Fragmento:
Los forasteros levantaron las manos y gritaron que venían del Boulder City y que buscaban sal. “Llevamos medicinas para intercambiar—antibióticos, gasa estéril, paracetamol. Sin sal no podremos conservar carne suficiente para el invierno”, dijeron. Estelle asintió; la sal aquí era el nuevo oro, el nuevo póker de altas apuestas. Nadie tenía exceso de nada y todo se conseguía a cambio de otra cosa, rara vez por caridad.
Duración: 12:10
15 de noviembre de 2024
Rayos tenues atravesaban el cielo plomizo sobre Las Vegas, pero en la Tierra, el resplandor rosado, azul y naranja de los neones sobre el Strip era solo un espejismo del pasado. Las fachadas de los casinos estaban cubiertas por placas oxidadas, tapas improvisadas con carteles publicitarios arrancados, puertas atrancadas con barras de acero y ventanales clausurados por tablones. Solo los más viejos recordaban la ciudad como era antes, un paraíso efervescente entre luces y fortuna. Ahora, bajo esos mismos letreros apagados, familias enteras se apretujaban en refugios improvisados, temiendo tanto a las hordas como al siguiente grupo armado. Los pocos supervivientes llamaban a su franja fortificada "la Nueva Meca", quizás como una burla amarga, quizá como vestigio de esperanza.
Mi nombre es Liam, antes solía ser croupier en el MGM Grand, y en los días buenos podía sentarme tras la mesa de la ruleta sin mirar quién apostaba, sabía leer el ritmo de los jugadores solo por el sonido de sus fichas. Ahora esos sonidos eran inexistentes, reemplazados por el eco de pasos cautelosos y el lejano retumbar de los martillos apilando barricadas. Habían pasado ya casi cinco años desde que el mundo reventó de adentro hacia afuera, y el vértigo de adaptarse a tantas pérdidas nunca disminuyó.
La mañana gris traía consigo una noticia: otra horda se formaba alrededor de Fremont, la parte antigua de la ciudad. Las hordas ya no eran las legiones imparables de años atrás. Los zombis estaban desmoronados, con extremidades torcidas y andar lento, pero aún numerosos y peligrosos cuando se agrupaban. Los radio-operadores de la comunidad decían que los nuevos brotes surgían de cuerpos recientes, así que los funerales aquí eran silenciosos, apresurados, y terminaban con hogueras. Nadie lloraba mucho, ni preguntaba por los nombres.
Mi comunidad era una amalgama de viejos empleados de casino, turistas que no lograron escapar, y unas cuantas familias de los suburbios que desertaron antes de la gran caída de Los Ángeles. Nos refugiábamos en el complejo del Bellagio, convertido hoy en ciudadela. La fuente del lago artificial estaba seca y se utilizaba como foso; los jardines colgantes del casino habían dado paso a una huerta rala, de la que a duras penas sacábamos algunas hortalizas. Los muros del lugar, alguna vez símbolo de lujo, ahora eran baluartes contra la desesperación.
Esa mañana me tocó montar guardia sobre la antigua marquesina del hotel. Teníamos turnos estrictos y cobertura con visores telescópicos recuperados de tiendas deportivas saqueadas los primeros meses. Desde allá arriba, observé la fatiga de la ciudad: la quietud post-apocalíptica solo era rota por los gritos de advertencia y los disparos esporádicos. Nadie se acercaba ya a los hoteles vacíos del centro, donde las hordas pequeñas deambulaban entre máquinas tragamonedas caídas y cadáveres uniformados de protección civil, marcados con el símbolo oxidado de la ley marcial.
Pero esa mañana fue diferente porque vi un grupo de forasteros acercándose por el norte, entre los escombros del Caesars Palace. Eran cuatro, dos hombres y dos mujeres, y no parecían tener armas de fuego visibles, lo que era raro de ver. Caminaban despacio, arrastrando una carretilla con bidones de plástico. Uno de los vigías, Mark, un exguardia con voz ruda y rápida, bajó a anunciarlo en el centro de mando. En cuestión de minutos, la pequeña milicia del Bellagio, liderada por nuestra comandante, la señora Estelle (la exgerente de limpieza durante la era de oro del casino), se formó en la entrada. No se hacían muchos paripés: apuntaban primero, preguntaban después.
