Fragmento:
El desierto de Nevada, incluso bajo el sol del mediodía, parece una extensión infinita y muda hecha de polvo y olvido. Pero en el corazón de esa nada violenta, Las Vegas todavía resiste: una cicatriz eléctrica, un espejismo de recuerdos que desafía al fin del mundo. El Strip, antaño una catarata de colores, ahora es una columna vertebral de concreto y escombros. Aquí y allá, reflectores caídos parpadean como luciérnagas borrachas sobre las ruinas de casinos, moteles y spas. Entre ellos, nuevas luces se encienden: fogatas rodeadas por los sobrevivientes, y en las alturas, el brillo lejano de un reflector militar que gira, barriendo el horizonte en busca de amenazas humanas y no humanas.
Duración: 11:58
14 de noviembre de 2027
El desierto de Nevada, incluso bajo el sol del mediodía, parece una extensión infinita y muda hecha de polvo y olvido. Pero en el corazón de esa nada violenta, Las Vegas todavía resiste: una cicatriz eléctrica, un espejismo de recuerdos que desafía al fin del mundo. El Strip, antaño una catarata de colores, ahora es una columna vertebral de concreto y escombros. Aquí y allá, reflectores caídos parpadean como luciérnagas borrachas sobre las ruinas de casinos, moteles y spas. Entre ellos, nuevas luces se encienden: fogatas rodeadas por los sobrevivientes, y en las alturas, el brillo lejano de un reflector militar que gira, barriendo el horizonte en busca de amenazas humanas y no humanas.
Hacía semanas que no llovía. El polvo parecía infiltrarse en cada rendija del “Refugio Caesars”, una fortificación improvisada donde unos cientos de personas subsisten entre ruinas, rodeados de muros levantados apresuradamente a base de fichas de casino pegadas con cemento y barricadas forjadas con mesas de blackjack. El “Refugio” es uno de los más grandes asentamientos del oeste, uno de los pocos lo suficientemente organizados como para mantener un orden al borde de la anarquía.
El amanecer del 14 de noviembre brilla sobre las letras caídas del antiguo cartel luminoso del “Welcome to Fabulous Las Vegas”, ahora convertido en trinchera. Stefanie atraviesa la avenida principal acompañada por Gómez, un miliciano grande vestido con un chaleco antibalas cosido con velcro y tiras de tela. Van armados hasta los dientes: Stefanie carga un fusil antiguo, y Gómez lleva una escopeta recortada y cuchillos escondidos en sus botas.
La misión de hoy es sencilla y temeraria: llegar hasta los antiguos depósitos del Bellagio, examinar los sótanos para buscar cables de cobre y electrónica útil, y regresar antes del anochecer. Algunas partes de la red hidroeléctrica local se han reactivado en los últimos meses, pero hace falta equipo; los pocos ingenieros sobrevivientes exigen materiales para reconstruir más allá de simples fogatas. Las nuevas alianzas regionales han fundado planes para restaurar la electricidad a lo largo del Strip, pero los riesgos siguen siendo casi letales.
Cuando cruzan frente a la fachada del Paris Las Vegas, Stefanie no puede evitar mirar la réplica de la Torre Eiffel, esmaltada ahora de óxido rojo, sus bases cubiertas de grafitis de advertencia: “MANTENTE FUERA”, “EL INFIERNO NOS COME VIVOS”, “LOS MUERTOS SIGUEN AQUÍ”. Más allá, el hotel-casino MGM Grand es una fortaleza tomada por una banda rival: los “Kingpins”, un grupo de saqueadores con la peor fama en la región, conocidos por cazar humanos tanto como zombis.
Las calles están tranquilas. El silencio es solo aparente; en el fondo se escucha el chirrido del viento y el ladrido lejano de perros salvajes. Gómez avanza primero, escudriñando cada sombra, cada puerta abierta. Stefanie lo sigue, sintiendo el pulso acelerado tras su coraza improvisada, sabiendo que ni los no-muertos ni los Kingpins son la amenaza principal hoy; el mayor peligro es el hambre y la desesperación de quienes, como ellos, intentan sobrevivir entre ruinas.
