Fragmento:
Salió solo. El Strip era una culebra de silencio, interrumpido solo por el ulular del viento. Los casinos parecían monstruos adormilados, con sus puertas abiertas como fauces, los neones derretidos como colmillos de luz. Pasó junto al cadáver de un autobús turístico volcado, ventanillas destrozadas, bultos dentro que ya no se podían identificar, y avanzó hasta el Bulevar Sur, bordeando las ruinas del MGM y cruzando la plaza del París. Avanzó por pasillos de slot machines —ahora sin brillos ni timbres, solo máquinas mudas recubiertas de polvo y telarañas—, consciente de cada sombra, de cada oportunidad para saltar tras una columna y evitar a los infectados.
Duración: 11:08
21 de diciembre de 2020
Había estado lloviendo ceniza desde el mediodía. El cielo de Las Vegas, antes tan eléctrico y deslumbrante, era apenas una bóveda gris, hinchado de polvo, humo lejano y la promesa de frío que recorrería la ciudad esa noche. El viento arrastraba no solo restos de los incendios al este, sino también una pestilencia nueva mezclada con los escombros del antiguo mundo. De las miles de luces que alguna vez dieron fama a la avenida Strip, solo unas pocas yacían intermitentes; parpadeos caprichosos en lo que quedaba de los letreros del Bellagio, casi fantasmas en la penumbra. El silencio era tan profundo que Adam creía escuchar el eco de sus propias pisadas resonando contra los muros de cristal roto y marquesinas caídas.
Adam fue crupier. Sus manos seguían la memoria de juegos ya inexistentes, aún en el modo minucioso en que sostenía su rifle, el lento movimiento con el que inspeccionaba cada ruina. Solo quedaban, a ratos, los ecos de la música, los gritos de gozo y la euforia difusa de los jugadores cuando ganaban a la máquina, antes de que la enfermedad convirtiera a la ciudad más excesiva del continente en una trampa mortal de pasillos oscuros y salones llenos de monstruos.
Se había refugiado en los sótanos del Venetian, usando un acceso de empleados que pocos conocían. El lugar ofrecía, además de paredes gruesas y almacenes sellados, la ventaja de la altura para observar el movimiento del exterior a través de los ventanales superiores, y un considerable sobrante de botellas, paquetes de patatas fritas e incluso algo de carne seca olvidada en una recámara frigorífica que aún funcionaba a ratos, conectada a uno de los generadores que los mecánicos habían logrado mantener con vida a base de combustible robado de la calle.
Desde ahí había visto desaparecer la muchedumbre: primero el miedo, después la estampida, y finalmente la muerte. La suerte fue, por una vez, que Las Vegas nunca tuvo una gran población estable. Cuando la peste comenzó a esparcirse por las ciudades del mundo, muchos turistas ya habían partido, la mayoría de los residentes de los suburbios habían huido en los primeros días —igual de ilusionados por salvarse que antes lo estaban por hacerse ricos en las tragamonedas—, y los pocos que se quedaron fueron cayendo, víctima de infecciones improvisadas, tiroteos en supermercados, peleas por medicamentos, o el destino más común: ser devorados o arrastrados por una multitud de zombis que solo las grandes urbes parecían haber generado con suficiente violencia como para que la plaga corriera más rápido que el propio pánico.
Ahora, al borde del invierno, el tiempo había invertido su juego: las noches frías y largas hacían que los movimientos de los infectados disminuyeran. Les costaba más enfrentar el viento gélido de Nevada, especialmente cuando la temperatura caía bajo cero. Los grupos errantes se arrastraban lentamente, a veces completamente congelados en los portales, y era posible avanzar por el Strip, si uno era lo suficientemente sigiloso, para buscar provisiones o curiosear entre los cascarones de los hoteles de lujo.
