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Portada del relato El último crupier al amanecer
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Fragmento:


Era el vigésimo primer día de un diciembre despiadado cuando escuchó por primera vez el eco de una transmisión. No era la voz clara de un locutor, sino una secuencia de pitidos, en código Morse, repitiéndose cada minuto. Ajustó su radio—una reliquia todavía funcional gracias a piezas intercambiadas con otros fugitivos—y trató de descifrar el mensaje:

Duración: 10:50

El último crupier al amanecer
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2020

La nieve caía con una parsimonia casi irónica, cubriendo la desierta Strip de Las Vegas de un blanco que se sentía fuera de lugar. Ventiscas heladas azotaban las viejas ruinas de los hoteles, filtrándose por las destrozadas vidrieras del Bellagio y arrancando jirones de lonas publicitarias ya inservibles. Al sur, las majestuosas letras del cartel de "Welcome to Fabulous Las Vegas" habían sido parcialmente derribadas a golpes, pero todavía se asomaban a través de la cortina de humedad y frío que envolvía el horizonte.

A esa hora apenas quedaban sobrevivientes en la ciudad. Desde que la plaga se adueñó del continente, la mayoría huyó al desierto, buscando refugio en las viejas estructuras mineras, o atravesó con suerte la cordillera en dirección a California. Los que todavía respiraban aquí—porque nadie podía decir que realmente vivían—lo hacían entre ruinas, detrás de barricadas improvisadas de mesas de póquer y sillas apiladas, en habitaciones donde antes se gritaba de júbilo y ahora sólo se escuchaban gemidos, aullidos y el arrastrar de cuerpos muertos.

Ezequiel respiraba con dificultad. Su centro de operaciones era la vieja caja fuerte del sótano del Flamingo, un espacio cuadrado y opresivo, con apenas una camilla hecha de viejas cartas de tarot pegadas, colchones triturados y unas mantas raídas que había saqueado del París Las Vegas en una de sus últimas incursiones. Debajo de tierra, el zumbido lejano de las hordas apenas se percibía. Pero cada vez que abría aquella trampilla oxidada, el viento arrastraba consigo no solo el frío, sino el olor agrio de la putrefacción.

Ezequiel se había quedado atrás, inamovible por una mezcla de nostalgia e imposibilidad. Padres muertos en el hospital universitario cuando todo comenzó; una hermana mayor que, tras dos semanas de encierro, había huido de la paranoia para ser, probablemente, arrastrada con las masas en Fremont Street; y un hijo que, si la memoria no le fallaba, quizá había alcanzado una de esas caravanas que buscaban la frontera del norte antes de que la ley marcial lo aplastara todo.

Durante el día, Ezequiel recorría el interior del Flamingo y el Caesar’s Palace con la linterna tapada, buscando comida, agua en botellas y cualquier medicamento que aún no hubiese sido saqueado. En las noches, cuando el frío se intensificaba y hasta los zombis parecían moverse menos, buscaba con ansia transmisiones radiales. La mayoría de los días, sin embargo, sólo encontraba estática y el lamento grave del helado viento del invierno.

La ciudad, antes luminosa—el símbolo mismo del exceso humano—era ahora una tumba abierta. Los zombis se apilaban en el vestíbulo del MGM Grand, atascados en las viejas escaleras mecánicas, sus ropas empapadas por la tormenta y las carnes peladas bajo las garras de la descomposición acelerada por el aire seco del desierto y, ahora, por la humedad gélida del invierno. Desde hacía días, Ezequiel calculaba que el clima jugaba a su favor: la mayoría de los infectados quedaban como estatuas retorcidas con la bajada de la temperatura; otros, simplemente, colapsaban. A menudo se preguntaba si era por el frío o porque ya no quedaba nada dentro de ellos.

Era el vigésimo primer día de un diciembre despiadado cuando escuchó por primera vez el eco de una transmisión. No era la voz clara de un locutor, sino una secuencia de pitidos, en código Morse, repitiéndose cada minuto. Ajustó su radio—una reliquia todavía funcional gracias a piezas intercambiadas con otros fugitivos—y trató de descifrar el mensaje:

"SOS–águila–ven–norte–rueda–neón–medianoche."

El código jugaba con sus recuerdos. "Águila… norte… rueda de neón…" Pensó en la Rueda de Observación High Roller, cerca de la zona norte de la franja, y en el letrero del antiguo Eagle Bar, perdido tras los primeros saqueos.

Durante horas, Ezequiel meditó la posibilidad de salir. A medida que la temperatura bajaba y el viento azotaba los muros de concreto, la idea de quedarse encerrado le parecía cada vez más peligrosa—no solo por falta de comida, sino porque las paredes, alguna vez seguras, empezaban a resquebrajarse. Decidió que valía la pena arriesgarse.

Vestido con varias capas de ropa, engalanado como un payaso absurdo con una bufanda de lentejuelas robada del antes glamoroso escenario de un club nocturno, se colgó al hombro una mochila con pocos víveres y su vieja Beretta. Guardó, como una especie de amuleto ridículo, un par de fichas de casino y un naipe gastado del año anterior, con el reverso marcado con la palabra "ESPÉRAME" escrita a bolígrafo. Ya no recordaba si lo había escrito su hermana o su hijo. No importaba.

