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Portada del relato Las luces que nunca se apagan
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Fragmento:


Juntos se sumergieron en la niebla azulada de esa mañana. Caminaron en silencio entre destellos de máquinas tragaperras encendidas al azar, parpadeando como si aún esperaran que alguien viniese a tentar la suerte. Marcus pasó la mano por una columna de mármol simulada. Todo tenía un aire postizo, incluso la desesperanza.

Duración: 10:33

Las luces que nunca se apagan
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Texto de ajuste de pausa.

3 de Diciembre de 2020

El frío del invierno en Nevada rara vez es noticia, pero ese diciembre era diferente. En el amanecer del tercer día de aquel último mes del año, Las Vegas era apenas la sombra congelada de lo que alguna vez fue: la capital mundial del exceso, el libertinaje, el juego, el neón constante y los sueños que se pagaban caro. Todo eso había desaparecido en noches de sangre, gritos y locura. Ahora solo quedaban vestigios de una civilización que alguna vez creyó que su ruleta nunca dejaría de girar.

Marcus Lansing era uno de los pocos habitantes que aún recorrían la legendaria Strip. Sus pasos se perdían entre la nieve y el polvo de los escombros, mientras, al fondo, las montañas lucían una línea blanca apenas visible, recordándole que el invierno en el desierto podía ser mortal. Iba con la escopeta colgada al hombro y el cargador en el bolsillo, más por costumbre que por convicción. Después de todo, los zombis, a esa altura del apocalipsis, seguían deambulando por los vestíbulos de los hoteles, tropezando eternamente sobre alfombras empapadas de sangre reseca.

El amanecer era una fina línea azul entre las ruinas del Bellagio y el Paris. Marcus avanzaba sin apurarse, escudriñando el crepúsculo. En la esquina donde antes un animador disfrazado de Elvis posaba para turistas, ahora había una barricada improvisada: mesas de blackjack y ruletas puestas una sobre otra, con las patas hacia afuera en un vano esfuerzo para disuadir a los hambrientos, fueran vivos o muertos. Encima de la trinchera, un grupo de supervivientes montaba guardia. No llevaban uniforme militar ni tenían pinta de matones; la mayoría vestía ropa sucia de casinos lujosos, arrugada y manchada de cosas que era mejor no identificar.

Marcus les saludó levantando el brazo. Lo reconocieron de inmediato. Era uno de los "Croupiers de la Niebla", como solían llamar a los vigilantes que patrullaban la avenida en busca de recursos o de supervivientes aún cuerdos. Él tenía la costumbre de dejar fichas coleccionables en los cuerpos de los zombis que derribaba: no por superstición, sino por cierta nostalgia perversa de un pasado que sabía irrecuperable.

Lilly, la más joven del grupo de la barricada, le lanzó una sonrisa desganada. —¿Viste algo en el Venetian? —preguntó, agachada tras una mesa de póker.

Marcus sacudió la cabeza. —Dos de los lentos quedaron atrapados en la escalera del parking. Les puse ficha de cinco dólares a cada uno. Ya ni asustan; parecen abuelos perdidos en un bingo.

Un murmullo nervioso se despertó en la barricada. Sabían —todos en Las Vegas lo sabían— que el verdadero peligro ya no eran las hordas, debilitadas por el frío y el hambre, sino los humanos desesperados, los saqueadores sin futuro ni pasado, capaces de degollar a un vecino por una lata de atún o un par de pilas AA.

Aun así, Marcus había salido aquella mañana convencido de que tenía que buscar algo más allá de la supervivencia. El último rumor —como un eco reverberando por los largos pasillos del MGM— hablaba de un pequeño grupo de niños escondidos en la vieja capilla del White Chapel Wedding. Un sitio hecho para bodas exprés, sí, pero también, hoy en día, un punto fortificado con gruesas cortinas y muebles clavados en puertas y ventanas.

—¿Alguien va a acompañarme? —preguntó Marcus, ajustándose el gorro y la bufanda que le cubrían media cara.

Nadie respondió al principio, pero cuando estaba por cruzar la barricada, un hombre fornido, de gafas rotas y abrigo de crupier, se levantó siguiéndole los pasos. Era Pete, antiguo portero del Caesars Palace, famoso en la vieja normalidad por tirar de las orejas a borrachos impertinentes.

Juntos se sumergieron en la niebla azulada de esa mañana. Caminaron en silencio entre destellos de máquinas tragaperras encendidas al azar, parpadeando como si aún esperaran que alguien viniese a tentar la suerte. Marcus pasó la mano por una columna de mármol simulada. Todo tenía un aire postizo, incluso la desesperanza.

Giraron en la esquina del Flamingo, levantando con algún esfuerzo las piernas entre la nieve fangosa y los restos de cartuchos gastados. A una cuadra, el White Chapel Wedding asomaba el letrero medio descolgado: "WED YA NOW— OFFICIATE N TONIG". Marcus y Pete se encogieron de hombros; la mutilación del idioma era tan adecuada al ambiente como la del paisaje. Había zombis amontonados en la acera opuesta: cinco o seis cuerpos inmóviles, igual de congelados que el letrero.

—No nos molestarán —murmuró Pete—, demasiado fríos para moverse.

Empujaron la puerta lateral, la que normalmente servía para las novias nerviosas y los músicos de ocasión, y recibieron un golpe áspero de oscuridad y olor a sudor añejo. Avanzaron apenas, los hombros juntos, los pasos amortiguados por la moqueta que aún conservaba manchas brillantes de champán y sangre.