Esa noche, Adam tenía una misión diferente. Desde el transmisor rudimentario que él y sus compañeros habían improvisado sintonizando radios viejas, captaron un mensaje encriptado dos días atrás. Era una invitación, un reencuentro para quienes aún quedaban. Una voz anónima ofrecía refugio en la azotea del Caesars Palace: “Fuegos a las diez, entradas seguras por el norte. Intercambio. Todos bienvenidos”.
No era la primera vez que alguien prometía seguridad o comida en la ciudad fantasma. Casi siempre era una trampa, la carnada para los desesperados: bandas armadas buscando sumar esclavos, locos religiosos cazando fieles a la fuerza, o simplemente otros sobrevivientes tan asustados como él, enfrentados entre sí como lobos de una manada hambrienta. Pero aquel mensaje hablaba de niños; insistía en que había medicinas, que habían rescatado doctores en el último asalto al hospital universitario. Y Adam tenía una deuda: Zoe, la hija de su hermana, llevaba tres días con fiebre y toses, escondida en el sótano del Venetian junto a él y los demás: un pequeño improvisado de una docena de almas, rehenes de una rutina de miedo, hambre y desesperanza.
Marta, una ex-camarera, había discutido hasta el cansancio. Decía que era una trampa; él la escuchaba hablar con susurros tensos de carnicerías pasadas, de la banda de los Humeantes, de las marcas de sangre y manos cercenadas que habían aparecido cerca del estadio, de los rumores de que los desertores del ejército se habían vuelto tan crueles como los infectados. Pero Adam no podía resignarse. No después de haber jurado, esa primera noche de encierro, que sacaría a Zoe con vida. Decidió arriesgarse: si era otra estafa, moriría; si era cierto, no podía perder la oportunidad. Se armó con todo lo que había logrado recoger: dos latas de comida, una manta térmica, una pistola oxidada con apenas cinco balas, y su antigua chaqueta de uniforme, ya demasiado floja para su figura demacrada.
Salió solo. El Strip era una culebra de silencio, interrumpido solo por el ulular del viento. Los casinos parecían monstruos adormilados, con sus puertas abiertas como fauces, los neones derretidos como colmillos de luz. Pasó junto al cadáver de un autobús turístico volcado, ventanillas destrozadas, bultos dentro que ya no se podían identificar, y avanzó hasta el Bulevar Sur, bordeando las ruinas del MGM y cruzando la plaza del París. Avanzó por pasillos de slot machines —ahora sin brillos ni timbres, solo máquinas mudas recubiertas de polvo y telarañas—, consciente de cada sombra, de cada oportunidad para saltar tras una columna y evitar a los infectados.
Las ratas se habían adueñado de los pasillos. Vio la sombra de un zombi, semidesnudo, arrastrarse por el suelo de moqueta mientras caía una lenta estela de polvo de yeso desde el techo. Evadió sin problemas su alcance, avanzando como un fantasma. Al llegar al coloso del Caesars Palace, se detuvo a mirar el letrero: aún brillaba, arruinado pero vivo, el león dorado cubierto de hollín. El acceso norte era una grieta entre ladrillos derrumbados y un par de estatuas caídas. Se escurrió, resbalando por el mármol mojado, y subió por las escaleras de servicio, saltando sobre pilas de muebles usados como barricadas.
Cuando llegó al último piso, vio el fuego prometido: una pira pequeña, casi hoguera, rodeada de cuatro figuras. Dos con rifles automáticos, otras dos que parecían adolescentes, algo más nerviosos, con mochilas y linternas. Se oyó la voz de la mujer a cargo: firme, destilando una autoridad aprendida en el colapso.
—Alto ahí. ¿Cuántos vienen contigo? —preguntó.
—Vengo solo. Mi gente está abajo, esperándome —respondió Adam—. Vengo buscando medicinas para una niña enferma.
