Fragmento:
El vestíbulo da acceso directo a la calle, donde el sol poniente crea sombras alargadas. Félix sale al mundo y el viento lo golpea con fuerza, transportando el acre olor de carne podrida. Las bandejas de fichas y las monedas esparcidas entre los coches estacionados ya no valen nada; lo que brilla ahora es el metal de las armas. Se mueve pegado a los muros, paso a paso, esquivando autos abandonados y algunos cuerpos amontonados junto a las entradas de los hoteles.
Duración: 11:59
18 de diciembre de 2020
El viento del desierto arrastra polvo y papeles sobre el Strip, donde alguna vez los destellos de luces de neón prometieron fortuna a cualquiera capaz de retar al destino. Ahora, el destello brillante ha dado paso a la penumbra. Apenas se distinguen las formas carcomidas de los antiguos anuncios de hoteles: el Bellagio parece una cáscara descarnada y la gran rueda del High Roller ya no gira. Alrededor, cadáveres congelados bajo mantas sucias o vehículos abandonados en pilas que tapian calles enteras. El invierno más frío del que se tiene memoria ha transformado a Las Vegas en una ciudad tan hostil como el desierto que la rodea.
A 2,400 kilómetros del mar más cercano, Las Vegas parecía sentirse segura de las tormentas, los huracanes y, por qué no, las pandemias. Pero nada de eso importó cuando el hambre llegó cabalgando sobre los hombros de una plaga distinta: la infección que convertía muertos enambulantes en predadores insaciables. Durante la primavera y el verano, los brotes sacudieron hospitales, luego barrios y, finalmente, todos los resorts relucientes. Ahora, cerca de Navidad, la vida diaria consiste en buscar comida y evitar la atención de cualquier cosa que cruce arrastrando los pies por las calles heladas.
***
El refugio de Félix no es precisamente un palacio, aunque alguna vez lo fue. Eligió la suite de un penthouse en el Mandalay Bay, una dorada prisión de concreto y vidrio desde la cual podía divisar la ciudad y anticipar amenazas. El lujo oxidado tiene sus ventajas: largos pasillos para escuchar los pasos antes de que llegue alguien –o algo–, una vista panorámica que le permite alumbrar su morada con los últimos rayos que filtran el smog, y una cama con sábanas de satén polvoriento en la que puede soñar que esto es solo un mal viaje de ácido.
En el suelo hay una docena de latas abiertas y arrugadas, la mayoría vacías. Félix divide su tiempo entre registrar los pisos superiores y descender hasta el casino cada tres o cuatro días, cuando el hambre lo empuja. Lo hace siempre antes del anochecer. Ha aprendido a ir solo y sin hacer ruido. Hay zombis, claro, pero el frío ha vuelto lentos hasta a los más hambrientos. El verdadero peligro es otro: los humanos.
Esa mañana, el viento gélido ruge afuera. Félix despierta por el crujido sordo de una ventana que no cierra bien, seguido por una interferencia extraña que le escupe la radio vieja que compró en una tienda de recuerdos y que ahora sintoniza solo interferencia militar o, con suerte, algún mensaje de supervivientes. El mensaje es nuevo:
“…dores, repito, grupo de supervivientes en el Luxor. Tenemos abrigo, comida, y una docena de camas. Abstenerse infectados. Primera planta, acceso lateral. Emitan señal de humo… Fin de transmisión.”
Félix tiene sentimientos encontrados. Antes, el contacto humano era lo más buscado; ahora sabe que demasiada gente en un solo lugar es motivo para recelar. Además, el Luxor está al cruzar media milla del Strip. Eso significa caminar por avenidas llenas de coches volcados y cadáveres, sin garantía de seguridad. Cualquier cosa puede salir mal, y Félix ya ha visto lo suficiente en estos meses como para confiar solamente en sí mismo.
