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Portada del relato Ecos entre las Ruinas: Las Vegas tras la Caída
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Fragmento:


No quedan luces en el Strip. Los letreros de neón, antaño dioses de la noche, yacen oxidados y trozados sobre aceras polvorientas. Hasta el inmortal letrero de “Welcome to Fabulous Las Vegas” es poco más que chatarra, su brillo consumido por casi siete años de tinieblas, de guerra y de muerte. Las Vegas, antes ciudad de promesas y excesos, es ahora cárcel de los muertos y los vivos.

Duración: 12:26

Ecos entre las Ruinas: Las Vegas tras la Caída
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Texto de ajuste de pausa.

4 de Noviembre de 2026

No quedan luces en el Strip. Los letreros de neón, antaño dioses de la noche, yacen oxidados y trozados sobre aceras polvorientas. Hasta el inmortal letrero de “Welcome to Fabulous Las Vegas” es poco más que chatarra, su brillo consumido por casi siete años de tinieblas, de guerra y de muerte. Las Vegas, antes ciudad de promesas y excesos, es ahora cárcel de los muertos y los vivos.

La mañana del 4 de noviembre, un viento seco y helado barre por encima de las ruinas, llevándose consigo el polvo salitroso y los ecos de lo que alguna vez fue el bullicio de casinos, risas, música y apuestas perdidas bajo los focos. El invierno tardío llega con la promesa de noches gélidas, pero también de tregua: los zombis se arrastran más lento cuando las madrugadas bajan de los cinco grados. Los vivos aprovechan este respiro, breve y siempre peligroso, para reagruparse, buscar recursos y honrar a sus muertos.

Entrar a Las Vegas sigue siendo un acto suicida para la mayoría de los asentamientos desperdigados desde Henderson hasta North Las Vegas, pero algunos –los necios, los valientes, los desesperados– aún arriesgan, pues cada incursión es una lotería con la vida: se juega a morir, se puede ganar la supervivencia.

Anderson forma parte de la cuadrilla de avanzada del asentamiento de Boulder City, uno de los nuevos núcleos donde la vida trata de organizarse. Lo llaman simplemente “El Fuerte” y se levanta en torno a uno de los antiguos depósitos de camiones refresqueros, robusto, lleno de puertas de acero y con suficiente altura como para vigilar el yermo. Anderson nació en Reno, pero llegó a Las Vegas en 2021, huyendo del hambre del norte y siguiendo rumores de cultivos en las vegas históricas, los suelos fértiles del Valle de Las Vegas que el hombre había olvidado en la expansión del asfalto. Se acabó quedando porque, a su modo, la ciudad le pareció reconocible aun en su caos, y porque robaba de su decadencia ciertos recuerdos de una vida más fácil.

Ahora, con 32 años, lidera la cuadrilla de exploradores: seis hombres y dos mujeres, armados con viejos AK-47 restaurados, bates de béisbol, machetes y un par de lanzas improvisadas. Se mueven por las avenidas desiertas a bordo de un desvencijado camión GMC, pintado con lemas en rojo: “No mercy for biters” y “Defend the Seed”. El motor tose, protestando a cada cuadra, pero les da movilidad, y en este mundo, moverse rápido es sobrevivir.

Su objetivo hoy es doble: recuperar suministros del antiguo hospital Sunrise y buscar herramientas en una de las viejas ferreterías Home Depot, al este de Maryland Parkway. Las Vegas no fue de las primeras ciudades en caer, pero la furia del brote la alcanzó antes de poder fortificarse. Por la calle Flamingo, las huellas de los últimos días de la civilización son todavía frescas: autobuses volcados, coches incrustados en hoteles, montones de ropa abandonada, letreros caídos que anuncian aún los espectáculos de Celine Dion y David Copperfield como si la función fuera a recomenzar en cualquier momento.

Pero Las Vegas guarda sus propios horrores. La concentración de población, las fiestas, los turistas que no entendieron el peligro a tiempo, crearon uno de los mayores focos de infección del suroeste. Los primeros meses tras el brote, las hordas llenaron las calles, pero para 2026 la mayoría de esos zombis están podridos, apenas sombras de carne pegada a huesos que vagan sin rumbo. Los principales peligros son las “jaurías”, conjuntos de decenas o pocos cientos de muertos atrapados en edificios, garajes y casinos, a quienes solo el hambre o el ruido puede volver súbitamente mortales.

