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Portada del relato El último resplandor de neón
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Fragmento:


Darity ajustó su bandana gris sobre la boca, escudriñando el horizonte desde la planta superior de una antigua sala VIP del Bellagio. El lugar había sido saqueado hace más de un año, y ni los zombis ni los saqueadores parecían molestarse en subir tan alto a menos que hubiera ruido o sangre. Su rifle de palanca descansaba entre las rodillas. A sus pies, un mapa improvisado sobre un tapete de blackjack marcaba las viejas rutas hacia Henderson y Summerlin, con líneas rojas y verdes señalando trampas, zonas infectadas y los caminos de última hora.

Duración: 11:24

El último resplandor de neón
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2023

La neblina polvorienta de la mañana envolvía el Strip, filtrando la frágil luz del sol sobre la ciudad muerta. Entre las ruinas de la que fue Las Vegas, solo quedaban silencios y ecos de un tiempo extraño en el que la suerte podía cambiar en una tirada de dados. Ahora, la fortuna no se encontraba en las fichas de colores ni en los dados resbalando sobre fieltro, sino en latas de frijoles olvidadas, balas y cualquier sombra que no caminara tambaleándose con la piel pegada a los huesos.

Darity ajustó su bandana gris sobre la boca, escudriñando el horizonte desde la planta superior de una antigua sala VIP del Bellagio. El lugar había sido saqueado hace más de un año, y ni los zombis ni los saqueadores parecían molestarse en subir tan alto a menos que hubiera ruido o sangre. Su rifle de palanca descansaba entre las rodillas. A sus pies, un mapa improvisado sobre un tapete de blackjack marcaba las viejas rutas hacia Henderson y Summerlin, con líneas rojas y verdes señalando trampas, zonas infectadas y los caminos de última hora.

Detrás de Darity, Manny, con nueve años recién cumplidos y la mirada endurecida por el miedo y el frío, reorganizaba las pocas provisiones en una mochila: una bolsa de arroz, botellas de agua reusadas, una pistola oxidada con cinco balas, dos paquetes de vendas sucias y un libro infantil de animales que había tomado de un hotel. Cada objeto era a la vez un tesoro y un recuerdo cruel de una vida que había sido demasiado fácil.

El silencio reinaba, interrumpido a veces por el ulular del viento chocando con restos de toldos de neón o, más raramente, por los lamentos lejanos de muertos vagando sin propósito. La mayoría de los zombis se agrupaban en los sótanos de casinos y estacionamientos subterráneos durante el día, huidizos y menos activos bajo el sol de noviembre. Pero aún aparecían de tanto en tanto, errando por el asfalto como sombras de la suerte torcida de la ciudad.

—¿Crees que vendrán hoy? —preguntó Manny en voz baja, observando con nerviosismo hacia la calle, donde la carcasa pelada de una limusina se oxidaba irreconocible bajo un anuncio roto de Celine Dion.

—No lo sé. —Darity sacudió lentamente la cabeza—. A veces vienen a revisar los antiguos refugios… a buscar lo poco que queda. Y si no vienen los saqueadores, vendrán las hordas. Lo mejor es viajar antes de la puesta del sol.

El niño se acercó al ventanal roto y espiando entre los vidrios descascarados, apuntó hacia el charco fangoso que había sido la fuente del Bellagio. Allí, una bandada de pájaros aterrizaba y despegaba con destellos de plumas oscuras, sin miedo ya de la humanidad.

—¿Por qué no nos vamos simplemente por el desierto? —preguntó Manny después de un rato, su voz teñida de una esperanza que ya sonaba pequeña, lejana.

—El desierto es muerte lenta: sed, visión borrosa, sol que calcina los sesos y arenisca en los pulmones. Aquí al menos sabemos dónde están los túneles, los depósitos… y las trampas que otros dejaron.

Desde hacía semanas, no recibían noticias por radio de los asentamientos cercanos. La frecuencia que mantenían con North Vegas había emitido una advertencia críptica hacía cuatro días: “Puertones cerrados, no confíen en extraños, hordas visibles en la 15”. Luego, solo ruido blanco. Las alianzas regionales que en otros lugares parecían consolidarse, en Nevada seguían tan volátiles y traicioneras como un juego de póker sin reglas claras.