No obstante, la palabra comida lo arrastra a una decisión. Mantenerse con vida es ganar otro día, y otro día ya es un premio. Félix empaca en su mochila lo indispensable: una pistola 9mm con dos cargadores, tres latas de frijoles caducados en octubre, una botella de agua mediada, su navaja suiza, una linterna y una radio de mano. Se cubre con una bufanda, parka y sus guantes de invierno. Antes de partir, echa una última mirada a la suite. Por si acaso, empuja una silla atrancando la puerta. Si no vuelve, nadie la echará de menos. Si sobrevive, será por astucia, no por suerte.
***
Bajar por la escalera oscura le toma media hora. Félix avanza con cuidado: el eco de sus pasos retumba y las sombras parecen moverse con cada respiro. En el casino, una cancha donde el dinero y la vida cambiaban de mano con cada giro de la ruleta, sólo queda la tristeza de los tapetes mugrientos y las fichas empolvadas. Un trío de cuerpos congelados en una esquina reposa tras las mesas. Los reconoce: eran empleados, uno con el smoking untado de sangre, dos con uniformes rasgados. Ni zombis ni humanos; solo muertos, víctimas del primer brote, cuando todos buscaban refugio y nadie sabía lo que se venía.
El vestíbulo da acceso directo a la calle, donde el sol poniente crea sombras alargadas. Félix sale al mundo y el viento lo golpea con fuerza, transportando el acre olor de carne podrida. Las bandejas de fichas y las monedas esparcidas entre los coches estacionados ya no valen nada; lo que brilla ahora es el metal de las armas. Se mueve pegado a los muros, paso a paso, esquivando autos abandonados y algunos cuerpos amontonados junto a las entradas de los hoteles.
Hay zombis dispersos, atontados por el frío. Félix los reconoce por el movimiento espasmódico del cuello, los brazos extendidos y la forma torpe en que se apoyan contra postes y tarjetas de estacionamiento. Aprende a no provocar ruido: sólo cuando un cuervo aletea sobre un contenedor de basura, un zombi reacciona y se le acerca; Félix retrocede, sube a un parapeto y espera pacientemente hasta que la criatura pierda interés y sigue su marcha al azar. Con el tiempo, ha perfeccionado el arte de no ser notado.
A medida que se acerca al Luxor, el imponente prisma negro se alza entre ruinas. La luz del atardecer casi no consigue reflejarse en sus cristales estrellados. En la base, para su sorpresa, hay una bandera blanca atada a una viga torcida del acceso lateral. Cerca, dos figuras armadas vigilan desde el interior con una linterna. Félix alza su radio y la enciende, pulsando dos veces el botón para emitir la señal convenida en la transmisión. Uno de los guardias lo observa a través de un hueco hecho en el vidrio. La mirada es nerviosa, pero, tras unos instantes, el arma baja. La pesada puerta lateral se entreabre.
—¿Qué traes? —pregunta una voz desde la penumbra.
Félix levanta una mano para mostrar su mochila, la otra desarmada.
—Frijoles, agua, linterna —dice. Lo consideran por unos segundos. Finalmente, la puerta cede los suficientes centímetros para dejarlo pasar.
El interior del Luxor está tan oscuro y silencioso que parece una catedral de ruinas. El recibidor, alguna vez un santuario de turistas y apostadores, muestra ahora fogatas improvisadas y mantas extendidas entre las ruinas de las antiguas estatuas egipcias falsas. Hay una veintena de personas, la mayoría envuelta en ropa de abrigo, pocos niños y al menos tres perros. Un generador murmura en el fondo, alimentando apenas un par de lámparas LED.
Al frente, una mujer de unos treinta años, rubia y con el cabello recogido, se presenta sin sonreír.
—Soy Andrea. Aquí solo hay una regla: tú ayudas, tú comes. Sin excepción.
Félix asiente, trata de guardar la distancia justa; los meses de aislamiento lo han vuelto cauteloso hasta el extremo.
—¿Puedo dejar aquí mis cosas?
Andrea asiente. Dos hombres lo registran; le devuelven su mochila y, tras asegurarse de que no está mordido ni herido, lo encaminan hacia una esquina donde los recién llegados descansan. Félix observa: cada movimiento, cada voz, cada mirada transmite cansancio, pero también esperanza. Nadie quiere morir solo.
