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Portada del relato El último brillo del Strip
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Fragmento:


“Venimos por refugio,” explicó. “Somos de la comunidad del High Roller. El frío está matando a los nuestros y nos quedamos sin medicina. Prometemos no causar problemas.”

Duración: 11:27

El último brillo del Strip
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Texto de ajuste de pausa.

4 de diciembre de 2020

El frío, por fin, había llegado a Las Vegas. No era la nieve espesa y blanca que caía en Nueva York o Minneapolis, sino un viento seco y punzante, capaz de colarse entre los destartalados paneles de yeso y los techos rotos de los casinos, y de hacer temblar incluso los huesos más endurecidos por meses de supervivencia. El Strip, antaño deslumbrante, mostraba ahora su esqueleto en las luces muertas de neón y los carteles cuarteados por el sol. Entre las ruinas y los vehículos volcados descansaba el cadáver de un mundo que hacía apenas nueve meses aún creía tener el control sobre cualquier desastre imaginable.

Los zombis no caminaban tan rápido durante estas noches frías, y eso ofrecía un raro paréntesis de calma para los pocos sobrevivientes que aún se atrevían a cruzar los bulevares. Craig, a falta de mejor destino, había convertido el vestíbulo del Bellagio en su refugio personal. Tenía mantas confiscadas del hotel, latas de comida rescatadas de una tienda de regalos, y las ventanas con las mejores vistas de la ciudad muerta. Si uno sabía dónde mirar y mantenía el miedo a raya, la silueta de la noria a medio derrumbarse, el emparrillado de luces rojas sobre la avenida y la luna reflejada en la alberca helada ofrecían un espectáculo triste pero grandioso.

Aquella noche, como muchas otras, Craig no podía dormir. Escuchaba los gritos lejanos desgarrando el silencio, los ocasionales disparos de quienes aún resistían al otro lado de la avenida, y el golpe sordo de algún zombi despistado que se estrellaba contra los cristales blindados del vestíbulo. A su lado, la radio militar apenas chirriaba. Desde septiembre solo recibía estática y, raramente, fragmentos entrecortados de algún mensaje de auxilio.

Pero Craig no era el único habitante del Bellagio. En el piso veinte, entre alfombras anegadas de sangre seca, dormía Grace junto a su hija, Lily. Ambas habían llegado dos semanas atrás, arrastrando una maleta y una voluntad de hierro. Grace nunca contaba mucho, pero los que sabían escuchar leían en sus ojos todos los horrores posibles: perder a un marido, cruzar la mitad de una ciudad enloquecida, elegir cuándo correr y cuándo esconderse. Craig había terminado por compartir su pequeña parcela de seguridad a cambio de vigilancia y apoyo; sola, la noche era demasiado extensa.

A las tres de la madrugada, una alarma sonó desde el fondo del pasillo. Durante meses, el sistema de seguridad había permanecido sin corriente, pero el generador casero de Craig funcionaba, si acaso, un par de horas por la noche. Quemaba plástico, lo cual apestaba, pero le daba la ilusión de control. La alarma alertaba de alguien —o algo— que entraba por la puerta trasera del hotel.

Craig corrió; echó mano a su bate envuelto en alambre de púas y subió la linterna a máxima potencia. El eco de sus pasos era inquietante. En el aire olía a quemado, a moho, y a la humedad agría de cuerpos descompuestos. Mientras se deslizaba entre columnas de oro falso y ruletas voladas, escuchó antes de ver: un grupo de voces humanas, apenas un murmullo forzado, se deslizaba hacia la recepción desde el garage de empleados.

“¡Quien sea, deténgase ahí!”, gritó Craig con el bate en alto.

Llamar la atención era peligroso, pero peor era caer emboscado. El haz de la linterna iluminó a cuatro figuras: dos hombres, una mujer, y un adolescente, todos envueltos en chamarras arratonadas y cascos improvisados. Al frente, el hombre mayor levantó las manos en señal de paz.