Los forasteros levantaron las manos y gritaron que venían del Boulder City y que buscaban sal. “Llevamos medicinas para intercambiar—antibióticos, gasa estéril, paracetamol. Sin sal no podremos conservar carne suficiente para el invierno”, dijeron. Estelle asintió; la sal aquí era el nuevo oro, el nuevo póker de altas apuestas. Nadie tenía exceso de nada y todo se conseguía a cambio de otra cosa, rara vez por caridad.
Los forasteros, visiblemente agotados, se sentaron al sol mientras el trueque tenía lugar. Nosotros teníamos sal porque uno de nuestros veteranos trabajó veinte años en el refinado de aguas del Lake Mead y conocía algún truco de desalinización rudimentaria. Podíamos ofrecernos ese lujo, aunque no por mucho. Les dimos a los forasteros diez frascos pequeños y, a cambio, recibimos seis cajas selladas que olían fuerte a medicina auténtica. “No se fíen de la carretera al oeste”, nos advirtieron. “Un grupo de los ‘Hijos del Amanecer’ —una banda organizada y violenta— ataca caravanas y se lleva todo. Vimos a uno de sus líderes cargar un lanzallamas improvisado.”
Así, la paranoia no hacía más que aumentar. Entre amenazas humanas y las hordas, solo una red de señales con banderas y luces temporizadas nos mantenía comunicados con otros asentamientos. El sistema requería observadores desde los pisos altos (en el Bellagio, los mejores puntos eran las antiguas suites presidenciales). Aquella tarde se asignó la vigilancia a Maya, una enfermera de antes de la plaga, madre de dos niños que estudiaban con nosotros en la improvisada escuela del vestíbulo. Ese era el otro componente esencial de la supervivencia; la generación nacida en plena pandemia. Niños que nunca habían cruzado el boulevard enloquecido de turistas, ni visto las fuentes bailar. Sabían distinguir el zumbido de una radio improvisada antes que los acordes de Sinatra.
Esa noche, el campamento fue abordado por el eco lejano de motores, algo raro en esos tiempos de combustible escaso. Las alarmas de nuestra comunidad eran sencillas: dos toques cortos de campana para zombis, uno largo para humanos. Aquella noche tocó uno largo. Corrimos a las barricadas y miramos hacia el sur; dos motocicletas polvorientas se aproximaban, sus faros cubiertos de trapos. A la distancia se veía que uno de los conductores tenía el brazo izquierdo vendado, mientras el otro llevaba algo parecido a un arpón mecánico soldado a la moto. No hicieron signo de alto: simplemente aceleraron y cruzaron la franja de jardín que antes marcaba la entrada de limusinas. La reacción fue inmediata: Estelle autorizó un tiro de advertencia. Los motorizados pararon en seco.
Descendieron lentamente. El primero, un chico de no más de veinte años, se quitó el casco y levantó las manos. “Traemos noticias de Primm. Los ‘Hijos del Amanecer’ se mueven hacia este lado. Anoche atacaron una caravana, ejecutaron a cinco y encendieron una fogata con los cuerpos.” Su compañero apenas podía sostenerse en pie.
Lo que nos preguntábamos todos era si quedaba espacio en Las Vegas para más muerte.
—¿Cuánto tarda una horda en seguir el rastro de sangre humana? —preguntó Maya, con cansancio, casi resignada.
—Unos días —respondió Mark—, si los cadáveres quedaron al sol. Las hienas primero, los zombis después.
Hicimos guardias dobles esa noche. De madrugada, un grupo de niños despertó llorando: habían soñado con los gritos de los caídos fuera de los muros. Nos reunimos en el vestíbulo (la antigua recepción se había convertido en santuario por las noches) y, en voz baja, les contamos historias tranquilizadoras. Al amanecer, reparé un cartel caído: “What Happens in Vegas, Stays in Vegas…” El eslogan nunca fue tan macabro.