***
La noche cae sobre la ciudad y el frío intensifica hasta calar los huesos. En el refugio del Luxor, la gente se reúne para repartir la cena: papilla de arroz, un trozo de carne seca y medio vaso de agua, todo racionado con precisión militar. Félix mastica despacio. Agradecido. Escucha a los demás hablar en susurros de los días en que Las Vegas era una fiesta perenne: tragaperras sonando, fuentes bailando, fiestas infinitas.
Un hombre mayor, Scott, repite por segunda vez su historia favorita: “Me gasté el último dólar que sacó un cajero en chips del Caesar’s Palace. Los aposté en la ruleta… y gané. Nunca pude cobrar, claro, pero por un instante volví a sentir que la suerte estaba conmigo”.
Andrea interviene, pragmática:
—Lo que importa es sobrevivir. Mañana toca ir al MGM. Sabemos que en el sótano quedan reservas de comida. No será fácil, el lugar está lleno de infectados, pero tenemos que arriesgar. Cada día salen menos de los nuestros y vuelven.
Alguna vez, Félix habría optado por rehuir riesgos. Ahora, tras probar el calor y la comida compartida, siente que debe arriesgar lo que tiene. El sentido de comunidad, nacido a partir de la amenaza común, es lo único que le da cierto significado al desastre.
Al llegar la medianoche, la gente se envuelve entre mantas y se recuesta sobre alfombras deshilachadas; los más jóvenes murmuran historias de terror sobre los zombis más rápidos y letales, pero Andrea zanja los temores con un simple:
—Mientras estemos juntos, los neones de la ciudad no nos faltarán.
***
Félix despierta al alba. Afuera, la ciudad tiembla bajo el azote de un viento cortante. La expedición se prepara con movimientos rápidos: Andrea, Scott, un joven llamado Malik y Félix. Salen armados con bates, una ballesta improvisada y tres pistolas; Félix nota que apenas quedan balas en los cargadores. El plan es simple: entrar por la entrada de empleados del MGM, registrar la despensa y el comedor, salir rápido.
El camino es un infierno de obstáculos. La acera está sembrada de cadáveres y basura, un par de zombis deambulan perdidos, congelados bajo la escarcha. Al acercarse al MGM, Félix percibe el hedor agrio de los cuerpos en descomposición. Nada se mueve, pero el silencio es tenso.
Andrea lidera el grupo, guiando hacia una puerta trasera asegurada por una cadena rota. Al entrar, el aire huele a moho y carne vieja. Carlos, otro sobreviviente armado con un bate, les hace señas.
—Escuché ruido en el sótano —susurra—. Creo que hay al menos una docena de ellos.
Se organizan rápido. Mientras Scott y el joven vigilan la entrada, Félix y Andrea bajan al sótano con linterna y pistola en mano. El haz de luz revela filas de cajas y tarimas. En una esquina, los ojos vidriosos de dos zombis giran al unísono. Félix apunta y dispara. Uno cae, Andrea remata al otro de un golpe preciso. El ruido atrae a un tercero, que cae sobre ellos, pero Andrea lo repele con el bate.
La pelea, rápida y brutal, los deja sin aliento. Félix gasta las dos últimas balas, pero se hacen con varios paquetes de sopa instantánea, conservas de atún, arroz y hasta una caja de cereales. Suficiente para una semana más.
Al volver, las caras de los demás muestran alivio. Félix sonríe, por primera vez en meses, y siente que, a pesar de todo, la vida puede valer la pena entre ruinas y zombis.
En Las Vegas, donde la suerte venció al destino y la fortuna ya no significa fichas sino un plato caliente, la sobrevivencia se convierte en la única apuesta que todavía vale la pena. Félix sabe que la ciudad, ni muerta, dejará de luchar. Nada de eso le asegura el futuro, pero mientras haya otros neones encendidos, así sean solo brújulas de esperanza entre la oscuridad, hay razones para seguir adelante. Y en una ciudad donde antes se ganaba o se perdía todo en una mano, eso basta.
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