Llegar al Bellagio implica cruzar el celebérrimo “lago” artificial del hotel. La fuente cantarina, alguna vez espectáculo de luz y agua, es ahora un caldo putrefacto cubierto de algas y… ¿cadáveres? Stefanie aparta la vista. Nadie los ha retirado. Demasiadas veces, los cuerpos son una advertencia más que una señal de descuido. Evitan el borde, avanzan junto a las maderas astilladas sobre el agua, hasta la entrada lateral por donde, cuentan, un grupo de marines cayó hace dos años.
Dentro del Bellagio, el vestíbulo es un jardín de cristales rotos. Las arañas de vidrio de Murano cuelgan a medias; el mármol esconde manchas secas y pisadas borradas por los años de polvo. Si bien saben que la zona baja está sellada, Gómez empuña su escopeta y silba, comprobando que no haya zombis agazapados en la penumbra. La peste de los cuerpos, antigua pero persistente, flota en el aire. El sótano está cubierto por metros de agua estancada: las tuberías reventaron cuando Las Vegas cayó en el 2020 y nadie se molestó en arreglarlas. La humedad atrajo a decenas de no-muertos los primeros meses, hasta que se descompusieron en el fango.
Apenas iluminados por una linterna de manivela, descienden al almacén principal. Gómez abre camino, vigilando el reflujo de agua lodosa, mientras Stefanie revisa las estanterías: latas de comida todavía selladas, botellas de whisky, dados de colores y fichas esparcidas. Pero lo que buscan está al fondo: un viejo cuarto de máquinas, en el que aún permanecen apilados cables, motores y pilas inservibles. Stefanie localiza un par de rollos de cobre en buen estado. Gómez sonríe y, en tono de broma, murmura: “Lo difícil será sacarlos vivos de aquí”.
Un grito rompe el silencio. Un niño, de unos nueve años, aparece repentinamente en un extremo del sótano. Lleva un peto de cartas de póker pegadas con cinta, y manchas negras en la cara —no puedes saber si es mugre, sangre seca o ambas. Antes de que puedan alcanzarlo, el niño se escabulle hacia el fondo, guiándolos a través de pasillos hasta un depósito de slot machines derrumbadas. Stefanie, con el corazón acelerado, camina rápido tras la silueta infantil. Gómez le susurra que tenga cuidado. “Puede que no esté solo”.
No lo está. Tras las slot machines, dos adolescentes, armados con tubos, los esperan. La tensión es instantánea. Uno de los chicos exige comida y medicinas a cambio de dejarlos salir. La banda de niños —llamados localmente “Los Ratones de la Ruleta”— ha surgido al margen del orden de las alianzas adultas y roba en los casinos para sobrevivir.
Negocian. Stefanie les da una caja de barritas energéticas y algunas vendas; ellos, a cambio, los conducen por uno de los túneles de servicio hasta la superficie, muy cerca de una de las salidas traseras del Bellagio. Cuando emergen al calor de las once de la mañana, con el cobre a cuestas, Stefanie no puede evitar pensar: en el fin del mundo, la infancia nunca muere del todo, solo muta en otra cosa.
El regreso hacia el refugio es más tenso. A lo lejos, una columna de humo señala que algo ocurre en la zona del antiguo Luxor: probablemente un enfrentamiento entre la milicia y saqueadores. El estruendo de un disparo resuena a lo lejos. Gómez se apura. “No nos conviene quedarnos mucho tiempo. Si el humo atrae zombis, el Strip será un infierno”.
En la entrada del Caesars, dos centinelas hacen señas desde lo alto de las barricadas. La palabra clave es cambiada a diario: hoy es “croupier”, elegida por los niños del Comité Escolar, y Stefanie la pronuncia antes de cruzar la empalizada, adelantando la bolsa con los cables como trofeo.
Dentro, la vida parece un milagro: decenas de fogatas, una cocina comunal, talleres de reparación, una enfermería —antes la sala VIP del casino— y una escuela improvisada con pizarras robadas del Flamingo. Aquí, cada persona tiene una función, y las nuevas reglas están escritas con sangre en la memoria colectiva: “No robes”, “No traiciones”, “Todos comen, todos pelean”.
