Fragmento:
La mayor amenaza no son los muertos, sino los vivos. Hace meses tuvimos un encuentro con la banda de los “Ángeles de Nevada”, tipos que se creen dueños de todo lo que queda entre Fremont y Tropicana. Vinieron exigiendo tributo —alimento, medicinas, hasta una de nuestras generadoras— y tuvimos que decidir: llegar a un acuerdo de no agresión u organizar una emboscada. Apostamos por la segunda opción y tuvimos suerte, pero desde entonces duermo con la pistola bajo la almohada.
Duración: 13:02
9 de febrero de 2028
El aire en la Franja se mueve con la lentitud de los recuerdos. Todavía, a veces, sabe a electricidad quemada y a las promesas rotas encerradas en las ruinas de lo que fue Las Vegas. El sol, implacable como siempre, baila reflejado en los cristales astillados de los viejos hoteles, mientras las sombras se arremolinan entre las fachadas colapsadas del Bellagio, el París o el Caesar’s Palace. Ya nadie viene a buscar suerte. Nadie viene a perder ni a ganar nada, salvo la vida misma. Es febrero de 2028 y Las Vegas es reino de polvo, vacío y nostalgia.
Pero aquí continuamos. No todos huyeron. Algunos, como yo, sólo sabemos existir donde los dados giran y el azar es el último dios. Llamadme Quinn. Antes repartía cartas y sonrisas detrás de una mesa de blackjack, creía en otra clase de magia: la del destino de los incautos y de los ganadores momentáneos. Ahora reparto pan y vigilancia, y mi mesa es una barricada hecha de máquinas tragamonedas destripadas y tablones claveteados a la carrera. Somos veintitrés en nuestro refugio, antiguo sótano alfombrado de un casino menor que ya ni tiene nombre.
En las primeras semanas de la pandemia, la ciudad vibraba con el miedo. Había turistas atascados en el aeropuerto, borrachos en pleno trance que ignoraban los primeros avisos por las bocinas municipales. Las luces comenzaron a apagarse una a una, primero los letreros, luego los semáforos, los reflectores multicolores. Yo me quedé porque mi madre estaba enferma, postrada en nuestro apartamento detrás del Strip. En las noticias decían que pronto habría ayuda militar, pero cuando los helicópteros sobrevolaron Las Vegas, sólo lanzaban advertencias; después, silencio.
Miles cayeron la primera noche de la histeria y el colapso. Las hordas de infectados —y luego de zombis— arrasaron las rutas entre las máquinas, los gritos rebotaron contra las paredes tapizadas. El lujo se volvió una broma rápida: las ruletas lanzaron sus pelotas para nadie, las fuentes del Bellagio se desbordaron de cadáveres, y los coches limusina sirvieron de barricadas improvisadas hasta que, repletos, apestaron bajo el sol.
Hoy, cada cruce por el Strip es una ruleta rusa. Si tienes suerte, lo más peligroso que te pasa es enfrentarte a un saqueador o a un perro salvaje. Si la suerte te abandona, los zombis aún pueden salir de sótanos inundados de alcohol rancio y perfumes fosilizados. La mayoría son viejos, se arrastran y sus huesos crujen como si tuvieran moneditas dentro. Pero alguno nuevo ha cruzado la ciudad, más rápido, quizás recién infectado afuera y de vuelta de un saqueo fallido o de una riña en Henderson.
Mi rutina empieza al alba, cuando el aire todavía huele a frío. Subo los cinco pisos de escaleras del hotel para vigilar desde lo alto. El campo visual es impresionante: desde aquí veo la silueta desmoronada de la Torre Eiffel, el arco dorado del Mandalay Bay y, más allá, las montañas que nunca pudieron abandonar la ciudad aunque la humanidad se fuera. El desierto está recuperando lo que alguna vez le quitaron.
Desde hace seis años nuestra pequeña comunidad sobrevive a base de rapiña, trueque y suerte. El agua la extraemos de una torre de enfriamiento reventada, después de filtrar y hervir, claro. La comida es otra historia: se siembra poco y mal en azoteas, y cada tanto un grupo se arma y atraviesa la ciudad para peinar las despensas que alguna banda rival no haya reclamado todavía. Lo que antes era moneda corriente —medicinas, pilas, cigarrillos, botes de comida enlatada— ahora son tesoros que valen más que toda la fortuna apostada en la historia de este lugar.