El frío del desierto se hacía sentir. Aunque Las Vegas nunca fue Ciudad de Invierno, el bajón de temperaturas y la falta de recursos cortaban la energía con más eficacia que los zombis. Las hogueras improvisadas alimentadas con madera arrancada de muebles lujosos, maderas preciosas convertidas en cenizas. Las reservas de leña ya no abundaban. Algunos recordaban las primeras semanas, cuando la ciudad se apagó en silencio, y el eco de las monedas cayendo en la máquina era reemplazado por el goteo de sangre en los baños de mármol y los gritos que se alzaban entre las ruinas.
Mientras tanto, los más viejos recordaban historias de mafias, robos y partidas clandestinas. Ahora, jugar se limitaba al trueque, cartas hechas a mano y apuestas por raciones de comida o una bolsa de semillas. Aquella noche, una partida improvisada de póker cruzó la frontera entre la desesperación y la esperanza, porque lo que se apostaba era el turno de vigilancia más suave, unas cuantas horas sin el peso del fusil en los hombros. Yo jugué con manos temblorosas; tenía tres apuestas: dos de comida y una de mi anillo de oro, memoria de otro mundo. Gané la partida, y la sensación de triunfo fue tan fugaz como el neón apagado que parpadeó una vez, brevemente, por una vieja batería recuperada.
El día siguiente trajo consigo la decisión inevitable. Los líderes del Bellagio, tras la reunión, ordenaron reforzar el oeste y trasladar algunos de los víveres a lo alto de las habitaciones de lujo, convirtiendo suites en almacenes fortificados. Mark y yo fuimos designados para revisar las barricadas del boulevard. Cruzar la línea del Strip siempre era un riesgo: entre escombros, cristales rotos y huellas recientes de quienes buscaban esconderse, había cadáveres de equipos de rescate, fuera de toda posibilidad de levantar. Los zombis estaban más lentos, pero no menos letales si nos confiábamos demasiado. Había que avanzar en silencio, y nunca dejarse atraer por los quejidos. Caminamos despacio, solo los susurros de la arena contra el asfalto nos delataban. Nos detuvimos junto a una bandera blanca atada a la barandilla de una pasarela: señal de los forasteros. Encontramos un rastro de sangre que se desvanecía hacia el sur. No seguimos. El instinto de supervivencia se impone sobre la curiosidad desde hace años.
A la vuelta, cerca del Luxor, un zombi solitario avanzaba de rodillas, con medio torso desnudo y ojos vitrificados. Le dimos la vuelta y lo enterramos en silencio bajo el aparcamiento subterráneo. A veces, aún descubríamos rostros conocidos entre los cadáveres; antiguos amigos, colegas de la hostelería, jugadores anónimos. Nadie le daba nombre a los muertos ya, pero todos los recordábamos en silencio.
Esa tarde, una caravana llegó desde Henderson. Traían cultivos en carros tirados por caballos flacos y un grupo de vigilantes armados con lanzas improvisadas y revólveres antiguos. Pidieron refugio temporal; traían también noticias de mayorías organizadas en los viejos depósitos militares, caravanas bajo escolta armada que cruzaban el Mojave y rumores de que, hacia el norte, un laboratorio con científicos aún existía. Se hablaba de curas y vacunas, pero nadie traía pruebas. Solo historias, y en este mundo, cada historia era una moneda más fuerte que cualquier dólar vacío.
En el Bellagio, la vida cotidiana se improvisaba entre siembra, trueque y defensa. Pero al caer la noche, cada hoguera parecía un altar entre ruinas silenciosas. Un grupo leía historias en voz baja —la Biblia, viejas novelas impresas, testimonios de aquellos que lograron sobrevivir al primer invierno. Los niños no conocían otra vida. Los adolescentes soñaban con aventurarse más allá del Strip.
Recuerdo el cierre de esa jornada. Subí a la azotea para registrar el cielo. Las estrellas, ajenas a todas nuestras miserias, seguían allí. Me permití unos minutos con las luces apagadas, el perfil oscuro de la ciudad bajo mis pies. En el silencio absoluto, solo los ecos dispersos de la humanidad resistiendo debajo parecían asegurarme que, aunque Las Vegas ya no era la Ciudad del Pecado, ni el destino de las apuestas, seguía siendo, para nosotros, la última esperanza.
Porque al fin y al cabo —y esto lo sabíamos todos aquí— en Las Vegas nadie lo apostó todo al desastre. Lo apostamos todo a la supervivencia. Y aún seguimos jugando.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.