En el centro del refugio, el Consejo se reúne bajo lo que fue la plataforma del escenario de Elton John. Trevor, el ingeniero eléctrico, inspecciona los rollos de cobre, aplaudiendo como si acabaran de traer el oro de una colina virgen. “Esto nos acerca a reactivar la segunda turbina. Más luz, menos miedo por la noche”, les dice con júbilo. Stefanie asiente, exhausta.
Afuera, el ocaso comienza a teñir los edificios restantes de Las Vegas. Las bandas armadas se retiran por hoy; ningún grupo quiere arriesgarse en la oscuridad, cuando los pocos zombis restantes vagan todavía como acechantes espectros. Las últimas estadísticas dicen que la mayoría de los zombis originales apenas pueden arrastrarse, pero la infección sigue: uno solo basta para iniciar otro infierno.
En la escuela, los niños, bajo el amparo de unas linternas alimentadas con dínamos que giran incesantemente, practican sumas usando fichas de póker. La maestra, una anciana llamada Rita, excrupieras de ruleta, les cuenta historias de tiempos donde el dinero servía para todo y uno podía cruzar la ciudad entera en una noche sin miedo. Algunos niños escuchan con asombro: para ellos, el pasado es un cuento irreal.
Mientras la noche se agudiza, Stefanie sube con Gómez al techo del Caesars. Desde allí, ven el viejo Strip extendiéndose hacia el sur como una ancha cicatriz brillante en la oscuridad: fogatas, antorchas y, esporádicamente, el pestañear de una linterna militar. De fondo, se escucha el eco de disparos lejanos y, a veces, el gemido inconfundible de un zombi que aún deambula, olvidado en la noche. Pero esta noche, Vegas resplandece a su modo: un puñado de sobrevivientes, aislados pero juntos, resistiendo el hambre, el miedo y el recuerdo del mundo caído.
Gómez rompe el silencio. “Dicen que en Reno reactivaron unas viejas hidroeléctricas. Que si nos unimos a los otros refugios, podremos alumbrar toda la ciudad, hacer caravanas hasta la costa y comerciar otra vez. Si logramos eso… tal vez Las Vegas vuelva a ser lo que fue”. Stefanie sonríe con escepticismo. Mira más allá, hacia los hoteles medio derruidos, los faros que alguna vez domaron la noche y ahora titilan como luciérnagas perdidas. Piensa en el riesgo, en los niños-Ratones, en el Consejo, en las bandas armadas, en la fragilidad del acuerdo entre humanos.
Por la radio comunitaria, una señal débil irrumpe en la noche. Es Morse, inconfundible: “TRANQUILOS. LUXOR CONTROLADO. SE BUSCA MÉDICO.” La red de señales crece cada semana; el sueño de recuperar la ciudad —quizás el país— parece menos imposible.
La noche avanza y el frío del desierto muerde los huesos. Stefanie cierra los ojos, balbucea una oración que ya no cree, y se promete a sí misma: resistir, mañana regresar al Bellagio por las baterías viejas, y después —quizás— explorar los túneles bajo el Luxor con el grupo científico. Mientras, allá abajo, Vegas aún late: una fortaleza de neón y ceniza, una ciudad donde la esperanza y el miedo son las fichas de la última ruleta.
Nadie duerme del todo en Las Vegas. El mundo cambió, pero aquí, bajo la burbuja eléctrica de cinco fogatas y un generador que zumba sin cesar, la humanidad resiste. Nora, la cocinera, sirve sopa caliente; dos niños lanzan dados y apuestan caramelos. Un violinista, refugiado del fracaso de Houston, toca para una audiencia de niños hambrientos de historias.
Las ruedas de la ruina giraron y cayeron; las ruinas del azar y del espectáculo son ahora la base de toda institución humana. Hay mercado, hay trueque, hay ley rudimentaria. La esperanza —tan frágil como una luz de neón— aún se filtra aquí, por encima del polvo y la desesperación. Como siempre, Las Vegas no duerme: sigue siendo un faro en la oscuridad, una ciudad que desafía la muerte misma.
El resplandor de Las Vegas, la última ciudad luz, baila entre la noche y la memoria. Los supervivientes cierran los ojos y apuestan, una vez más, por el futuro.
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