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Portada del relato Las Vegas en la Sombra del Profeta
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Fragmento:


—Creo en las balas —respondió Charlie, metiendo la biblia en su mochila— y en no quedarse quieto.

Duración: 11:57

Las Vegas en la Sombra del Profeta
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Texto de ajuste de pausa.

14 de marzo de 2022

El silencio es algo inusual en Las Vegas, y aun así, en la ruina desbordada por la arena y el horror, el silencio era lo más común. Desde los ventanales rotos del antiguo Bellagio, Charlie Barrow contemplaba el amanecer teñido de polvo y escombros. Su respiración se condensaba en la fría mañana de marzo mientras una columna de humo se alzaba, distante, desde algún lugar al sur de la ciudad, donde la autopista I-15 chocaba con los restos de suburbios conquistados por la devastación y las hordas errantes. A su lado, un rifle, dos latas de habichuelas abiertas y, en el suelo, una vieja biblia con anotaciones delirantes de tinta roja. En los escombros yacía la fe: Las Vegas, un nexo del viejo pecado, era ahora un altar de los desesperados, y los desesperados eran el rebaño de los nuevos profetas.

Charlie no creía en los milagros. Había visto demasiados cuerpos caminando sin alma para eso. Pero desde hacía semanas, los murmullos acerca de la “Hermandad de la Natividad del Desierto” se filtraban por las radios rotas, los chats de sobrevivientes en frecuencias cortas y los susurros de mercaderes armados. Una secta religiosa, decían, nacida en el ocaso del mundo, que prometía salvación a los puros y redención a los condenados. Decían que su líder, el Profeta Samuel, obraba milagros: curaba a los heridos, controlaba a los zombis, multiplicaba la comida y transformaba el horror en esperanza. Otros decían que, tras sus túnicas blancas y sus crucifijos improvisados con partes de máquinas tragamonedas, solo había locura, fanatismo y sangre.

Mientras el sol despuntaba más allá de los escombros del Strip, Charlie se levantó, recogió su rifle y bajó con cuidado las escaleras derruidas. Su objetivo no era claro: necesitaba agua, alimentos y, quizás, un poco de verdad. Desde que perdió a Sarah en un ataque hace tres meses, su único impulso era seguir vivo, día tras día, persiguiendo rumores que pudieran ofrecer una chispa de sentido —o de venganza. En la base del hotel, encontró a Remy, un motorista francés cubierto de polvo y ceniza, con un parche sobre el ojo izquierdo y cicatrices que parecían historias no contadas. Juntos habían llegado el mes anterior desde Reno, siguiendo la promesa vaga de un encuentro con la Hermandad.

—¿Sigues creyendo en los milagros, Charlie? —preguntó Remy mientras empaquetaba latas, armas y una vieja batería de coche.

—Creo en las balas —respondió Charlie, metiendo la biblia en su mochila— y en no quedarse quieto.

Salieron a la calle. En el leve viento del desierto, las banderas raídas aún colgaban de los casinos deshabitados y el aire olía a carne en descomposición, a pólvora antigua y a gasolina rancia. A lo lejos, cerca del letrero de “Welcome to Fabulous Las Vegas”, se veían figuras moviéndose con torpeza: algunos eran zombis, otros, quizás, bandidos, saqueadores o los centinelas de la Hermandad.

Las ruas laterales estaban sembradas de coches calcinados y cadáveres resecos. De vez en cuando, una antena improvisada sugería vida, pero la mayoría de las veces sólo ocultaban trampas o refugios abandonados. El plan era simple: buscar la capilla de la Hermandad, oculta en algún lugar al este de la Fremont Street, identificar si los rumores de milagros eran ciertos o si Samuel era solo otro loco con carisma. Lo importante era sobrevivir uno o dos días más.

Cerca del mediodía, llegaron a la intersección de la Fremont y Maryland Parkway. Los edificios aquí tenían símbolos extraños pintados con sangre: cruces tachadas con una X, manos abiertas y ojos que lloraban lágrimas negras. Alguien había izado un estandarte púrpura sobre la antigua capilla católica de San Vicente de Paúl.