“Venimos por refugio,” explicó. “Somos de la comunidad del High Roller. El frío está matando a los nuestros y nos quedamos sin medicina. Prometemos no causar problemas.”

Craig bajó ligeramente el bate, aunque no la guardia.

“Este hotel está casi limpio —mintió—, pero tienen que quedarse juntos. ¿Alguno ha sido mordido?”

Negaron. La mujer mostró, casi desafiante, sus brazos desnudos llenos de cortes recientes: ninguno tenía signos de mordida. Revisar era siempre incómodo y humillante, pero todos sabían por qué era necesario.

Grace bajó unos minutos después, con Lily de la mano. Les miró rápido, evaluando cifras, capacidades, cargas y edades. Nadie decidiría nada sin su consentimiento.

“Son demasiados, Craig,” murmuró apenas. “No tenemos para todos.”

“Pueden ocupar la sala de conferencias y el área del buffet,” sugirió él, quitando presión. “Que busquen entre la despensa y dejen la comida aquí. Dos noches, sólo eso.”

El acuerdo fue duro, pero funcionó. Esa noche, en una ciudad desierta y rodeada de muertos ambulantes, siete humanos comieron juntos, compartiendo sopa de latas y galletas rancias, mientras el frío azotaba los ventanales. Afuera, una tormenta de viento arrastraba polvo y escombro por el asfalto, envolviendo la ciudad en un mugido de lamento.

En el silencio después de la cena, compartieron historias. Los recién llegados —Matt, su hermana Luana, su hijo Ben y su amigo Hector— venían de lo que llamaban comunidad High Roller: una docena de supervivientes resguardados en los bajos de la noria, donde las góndolas habían sido fortificadas. Habían perdido a tres por las fiebres de octubre y a dos más en un asalto humano. El invierno traía más miedo que los zombis.

Grace, con toda la frialdad aprendida en meses de desastre, fue directa.

“¿Aún funciona el sistema de agua allí?” preguntó. “¿Hay generadores?”

“Uno pequeño,” respondió Matt. “Tenemos corriente para una radio y unas luces. Pero la gasolina se acabó hace días. Venimos porque sospechamos que ustedes aquí tienen algo más.”

Craig dudó. Por un lado, era cierto: el Bellagio tenía un sótano repleto de reservas, aunque cada saqueador que había intentado penetrar más allá del lobby había terminado mal. Por el otro, mostrar ese secreto a los forasteros suponía un riesgo enorme. Pero el invierno apretaba, y también era cierto que cuanto más recursos compartieran, menos desesperados estarían todos.

“¿Y si formamos una alianza?” propuso él. “Un túnel conecta este hotel con el Caesar’s Palace y el Paris. Si logramos limpiar alguno, podríamos formar una ruta segura. Así podríamos traer gente, intercambiar comida, protección. Más ojos, más manos, más posibilidades de resistir hasta la primavera.”

Luana torció el gesto. “¿Y quién va a limpiar todo eso de zombis?”

Craig tragó saliva. Era difícil encontrar voluntarios para tamaña empresa.

“Con turnos,” terció Grace, aunque la resignación teñía su voz. “Y armas. Tenemos que organizar guardias y que todos limpien juntos. Si sólo sobrevivimos cada uno por su lado, todos terminaremos muertos.”

El grupo accedió, aunque el miedo era palpable: miedo a los infectados, pero también miedo a los otros humanos. Lo habían visto todos durante los desmanes de julio y agosto, cuando los saqueadores y las bandas despiadadas hicieron de Las Vegas un matadero antes de que el hambre y los muertos lentos se hicieran cargo del resto.

La noche avanzó y, por un momento, olvidaron el frío y escucharon el distante rugir del viento. Entonces una ráfaga más fuerte de lo habitual sacudió el edificio. Un quejido estructural se escuchó arriba, y un trozo de techo cayó del restaurante del segundo piso. No era nada raro en aquellos días, pero el estrépito alertó a los zombis errantes de la zona. En minutos, los gruñidos comenzaron a acercarse.

