16 de julio de 2021
La ciudad resplandecía, incluso en ruinas. El sol del desierto azotaba el asfalto agrietado de Las Vegas, rebotando en las vidrieras rotas de los hoteles de lujo y los casinos saqueados. Los carteles de neón, antaño símbolos de vida nocturna y desenfreno, ahora parpadeaban erráticos donde aún sobrevivía algo de electricidad, un fulgor moribundo en medio de la decadencia.
Las Vegas había sido el último refugio de los que aún creían en la suerte. Durante los primeros meses de la plaga, hubo quienes apostaron a que la ciudad-pecado sobreviviría, gracias a sus reservas inmensas de comida para turistas, sus sistemas cerrados de seguridad y su capacidad legendaria de reinventarse ante la crisis. Pero ni los crupieres ni los mafiosos ni las celebridades pudieron detener el colapso que se llevó al mundo por delante como un tsunami. Y, ciertamente, nadie estaba preparado para una horda que no buscaba dinero, sino carne.
Joshua Stone nunca había sido un hombre afortunado. Antes del brote, llevaba años trabajando de vigilante nocturno en el MGM Grand, desplazándose entre pasillos enmoquetados que apestaban a perfume caro y desesperación. Fue esa rutina la que terminó salvándolo la noche en la que la suerte, o el azar ciego, abandonó definitivamente Las Vegas.
Al principio, fue el pánico. El Strip se llenó de automóviles abandonados, gritos y disparos. Las luces siguieron ardiendo un par de noches, desafiando la oscuridad como los últimos latidos de un corazón moribundo. Luego todo se apagó. Joshua, agazapado en una oficina junto a un puñado de compañeros, escuchó cómo la ciudad moría, calle a calle, piso a piso. When luck runs out, there is only fear, pensó entonces, recordando la frase grabada en la pared de la sala de descanso. Cuando terminó el quinto día, salió de su escondite, mochila al hombro y pistola en mano. Así comenzó su segundo acto, la vida en las ruinas.
Hoy, casi un año y medio después del colapso, Joshua no era el único que había sobrevivido. Aunque muchos perecieron en casinos envueltos en fuegos cruzados o fueron perseguidos por las hordas en Fremont Street, algunos quedaron. Se formaron pequeños grupos: ex-guardias de seguridad, cocineros, jugadores empedernidos incapaces de alejarse de la promesa de un último golpe de suerte, turistas perdidos y residentes demasiado testarudos como para marcharse. Juntos, intentaron establecer refugios entre las ruinas, ocupando búnkeres improvisados en sótanos refrigerados, accesos secretos a garajes y suites VIP. Las Vegas, la ciudad donde todo podía pasar, ahora era una ruina peligrosa, una tumba iluminada por el recuerdo de sus pasadas glorias y asediada por monstruos que un día fueron humanos.
***
El calor del amanecer se colaba a través de una rendija en la pared, iluminando la polvorienta sala de conferencias que Joshua llamaba hogar. A su lado, Casey —antigua crupier de blackjack— afilaba una daga ensangrentada en silencio. Más allá, tres supervivientes murmuraban mientras revisaban bolsas de comida: dos ex-militares, reclutados por azar durante un enfrentamiento contra ladrones, y una mujer asiática de edad avanzada, famosa al menos entre los que quedaban como una experta improvisadora de trampas.
—Alguien se acercó al perímetro anoche —dijo Casey sin levantar la vista—. Uno de los nuevos, el chico rubio, lo vio desde arriba.
—¿Era uno de ellos? —preguntó Joshua, usando el término difuso con el que todos se referían ahora a los zombis.
—No lo sabe. Dice que se arrastraba, pero llevaba mochila. Ninguno de los podridos carga cosas.
Wing, la anciana, asintió en silencio. Habían aprendido a diferenciar bien los movimientos de los no-muertos, sus gestos erráticos y su hambre infinita. Pero la línea se había desdibujado; algunos infectados recién convertidos eran difíciles de distinguir a distancia. En esa ciudad, los errores se pagaban caro.
—Habrá que buscarlo —sentenció Joshua, mirando a los demás—. Si era uno de los nuestros, puede estar herido. O camuflado.
