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Portada del relato La última apuesta en el desierto
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Fragmento:


—Aún no, pero falta poco. Hay tensión afuera; una patrulla recorrió la Strip y vio a tres saqueadores merodeando cerca del antiguo Bellagio.

Duración: 11:26

La última apuesta en el desierto
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Texto de ajuste de pausa.

16 de noviembre de 2026

A veces Ted no sabía si odiar o amar ese resplandor naranja que acariciaba el horizonte de Las Vegas cada atardecer. Desde la azotea del antiguo casino Flamingo—uno de los pocos edificios altos aún accesibles—veía las columnas de polvo y el sol que desaparecía tras un mar de ruinas, carteles caídos y miles de autos oxidados, abandonados en todas direcciones. Las Vegas, la ciudad que nunca dormía, ahora yacía en un letargo espectral, poblada de los gruñidos erráticos de zombis espectrales y el murmullo de nuevas vidas que se negaban a dejarse sepultar.

Ted tenía 37 años y cabello entrecano. Todo lo que sabía sobre apuestas no le sirvió demasiado en los primeros meses del colapso. Pero aprendió a sobrevivir y a localizarlas: las probabilidades ocultas en cada esquina, las posibilidades de salir vivo o el riesgo de ser devorado. En una ciudad erigida sobre sueños y suerte, eso contaba. Había llegado hace tres días a su “nuevo hogar”, un piso elevado con paredes reforzadas y varias rutas de escape. Nunca se quedaba mucho tiempo pero ahora coordinaba algo más que su propia supervivencia.

El asentamiento, “Nueva Fremont”, tenía 208 habitantes según el censo más reciente. Ocupaban un puñado de hoteles conectados por pasarelas improvisadas: tablones bajo antiguas marquesinas, cuerdas entre ventanas de suites de lujo, pasadizos formados usando muebles apilados. En los bajos y sótanos, limpiados hacía apenas unos meses, los muertos eran todavía demasiado peligrosos, así que solo había patrullas rápidas de reconocimiento los mediodías, cuando el calor del desierto mantenía inactiva a la mayoría de los caminantes.

Al caer el sol del 16 de noviembre, Nueva Fremont vibraba con actividad nerviosa. El general Valdez, líder militar de la comunidad, había convocado a una junta inusual esa noche. Circulaban rumores de que una caravana procedente de la “Nueva Presa”—el asentamiento fortificado junto a Hoover Dam—llegaría cargada de alimentos secos y, más importante aún, generadores pequeños. Algunos incluso aseguraban que traían semillas resistentes, reliquias de antes del colapso. La noticia era suficiente para alterar cualquier rutina: el comercio regular, esa reliquia del pasado redescubierta a golpe de pólvora, traía riesgos y emociones.

Ted bajó de la azotea y cruzó el pasillo iluminado por faroles de aceite y linternas recicladas. El antiguo salón de eventos del Flamingo se había convertido en centro de mando, mercado y ocasional sala de juicios. Atravesó la puerta—el cuadro de Elvis aún colgaba torcido en el vestíbulo, empolvado pero ileso—y saludó a Lila, la joven responsable de los turnos de patrulla.

—¿Ya llegaron los de la presa?—preguntó Ted.

—Aún no, pero falta poco. Hay tensión afuera; una patrulla recorrió la Strip y vio a tres saqueadores merodeando cerca del antiguo Bellagio.

Ted asintió. Los saqueadores eran un riesgo constante. A diferencia de los muertos vivientes, los humanos traían promesas rotas y violencia deliberada.

La reunión se celebraba bajo la bóveda del salón, rodeada de mesas apiladas y cajas de provisiones selladas con cinta militar. Valdez, un hombre de mandíbula cuadrada y ojos tristes, encabezaba la mesa improvisada. Junto a él, el médico Jacob Stein y la representante de los horticultores, Martha Brenner. La sala rebosaba de un murmullo agudo, casi eléctrico. Hacía semanas que nadie comerciante externo llegaba a las ruinas.

