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Portada del relato Las últimas luces del Strip
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Fragmento:


“Docenas de galones de agua, medicinas, algo de fruta desecada… si hay,” responde Sam, sin soltar la mochila.

Duración: 10:58

Las últimas luces del Strip
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Texto de ajuste de pausa.

23 de julio de 2024

La luz del sol azotaba la calzada rota como un puñal. En Las Vegas, el calor era tan brutal que la piel de los muertos pegada al asfalto se desprendía como papel mojado, y la putrefacción era el perfume constante de la ciudad. Sólo los extremadamente locos o los desesperados permanecían cerca del Strip, ese espinazo de ruinas entre los escombros humeantes del oeste y el desierto sin fin. Lo que una vez fue la capital del ocio había terminado convertida en un laberinto de neón agrietado y promesas olvidadas.

Casi nadie podía creer durante aquellos días, ni siquiera ahora, en la persistencia tenaz de la vida humana. Pero lo cierto era que en julio de 2024 sobrevivía en Las Vegas una amalgama de gente dura y curtida, habituada a la pérdida y el peligro. Algunos se hacían llamar “los Jugadores”; otros, simplemente, “los vivos”. A esas alturas ya no había autoridad municipal, y los viejos hoteles funcionaban como fortificaciones improvisadas donde los humanos se protegían tanto de las hordas como de las bandas de saqueadores.

Al amanecer, Sam camina por el vestíbulo devastado del Caesars Palace, tratando de no hacer ruido con las botas en el mármol cubierto de cenizas y sangre seca. Lleva una máscara de tela sobre la boca para no respirar el hedor de la descomposición, y un machete colgado del cinto, bien afilado. En una mochila cargada con vendas, latas de atún y pequeños sobres de cloro, guarda el resto de su valor: municiones, baterías recargadas por un pequeño panel solar, algunas tiras de carne seca.

Sam avanza rápido por la penumbra. De vez en cuando pasa junto a cadáveres completamente secos, cubiertos de sábanas, contados por los voluntarios de la noche anterior. Hace días que estos muertos no se mueven, pero nadie se fía. Ya han visto demasiadas veces esas sacudidas extrañas en la oscuridad, la súbita resurrección de los que parecen inofensivos. Y, por si acaso, cada mañana alguien recorre el edificio con una barra de metal, machacando cráneos, previniendo sustos.

El objetivo de Sam esa mañana es llegar hasta el Flamingo, donde los rumores dicen que hay una caravana de Arizona que trae suministros frescos. ‘Comercio seguro, sólo intercambio,’ repite la consigna en las ondas cortas. Pero ese día la ciudad está más silenciosa de lo habitual, con el rumor constante de algo acumulándose en el aire, una marea invisible acercándose.

El trayecto a cielo abierto es puro nervio. El sol revienta la visión en las avenidas, donde los neones rotos parpadean, encendidos esporádicamente por los generadores de unos locos que creyeron que la luz los reconectaría con el mundo anterior. El Paris, con su torre inclinada, se erige como un tótem vencido, marcando territorio. Sam camina agachado, entre coches derretidos y autobuses volcados, sorteando charcos de aceite y huesos calcinados. Sabe que los zombis de Las Vegas están raramente lentos con el calor, pero también que no le importaría encontrar ahora mismo a un humano peor que ellos.

La entrada del Flamingo está flanqueada por dos enormes barricadas de máquinas tragaperras apiladas. Detrás de ellas, bajo un toldo improvisado, un grupo de hombres armados observa a Sam con desconfianza, armas al hombro. Alza una mano mostrando su pulsera roja, el salvoconducto que se reconoce entre supervivientes adscritos a los códigos de comercio pacífico.

Uno de los guardias, una mujer de barba en punta y gafas oscuras, le asiente con desdén. “¿Qué buscas?”

“Docenas de galones de agua, medicinas, algo de fruta desecada… si hay,” responde Sam, sin soltar la mochila.

La transacción resulta rápida pero cargada de tensión. Nadie se mira demasiado a los ojos. Los Jugadores del Flamingo tenían fama de traicioneros en las noches malas; a nadie se le ocurría hablar de más, ni smooth ni risas de bienvenida como en el pasado. Solo miradas cortantes y la continua evaluación de los movimientos ajenos.

Mientras Sam acomoda el trueque —deja diez paquetes de munición y tres bisturís intactos a cambio de agua y fruta—, escucha la radio portátil del puesto principal crepitar con una alerta: “¡Horda moviéndose por el sur, cerca de Tropicana! Se estiman más de doscientos. Repito, doscientos infectados en movimiento, rumbo al Strip…”

El pulso se le acelera. A esas alturas, doscientos no es una horda inmensa como en épocas anteriores, pero sí suficiente para poner en jaque a cualquier comunidad si son rápidos. El calor suele mantenerlos aletargados, pero basta una nube, una noche fresca o el tirón de comida humana para que se despierten. “Voy al norte,” murmura Sam, “al Venetian. Allí nos estamos atrincherando.”

“Que corras”, responde la guardia, ya ajena a su presencia. Sabe que las alianzas aquí duran lo que se tarda en cargar una pistola.

Sam se aleja deprisa, cruzando lo que una vez fue un paso de cebra repleto de turistas borrachos. Ahora sólo hay cristales y escombros. El olor de los palmerales secos es penetrante, casi tan fuerte como el de la sangre evacuada meses atrás. Por encima de la Avenida Flamingo, los pájaros no cantan desde hace tiempo, pero algunos perros salvajes husmean entre los cuerpos, despistando a los rezagados de la horda.

