Fragmento:
El sol se filtraba tibio entre el polvo suspendido y los restos de cristales rotos que cubrían lo que fue en otra época una de las calles más transitadas del mundo. Aquella mañana de noviembre, el Strip de Las Vegas parecía suspendido en un tiempo oxidado, asolado, con los esqueletos de los hoteles-casino aún desafiando el paso de los años y el envite de las hordas de muertos vivientes. No quedaba neón, ni música de salas de espectáculos ni huidas frenéticas de turistas empaquetados. Solo el crujido lejano del viento y, de vez en cuando, el eco de un martillo sobre alguna lámina de acero improvisada, sonidos muy humanos en medio de un paisaje casi irreal, casi legendario.
Duración: 11:54
23 de noviembre de 2028
El sol se filtraba tibio entre el polvo suspendido y los restos de cristales rotos que cubrían lo que fue en otra época una de las calles más transitadas del mundo. Aquella mañana de noviembre, el Strip de Las Vegas parecía suspendido en un tiempo oxidado, asolado, con los esqueletos de los hoteles-casino aún desafiando el paso de los años y el envite de las hordas de muertos vivientes. No quedaba neón, ni música de salas de espectáculos ni huidas frenéticas de turistas empaquetados. Solo el crujido lejano del viento y, de vez en cuando, el eco de un martillo sobre alguna lámina de acero improvisada, sonidos muy humanos en medio de un paisaje casi irreal, casi legendario.
La ciudad, ahora dividida en sectores fortificados, seguía aferrada a su fama de ser "el lugar donde puede pasar cualquier cosa". En las últimas semanas, los rumores hablaban de un grupo que había conseguido hacer funcionar uno de los grandes generadores del Caesars Palace, obteniendo energía suficiente para iluminar varios pisos y, milagro de milagros, arrancar una vieja máquina para fabricar hielo. Entre mercaderes, aventureros y saqueadores, el hielo había vuelto a ser tan valioso como el oro. Y el rumor había corrido más rápido que las balas: en Las Vegas, el lujo tras el apocalipsis tenía forma de cubo helado.
Para los habitantes de los asentamientos del desierto circundante, Las Vegas representaba más que un refugio: era una promesa, un recordatorio del pasado y de la posibilidad, por mínima que fuera, de un futuro organizado. No era la ciudad de la suerte ya, ni la de las pasiones desatadas bajo una lluvia de luces artificiales; era, en cambio, la última gran encrucijada del Sur: desde allí, las caravanas salían hacia el este o el oeste, y en sus calles, bajo banderas nuevas izadas sobre viejos mástiles, los supervivientes disputaban el destino de sus días.
***
Yarnell Kade se detuvo frente a las ruinas del Venetian, su silueta recortada contra la sombra de la desmoronada Torre Campanario. Llevaba dos años sin cruzar los límites del Barrio de Freemont, pero aquel día tenía una misión; una que no podía delegar, no cuando la vida de su hija dependía de ella.
La escasez de alimentos ya era crónica, pero la medicina era aún más rara: su hija Piper había enfermado una semana antes, y solo en el supuesto hospital improvisado en el Bellagio decían tener sulfonamidas. La ruta hasta allí atravesaba dos sectores en disputa —el Territorio Azul y el Dominio Willard— y era casi seguro un encuentro, al menos, con un par de zombies y algún grupo nómada.
Pero Yarnell era un hombre terco. Antes de la caída, había sido técnico de sonido en el Luxor. Su vida había estado hecha de cables, consolas y equipos que debían funcionar bajo presión; ahora, su habilidad para reconstruir circuitos y reparar generadores lo convertía en uno de los seres humanos más valiosos de la ciudad. Sin embargo, ni siquiera la fama local garantizaba nada allí fuera.
