18 de diciembre de 2024
La noche caía sobre lo que alguna vez fue el bullicioso corazón del desierto de Nevada, Los destellos de neón, que habían hecho famoso a Las Vegas durante décadas, eran solo un lejano y cruel reflejo de recuerdos, borrados por años de oscuridad, miedo y muerte. Cada noche, en aquellos días, era igual a la anterior: silencio, interrumpido solo por el gemido de los vientos y, de vez en cuando, el resonar de los quejidos guturales de los zombis en algún lugar a lo lejos. Las hordas ya no invadían cada rincón como antes, pero el peligro estaba siempre cerca, lo suficientemente impredecible para que nadie se atreviera a bajar la guardia, ni siquiera por un segundo.
Jade Dávila se agachó detrás de una camioneta oxidada aparcada frente al antiguo Caesars Palace. Su hermana menor, Magda, a su lado, apretaba el arma improvisada entre sus manos. Jade la había fabricado con una tubería de cobre y partes recogidas de máquinas tragamonedas destruidas. No era bonita, pero funcionaba para matar a corta distancia, aunque solo una vez; cualquier error era mortal.
—¿Ves algo? —susurró Magda, los nervios tensos, los ojos fijos en la oscuridad del lobby del hotel.
Jade se asomó apenas entre las llantas del vehículo. Desde hacía días, grupos nómadas se desplazaban cerca del Strip, atraídos por los rumores de una supuesta reserva de medicinas en los sótanos del Bellagio, liberado hacía semanas de la mayor parte de los zombis. Los asentamientos alrededor de las ruinas de la ciudad mandaban exploradores constantemente, pero no todos regresaban.
—No. El camino parece libre —murmuró Jade, aunque no confiaba en sus palabras. En Las Vegas, nada era lo que parecía. Así se ganaba y así, ahora, se sobrevivía. Tomó aire y se incorporó, guiando a Magda entre los coches calcinados, cuidando que sus pasos fueran apenas un susurro sobre el asfalto cubierto de polvo y restos de vidrio.
El casino Caesars Palace era un esqueleto de concreto, su grandeza degradada por las llamas y los saqueos de los primeros meses de la catástrofe. Sin embargo, aún tenía utilidad. Los hermanos Martínez, actuales “guardianes” de esta franja del Strip, lo habían convertido en una especie de puesto avanzado. Nadie entraba sin pasar primero por sus armas y negociar parte de lo que encontrara.
—Recuerda: no digas que llevamos semillas. —susurró Jade al llegar a los escalones deformados de la gran entrada. Las semillas eran más valiosas que el oro; quien las poseía podía cultivar en los límites más fértiles de la ciudad, entre los jardines devastados del antiguo Wynn y lo que una vez fue el campo de golf del Mandalay Bay. Las bandas mataban por menos.
Fueron recibidas por dos hombres armados, uno de ellos con la chaqueta deportiva raída de un equipo de béisbol que ya nadie recordaba. Jade levantó las manos, mostrando sus palmas vacías. Magda hizo lo mismo. Entre ambos, una anciana, que se hacía llamar la Abuela Lupe, emergió de las sombras sujetando una linterna de acetileno.
—¿Quiénes son? —preguntó, su voz curtida por la autoridad de los que han sobrevivido a todo.
—Venimos desde Boulder City —mintió Jade. Una mentira blanda; la mayoría de los que merodeaban por la ciudad venían de colonias cercanas al embalse Hoover o de las montañas.— Buscamos medicina. Lo único que necesitamos.
La anciana las evaluó en el silencio angustioso de aquel vestíbulo. Los espejos y las inmensas columnas estaban cubiertos de graffiti y sangre vieja. Al fondo, un piano deshecho seguía en su posición central, como si aguardara el regreso de algún pianista muerto.
—Denme una razón para no disparar y enviar sus cuerpos al río —amenazó la Abuela Lupe, examinando sus ropas desgastadas y su piel quemada por el sol.
—Si nos disparas, tendrás que buscar tú misma lo que queda en esos sótanos, y los zombis que quedan están enojados —respondió Jade con una verdad a medias.— Compartiremos el botín, como siempre.