—Ya lo saben—empezó Valdez con voz grave, acallando el gentío—. Necesitamos organizarnos: la caravana de Hoover Dam está por entrar. No queremos emboscadas, no planeamos traiciones. Necesitamos intercambiar víveres, medicinas y el generador por munición y herramientas metálicas. Nadie se sale de la ruta ni intenta ir a los sótanos. Los muertos siguen ahí y no arriesgaremos vidas.

Ted escuchaba concentrado. Una comunidad trabajadora, pero al límite del agotamiento; el menor error y las consecuencias serían brutales. Justo cuando Valdez terminaba el repaso, una llamada por radio irrumpió: voces tensas informando que el convoy se acercaba por Tropicana Avenue, con tres vehículos cubiertos de lonas y caballos arrastrando un carro repleto de bienes.

La asamblea se disolvió en murmullos ansiosos y Ted salió al aire. La vieja Strip se extendía ante él. Neon recortado, fuentes secas, fachadas ennegrecidas por incendios, y a lo lejos, el sonido, casi musical, de cascos en el asfalto cuarteado.

En la penumbra creciente, la caravana se acercó. Guardias armados iban en cabeza, rostros curtidos y manos listas en puños y armas caseras. Llamaron cuando entraron en la zona despejada, coreando las palabras acordadas:

—¡Paz y trato! ¡Paz y trato!

A la señal, Valdez dio la orden y los guardias del asentamiento abrieron la barricada. Ted observaba la escena con el pulso acelerado: un giro de la suerte podía traer una nueva era o una matanza inesperada.

El intercambio fue tenso pero eficiente. Sacaron de los remolques paquetes envueltos en mantas: arroz, latas de atún, bolsas de frutos secos, tres cajas selladas con reactivos médicos y el prometido generador. Los habitantes de Nueva Fremont respondieron con un alijo de herramientas afiladas, munición artesanal y un juego de destiladores de agua. Las negociaciones incluyeron un breve pero vital “parlamento” entre Valdez y la jefa de la caravana, una mujer de piel bronceada y gafas oscuras que se hacía llamar Amira.

—El convoy dormirá aquí una noche—dijo Amira finalmente. Miró a un grupo de niños que jugaban sobre una alfombra mugrienta—. Queremos seguir vivos más allá de la presa. Aquí también hay futuro.

Ted tomó nota mental del comentario. Más importante que cualquier intercambio era el subtexto: el miedo a que la presa, por grande que fuera, no resultara lo suficientemente segura en el invierno creciente y que cada comunidad buscaba reforzar alianzas. Otra era de las milicias, pero también de proyectos pequeños y esperanzas compartidas.

Las horas siguientes se llenaron de actividad medrosa. Las cuadrillas reforzaron los accesos y subieron vigías a los tejados. Ted colaboró en la cocina improvisada junto a Lila y otros dos sobrevivientes: desgarraron bolsas de arroz, calentaron agua y abrieron latas con abrelatas oxidados. Entre los presentes no faltaron historias: viejos crupieres que ahora tejían redes de pesca, camareras o bailarinas reconvertidas en expertas recolectoras de cosechas, niños que jamás habían visto luces de neón encendidas de verdad, sólo ruinas palpitantes.

Esa noche, Ted salió al patio trasero, junto a la piscina del Flamingo, ahora un pozo seco donde reunían a los muertos para quemarlos cada mes. Fumó una colilla—lujo obtenido en un trueque reciente—y se sentó junto a Amira. Ella observaba el cielo negro, salpicado solo por la débil luz de fogatas y lejanas linternas.

—Es un lugar extraño para vivir—comentó Amira—. Nunca jugué en un casino antes de que todo se fuera al carajo.

Ted rió: un sonido ronco, casi olvidado.