La expedición se detiene cada veinte metros. Dos avanzan a pie, otros cubren desde las ventanas del camión, otro más vigila el cielo —raro, pero posible: las bandas nómadas usan globos y drones reparados para espiar rutas. Los protocolos son rígidos: no disparar a menos que sea imprescindible, no gritar, no correr a menos que el grupo lo haga junto. Anderson dirige con gestos casi más que palabras. Nadie confía su voz al eco de la ciudad muerta.

Llegan a Sunrise Hospital a las 08:50. La fachada está cubierta de polvo negro. Los vidrios rotos muestran salas saqueadas y sillas apiladas como barricadas. En las inmediaciones ocho fiambres merodean sin sentido, con andar tambaleante. Han aprendido a distinguir los antiguos de los nuevos por el color de la piel —los cadáveres pre-infección suelen ser grises, resecos, los recientes muestran aún tonos rojizos. No hace falta acercarse demasiado: un toque de cencerro colgado de la cintura de uno de los exploradores llama la atención de los zombis lejanos, que se dispersan hacia otra zona. La cuadrilla ingresa rápido, buscando no perder la luz del día, y se dispersa por el área de urgencias. El hospital ya ha sido saqueado muchas veces, pero a menudo algún torniquete, una caja de gasa, alguna medicina demasiado difícil de pronunciar (y por eso ignorada por los ladrones menos instruidos) se esconde en los rincones menos evidentes. Encuentran lo justo: dos cajas de vendas, una vieja silla de ruedas útil como carretilla, y varias botellas pequeñas de alcohol medicinal. Un lujo.

Pero nadie baja la guardia. Las camillas enceradas aún lucen las manchas oxidadas de viejas batallas. Anderson encuentra una carpeta médica con registros de 2019. Anota mentalmente las fechas, como quien colecciona recuerdos y pruebas del viejo mundo que se desvanece.

Afuera, dos zombis más se van incorporando a la manada. Anderson da la orden de salida: en la zona de estacionamiento, uno de ellos tropieza con el tronco de un pino enfermo, y dos perros ferales lo atacan con la voracidad de quienes han aprendido a alimentarse de carroña. Ninguno interviene. El espectáculo de la naturaleza reordenándose en la cima de la cadena alimentaria es tan común como las noches sin luna.

Deciden desviarse por Flamingo Road hacia el Home Depot. El camión se detiene varias veces para retirar escombros y latas vacías. Se cruza con dos sedanes desvalijados, pintados con el colorido de alguna banda: los “Chacalitos”, se lee cerca del maletero. En esta zona, la violencia entre humanos ha dejado tanta huella como la plaga. Al llegar, el edificio naranja parece alguna fortaleza postapocalíptica. A través de los cristales, Anderson ve lo que esperaba: carritos volcados, herramientas dispersas, rateros improvisados que nunca salieron y ahora son más una trampa que una amenaza real.

Una figura solitaria los observa desde la azotea. Anderson y uno de sus hombres alzan las manos, mostrando que no buscan combate. Una rutina arriesgada, pero casi todos los saqueadores que quedan en esta zona buscan lo mismo: trueque, no guerra. Tras un tenso silencio, la figura —una mujer de mediana edad, pelo enmarañado, con un rifle Winchester polvoriento— les lanza una cuerda con un mensaje: “No entren, trampa en pasillo central, mejor use entrada lateral.” Un agradecimiento apenas perceptible cruza las miradas. La mujer desaparece tras la puerta metálica del techo.

El grupo entra por la zona de pallet racks. Recogen una veintena de herramientas: cierras, taladros manuales, un gato hidráulico. También encuentran, para sorpresa de todos, un paquete intacto de clavos galvanizados —el verdadero oro entre los constructores de refugios.