La mayor amenaza no son los muertos, sino los vivos. Hace meses tuvimos un encuentro con la banda de los “Ángeles de Nevada”, tipos que se creen dueños de todo lo que queda entre Fremont y Tropicana. Vinieron exigiendo tributo —alimento, medicinas, hasta una de nuestras generadoras— y tuvimos que decidir: llegar a un acuerdo de no agresión u organizar una emboscada. Apostamos por la segunda opción y tuvimos suerte, pero desde entonces duermo con la pistola bajo la almohada.
Esta mañana, el sonido de un motor lejano me pone en alerta. No es común: los que poseen vehículos los cuidan como reliquias, sólo los usan en ocasiones extremas. Apunto el viejo Winchester, por seguridad. Del otro lado del Strip, hacia el sur, una furgoneta recorre la avenida saltando escombros y desplazando a dos cadáveres que yacen en medio del carril. El vehículo se detiene frente a la fachada destrozada del MGM, su chasis rechina y cuatro figuras bajan con cautela. Los reconozco por la ropa: no son de aquí, ni tampoco saqueadores conocidos. Demasiados limpios y organizados. ¿Comercio? ¿Espías?
Abajo, los míos se inquietan. Sasha, que sobrevivió desde el primer día gracias a su astucia y su cuchillo, sube conmigo.
—¿Nuevos vecinos o carne fresca para los caminantes? —pregunta, rastreando con unos binoculares oxidados.
No respondo. Los forasteros parecen buscar algo: observan el viejo letrero del casino, gesticulan hacia la torre norte y, luego, uno de ellos saca una especie de radio reluciente. Sonríen —escandalosamente optimistas para este mundo, me parece— y comienzan a descargar cajas del vehículo.
La ciudad a nuestras espaldas se estira largamente, plagada de abismos de silencio y columnas de humo dispersas. Sombras cruzan las calles secundarias. Me pregunto brevemente por qué demonios alguien se arriesgaría hasta el corazón de Las Vegas en pleno 2028.
Esa noche, bajo capas de mantas raídas y rodeado del murmullo inquieto de los otros, sueño con el Vegas antiguo. Los neones, la música, el tintineo de monedas y la sensación inútil de que todo era posible. Me despierto sobresaltado, casi feliz, hasta que recuerdo dónde estoy.
El tercer día de la llegada de los forasteros, Sasha regresa de una patrulla con noticias: los extraños están, efectivamente, instalando algo de gran tamaño en el vestíbulo destrozado del MGM; un armazón de metal, grandes paneles de madera y lonas reforzadas. Quizá un puesto de comercio, quizá —y esto hace reír a toda la comunidad esa noche alrededor del fuego— un nuevo casino. Hasta los niños del refugio bromean sobre el “Jackpot de los enlatados”.
Pero la curiosidad, ese antiguo vicio del ser humano, es más fuerte que el miedo. Decidimos que un pequeño grupo cruzará el boulevard al amanecer, bajo bandera blanca, para espiar de cerca a los recién llegados.
El contacto se da bajo el cielo anaranjado, entre escombros cubiertos de polvo y fragmentos de mármol que alguna vez adornaron un foyer opulento. Al acercarnos, vemos que la estructura improvisada es efectivamente un mercado de trueque. Los forasteros hablan español y algo de inglés, tienen aspecto de nómadas curtidos por el desierto. Se han atrevido a traer sal —auténtica sal, no la mugre con la que salamos antes— y algunas baterías cargadas con pequeños paneles solares.
La negociación es tensa. El intercambio (latas por medicinas, agua por pilas, un trozo de carne salada a cambio de un pequeño generador) nos da un respiro. Los forasteros preguntan cómo está la ciudad, si hay zonas menos infestadas. Les contamos sobre la Torre Stratosphere y el Fremont, casi vacíos pero peligrosos por otros motivos: cavernas repletas de cadáveres, incendios bajo tierra, túneles que colapsaron sobre grupos menos afortunados. El líder de los nómadas, un tipo llamado Mateo, quiere escuchar historias. “Cada ciudad arde de forma distinta”, dice, y propone pasar la noche con nosotros a cambio de información sobre rutas hacia el norte, al territorio de los “Reyes del Colorado”.
De noche, la ciudad arde en reflejos de luna y recuerdos. Mateo nos cuenta sobre caravanas sitiadas en Primm, sobre una guerra reciente en Salt Lake y sobre asentamientos controlados por “señores del agua” en California. Le hablo de Las Vegas: de las primeras semanas, del olor a ozono, del sonido constante de las alarmas y los gritos. Sasha recuerda cómo vio por primera vez a los zombis reunirse bajo los neones del Flamingo, como insectos hipnotizados.