—Allí están, —murmuró Remy— el rebaño del Profeta.

Vigilando entre la sombra de un restaurante destrozado, observaron cómo jóvenes de ropas beige y ojos desencajados asistían a un contingente de tres caminantes atados con cadenas, que eran arrastrados como animales infectos hacia la entrada de la iglesia. La procesión la encabezaba un hombre alto y delgado, afroamericano, que iba sin temor a la cabeza de los zombis. Llevaba una corona hecha de alambres y un manto de terciopelo raído: Samuel, o al menos uno de sus dobles.

Un canto gutural surgía de la puerta, donde decenas de creyentes, hombres y mujeres, muchos armados y todos sucios, arrodillados sobre alfombras ensangrentadas repetían letanías aprendidas: “Purifícanos, Desierto Sagrado. Líbranos de la Muerte. Danos Tu Milagro”.

Charlie apretó el gatillo de su rifle reflejo, pero el cañón apuntaba en realidad a la nada. Remy lo detuvo.

—Olvidaste que los milagros hacen ruido, amigo —susurró con una sonrisa tuerta.

Esperaron hasta el anochecer, mezclados con otros peregrinos que se acercaban desde los suburbios, algunos trayendo ofrendas —botellas de agua, latas de comida, ropas limpias. Cuando fue la hora, se unieron a la fila para recibir “la bendición de Samuel”. El aire vibraba con cantos, gritos y el gruñido amortiguado de zombis encadenados: parte amenaza, parte espectáculo.

Dentro de la iglesia, los vitrales estaban cubiertos con sábana blanca, y en el altar, Samuel recitaba versos de la Biblia, intercalados con anuncios delirantes sobre la pureza y el nuevo orden divino. Detrás de él, a modo de testigos, estaban los caminantes, temblando, pero sin ser ejecutados. Un círculo de seguidores rodeaba el altar, algunos armados con armas de fuego, otros portando hoces o cruces talladas.

Cuando Charlie y Remy llegaron frente a Samuel, este los observó con ojos intensos, radiantes de fiebre y de algo más —algo parecido a la locura luminosa.

—Bienvenidos a la Hermandad de la Natividad, hijos del polvo —declaró Samuel, extendiendo los brazos— ¿Habéis venido a buscar salvación… o tentáis a la muerte una vez más?

Remy se adelantó y ofreció media botella de agua, mientras Charlie bajó la cabeza y dijo solo: —Buscamos pertenencia.

Samuel sonrió, mostrando dientes blanquísimos.

—En este mundo solo hay dos caminos: el de la desesperación y el de la fe. Negad la desesperación. Compartid vuestra historia. Traed vuestras heridas ante el altar.

Habían aprendido a desconfiar de los fanáticos, pero la multitud alrededor no toleraba herejes ni bromas. Con cautela, mezclaron sus mentiras con la verdad. Charlie confesó las heridas de la pérdida; Remy se inventó una historia de familias desaparecidas, buscando redención. El Profeta los escuchó y, sin previo aviso, les asperjó con agua sucia de un barril, murmurando: —Sois lavados de vuestro pasado. Ahora pertenecéis al rebaño.

Rieron otros seguidores, aplaudiendo. Por un momento, Charlie sintió el vértigo de ser aceptado.

La noche los acogió dentro de los muros de la iglesia, donde los nuevos miembros recibían una pala y una linterna: debían colaborar “en la misión divina”, que consistía en excavar trincheras, buscar alimentos y limpiar zonas infestadas bajo custodia de centinelas armados. Todo en nombre del “milagro que está por llegar”.

En esos días, Charlie y Remy atestiguaron milagros a medias. Las curaciones de Samuel se basaban en viejas medicinas, mezcladas con rezos y cánticos. Controlar a los zombis era cuestión de hambre y cadenas, pero los fieles veían en ello signos de poder espiritual. En las noches, el Profeta predicaba sobre el Juicio Final, y cómo aquellos que servían al Desierto serían los elegidos para la Nueva Jerusalén cuando el polvo se disipara y el miedo fuera vencido.