Un silencio tenso precedió una carcajada áspera.
—Pásenle, pero no hagan ruido —ordenó la anciana. Sus hombres se apartaron, permitiendo que las hermanas entraran a las entrañas oscuras del casino.
Dentro, la penumbra era absoluta salvo por algunas lámparas colgadas desde el techo con cables pelados. Las ruletas y las mesas de blackjack habían sido desmanteladas para construir barricadas y arcos de seguridad. Algunas partes del suelo colapsaban sobre huecos profundos por los que nadie osaba asomarse. El lugar era como una trampa mortal, y todos lo sabían.
En un rincón, un grupo de jóvenes intercambiaba balas por frascos de antibióticos caducados. La transacción era veloz: un trueque en el que nadie preguntaba de dónde salía nada, solo se aceptaba el riesgo de la supervivencia.
Jade y Magda cruzaron el lobby observando cuidadosamente. No tardaron en notar la presencia de un hombre viejo, de mirada astuta y manos manchadas de aceite, recostado junto a una columna decorada con naipes gigantes.
—Ustedes no son de Boulder City —afirmó con voz ronca, mientras sostenía un destornillador oxidado.
Jade no respondió, solo lo miró de frente. Era inútil intentar mentir demasiado —en Las Vegas, todos eran forasteros—.
El anciano se encogió de hombros y regresó a su tarea: ensamblar algo que parecía un generador portátil. Aquello era el verdadero tesoro. Si funcionaba, podría electrificar media manzana y garantizar noches más seguras para la avanzada Martínez. O atraer a otros grupos peligrosos. En el nuevo mundo, la electricidad era como tener una bomba nuclear en miniatura; todos la deseaban y todos la temían.
Desde arriba, un grito desgarrador interrumpió la frágil paz. Después, disparos. Las hermanas se agacharon instintivamente, cubriéndose detrás de una de las columnas.
—¡Otra vez! ¡Nunca se acaba! —bufó Magda, sus ojos clavados en las escaleras que ascendían al piso de las habitaciones de lujo.
Los zombis no eran tantos, pero los que quedaban eran tenaces y callados. Se colaban en el edificio por los túneles y salidas de emergencia que ningún humano podía sellar del todo. Aquel grupo, estimó Jade, debió colarse buscando calor y ruido tras días errando por el Strip, guiados por sus instintos confusos.
El caos duró varios minutos. Jade empujó a Magda hacia una repisa forrada con antiguos premios de póker, intentando protegerla. Una de las puertas cercanas se quebró y varias figuras tambaleantes salieron de las sombras. Uno de los jóvenes comerciantes del grupo armado disparó su rifle, pero la criatura le cayó encima antes de que pudiera recargar. Otros dos zombis se arrojaron sobre el anciano del generador y lo derribaron. Sus gritos duraron pocos segundos.
La Abuela Lupe y sus hombres reaccionaron como una unidad bien entrenada: dispararon, golpearon, retrocedieron en formación hasta las escaleras, dejando varios cuerpos nuevos en el suelo. La sangre se mezcló de inmediato con el polvo y el olor metálico lo llenó todo.
Jade apretó la mano de Magda.
—¡Ahora! —susurró.
Ambas atravesaron el vestíbulo entre el estruendo de una ráfaga de disparos, las pisadas desesperadas y los rugidos inhumanos de los zombis. Magda apenas pudo resistirse a mirar los cadáveres, humanos y no tanto, que tapizaban el suelo a cada paso. Al pasar junto al generador, Jade lo tomó por el asa; nadie la vio hacerlo, todos ocupados luchando por sus vidas.
Salieron a la parte trasera del casino y se ocultaron tras una de las enormes estatuas caídas en el jardín de imitaciones romanas, ahora cubiertas de musgo y maleza. Jade revisó el generador; pesaba mucho, pero funcionaría si lograban volver a su refugio.
—¿Regresamos? —preguntó Magda, temblando por el frío y la adrenalina.
—Aún no. Si volvemos ahora, nos seguirán. Aprovecharemos la confusión. Espera.