La capilla había sido fortificada desde dentro. Un viejo piano bloqueaba la entrada principal, y detrás había colchones, colchones apilados cuidadosamente para formar una especie de madriguera. Desde adentro llegó un llanto contenido, seguido de una voz adulta:

—¡No disparamos si no entran! ¡Sólo queremos quedarnos aquí!

Era una mujer, voz firme a pesar del miedo. Marcus levantó las manos, enseñando que iba desarmado.

—No venimos por problemas —dijo—, venimos a ayudar. Solo somos dos.

Hubo un silencio tenso. Después de unos segundos, las cortinas del lado derecho se abrieron un poco y una mujer morena, delgada, vestida con el uniforme rosado de recamarera de casino, les estudió con los ojos inyectados de fatiga. A su lado, cinco niños de distintas edades asomaban la cabeza. Marcus calculó: ninguno mayor de diez años.

—¿Tienen comida? —susurró el más pequeño.

Pete rebuscó en su mochila y sacó dos barras de proteína, de las que aún quedaban del viejo almacén del Bellagio.

—Eran para el desayuno —dijo, con un intento torpe de sonrisa—, pero seguro les hacen más falta.

La mujer se les acercó. —¿Hay refugio? ¿De verdad está mejor allá afuera?

Marcus suspiró. Sabía que no podía mentirles. El invierno había traído una tregua parcial. Los zombis se movían menos, pero muchos humanos solo querían robar, no acoger. Él podía hablar de la barricada, de la fogata que compartían por las noches y de la esperanza gastada, pero nada de eso garantizaba que mañana todos seguirían vivos.

—Hay abrigo, comida y gente que se esfuerza por mantener la paz. No somos muchos, pero si nos ayudamos quizá podamos seguir hasta la primavera.

El grupo intercambió miradas. Los niños devoraron las barras y sus ojos opacos se iluminaron apenas. Después de unos minutos, la mujer asintió. —Nos iremos con ustedes. Saldremos cuando se oscurezca.

Rayos de luz entraron filtrándose entre las rendijas del letreo caído. Marcus y Pete acordaron turnarse para vigilar mientras el grupo descansaba. El frío no era tan intenso dentro del edificio, pero afuera la nevada seguía cubriendo las huellas, borrando y barriendo el pasado con la misma eficacia con la que el tiempo barre los recuerdos.

Mientras tanto, por la radio militar que Marcus llevaba al cinto, sonó la voz distorsionada de uno de los vigilantes:

—¡Atención! Grupo hostil acercándose al Paris. Tres adultos, armados. Repito, grupo hostil.

Marcus y Pete cruzaron miradas. Las noches recientes estaban plagadas de enfrentamientos. Algunos supervivientes no solo robaban comida, sino que secuestraban niños para exigir rescate o mano de obra. Eran los nuevos señores del apocalipsis, capaces de quemar cualquier refugio con tal de robar un poco de esperanza.

De repente, un aullido interrumpió el fragor de la radio. No venía del aparato, sino de la calle. Uno de los zombis, sintiendo un atisbo de movimiento humano, se agitó y rodó hasta quedar boca abajo. Su mandíbula apenas se movía, el frío le había congelado la lengua a medio rugido.

—Tenemos menos tiempo del que pensábamos —sentenció Pete.

Empacaron rápido. La mujer —cuyo nombre resultó ser Rosa— organizó a los niños y les explicó, con ternura y determinación, que no debían hablar, ni llorar, ni sollozar durante la marcha al refugio. Les tapó las bocas con pañuelos, revisó mochilas, abrigos, y les entregó un par de cuchillos de cocina envueltos en sábanas, "por si acaso".

Cuando salieron, Vegas seguía envuelta en ese silencio artificial tan denso que solo un desierto helado puede conocer. Avanzaron con sigilo entre el humo de los motores congelados y los reflectores caídos. El calor humano se repartía con mezquindad.

Al acercarse a la barricada, Lilly les recibió con un saludo nervioso. El grupo enemigo, al ver que llegaban más personas, decidió retirarse hacia las ruinas de un restaurante italiano a escasos metros. Nadie disparó, pero la tensión era palpable, como el zumbido de los viejos letreros de neón.

Aquella noche, los niños durmieron juntos frente al calor de una fogata hecha con tapetes de casino y mesas rotas. La barricada reía, contaba chistes antiguos y, por un rato, la esperanza se coló entre las grietas de la tragedia. Rosa se sentó junto a Marcus y le ofreció la mitad de una pastilla de menta, uno de los últimos lujos.

—Dicen que en el Bellagio hay aún una bóveda con comida y medicinas —susurró ella—, ¿crees que podamos llegar?

Marcus la miró y, por primera vez en mucho tiempo, imaginó que tal vez sí. Que aunque la ciudad jamás recuperaría su luz de neón voraz, no todo estaba perdido. Bastaba con sobrevivir otro invierno más en Las Vegas, la ciudad donde las luces nunca se apagan del todo, ni siquiera cuando el mundo se detiene y la nieve cae sobre la Strip como una sábana amortajando viejos sueños.

Esa noche, entre fogatas y vigilancia, ambos comprendieron que sobrevivir sería el mayor de los jackpots, y que la esperanza, tozuda como el azar, seguía apostándole a la vida donde nunca debió haberlo hecho. Porque en Las Vegas —aún en la muerte y el frío, aún entre zombis y saqueadores— siempre quedaba el eco de una ruleta girando, invitando a los sobrevivientes a apostar todo a un mañana incierto.

FIN

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