El verdadero peligro ya no eran las hordas de zombis, cada vez más desperdigadas y menos ágiles, sino los grupos de humanos endurecidos: saqueadores, facciones nómadas, bandas criminales y antiguos guardias de seguridad convertidos en señores de media docena de calles arruinadas. Había rumores de esclavistas en los restos del MGM Grand, y de un grupo armado que desde hacía días había tomado posición en el “palacio” de Caesars, buscando cobrar tributo a cualquiera que intentara cruzar hacia el sur.

Darity había pensado en todo. Le quedaban tres posibilidades para esta mañana: intentar buscar provisiones al este, más allá del harapiento letrero de Fremont Street, arriesgarse a cruzar el corazón del Strip, plagado por las trampas de los paramilitares, o dirigirse al sur, hacia una zona industrial donde aún podía haber galpones olvidados de comida y combustible.

La elección debía tomarla ya. Las últimas noches, el frío otoñal era un asesino silencioso, y su grupo de sólo dos personas —tres, contando a Lio, el perro mestizo que dormía enroscado entre las ruinas de un sofá de casino—, no sobreviviría mucho más tiempo sin alimentos ni un plan para cuando el invierno llegara con fuerza.

—Vamos a movernos —decidió Darity, enrollando cuidadosamente el mapa y guardándolo bajo la chaqueta.

Antes de partir, caminó hasta un rincón del salón VIP, donde una mesa de ruleta tirada en el suelo servía de altar improvisado para los recuerdos. Dejó allí una ficha azul, un talismán sin valor, robado por nostalgia de la economía muerta de Las Vegas. “Por si alguien más sobrevive”, murmuró.

Salieron sigilosos por la escalera de emergencia, con Lio olfateando el viento y Manny rígido, pero alerta. Por las calles de lo que fuera la ciudad del pecado, el silencio podía cambiar en un instante. Los neones oxidados y los carteles partidos de antiguos espectáculos de Cirque du Soleil y de magos famosos se erguían como fantasmas del pasado.

La marcha era lenta. Las aceras estaban cubiertas de hojarasca seca, polvo y trozos de asfalto levantados por el abandono. A unos metros, en un cruce rodeado de taxis desintegrados y un destartalado stand de boletos turísticos, Manny se paró en seco y susurró:

—Mira, hay huellas.

El gesto paralizó a Darity. Abrió su rifle y se agachó, observando las huellas: eran recientes y no correspondían a ningún animal. Las botas habían dejado marcas en el lodo reseco. Además, había trozos de cinta plástica naranja atados a farolas —señal clandestina de los grupos armados.

Darity apretó los dientes.

—Vamos por el callejón de la izquierda, rápido, —ordenó, empujando con suavidad a Manny detrás de un enorme camión de reparto olvidado, cubierto con grafitis desvaídos que decían "Viva Life" y "Pray for Vegas".

Avanzaron por el pasaje lateral de un hotel consumido por el tiempo, donde alguna vez las cortinas de terciopelo competían con el brillo del exterior. Ahora, el lugar olía a polvo, óxido y muerte. Manny resbaló y casi golpeó una de las antiguas esculturas doradas de leones, pero Lio ladró suavemente, un aviso de que debían ser aún más cuidadosos.

Habían avanzado sólo unas cuadras cuando los encontraron.

Primero fue el eco de voces. Luego, el brillo de una linterna improvisada, seguida por los gritos y el tableteo de una ametralladora. Un grupo de siete hombres, armados hasta los dientes con ropa militar reconvertida, patrullaba la intersección frente a las fuentes de un casino que alguna vez se vanagloriaba con espectáculos extravagantes. Tenían un camión, una bandera improvisada —blanca, con una calavera y dos dados rojos— y una jaula amarrada al chasis, donde una mujer y dos niños se acurrucaban con terror.

