15 de noviembre de 2024
Cuando abro los ojos, pienso que la luz que entra a través de las rendijas destartaladas de la persiana debe ser del neón. Todavía tengo la costumbre de creer que Las Vegas siempre brilla, aunque sé mejor que nadie que esa era ya se esfumó. Aprieto la mandíbula y me incorporo, hundido en el olor acre de la ciudad muerta y los murmullos lejanos de lo que queda de vida tras las paredes.
Hay ecos de Las Vegas en cada rincón, huellas del viejo lujo bajo la mugre y la sangre. El póker, las apuestas y la promesa de suerte fácil habían sido los latidos de este desierto, pero ahora la ciudad late con la ansiedad de los que temen abrir una puerta y encontrar no dinero ni fortuna, sino dientes podridos y carne desgarrada.
La cama donde duermo es dura. Estoy en lo que una vez fue una suite premium del Bellagio, aunque ya sólo los espejos polvorientos y algún candelabro roto recuerdan lo que aquí había. Afuera, las máquinas tragamonedas están quietas, reventadas a mazazos, y el hall de entrada ahora es una fortaleza improvisada donde sobrevivientes como yo, una docena en total, se protegen de los horrores.
Me llamo Daniel Herrera. Tengo treinta y siete años, ex croupier del Mandalay Bay, y hoy, como la mayoría de los días desde hace cuatro años, me despierto con la certeza de que sobreviví una noche más en Las Vegas, algo que nunca fue parte de mi sueño americano.
***
Bajo al “mercado” en el salón de fiestas del tercer piso. “Mercado” es un decir: hay mantas con latas polvorientas, zapatos mezclados y montones de ropa. Esta mañana veo a Janice, entera bajo su gorra azul. Fue jefa de seguridad en el Luxor. Tiene la mirada dura, pero cuando me ve la suaviza, por cortesía, o quizás por necesidad.
"¿Turno de guardia, Daniel?" pregunta, meneando la cabeza hacia los ventanales. El sol camina lento, y más allá del cristal roto puedo ver el Strip, con la torre Eiffel falsa encorvada, el letrero de "Welcome to Fabulous Las Vegas" acribillado de agujeros y sangre seca.
"Asumo el segundo turno," respondo, sin bromear. Aquí las bromas cuestan. Nadie gasta energía en risas desde hace años.
Vico, el viejo, rebusca entre latas. Su perro, Cosmo, una mezcla de chihuahua y algo más, olfatea ansioso. "Esta ciudad nunca se vacía," masculla Vico. "Hasta los muertos quieren las luces."
Pero ya no hay luces, pienso yo. La electricidad, algún rumor dice, existe en ciertas “mini-ciudades” del norte, donde supervivientes como nosotros se han amurallado y reconstruido generadores. Aquí, en Las Vegas, la energía es la pólvora, la gasolina robada y los víveres. Todo lo demás: recuerdos.
"¿Cómo está la zona esta mañana?" pregunto a Janice.
"Callada en la entrada sur. Lo raro es el norte. Un grupo de saqueadores cruzó anoche por el viejo Golden Nugget." Baja la voz. "No parecían querer entrar, pero dejaron tres cuerpos en la calle. Humanos, creo. No zombis."
Nos miramos. Desde hace meses, la amenaza humana compite con los monstruos; ambos, a estas alturas, pueden ser más o menos igual de despiadados.
***
Subo a la azotea después de un desayuno triste —papilla de avena solitaria y un sorbo de agua de bidón— para mi turno de vigilancia. Cada grupo en Las Vegas hace lo mismo: turnos, vigilancia, armas a mano por si hay movimiento. Desde aquí, el aire tiene el olor fuerte y mineral del polvo que arrastra el desierto. Es noviembre, pero todavía hay calor.
Al mirar al sur, la vista es irreal: un París triste, la torre Eiffel de hierro bajo el sol rojizo y, en el fondo, la pirámide negra del Luxor que ahora parece un mausoleo. Detrás, hay barricadas repetidas, carcasas de automóviles apilados, y en la carretera central algo se arrastra: una docena de figuras titubeantes, en su mayoría zombis. Sus cuerpos están harapientos, negros por el sol, apenas sombras de los monstruos ágiles que invadían la ciudad en 2020.
Vuelvo a sacar los binoculares. Inspecciono el otro extremo del Strip, donde la ruina se acumula alrededor del antiguo Caesar’s Palace. Allí hay movimiento humano: chicos nómadas, armados, que a veces entran al territorio para buscar comida o munición que nadie haya reclamado.
Pienso en la primera ola, cuando los muertos se levantaron. En aquellos meses, Las Vegas fue una trampa mortal: los turistas, ebrios y despreocupados, fueron los primeros en transformarse. Nadie pudo abandonar los hoteles; pronto, los casinos se convirtieron en carnicerías verticales, pisos enteros forrados de sangre y gritos. Aprendí a sobrevivir en pasillos de alfombras rojas cubiertas de cuerpos, aprendí a escuchar si el ascensor estaba verdaderamente vacío antes de atreverse a abrirlo.
***
En la tarde, hay tensión en el aire. Un escuadrón armado retorna del oeste. Han salido de exploración hacia los almacenes cerca del aeropuerto, una zona peligrosa porque la terminal, me dicen, aún está infestada. Lidera el grupo Alicia, una veinteañera de rostro afilado y armas improvisadas: lleva un machete hecho con un trozo de chapa.
“No hubo zombis cerca de la terminal,” informa a los reunidos. “Pero alguien ha estado limpiando cuerpos en las vías. Hay rastros de carretas, como las que usan las caravanas de comercio.”
Vico escupe. “Quizá sean los de Summerlin, o esa banda que se hace llamar ‘Los Reyes’.” Murmura con amargura. Todos conocemos sus historias: saquean a nómadas, secuestran gente, algunas veces trafican prisioneros a cambio de munición o gasolina.