La líder bajó el arma, evaluándolo con rapidez. Era una mujer de mediana edad, con una cicatriz fresca en la mejilla izquierda y ojos de militante curtida. Le pidió que se acercara lentamente. Adam levantó las manos, enseñó el contenido de su mochila, y explicó su situación; no mencionó el refugio exacto ni la cantidad de personas con él —la supervivencia dependía del recelo más que nunca—.
—Mira, no tenemos mucho —dijo la mujer—, pero sí conseguimos unas cajas de amoxicilina y restos de jarabe para la fiebre del hospital. Nadie aquí está regalando nada. ¿Qué puedes dar a cambio?
Adam abrió la mochila, extrajo las dos latas de comida y la manta térmica. La mujer sopesó, consultó con un gesto a su grupo. Finalmente tomó los artículos y pasó una caja pequeña envuelta en plástico. Adam la sostuvo como quien recibe una bendición envenenada: una caja que podía ser la barrera entre la vida y la muerte para Zoe.
La situación sería sencilla en otro mundo; pero en esa azotea, cada negociación era un juego de póker sin margen de error. Cuando Adam mencionó a la niña, notó que uno de los jóvenes se acercó, con una mueca de compasión real; le ofreció además media barra de pan, dura pero intacta. Agradeció con una sonrisa que le supo a traición —nunca se sentía suficiente frente a la desgracia de otros.
Antes de abandonar la hoguera, la mujer se le acercó.
—Oye, ¿cuántos son realmente? —preguntó sin hostilidad, más bien con un matiz de cansancio.
—Doce. Entre ellos una niña y un par de viejos.
La líder asintió, dejando caer los hombros en un gesto de resignación. Le señaló la fea realidad de ser pocos, de que debían unirse si querían sobrevivir el invierno.
—Ven de vuelta mañana. Vamos a organizarnos, levantar barricadas. Dicen que la horda más grande se quedó cerca de la autopista, pero hay bandas armadas en los moteles. Solo sobreviviremos si nos reunimos.
Adam asintió. No estaba seguro si era una trampa más elaborada o un verdadero inicio de colaboración, pero no tenía opción. Bajó por la escalera a oscuras, sorteando los pasillos donde retumbaban las lejanías de disparos, rugidos inhumanos y aromas de basura descompuesta y sangre reseca.
El regreso fue largo y tenso. El frío hacía crujir el asfalto, y los postes caídos proyectaban sombras monstruosas. Adam se escabulló bajo los andenes destruidos, bordeando coches aplastados, con la sensación de que la ciudad entera lo observaba. Rememoró los días en que el lujo, el desenfreno y la risa sin consecuencias llenaban las noches; ahora, hasta el eco de esos días se sentía monstruoso, ajeno.
Entró en el Venetian al filo de la medianoche. En el refugio, encontró a Marta y los demás esperándolo con los ojos agrandados por la ansiedad. Les mostró lo que traía, y el alivio fue palpable en el rostro de todos. Zoe dormitaba delirando, pero la abuela que aún la acompañaba se apresuró a darle la medicina y a envolverla con la nueva manta.
Afuera, el ciclo de la ciudad continuaba: tormentas de polvo, frío, la amenaza constante de los infectados, y el acecho de otros humanos, cuya violencia rivalizaba con la de cualquier monstruo. Adam sabía que el trueque, la vigilancia y la confianza selectiva serían la única forma de sobrevivir el invierno. Más allá de la avaricia o el miedo, la única opción era arriesgarse cada vez, porque el mundo, aunque en ruinas, todavía croupieraba las cartas para quienes apostaban la vida.
Al volver a tumbarse en su litera improvisada, escuchó el murmullo lejano de disparos y rugidos. Se preguntó si alguna vez volvería la normalidad —si sobreviviría para verlo— o si la ciudad del pecado siempre sería esta ruina congelada, donde el único juego era vivir un día más. Al menos, por esta noche, Zoe respiraba a su lado, y el hambre se podía postergar unas horas más. Era todo lo que podía pedirle a Las Vegas. Por ahora.
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