Darity obligó a Manny a tirarse al suelo tras una estatua de cupido rota. Sabían de sobra que debían evitar todo encuentro: en la Vegas de noviembre de 2023, los humanos podían matar más rápido que los zombis. Pero el miedo de Manny era más grande que su curiosidad, y sus ojos azules suplicaron en silencio que los ignoraran y pasaran de largo.

No fue suficiente. Lio, inquieto por la presencia de los desconocidos —quizá captando los olores de miedo y pólvora—, soltó un gruñido bajo. Uno de los hombres giró la mirada. “¡Ahí! ¿Los viste?”, gritó, y el grupo se desplegó en formación de caza.

La persecución fue rápida y con poco margen de error. Darity y Manny corrieron por calles secundarias, con balas silbando sobre los hombros y gritos rebotando entre los muros grafiteados. Un disparo rozó la pierna de Darity, arrancando jirones de tela y un dolor punzante. El perro ladró y embistió a uno de los perseguidores, quedando rezagado mientras los otros dos corrían, cruzando a puro instinto hacia la sombra de un antiguo club de striptease reconvertido en escombros.

En el silencio absoluto del refugio improvisado, Darity respiraba con dificultad. Se arrancó una venda de la mochila y cubrió la herida en el muslo. Sabía que no podrían resistir mucho tiempo escondidos; los saqueadores, organizados y armados, registrarían cada esquina hasta encontrarlos.

—¿Y Lio? —susurró Manny entre sollozos mudos.

—Lo buscaremos. Ahora, silencio. Debemos sobrevivir lo suficiente para hacerlo.

El exterior retumbaba con las voces de los cazadores, trozos de conversación interrumpida:

—…dijeron que había más por Fremont…

—…los del Caesars pagan bien por rehenes vivos…

—…esta zona va a ser nuestra…

Darity cerró los ojos por un instante y pensó en los últimos meses. Las Vegas —la ciudad del juego, de las bodas exprés y de las noches interminables— era ahora una prisión sin puertas y sin ley. Los zombis merodeaban los enormes estacionamientos subterráneos y los pasillos oscuros, pero era el hambre y la violencia humana lo que realmente quebraba a los sobrevivientes.

Después de casi dos horas, el silencio regresó. Con el atardecer, las sombras de los casinos engullían las calles. Darity y Manny emergieron lentamente, con pasos medidos, sabiendo que aún no estarían a salvo. Pero sí supieron entonces que el mundo había cambiado para siempre: antes, las dificultades eran la ruina, los casinos perdidos y las fortunas esfumadas; ahora eran la vida o la muerte en una ruina sin reglas.

Caminaron durante horas, esquivando zombis aislados y trozos de barricadas improvisadas. Cruzaron el letrero caído del Paris, el esqueleto del Venetian y la ruina de una de las ruedas de la fortuna, inerte como un gigante vencido.

Hacia el final de la noche, encontraron a Lio, herido pero vivo, entre un seto descuidado. El perro saltó hacia ellos, y entre lágrimas y abrazos, entendieron que seguir juntos era el mayor triunfo en medio de una ciudad destruida.

Se refugiaron bajo un toldo, componiendo una fogata mínima, apenas suficiente para calentar una sopa insípida. Desde allí veían, a lo lejos, parpadeos de linternas y hogueras en azoteas distantes: otros como ellos, agazapados, contando los segundos de una noche peligrosa.

Manny leyó en voz baja un fragmento del libro de animales, señalando una ilustración de lobos en manada. “Sobreviven porque se cuidan entre ellos”, dijo.

Darity, con el rifle sobre las rodillas y la herida aún sangrando, lo miró largo rato antes de responder: —Así lo haremos nosotros. Pase lo que pase. Hasta que salga el sol, y después también.

Allí, en medio del escombro, el silencio y las huellas frescas —de humanos, perros y monstruos—, Darity, Manny y Lio estaban juntos, aferrándose a una vida en la que la suerte no se jugaba en cartas, sino en cada amanecer.

Y mientras Las Vegas seguía ardiendo en su propio olvido, el último resplandor de neón era la esperanza, frágil y escasa, de unos pocos corazones que se negaban a caer.

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