral lo marcó la noche en que el sargento Bryce atacó a uno de los suyos.

Un estruendo proveniente de las puertas traseras la hizo estremecer. En el vestíbulo, bajo un cartel descolorido que indicaba “To Jail Cells”, docenas de sobrevivientes se acurrucaban entre almohadones y mantas sucias. Los uniformados apenas se diferenciaban de la gente común. Las insignias eran poco más que recordatorios de una autoridad muerta.

Gabby se acercó a un monitor portátil, acoplado a una batería de auto. Afuera, los reflectores, alimentados con lo que quedaba de un generador de casino, proyectaban haces tambaleantes sobre lo que quedaba del Strip. Allí, bajo la luz mercurial, se arremolinaban siluetas irregulares, tropezando y tambaleando sobre las baldosas manchadas. Zombis. Eran decenas, quizá cientos, olfateando la humanidad tras el muro de carros y chatarra.

“¿Han vuelto a intentarlo?” preguntó una voz detrás de ella.

Era el agente Cho, con el pelo pegado a la frente por el sudor. En su antebrazo, una venda sucia cubría una mordedura que todos fingían no ver. Nadie preguntaba ya si Cho había sido mordido por un zombi o por otro desesperado. En estos días, una herida siempre era motivo de atención –y, aunque nadie lo decía abiertamente, de temor.

“Lo mismo de todas las noches,” respondió Gabby, “se obsesionan con la puerta trasera. Saben que estamos aquí.”

Cho asintió. En sus ojos oscuros brillaba el hambre y el miedo. “En la sala de interrogatorios tenemos una familia más. Los recogió el grupo de recuperación.”

“¿Algún herido?”

“Uno. El padre. No pueden parar el sangrado. Dicen que fue mordido tratando de buscar comida en una licorería.”

Gabby apretó los dientes. Había perdido la cuenta de cuántos cuerpos habían arrastrado a la sala para, finalmente, tener que poner una bala en la cabeza. Pero cada mordedura era una crisis. No por la amenaza inmediata –todos sabían lo que había que hacer– sino por el dilema moral que suponía. ¿Cuándo, exactamente, dejaría de ser un hombre para convertirse en monstruo?

Cruzó el corredor. Las paredes estaban cubiertas de graffitis: nombres, plegarias, obscenidades. Abrió la puerta reforzada y entró en la sala. Dentro, una niña de unos siete años lloraba abrazada a su madre. En el suelo, el hombre sangraba por un vendaje improvisado hecho con la camiseta de casino. El rostro pálido, los ojos enrrojecidos.

“Déjenme conversar con él un segundo,” indicó Gabby.

La esposa, con la desesperación perforándola, masculló: “¿Va a matarlo?”

“Voy a hacer lo posible por ayudar,” mintió Gabby.

Se arrodilló junto al hombre. “¿Quieres que te saque de aquí?”

El herido la miró, asintiendo a duras penas.

“Sabes cómo termina esto, ¿verdad?”

Él sonrió débilmente, mostrando los dientes ya azulados por la fiebre. “Sólo… que no sea frente a ellas…”

Era la petición de la mayoría. Un último acto de amor. Gabby se levantó. “Prepárenlo para trasladarlo a la celda del fondo,” ordenó a Cho. “Y que alguien vigile la puerta cuando terminemos.”

Cuando la mujer entendió lo que ocurría, estalló en sollozos. La niña se tapó los oídos. En el pasillo dos agentes –Mallory y Hawke– apartaron la mirada.

Gabby observó el reloj de pulsera. Habían pasado 36 horas desde el último ataque importante. Todo era resistencia y rutina. Y esos momentos, entre el horror y la espera, se hacían interminables.

Un grupo armado, reclutado entre comerciantes y antiguos croupiers, patrullaba los pasillos. La estación se mantenía gracias a turnos interminables, a la disciplina que sólo el miedo puede inculcar, y a una determinación nacida de las cenizas de todo lo que fue la ciudad. Hasta hacía poco, Las Vegas era un paraíso de neón y excesos, un parque temático que nunca dormía. Ahora, cada centímetro de la estación era una trinchera.

En el segundo piso, el antiguo despacho del comisario servía de almacén para comida, medicinas y lo más preciado de todo: munición. Las cajas de munición estaban bajo llave, vigiladas por dos hombres. Nadie confiaba ya en el control absoluto. Por las noches, algunos cuchicheaban sobre la tentación de marcharse con todo el botín en el momento oportuno.

El transmisor de radio militar, rescatado de un camión blindado, recibía cada vez menos señales. Nadie sabía si el gobierno existía todavía. Gabby había perdido contacto con el capitán en la última oleada, cuando la horda arrasó la calle Flamingo y las comunicaciones cayeron. Desde entonces, la promesa de rescate era como la última ficha de un jugador en ruinas: esperanza vacía.

El sonido de botas aceleradas la devolvió al presente. Era Hawke: “Teniente, hay movimiento. Parecen menos zombies… pero hay gente armada, al sur. Podrían estar buscando entrada.”

Gabby maldijo entre dientes. Últimamente, los saqueadores eran tan o más peligrosos que los infectados. Habían perdido a dos agentes en un tiroteo hace apenas tres noches. “Déjame ver,” respondió, y se precipitó hacia la sala de monitores.

En las cámaras infrarrojas, distinguió tres figuras moviéndose furtivamente entre taxis volcados en la esquina de Fremont con Main. Llevaban bates, uno de ellos sostenía un fusil de caza oxidado. Parecían decidir si atacar o no.

“¿Zombis o cazadores?” preguntó Mallory, a su lado.