Al salir, una alarma rompe la quietud: un sistema antiguo, activado por la entrada de un grupo rival, unos veinte metros al este. Los zombis más cercanos comienzan a arrastrarse, atraídos por el ruido. Anderson toma decisiones rápidas. El grupo corre hacia el camión, descargando un par de disparos semicallados para espantar a los fiambres. Los motores y la gritería de la banda rival atraen una horda pequeña que parece surgir de los escombros. El equipo de Anderson logra arrancar el GMC y escapar en dirección oeste, sólo con una baja: Anna, la más joven, de apenas 19 años, sufre una mordida superficial en el hombro durante el forcejeo con un zombi más ágil de lo usual.

El protocolo es inflexible: la examinan, la aíslan al fondo del camión, le atan el brazo por encima de la herida. Anna no suplica, no llora. Sabe lo que está en juego y que las probabilidades de infección son altísimas. El grupo apenas conversa el resto del trayecto.

El regreso por el Strip es un descenso al infierno: la Torre Eiffel de París Las Vegas sobresale como un mástil negro entre un océano de ruinas. Una tormenta de viento barre monedas oxidadas en la calle, tal vez la última vez que el azar juega de su lado. Pasan por delante del Bellagio, donde la fuente es solo un estanque de barro, y la entrada del Caesars Palace, convertida en refugio improvisado, ahora abandonado, con la estatua de Julio César mutilada, pintada de rojo y con una soga atada al cuello. Es la ironía favorita de Anderson: la ciudad que adoraba a la suerte pagó el precio más alto por dejar todo al azar.

Al llegar al Fuerte, Anna es recibida por la enfermera principal. No hay antibióticos avanzados, pero sí alcohol, vendas y cuchillos afilados. Se decide amputar el brazo. Los voluntarios ayudan, sujetando a la chica mientras Anderson corta. Anna se desmaya antes de gritar. La operación termina rápido. Si tiene suerte, sobrevivirá. Si no, la vigilarán durante las siguientes 12 horas.

Anderson sale al tejado, mirando la ciudad antes del crepúsculo. Áreas enteras del viejo Vegas se han despejado: algunos grupos han quemado los casinos infestados para limpiar los sectores, aunque el humo tóxico aún flota a ras de suelo muchos días. En la distancia suenan, a veces, disparos aislados; otras, extraños sonidos de música: alguna radio pirata transmite canciones de hace dos décadas, o conferencias improvisadas sobre cómo fabricar jabón o reparar baterías.

El consejo del Fuerte se reúne bajo la tenue luz de lámparas de queroseno y discuten lo hallado. La noticia del posible brote entre los nómadas que se cruzaron en Home Depot corre rápidamente. Nadie quiere otra horda en la ciudad, pero todos saben que la amenaza persiste tanto en los muertos como en los vivos. Deciden fortificar aún más las entradas, rotar a los exploradores e iniciar una campaña para enseñar a los niños a usar la mira y la azada: defenderse y alimentar a la comunidad es el nuevo mantra.

Mientras Anna duerme bajo un sedante conseguido a base de trueques meses atrás, Anderson busca en su bolsillo el pedazo de carpeta médica encontrado en el hospital. Lo lee de nuevo: nombre de una mujer, fecha de nacimiento de 1958, diagnóstico de hipertensión. Se pregunta dónde estará esa mujer ahora, si quedó en la multitud anónima de cadáveres, o si fue una de las pocas que lograron unirse a la huida y forjar un nuevo refugio, tal vez en Mojave, tal vez más allá de los límites del viejo mapa.

La noche llega y no hay neón. Solo las fogatas de los centinelas y el resplandor, apenas visible, de la Luna sobre las planicies baldías. Por la radio, una voz anónima recita los nombres de los caídos hoy y los “avistamientos”: horda pequeña en Tropicana, disparos cerca de Dean Martin Drive, dos nuevos grupos de sobrevivientes localizados cerca de un depósito de agua.

Las Vegas resiste, un tirón más cada día, aferrada a una memoria de promesas y pérdidas. En la ciudad del azar, la última apuesta ya no es ganar, sino sobrevivir juntos la mano siguiente. Y el mañana es el único premio posible, cuando la muerte ronda, y la suerte, escasa, se cultiva como un bien más junto a los tomates y las balas.

Así cierra la jornada: un día menos para los zombis, un día más para los humanos. Y entre las ruinas, la vida se aferra, como un eco interminable de apuestas que solo los necios se atreven aún a jugar.

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