Al abrir la trampilla, una bocanada de aire cargado de podredumbre le golpeó en el rostro. Se desplazó pegado a los muros interiores, evitó el vestíbulo, y se escabulló entre la maraña de mesas volcadas, ruinas de tragaperras y letreros de luces oxidadas. El frío era implacable. Una a una, las siluetas congeladas de antiguos ejecutivos, bailarinas, farsantes y turistas se distinguían entre los montones de cadáveres. Algunos yacían aún con tickets de juego en la mano, los ojos vacíos y la piel macilenta. Las puertas automáticas, siempre tan sensibles, se abrían y cerraban por los vaivenes del viento. Ezequiel debía ser esa noche, por fuerza, invisible.

Avanzó hacia el norte, deslizando los pies sobre las losas planchadas de hielo. El silencio era apenas interrumpido por el crujido lejano de cristales rotos y algún que otro quejido inhumano, amortiguado por el rigor del clima. El cuchillo que llevaba amarrado al muslo se sentía pesado; los dedos, entumecidos, lo acariciaban con ansiedad.

Pasadas las tres de la madrugada, llegó a la base del High Roller. Iba con cuidado, consciente de que los zombis, si bien menos activos, no desaparecían del todo en el frío; sólo sus tristes figuras deambulaban más lentas, a veces trayendo consigo el retumbar de algún tropiezo. El Eagle Bar, o lo que quedaba de él, era una ruina ennegrecida por fogatas recientes. Al aproximarse distinguió una sombra, delgada y temblorosa, agazapada tras una caja registradora que no había visto funcionar en meses.

La figura se movió nerviosa, apuntándole con lo que parecía el cañón de una escopeta de inspiración casera. Por instinto, Ezequiel se cubrió tras una columna. Unos segundos después la sombra bajó el arma y balbuceó algo en un inglés tan tosco que Ezequiel apenas entendió:

"No tienes cara de muerto. ¿Tienes radio?"

Se trataba de una chica, quizá veinte años, los ojos rodeados de ojeras profundas y la voz hecha trizas.

Ezequiel mostró la radio y la Beretta, ambos levantados con las manos desnudas, en señal de paz. Ella asintió, lo dejó acercarse y ambos buscaron refugio tras la barra.

La muchacha se llamaba Dana y, según le contó en un susurro tembloroso, llevaba semanas mandando la señal de auxilio con la esperanza, casi supersticiosa, de que algún sobreviviente la captara. Había visto a un grupo cruzar la ciudad, en dirección opuesta, una semana atrás, pero no logró alcanzarlo.

"Pretendía salir en cuanto bajara el frío", dijo, abrazándose a sí misma, "pero no puedo sola, no alcanzaría ni la mitad del camino sin ayuda."

Ezequiel, por primera vez en meses, sintió que la esperanza le pinchaba el pecho, haciéndole añorar de forma casi dolorosa los días de mesas de blackjack y turistas ebrios gritando que la suerte siempre regresa. Proviniera de la realidad o del delirio, la promesa de seguir vivo junto a otro ser humano se sentía como una carta as escondida en la manga.

"Tenemos víveres", murmuró. "En el sótano del Flamingo. Si conseguimos llegar, podemos aguantar el mes. Mañana, cuando el sol caliente un poco, iremos al norte."

"¿Por qué al norte?", preguntó Dana, frotando sus manos entumidas.

"Dicen que en Reno hay radios activas. Algunos campesinos arman trenes con caballos, intercambian sal, medicinas, lo que sea. Por ahora, escapar de aquí es lo único que parece sensato."

Se permitieron un descanso fugaz, compartiendo una barra energética que Dana había encontrado en una máquina expendedora saqueada. Luego taparon la radio y se turnaron para dormir, atentos a cualquier ruido extraño.

Al amanecer, las siluetas de los casinos se destacaban contra el cielo de un azul violáceo. Neón apagado, ventanales rotos, letreros caídos. Descendieron la avenida agazapados, evitando montones de cadáveres helados y, sobre todo, los grupos de zombis que de vez en cuando se desperezaban bajo la tibia luz del sol. Ya no corrían con furia, pero si uno caía cerca podrían alertar al resto.

El tramo de regreso fue largo y exhausto. Ezequiel y Dana usaron la Beretta con mesura; cada disparo era un sacrilegio de recursos, el estrépito suficiente para atraer a una decena. Cuando por fin descendieron la trampilla del Flamingo, las piernas de ambos temblaban no sólo del frío, sino de la tensión. Repartieron la escasa reserva de agua y se pusieron a resguardo, con la radio encendida, esperando otro mensaje milagroso.

Durante días, la rutina fue sobrevivir bajo tierra: encender pequeños fuegos con muebles rotos, racionar la comida, y salir sólo al anochecer a buscar más recursos. Aprendieron a convivir con el silencio de los muertos y la soledad de los vivos. Al séptimo día, Ezequiel logró captar una voz, apenas un susurro transformado en electricidad.

“Caravana en Boulder City… caminen… sur… repito… sur…”

Dana y Ezequiel se miraron, dudando entre arriesgarlo todo en un viaje al sur, hasta Boulder City, o aguardar la llegada incierta de otro invierno menos mortal. La decisión, como todo lo demás en esa nueva Las Vegas, dependería de la ruleta sesgada de la suerte y del coraje.

En el amanecer siguiente, empacaron lo poco que quedaba. Atrás, el legendario Strip dormía bajo el hielo y la nieve, cubierto por la mortaja translúcida del invierno del fin del mundo. No quedaba ni rastro del brillo ni el estrépito, salvo el recuerdo de unas luces que ahora sólo iluminaban la memoria de los pocos que aún podían contarla.

Tal vez, pensó Ezequiel, Las Vegas siempre tuvo más de cementerio que de paraíso. Quizá, en este nuevo mundo, la última partida aún merecía jugarse. Tal vez, entre las sombras y el frío, la esperanza era la última ficha en la mesa.

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