“No me importa. Si intentan abrirse paso, respondemos con todo.”

Nadie hablaba de negociación. La última vez que dejaron entrar a un grupo armado, se llevaron la mitad de los víveres y balearon al agente Clark, que agonizaba aún en la enfermería.

Gabby reunió a los suyos: siete agentes, seis civiles armados, tres voluntarios que decían haber servido como guardias en casinos. Les asignó posiciones, revisó cargadores y se aseguró de que cada uno tuviera claro su perímetro.

De fondo, el murmullo sordo, siempre presente, de los zombis. A veces, uno podía olvidar su existencia durante unos minutos, hasta que un gemido ahogado recordaba la amenaza latente, los cuerpos caminando como relojes sin cuerda, sin propósito excepto morder, devorar, propagar la plaga.

La noche avanzaba como un animal herido. La tensión aumentaba en cada corazón. Allá afuera, Las Vegas ardía en puntos dispersos: juegos de luces rojas y naranjas donde los zombis se incendiaban por error, o por algún saqueador que usaba cócteles molotov para abrirse paso.

Hacia la medianoche, el movimiento al sur se intensificó. En el monitor, Gabby vio cómo uno de los forasteros atacaba a un zombi y terminaba sendo mordido en el antebrazo. La cámara captó la lucha desesperada, el rostro del forastero distorsionado en una mueca que ella había visto cientos de veces.

“Mallory, cúbrete. Esa gente va a tratar de entrar, y uno ya está infectado. Disparen sólo si intentan forzar la entrada.”

No tardó. Unos minutos después, llegaron los primeros golpes en la puerta lateral. “¡Abran! ¡Necesitamos ayuda! ¡Hay niños!” rugían del otro lado.

Gabby contestó por el altavoz: “Identifíquense y muestren las manos. Nadie armado entra sin revisión.”

“¡Nos siguen los zombies, vamos a morir!”

Los gritos se mezclaban con gemidos, y Gabby supo lo que vendría después. Todo se precipitó: la puerta de metal resistía, pero el ulular frenético de los infectados se sumó a los gritos humanos. Uno de ellos, el mordido, se adelantó tambaleante. Gabby vio el vendaje sanguinolento antes de oír los disparos. Hawke disparó primero, una ráfaga precisa que derribó al recién convertido.

Entonces, de la espalda de los forasteros, surgieron tres zombis más, arrastrando pies y lanzando dentelladas al aire. Se desató la confusión. Balas silbaron; los recién llegados intentaron saltar por encima de un coche, pero uno falló y fue alcanzado por las fauces de un zombi.

Al final, solo una mujer resistió, sangrante, sujetando a un niño aterrorizado. Gabby gritó: “¡Dejen pasar a esa mujer!” Los agentes abrieron la puerta secundaria lo justo para arrastrarla a la seguridad relativa de la estación.

Los gritos cesaron afuera, reemplazados por el gruñido sordo de los zombis alimentándose.

Agotados, el grupo cerró filas. La mujer, una enfermera que decía llamarse Dee, repetía una y otra vez entre sollozos: “Están por todas partes. No hay salida, no hay salida…”

Horas más tarde, Gabby patrullaba el piso superior. El agente Cho, pálido y tembloroso, se mantenía en su puesto con todo el ahínco que podía reunir. Gabby se le acercó.

“¿Tienes fiebre?”

Cho asintió, intentando disimular. “No he dormido, teniente. Estoy bien.”

Ella le tocó la frente. Hirviente. Sabía lo que debía hacer. “Ve abajo. Busca a Mallory. Quiero que te revisen. Si los síntomas aumentan, te encerraré en la celda del fondo.”

Cho la miró, suplicante, pero finalmente obedeció.

A la hora siguiente, se corrió la voz: Cho había caído. Su mujer, empleada en el sector de logística, pedía ver el cadáver antes de que lo destruyeran. Gabby le permitió el paso, sabiendo lo que costaba esa decisión.

En la radio militar, solo llegaban interferencias. La señal de la Policía Metropolitana de Las Vegas había desaparecido. Gabby comprendía lo que significaba: estaban solos, rodeados por la muerte y la desesperación. Aun así, cada día, cada hora, era una victoria.

Al amanecer, recorrió la sala donde dormían los supervivientes. Vio niños abrazados a sus madres, adolescentes en camisetas de equipo universitario con los ojos rojos del insomnio. En otro rincón, un hombre llora silenciosamente sobre una caja de municiones. Podía oír, al otro lado de las paredes, el arrastrar incesante de los muertos, el asedio perpetuo que no entendía razones ni súplicas.

“¿Sobreviviremos?” preguntó Mallory, acercándose despacio, la voz tostada por el agotamiento.

Gabby no respondió de inmediato. Miró a su alrededor. Si el mundo hubiera sido diferente, tal vez podría haber dado una respuesta tranquilizadora. Pero aquí, en las entrañas de la estación de policía de Fremont Street, se aferraban a la vida como a una apuesta hecha con la última ficha sobre la mesa, mientras afuera el infierno era una constante.

“Sólo mientras podamos disparar. Mientras tengamos balas, coraje… y uno al otro. Eso es todo lo que queda.”

El sol asomó brevemente, tiñendo en escarlata los ventanales rotos y destellando sobre los grafitis del corredor. Gabby se preguntó si algún día, en una ciudad menos rota, alguien contaría la historia de los hombres y mujeres que lucharon en los últimos días de Las Vegas. De ser así, habría que decirlo claro: en la fortaleza de neón, la mordedura y el deber eran una sola cosa, y cada noche era el último asalto.

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