En algún momento, uno de los nuestros —un anciano llamado Ray, que antes era guía turístico— pregunta si han visto intentos de limpiar ruinas para reconstruir. Mateo asiente, citando ejemplos: partes de Reno, algunos pueblos mineros donde las hordas ya no son más que cuerpos resecos y torpes. Sueños de energia y banderas nuevas. Pero todos sabemos que el mundo sigue siendo imprevisible.
Mientras hablamos, el fragor de una multitud interrumpe el silencio. Al menos una docena de zombis, lentos pero peligrosos, descienden tambaleándose por el bulevar. Los restos de algún grupo de saqueadores desafortunados, probablemente, que no supieron escapar del calor ni de los depredadores más astutos. Nos refugiamos en el gran vestíbulo, echamos pestillos y reforzamos las puertas con mesas y máquinas tragaperras. Para algunos niños es la primera vez que presencian un ataque importante. El miedo es físico; puedo sentirlo latir en la oscuridad como antes sentía la adrenalina en las mesas de apuestas.
Las balas escasean: cada disparo se mide como el oro. Cuando los muertos aporrean la entrada, usamos lanzas improvisadas y tuberías afiladas. Sasha derriba a dos, Mateo a otro. El asalto dura menos de lo que temía, pero deja una huella. Cuando, tras la última embestida, quitamos los obstáculos y salimos bajo la luz gris de la mañana, el vestíbulo huele a vísceras, sudor y ozono.
Pero todos sobrevivimos. Recojo un par de fichas antiguas, cubiertas de sangre y polvo: me las guardo como recordatorio, pequeños talismanes de una era imposible. Los niños ríen con nerviosismo, más por alivio que por triunfo. Las Vegas, una vez más, nos ha dejado seguir aquí. No sé si es una cuestión de suerte o simple terquedad.
Mateo y su grupo deciden quedarse un par de días más. Les cedemos espacio en nuestro refugio con la promesa de intercambio y protección mutua. Las noches se llenan de historias en distintos idiomas, de sueños compartidos y risas roncas. Comenzamos a hablar de reconstrucción, de patrullas organizadas, de la posibilidad de limpiar otros edificios y unir fuerzas para capturar agua o reparar generadores caídos. Hasta proponemos, entre bromas y susurros, reabrir la vieja capilla improvisada para bodas —“El amor sobrevive al fin del mundo”, dice Sasha con ironía.
La Franja sigue siendo el corazón muerto de una ciudad que se niega a desaparecer. Las ruinas del neón y el mármol se erigen como testigos de lo que fuimos y de lo que aún resistimos ser. Una mañana, uno de los niños, Billie, pregunta: “¿Qué era un casino?” Le cuento historias de risas, de juegos y trampas, de la fantasía de salir con los bolsillos llenos y perderlo todo al rato siguiente. Billie asiente con gravedad, como si entendiera que la ruina tiene su propio juego, y que sobrevivir aquí es la apuesta máxima.
Los días pasan, la rutina se estabiliza. Vigo, el mecánico del grupo, logra reparar un ascensor de servicio subterráneo usando partes de un viejo carrito de limpieza. Sasha dirige una expedición al Luxor en busca de botellas de licor, una de las pocas “monedas” capaces de abrir puertas en comunidades más lejanas. Yo organizo un pequeño torneo de cartas: usamos fichas de plástico y frijoles secos. Ríen los niños, ríen los adultos. Por unas horas, la ciudad parece menos rota.
Pero debajo de la alegría fingida repta el miedo a la posibilidad de un ataque mayor, a que las bandas del este decidan que Las Vegas sea suya, o simplemente que la siguiente horda sobrepase cualquier defensa que podamos improvisar. La tensión es invisible y se cuela en cada pausa, en cada visión de una sombra moviéndose tras un ventanal tapiado.
Una noche, subo solo a la azotea. El desierto tiembla bajo la brisa fría. Miro el horizonte: aún quedan faros eléctricos en los asentamientos distantes, luces artificiales que titilan en la rabia de la noche, promesas de otro orden posible. Pienso en lo que diría mi madre, en cómo explicarle que no he abandonado el juego, sólo cambié de baraja. Aquí sigo, en la ruina dorada, apostando mi sobrevivencia contra el abismo.
Y pienso que tal vez, sólo tal vez, aún quedan cartas por jugar en esta ciudad sin suerte.
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