Pero la Hermandad estaba lejos de ser idílica. Los castigos por desobediencia eran brutales; los disidentes, acusados de “poseer el mal”, eran además abandonados, encadenados fuera de la capilla, a merced de las hordas. Algunas noches, Charlie oía disparos suaves y cuerpos arrastrados: ejecuciones silenciosas, invisibles bajo la letanía de los rezos.

Sin embargo, había un rumor peor: que el Profeta quería pactar con los zombis mismos, convertirlos en instrumentos divinos, usarlos para castigar a los “impíos” de otras bandas y saquear asentamientos de no creyentes. Algunos de sus lugartenientes hablaban en secreto sobre ataques planeados contra una comunidad “hereje” en el viejo Henderson, al sur.

Remy se mantenía escéptico, planeando la fuga. Charlie, en cambio, se sentía atraído por la fe desenfrenada del grupo. ¿Era obediencia, locura o el simple deseo de formar parte de algo cuando el mundo se había vaciado de toda estructura?

Las cosas cambiaron la noche en que, durante la vigilia, una horda rompió el cerco de la capilla. Los centinelas disparaban, gritando, mientras los sacros tocaban campanas oxidadas y agitaban antorchas. Los miembros de la Hermandad se aferraban a Samuel, pidiendo milagros entre convulsiones. El Profeta alzó la voz, caminó erguido hacia los zombis y los encaró sin pestañear. Por un instante, el silencio sobrenatural dominó el patio: los caminantes se detuvieron, confundidos por la lumbrera, la sangre y el fuego.

Y entonces ocurrió el milagro... o la ilusión del milagro: los zombis dieron la vuelta, tambaleantes, apartándose del Profeta y del altar, perdiéndose en la noche. Los fieles gritaron de júbilo, y Samuel cayó de rodillas, empapado de sudor y sangre, aclamado como un hombre santo.

Pero Charlie, pragmático, notó cómo Remy había instalado luces estroboscópicas robadas de una patrulla de la policía en la entrada: aquellas repentinas luces y los estampidos habían emulado el propio miedo que los zombis sentían por las explosiones. El milagro era, apenas, ciencia sin explicación.

La mañana siguiente, Samuel convocó a su rebaño. Declaró que el tiempo de las revelaciones había llegado, que debían marchar al sur y conquistar Henderson, “purificando” con fuego y fe a los que no se unieran. Los miembros de la Hermandad gritaban “¡Aleluya!” —la sangre fresca era la nueva consagración.

En ese instante, Charlie supo dos cosas. La primera, que ni Samuel ni sus milagros salvarían a nadie; eran un instrumento más de poder y control, sostenidos por terror y esperanza rota. La segunda, que debía huir, y rápido, pero no sin antes advertir a los herejes del sur sobre la “bendición” que se cernía sobre ellos.

Organizando una fuga junto a Remy y dos miembros desencantados, escaparon al anochecer. Salieron por una vieja alcantarilla conectada a la red de casinos subterráneos, rumbo a las afueras, donde la Hermandad aún no había extendido su dominio. Habían visto la verdadera naturaleza del nuevo mundo: la fe como arma, la secta como refugio, la supervivencia como único mandamiento.

Mientras huían, Charlie lanzó la biblia del Profeta en un charco de sangre y agua. Alzando la vista hacia la luna, comprendió que Las Vegas, antaño ciudad del juego y el deseo, era ahora solo un escenario: los dados giraban en manos de locos, asesinos, santos huecos. Solo el azar decidiría quién viviría un día más, y quién sería alimento o fanático al servicio del siguiente milagro.

En el horizonte, bajo la aurora polvorienta, la próxima jugada del apocalipsis esperaba, insaciable y silenciosa, como toda esperanza torcida en el desierto.

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