Armado con una escopeta recortada, una pistola antigua y las tres balas “benditas” que los pastores de la Iglesia del Último Día le habían dado como ofrenda, cruzó el umbral donde solía estar la recepción del Venetian. Adentro, el silencio era denso y estaba colmado de matices: el rumor de un ventilador lejano, el goteo de una filtración olvidada. Las ruinas tenían un orden propio, y los zombies —en su mayoría solo cascarones descompuestos— parecían conocerlo: no rondaban los pisos superiores. Había aprendido, por tanteo y a costa de perder amigos, que aquel mundo seguía ciertas reglas.
Avanzó despacio, pegado a las sombras, mientras la luz moteada caía sobre los mosaicos y las falsas fachadas venecianas, ahora cubiertas de grafitis y quemaduras. Los visitantes caídos del pasado habían dejado allí algo más que cuerpos: cartas de amor, maletas reventadas, fotos gastadas por el sol; recordatorios de un tiempo imposible.
Moviéndose entre ruinas, Yarnell se topó con una barricada hecha de mesas, señales de tránsito y los restos de una limusina. En su interior, dos figuras humanas, flacas y armadas, lo miraban con ojos de perro apaleado.
—¿Contraseña? —gruñó la figura mayor, una mujer de pelo oxigenado y piel curtida que apuntaba con una escopeta más grande que ella.
—No hay contraseña —respondió Yarnell, despacio—. Busco paso franco hasta el Bellagio. Llevo piezas para el generador del Caesars y arreglo radios. Vengo solo.
La mujer lo estudió como si pudiera ver a través del polvo de su ropa y el temblor contenido en sus manos. Después de un largo segundo, bajó el arma. El otro, un chaval de poco más de quince años, se mantuvo en guardia, pero le hizo una seña para seguir.
—No busques problemas, viejo. El Dominio Willard no olvida a los que tratan de engañar —dijo la mujer, y el grupo se apartó para dejarlo pasar.
Yarnell les agradeció con una leve inclinación. Sabía que dentro de dos días, o una semana, esos mismos podrían estar robando en otra parte o muertos en un callejón. Así era Vegas ahora: alianzas fugaces, promesas rotas y vidas que pendían de un hilo de suerte o traición.
***
El Sol comenzaba a declinar cuando Yarnell alcanzó los límites de la fuente seca frente al Bellagio. Los camiones oxidados hacían de barricada, y en los ventanales, defensores armados vigilaban. Dos soldados, con los parches azules del "Consejo del Lago", le salieron al paso e inspeccionaron su credencial —un pase con el sello de “Ingeniero Especialista” y la firma de Martha Reigns, una de las pocas líderes del asentamiento Freemont.
—¿Qué necesitas, Kade? —preguntó uno de los soldados, un hombre de manos infladas por la artritis y ojos cansados.
—Medicinas para Piper. Leve neumonía. Puedo pagar con piezas o trabajo —dijo, y mostró su caja con repuestos obtenidos de los refrigeradores del MGM Grand.
El proceso fue lento; los nuevos médicos no eran tan rápidos como los del antiguo mundo. Le expusieron las reglas: no podía llevarse más de un frasco; el trueque debía hacerse ante testigos; la medicina no podía revenderse bajo pena de exilio, y todo debía constar en los libros del hospital improvisado. Yarnell aceptó todo. Un “sí” valía lo que un año de comida y agua en aquellos tiempos.
La sala de atención improvisada era una antigua galería de arte. Los cuadros de formas abstractas seguían colgados, tapados en parte por mantas y camillas, instrumentos médicos rescatados y tarros de alcohol destilado que servía para todo. Observó al médico: un hombre joven, barriga prominente, voz ronca, que revisaba los pulmones de una niña con un estetoscopio remendado.
—Ha tenido suerte, ingeniero. Queda un único frasco —le explicó el hombre, sin mirarlo realmente—. Me dicen que puede arreglar la radio del tercer piso. Si lo hace, puede llevarlo.
A Yarnell le temblaron las piernas, no de cansancio, sino de alivio. Ese era el trato que necesitaba. Asintió, y el trato se cerró.