En ese jardín, rodeadas por el ulular distante de los coches patrulla abandonados y el llanto ocasional de un coyote, las hermanas esperaron hasta que los disparos dentro del casino cesaron. Una nube de humo comenzaba a elevarse desde las ventanas superiores. La “comunidad” de la Abuela Lupe había sobrevivido, pero a un precio terrible: ahora era más débil, y pronto, otros gachupines hambrientos lo sabrían.
—No sé si haber robado esto fue buena idea —musitó Magda, mirando el generador.
Jade negó con la cabeza.
—Aquí cualquiera hubiese hecho lo mismo. Si Lupe sobrevive, sabrá que pagó caro dejarlo a la vista. Nosotros tampoco estaremos seguros mucho tiempo.
Durante el regreso hacia el este, evitaron las rutas principales. El Strip estaba plagado de trampas humanas, emboscadas de bandas que reclamaban derecho de paso a cambio de balas o de vidas. Jade conocía a fondo las callejuelas entre el Bellagio y las ruinas del Luxor, guiada más por el instinto que por la memoria de mapas ilegibles. Los zombis, en su mayoría, permanecían en los hoteles y centros comerciales, atrapados por puertas cerradas a cal y canto desde hace años o simplemente atrapados por su propia decadencia.
Cerca del MGM, otro grupo de supervivientes recorría despacio la avenida, con niños en carros de la compra y perros flacos vigilando los alrededores. Les miraron de reojo, sin acercarse ni saludar, como animales recelosos que comparten tierra solo por necesidad. Las Vegas se había convertido en un mosaico hostil de microcomunidades que rara vez compartían algo más que el mismo miedo y el mismo aire viciado.
El refugio de las hermanas estaba en un viejo supermercado al noreste, alejado del bullicio aún residual del centro. Al llegar, tras casi una hora de andar y de esquivar peligros, Jade conectó el generador y, por primera vez en meses, encendieron dos focos de emergencia. La luz atrajo a otros vecinos del edificio, curiosos, esperanzados y a la vez temerosos.
Allí, en ese parpadeo de bombillas apenas vivas, se reunió la pequeña comunidad. Veinte personas, entre ancianos, madres y niños, miraron el milagro de la luz como si fuese una señal de algún dios antiguo que volvió a reconsiderar a la humanidad.
Jade aprovechó la ocasión para compartir lo poco que habían conseguido: algunas tabletas de antibióticos, una lata oxidada de frijoles y tres navajas rescatadas de la cocina de algún antiguo restaurante francés en el Strip.
—Esto no es mucho, pero es suficiente para hoy —dijo, mientras repartía las provisiones bajo la vigilancia de la luz temblorosa.
Un anciano, una vez crupier en el Venetian, deslizó su mano sobre la mesa improvisada.
—En esta ciudad, la suerte nunca fue más que una ilusión —dijo, su voz cansada—. Pero hoy, quizás, le arrancamos una tirada más.
La frase hizo reír de manera nerviosa a todos —la risa de quienes han sobrevivido a tanto que ya no saben si temer o desafiar un día más—.
Esa noche, con apenas unas horas de electricidad, la gente habló sobre la posibilidad de intentar reclamar un trozo más del viejo mundo. Se propuso intentar buscar paneles solares en las mansiones olvidadas más al oeste, ahora rodeadas de zombis inactivos y bandas rivales replegadas por el frío. Alguien sugirió reparar las radios militares y contactar con caravanas lejanas; quizás, incluso, comerciar semillas y herramientas.
Magda, sentada junto a Jade, sostuvo una de las semillas que escondían en un frasco diminuto. Era su esperanza: cultivar su propio alimento en los improvisados huertos de Las Vegas, apostar de nuevo en el juego de la supervivencia.
Esa noche, ningún zombi se acercó, y los asaltantes buscaron presas más fáciles. Por primera vez en meses, algunos durmieron sin sobresaltos, soñando con un futuro en el que la ciudad del azar regresara a la vida, no como era antes, sino como debía ser ahora: fuerte, unida y despiadada, pero también capaz de arrojar algo de luz—literal y figurativamente—sobre la oscuridad. Una última posibilidad de suerte, un última tirada en la ruleta rota del mundo.
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