Craig y Matt corrieron hacia la puerta sur, mientras los demás sellaban ventanas. El batir de cuerpos muertos contra el acrílico era constante. La luz de la linterna dejaba ver facciones podridas, bocas babeando y manos raspando el cristal. Algunos aún llevaban disfraces de payaso, otros chalecos de crupier, y una vieja vedete lucía plumas grises y una sonrisa rota. Nadie nunca había esperado que Las Vegas, la ciudad que nunca dormía, se transformaría en la última pista de un circo de ultratumba.

“¿Cuántos cuentan?” susurró Craig.

“Al menos veinte aquí. Puede haber cien en la cuadra,” respondió Matt con un mutis helado.

Sabían que si la puerta cedía, todos estaban muertos. Repartieron armas improvisadas y formaron un escuadrón improvisado junto a la fuente del lobby, tras las ruletas voladas. Lily se quedó escondida tras Grace, quien portaba una escopeta de doble cañón hallada semanas antes. El olor a putrefacción se mezcló con el ozono de los cables quemados.

De pronto, un estruendo: la luna iluminó varios cuerpos desplomándose cuando el ventanal reventó bajo la presión. Los zombis cayeron uno tras otro, pero se levantaron, tambaleantes, lanzándose hacia el grupo.

“¡Fuego!” gritó Craig. El escopetazo de Grace cortó el aire, pulverizando el cráneo de la vedete. Los demás usaron cuchillos, palas, tubos de metal. Matt derribó a uno con un bate de golf; Ben, el chico de catorce años, lloraba mientras asestaba golpes a diestro y siniestro.

La lucha duró menos de lo que la adrenalina sugería. Al final, seis zombis yacían en el mármol, el resto se dispersó al escuchar la alarma de otro edificio. Un espeso silencio de espanto cubrió la escena. Había sangre —humana y no humana— y había miedo, pero cuando pasaron lista estaban todos vivos.

Los cadáveres mutilados fueron arrojados a la piscina helada, donde otros tantos ya se acumulaban desde octubre. Grace, con las manos cubiertas de sangre y los ojos vidriosos, susurró una plegaria rápida. Tal vez era fe; tal vez sólo la desesperación por aferrarse a algún resto de humanidad. Todos la imitaron, por primera vez juntos.

Esa madrugada nadie durmió. Mantuvieron guardias armados, reforzaron el acceso, y se sentaron alrededor de una vieja mesa de póker convertida en improvisado comedor. Por turnos revisaron heridas; por turnos discutieron futuras estrategias.

Mirando el horizonte, Craig pensó si algún día el mundo regresaría al pasado, si alguna vez el Strip volvería a brillar como antes, entre girasoles de luces LED y risas embriagadas. Era imposible, pero en el rincón más hondo de la memoria aún quedaba la promesa de que no todo estaba perdido.

A la mañana siguiente, un sol pálido iluminó la devastación. Entre las luces rotas y las marquesinas caídas, siete humanos emergieron del Bellagio, contemplando la avenida plagada de cadáveres marchitos y estructuras en ruina.

Grace caminó al frente, con Lily de la mano. Craig y Matt cargaban armas y mantas, seguidos por Luana, Ben y Hector. Juntos buscaron pasos seguros hacia el Paris, deslizándose bajo toldos caídos, atentos al menor ruido. No había orden, seguridad o garantías; sólo la posibilidad de sobrevivir juntos un día más.

En el horizonte, la ciudad parecía gemir. Pero allí, entre el neón apagado y las cartas de póker esparcidas como hojas de otoño, algo desconocido comenzaba a gestarse: el germen de una alianza, una comunidad, la tenue esperanza de que, incluso allí donde la muerte era rey, la voluntad de vivir podía hallar un hogar inesperado.

Quisieron creer. Si acaso, en Las Vegas, nadie apostaba contra la esperanza.

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