Los otros dos supervivientes, Mike y Reggie, asintieron. Estaban curtidos, armados con pistolas y cuchillos, pero las balas escaseaban tanto como la comida. El riesgo de adentrarse en el corazón del Strip no era solo encontrar zombis, sino también toparse con bandas humanas; matones, saqueadores y los nuevos “dueños” de territorios que antes pertenecían a la mafia.
—Haz la lista —le indicó Joshua a Casey—. Si mañana no hemos vuelto, repartan la comida y quédense aquí hasta nueva señal.
Casey asintió sin una palabra más y comenzó a escribir, otra superviviente del nuevo azar de la ciudad.
***
Salir de día era un riesgo calculado. Los zombis se movían más rápido al caer la noche, pero durante el día los saqueadores también hacían patrullas. Joshua y Mike lideraban, con Reggie cubriendo la retaguardia. Avanzaron entre escombros, bajo la sombra decadente de la torre del Stratosphere, esquivando restos calcinados de limusinas y máquinas tragamonedas volcadas.
El aire olía a humo y podredumbre, mezclado con otros aromas: frituras rancias, plástico quemado y el dulce hedor de la muerte antigua.
Al llegar a la entrada de lo que había sido el Bellagio, Joshua levantó una mano. Mike se agachó junto a él, apuntando hacia el vestíbulo. Vieron manchas de sangre recientes sobre la alfombra, un rastro, y bolsas de patatas dispersas.
—Alguien más estuvo aquí —susurró Reggie.
Joshua asintió y avanzó primero, conteniendo el aliento. Se movían como soldados entrenados, aunque en realidad eran solo supervivientes adiestrados a la fuerza. Pasaron junto a una piscina convertida en un letrero de desastre: flotaban cuerpos hinchados entre fichas de póker y botellas de champán vacías.
El rastro llevaba hacia el oeste, y los guió a un pasillo cubierto de “LUCKY YOU LOSE” garabateado con spray sobre el espejo decorativo. Sonrió con amargura: la ironía en Las Vegas nunca desaparecía.
Encontraron al chico rubio en la sala de apuestas, medio enterrado bajo una mesa, con una pierna envuelta en trapos y una pistola descargada a su lado.
—¿Estás herido? —preguntó Joshua.
El chico alzó la cabeza, los ojos enrojecidos.
—Unos tipos… me dispararon. No son zombis… Son peores.
Los tres intercambiaron miradas. Hacía tiempo que sabían que, en Las Vegas, la suerte podía cambiar de un momento a otro, pero la llegada de nuevos grupos agresivos había hecho de la ciudad un tablero mortal.
—Vamos a sacarte de aquí —le dijo Mike, levantándolo del suelo—, pero tienes que caminar.
—¿Y si vuelven? —dijo el chico, temblando.
Joshua miró a su alrededor. Sabía que, si los otros encontraban a su grupo, serían implacables. Tal vez era mejor salir ahora, abandonando el botín, pero la compasión aún sobrevivía, difícil y terca, entre los escombros.
—Date prisa —ordenó, y el pequeño grupo avanzó en silencio por los pasillos alfombrados de cadáveres y máquinas tragaperras vacías.
***
El regreso fue más complicado de lo esperado. La herida del chico sangraba y el sol abrasador retrasaba su paso. Cuando doblaban la esquina del Venetian, escucharon disparos: ráfagas breves, seguidas de gritos. Alguien luchaba por algo más de vida, o tal vez por comida.
—Por aquí —susurró Mike—, el túnel de servicio.
Joshua sabía a qué se refería: un corredor subterráneo usado por el personal de mantenimiento, seguro y oculto, aunque plagado de peligros.
Entraron bajo el hotel, avanzando entre cajas apiladas y andamios. Un hedor intenso los alcanzó a mitad de camino. Joshua desenfundó su arma. Frente a ellos, una sombra, primero inmóvil, luego girando lentamente: un infectado, con el rostro desfigurado, pero aún vestido de botones dorados, como un fantasma grotesco del antiguo glamour.
—No hagas ruido —murmuró Joshua al chico.