—Ahora apostamos cada día, sólo que no hay nadie que recoja las fichas. Y si pierdes, no puedes pedir un trago.

Hablaron largo sobre el mundo previo. De vez en cuando, distinguían el bramido de un automóvil a lo lejos, probablemente saqueadores o bandas nómadas rondando el desierto. La desconfianza seguía siendo ley. Pero esa noche, bajo los arcos rotos y los leones de neón caídos, hubo un raro momento de esperanza.

Al amanecer, el trueque había asegurado la supervivencia del asentamiento unas semanas más. Los nuevos generadores rugieron brevemente al mediodía y por unos segundos, las luces parpadeantes de la entrada del Flamingo se encendieron. Los niños aplaudieron, los ancianos lloraron en silencio. Ted pensó en la posibilidad de reconstruir, aunque fuera un poco, aquello que la ciudad representaba: más que juegos, un símbolo de reinvención.

La realidad, sin embargo, nunca era tan amable.

A las seis de la tarde, la vigía del Caesar’s Palace envió una señal: tres docenas de humanos armados, hostiles, se aproximaban desde la I-15. Valdez reaccionó sin dudar: todos los no combatientes se refugiaron en las plantas superiores; las barricadas se reforzaron. Los comerciantes del convoy agarraron armas y se unieron, sabiendo que su propia supervivencia estaba ligada ahora a la de Nueva Fremont.

Ted se posicionó junto a la ventana del segundo piso, fiel escopeta en mano. El aire vibraba, mezcla de miedo y polvo. Al fondo, los saqueadores gritaban insultos y amenazas. Tiros dispersos sonaron. Uno de los hombres de Amira cayó. Ted vio cómo el caos nacía otra vez sobre el asfalto de la Strip, una violencia que le recordaba a una ruleta rusa: no hay ganadores, sólo la ilusión de otro giro.

La batalla fue breve y brutal. Los defensores repelieron el primer ataque gracias a la posición elevada y las improvisadas defensas, pero perdieron a dos de los suyos. Los saqueadores retrocedieron, y después de unos minutos de tensión insoportable, desaparecieron entre el humo y los callejones ciegos.

El saldo fue sombrío: sangre sobre las baldosas, el cadáver de un niño de apenas once años—uno de los nuevos hijos de la comunidad—y el gélido reconocimiento de que ninguna alianza garantizaba la paz duradera. Pero también fue una lección: Nueva Fremont no caería sin pelear, y la solidaridad forjada por las amenazas era más firme que cualquier gangrena del pasado.

En la vigilia de esa noche, mientras algunos velaban a los muertos y otros recontaban las provisiones, Valdez prometió fortificaciones nuevas, turnos de guardia dobles y, si la suerte seguía, otro convoy antes de la siguiente luna nueva. Nadie preguntó si realmente era posible. En Las Vegas, la ciudad donde todo se apostaba, la esperanza era una carta más: doblar la apuesta, arriesgarlo todo. Y el premio era simplemente sobrevivir.

Ted salió de la sala de mando y caminó, solo, por la terraza. El viento del desierto traía olor a ceniza y residuos de neón. Vio a Lila consolando a una viuda, a Jacob apuntando en su cuaderno la cantidad de antibióticos que quedaban, y a Martha discutir con Amira sobre las mejores formas de sembrar en jardines hidropónicos improvisados en bañeras de hotel. Por encima de todo, Ted sentía una extraña certeza—como si el viejo espíritu de la ciudad le hablara: Las Vegas nunca había dependido de la suerte. Siempre fue cuestión de resistencia.

Mientras la ciudad de los sueños resistía otra noche, los humanos tejían un nuevo tipo de apuesta. No por fichas, no por billetes: por días, por granos de arroz, por la leche de una cabra, la vida de un niño o el futuro de un pequeño grupo entre las ruinas más brillantes de todas. Cada amanecer era otra tirada de dados.

Y, como siempre, en Las Vegas, la casa nunca perdía.

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