Más adelante, en la entrada del Venetian, una niña con el cabello crespo empuña una ballesta y le barrera el paso. Sam la reconoce —es Lía, hija de los agricultores itinerantes que pasaron por allí en primavera— y le muestra el agua como si fuera un talismán. Lía baja la ballesta y le deja entrar.

Dentro, hay vida: pequeñas hogueras, grupos de niños corriendo (malnutridos, alterados, pero aún niños). El aire fresco viene de generadores hidroeléctricos minúsculos finalmente en funcionamiento. El Venetian es uno de los pocos lugares donde han logrado crear una pequeña huerta en la terraza, y la comunidad es estricta pero generosa cuando se trata de defender a los suyos. Allí, Sam se sienta, reparte el botín con los suyos, y se prepara para la inminente llegada de la horda.

Amanda, la líder de los defensores, se acerca. Tiene una cicatriz profunda en el cuello, recuerdo de cuando defendió el casino de un ataque hace seis meses. “Nos queda poca munición, Sam. ¿Intercambiaste por algo más? ¿Bengalas quizá?”

Él niega. “Sólo agua y fruta. Pero hay buena gente en el Mirage; podríamos intentar reforzar defensas juntos.”

“Demasiado tarde,” susurra Amanda, y señala el ventanal. Las primeras siluetas tambaleantes aparecen en la calzada frente al Venetian, miles de metros cuadrados de cuerpos famélicos, ojos vacíos, bocas abiertas. Entre ellos, algunos hasta vestidos de payaso: los muertos del Circo convencían a cualquiera de que ni la muerte se toma en serio Las Vegas.

La comunidad lo tiene ensayado: los niños y ancianos descendidos al sótano; los arqueros y los tiradores apostados en los balcones. Hay un sistema de alarmas: macetas golpeando varillas metálicas, un código de señales entre los edificios, silbidos breves para indicar direcciones. En el suelo, trampas improvisadas: clavos, aceite de motor reciclado, picas caseras.

Sam se une al muro principal, machete listo, pistola en mano (sólo tres balas). A su lado, un viejo apostador de cartas le da un golpecito en el hombro. “Nada como un buen juego para cerrar la noche”, bromea, aunque la sonrisa no le llega a los ojos.

Cuando la horda llega, es primero un temblor, una presión en el aire, luego un chirrido sordo y finalmente el sonido húmedo de carne contra metal. Los primeros zombis caen en la zanja exterior, empalados. Otros, más frescos, trepan, segregando uno de esos ruidos viscosos que sólo se acostumbran quienes sobreviven años en el Apocalipsis. Las flechas vuelan con timidez; la munición se dosifica. Gritos, sí, pero solo los imprescindibles, porque el ruido atrae más.

La batalla dura horas. El calor del día convierte el enfrentamiento en algo febril, delirante. Cada vez que parece que el flujo de muertos termina, más figuras se arrastran desde la Avenida Sands. Abajo, algunas mujeres lanzan botellas incendiarias; arriba, dos tiradores van quedándose sin balas y lanzan piedras, libros, hasta fichas de póker. En algún momento, Sam piensa que todo esto es ridículo, absurdo: defender un casino de lujo convertido en trinchera, mientras el mundo arde alrededor.

Ya anochece cuando la horda finalmente se agota. Muchos de los muertos han caído, apiñados en capas sobre el asfalto. El sudor de los vivos se confunde con la sangre ajena. Un silencio nuevo se asienta sobre el Venetian, un silencio de victoria mínima. Hay heridos, dos muertos entre los suyos, pero la mayor parte ha sobrevivido. Sam entierra su machete en el suelo y se sienta a mirar el cielo rojizo por la polución, preguntándose cuánto tiempo más resistirán.

Esa noche hay celebración. Los cocineros improvisados reparten latas de piña, el tesoro más dulce de la comunidad. Un anciano que fue crupier canta una canción torcida sobre el último croupier de Las Vegas; otros pegan golpes sordos sobre la mesa de blackjack, convertida en altar de ofrendas. Los niños cuentan historias de héroes y monstruos, y los adultos beben agua, el bien más valioso, entre miradas de alivio y cansancio.

Antes de dormir, Amanda se acerca a Sam. “Estamos aquí otro día,” le dice, apretándole el brazo. “Eso es victoria.”

Sam no le responde, mira por la ventana, donde los cuerpos de los zombis brillan bajo la luz residual de un viejo letrero de neón que aún dice “Welcome to Fabulous”. Piensa en el mundo de antes, en cómo Las Vegas nunca imaginó su propio final, y en cómo, jornada tras jornada, los pocos humanos que quedan reinventan la esperanza en medio de un juego donde la banca siempre gana… hasta que alguien aprende a hacer trampas.

Al amanecer siguiente, nuevas caravanas comienzan a aparecer en las fronteras de la ciudad. Gente en caballos, otros en viejos coches eléctricos, llevan noticias, ofertas, historias y amenazas. Los mercados se expanden; las alianzas, aunque inestables, se negocian entre disparos y pactos de sangre.

El ciclo continúa. No hay futuro garantizado, pero por ahora, mientras la rueda sigue girando, Las Vegas resiste, armada de alimentos secos, pólvora casera, y una fe inexplicable en la oportunidad, en las segundas y terceras vidas. Porque en la ciudad de las segundas oportunidades, ni los muertos saben cuándo retirarse de la mesa.

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