La criatura avanzó, torpe, tropezando con las cajas. Mike la despachó con un cuchillo certero en el cráneo. El cadáver cayó entre papeles de minibar y bandejas de plata manchadas de moho.
—Había otros… —susurró el chico—. Creo que vienen tras nosotros.
Los pasos resonaron a lo lejos. No sabían si eran zombis o saqueadores, pero el temor era similar. Corrieron, arrastrando al chico, hasta encontrar una puerta de emergencia. Salieron al callejón trasero, jadeando bajo la luz incandescente del mediodía.
—No podemos llevarlo hasta el refugio así —dijo Reggie—. Si nos ven, nos siguen.
Joshua tomó una decisión. El chico estaba herido, pero aún podía moverse. Miró su rostro cubierto de sudor y tierra.
—Te llevaremos hasta el punto seguro. Luego decides si puedes quedarte.
Sólo asintió, resignado.
***
El refugio era una antigua sala de reuniones, oculta bajo el Mandalay Bay, un búnker rodeado de puertas aseguradas y trampas improvisadas. Dentro, Casey y Wing los recibieron con rostros tensos.
—¿Y bien? —preguntó Casey.
—Hay más bandas ahí fuera —informó Joshua—. Saqueadores bien armados. Están controlando las reservas de comida y bloqueando rutas.
—¿Dónde están los podridos? —preguntó Wing.
—Más lentos. Hay menos, creo, aunque algunos se agrupan cerca de las fuentes de agua. Pero la verdadera amenaza ahora son los vivos.
Nadie discutió. Desde el invierno pasado, sabían que los muertos solo eran uno de los peligros. Las balas eran tan valiosas como el agua, y se reservaban solo para emergencias.
El chico fue recostado sobre una colchoneta. Casey examinó su pierna: la herida era fea, pero no letal con suerte y limpieza a tiempo.
—Tendrás que quedarte —le dijo la mujer—. Aprender rápido. Aquí ayudamos todos, o nadie sobrevive.
El chico la miró, aliviado.
—Gracias.
Por un momento, el grupo permaneció en silencio, compartiendo la tensión de los recién llegados, el peso de la supervivencia.
***
Esa noche, mientras Joshua montaba guardia desde la azotea del hotel, vio un resplandor pálido sobre el Strip. El neón todavía parpadeaba en algunos lugares, lanzando su luz sobre las ruinas como si esperara la vuelta de los turistas. Se preguntó cuántos más sobrevivían ocultos en hoteles caídos, en sótanos, esperando una suerte que tal vez nunca volvería.
A lo lejos, vio moverse figuras en el boulevard principal: primero pequeños grupos, apresurados, luego una lenta y oscura procesión. Los zombis, arrastrando los pies, atraídos por algún nuevo estruendo, la lúgubre comparsa de un carnaval eterno.
Suspiró. El mundo anterior le parecía más irreal cada día, un mito contado a los niños, una sucesión de imágenes incomprensibles: fiestas, luces, música electrónica, mesas de juegos y risas histéricas. Ahora, la ciudad se dividía entre los que encontraban refugio y los que nunca saldrían de esa noche perpetua.
Miró el horizonte: no había promesas de rescate. Sabía lo que decían las nuevas reglas de la ciudad: huye si puedes, lucha cuando debas, nunca confíes en la suerte. Pero también, otra ley no escrita perseveraba: los vivos ayudan a los vivos. Esa noche, Joshua decidió que seguiría apostando por la esperanza, aunque esta ciudad se hubiera quedado sin jackpots mucho antes de que todo terminara.
Algunos, pensó, aún venían a Las Vegas en busca de un golpe de suerte. Pero ahora la suerte tenía otro nombre: coraje, paciencia, memoria. Y si alguna vez el neón volvía a iluminar la ciudad, lo haría no por los que supieron ganar, sino por los que jamás dejaron de luchar en la ruina.
Bajo la mortecina luz eléctrica, con la sombra rala de los hoteles en el horizonte, Joshua apretó el arma contra su pecho y esperó la llegada del nuevo día. Sabía que la ruleta seguía girando, aun en un mundo muerto, y que mientras quedara alguien dispuesto a apostar, habría historias que contar en las ruinas de la Ciudad del Pecado.
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