Janice estudia el lote de comida recuperada: tres latas de garbanzos, cuatro pilas AA y un saco de arroz medio abierto. “¿Nada más?” pregunta, con desilusión.
Alicia baja la mirada. “Encontramos trampas. Raro en esta zona.” Silencio. Quizás los saqueadores empiecen a cerrar la ciudad desde afuera. Hace meses se rumorea que Las Vegas es demasiado peligrosa para quedarse, que los recursos se están agotando y que los grupos humanos alrededor se están haciendo más fuertes, más ambiciosos. Pero irse… ¿a dónde? El desierto es peor. Viajar sin apoyo es casi suicida.
***
Al caer la noche, el frío vuelve denso y cortante. El viento arrastra polvo y recuerdos. Recostados contra la pared de lo que fue un bar de cócteles, preparamos rifles y cuchillos. Los mapas están dibujados a mano, señalando zonas de saqueo, pasos seguros y alarmas improvisadas con latas: una tecnología primitiva para una era ya superada.
De fondo, el Runway de la moda en el MGM aparece desierto, como un coloso dormido. Algunos, entre ellos Alicia, piensan que podríamos intentar limpiar ese sector la próxima semana y buscar allí alimentos o medicinas. Otros, como Janice, insisten en reforzar la barricada y aguantar el invierno. La tensión es antigua: avanzar significa arriesgarse, quedarse significa resignarse a la escasez.
Durante la ronda nocturna, la oscuridad es total salvo lo que la luna permita. Las linternas se usan con miedo, sólo lo necesario para no delatar la ubicación real del refugio. Los ruidos son extraños: un sonido metálico en la calle, un grito ahogado, algo semejante a un disparo en la distancia. No sabemos quién dispara allí, ni si es un humano, un zombi o algo peor.
***
En la madrugada, la alarma de latas salta. Todos reaccionan, los que duermen lo hacen con un ojo abierto: las armas listas, los dedos crispados. Me toca a mí mirar desde la azotea. Hay figuras abajo, cerca del aparcamiento. No se mueven con la torpeza de los zombis, parecen buscar algo en los coches; no parecen violentos a primera vista, pero el hambre los puede volver locos en segundos.
Alicia me alcanza en el techo y juntos los vigilamos. Siete personas, tres adolescentes y cuatro adultos. Están harapientos, tienen la piel toda surcada de polvo y venas hinchadas. Uno cojea. Los vemos durante un tiempo antes de arriesgar una señal. Hago el gesto convenido: dos destellos cortos con el espejo.
El grupo se detiene. Esperan. Mandan a una niña pequeña adelante, probablemente para provocar compasión, o porque esperan que si disparamos, no lo hagamos contra ella. Ella dice un nombre, extendiendo los brazos, pero no quiero escuchar. Janice maldice en voz baja junto a nosotros. No tenemos ni víveres ni camas para más bocas necesitadas.
Debatimos. Les dejaríamos entrar si se desarman. Tienen poco, pero podrían traer dengue, sarna o cualquier otro mal. Alicia aboga por recibir sólo a la niña y su madre. Vico, con el peso de la edad y el perro a sus pies, no quiere saber nada. “Una boca de más es un ataúd más cerca.”
Mientras discutimos, el sol asoma y los recién llegados se agachan. Un aullido corta el aire. Uno de los zombis rezagados del Strip olfatea su rastro y empieza a correr, con una energía que no debería tener a estas alturas. El grupo, desesperado, corre hacia la puerta. Bajo por las escaleras, pistola en mano. Janice me sigue. El caos es inmediato: disparos, gritos, los latidos de la ciudad muerta acelerándose con cada instante.
Al final logramos meter a la niña y a su madre dentro, cerrando la barricada apenas a tiempo. El resto cae en manos de los zombis, desgarrados entre baldosas rotas y polvo. La madre, temblando, repite solo dos palabras: “Somos de Henderson”, el suburbio que cayó hace dos meses ante una horda y luego ante los humanos.
***
Al alba, los que sobreviven en el Bellagio estamos menos que ayer, pero más de lo que quizás podríamos ser. La niña se acurruca junto a Cosmo, el perro. Su madre, aún llorosa, acepta nuestros términos: trabajo, vigilancia, compartir lo poco, callar durante las noches. Sé que intentarán sobrevivir aquí hasta que, como todos, busquen la oportunidad de marchar en una caravana o formar parte de uno de esos nuevos “reinos” de la periferia.
La ciudad susurra, siempre. Desde la azotea, cuando el sol sale y baña el Strip y la fuente de agua verdosa en la entrada, pienso en Las Vegas como en un casino abandonado. Una ruleta quieta, esperando el vértigo de una apuesta que nunca se hará. La nueva vida es esto: intercambiar comida por balas, aceptar la muerte deslizándose por los corredores, considerar el hambre y la paranoia como parte del menú diario.
Hoy los supervivientes de Las Vegas, convertida en fortaleza, sabemos algunas certezas: las luces nunca volverán, los monstruos se han hecho costumbre y cada humano es, a la vez, esperanza y amenaza. Pero mientras haya un refugio, un turno de guardia y alguien dispuesto a repartir los pocos víveres, la ruleta gira, una vuelta más.
Bajo entonces al vestíbulo, la niña de Henderson aferrada a mi mano. Por un instante me gustaría decirle que Las Vegas algún día volverá a ser la ciudad de las promesas. Pero sólo le aprieto la mano y miro el polvo, más allá del cristal roto, donde las sombras se confunden entre vivos y muertos. Nos preparamos una vez más para resistir, aquí en la ciudad que apostó por la eternidad…y perdió.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.