Mientras el doctor sellaba el frasco en un saco de tela reciclado, Yarnell pensó por primera vez en meses que, quizás, todo no estaba perdido. En el silencio de aquel hospital, escuchó por la radio, al pasar, una noticia que podría haber cambiado el pulso del propio desierto:
—Atención, sector sur. Se confirma la llegada esta noche de la caravana de Erewhon. Veinte caballos, tres carros llenos de papel y herramientas. ¡Atención, sector sur...!
Las caravanas de Erewhon eran famosas por comerciar objetos considerados lujos incomprensibles: papel, bolígrafos, semillas inusuales, miel, jabón. Para los habitantes del Strip, eso era casi magia.
De vuelta en la calle, con la medicina bien resguardada, Yarnell se detuvo en un banco frente a la fuente seca y observó la línea ondulante de los hoteles que se perdían hasta donde el humo de los incendios cubría el horizonte. Las Vegas había cambiado, pero no se había rendido. Cada noche, en algún lugar, alguien encontraba la manera de devolverle a la ciudad un poco de su luz perdida.
***
Regresar era más peligroso que llegar, pero la recompensa era otra: saber que Piper estaría a salvo, que quizás cenarían todos juntos esa noche, agua fresca y sopa de arroz, y que, al otro lado de la ciudad, otras familias estarían celebrando pequeñas victorias anónimas. Sabía que esa noche, tras varios meses de apagón casi total, tratarían de encender una hilera de luces en el ferris wheel del LINQ. Los supervivientes decían que era para ‘marcar el territorio’, para recordarle a los zombies —y aún más, a los grupos saqueadores— que Las Vegas seguía viva.
Avanzó cauteloso entre los restos de tiendas saqueadas, guiándose por las marcas de pintura blanca y bandas rojas que delimitaban el paso seguro. Esquivó un par de cuerpos derrumbados. Los zombies más viejos apenas se arrastraban ya. El verdadero peligro venía de los humanos: un disparo, una trampa, un error de cálculo. Yarnell sentía el sudor recorrerle la espalda, tensando los últimos músculos que la edad y los años de miseria le permitían conservar.
Cuando por fin alcanzó el bloque donde le aguardaba Piper, al este del viejo Circus Circus, la recibió el silbido de bienvenida acordado. Fue su hija, pálida y cansada, la que abrió la puerta blindada.
—¿La tienes, papá? —preguntó ella, sin apenas voz.
Él asintió y, sin decir más, la abrazó. El calor del miedo se disipó por un momento y fue reemplazado por algo casi olvidado: la esperanza. Estaban juntos, y eso bastaba.
***
Aquella noche, en el pequeño cuarto iluminado por lámparas de aceite hechas con botellas cortadas, Piper tragó la medicina y sonrió levemente. Jamás habían probado el sabor amargo del jarabe con tanto agradecimiento. Mientras Yarnell se sentaba junto a ella, desde la ventana abierta llegaron rumores de un bullicio al sur.
Miró a su hija y a los otros dos compañeros de refugio. Los cuatro, desde distintos orígenes y edades, formaban ese núcleo improbable que llamaban familia. Escucharon juntos cómo una débil línea de luces azules y rojas se encendía en la distancia, delineando la silueta de la noria de Las Vegas. Por unos segundos, toda la ciudad pareció contener la respiración.
Fuera, mezclados con los sonidos del viento, se oían voces humanas, carcajadas, gritos de júbilo. La caravana de Erewhon llegaba. Era como si, en honor al regreso del hielo, las ruinas resplandecieran con una nueva promesa.
Sabían que la amenaza de las hordas nunca terminaría del todo; que los saqueadores y las facciones seguirían acechando; que el futuro era incierto, y que habría pérdidas, dolor y hambres por venir. Pero por esa noche, por esa única noche, Las Vegas se sintió, de nuevo, como el mundo de antes: un lugar de milagros improbables, fragor y sueños que nunca morían.
Y mientras la última luz oscilante del atardecer se reflejaba en los cristales rotos de los casinos caídos, Yarnell pensó que, quizás, en el día de mañana, seguirían viviéndolo juntos. Porque, en el fin del mundo, resistir no era solo sobrevivir: era, ante todo, no olvidar que la luz nunca se apaga del todo.
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