Fragmento:
Pasó junto al Teatro Egipcio, las columnas aún sorprendentes aunque tapizadas de suciedad y polvo. Carteles de películas que no llegaron a estrenarse colgaban, burlescos, sobre las puertas tapiadas con tablones arrancados. Detrás del teatro, un humo débil salía de lo que alguna vez fue una tienda de souvenirs. Había aprendido a evitar cualquier señal de actividad. De noche, el humo podía ser un faro, y para la mañana sólo quedaban zapatos y pulseras perdidas en la acera.
Duración: 11:47
23 de diciembre de 2020.
El invierno sobre Los Ángeles no era algo habitual. Frío siempre había, pero nunca el tipo de frío que te atraviesa hasta el hueso y te hace calcular cuántas capas encontrarías en los apartamentos saqueados. Esta era la última semana antes de Navidad de 2020, y ni las luces antiguas de Hollywood, ni los grandes anuncios circulares del boulevard quedaban encendidos. La electricidad, como la mayoría de las cosas, había dejado de ser posible. Y aunque las hordas de zombis no se movían tan rápido con el descenso de la temperatura, tampoco lo hacían los supervivientes—y eso, en una ciudad tan vasta y desperdigada, podía ser aún peor.
Sarah caminaba con pasos suaves, los tenis cubiertos de mugre y sangre vieja. Cada metro era como arrastrar el corazón por asfalto quemado, pero debía seguir adelante. Su mochila era apenas un bulto de desesperación: dos latas de frijoles, una manta de hotel y el último inhalador de su hermano. Miraba de vez en cuando a través de ventanales rotos, esperando vislumbrar una sombra que no se tambaleara como los muertos. Si esa sombra aparecía, prefería correr. Ya no confiaba en nadie. Todos estaban rotos, o a punto de romperse.
Avanzaba por la calle Vine porque era, según su mapa mental, un corredor relativamente limpio. Las hordas tendían a atascarse en las avenidas anchas—Hollywood, Sunset, Wilshire—y rara vez se desviaban en calles secundarias si no tenían un estímulo claro, como un disparo o gritos humanos. Sarah había aprendido que el silencio era oro y que los teléfonos ya no vibraban más, así que los únicos sonidos importantes eran los del llanto ahogado entre dientes. Al principio, los llantos en Los Ángeles eran por las víctimas. Ahora eran por los vivos.
Pasó junto al Teatro Egipcio, las columnas aún sorprendentes aunque tapizadas de suciedad y polvo. Carteles de películas que no llegaron a estrenarse colgaban, burlescos, sobre las puertas tapiadas con tablones arrancados. Detrás del teatro, un humo débil salía de lo que alguna vez fue una tienda de souvenirs. Había aprendido a evitar cualquier señal de actividad. De noche, el humo podía ser un faro, y para la mañana sólo quedaban zapatos y pulseras perdidas en la acera.
Sarah buscaba una cosa esa noche: medicinas. Su hermano, Neil, era asmático y la inhalación de polvo, el miedo constante, habían convertido cada día en una batalla para respirar. Ella no lloraba mucho, pero a veces sentía esa presión detrás de los ojos, un malestar que oprimía su pecho. Hubiera dado todo por llorar sin miedo, pero el llanto era un lujo y un riesgo. El llanto atraía a los muertos.
A la altura de Franklin, los restos de un supermercado Vons le parecieron inexplorados. No había pintadas como advertencia, ni cadáveres frescos, ni las manchas violeta de la sangre seca de los infectados. Dudó: ¿quedaría algo útil? Las puertas estaban forzadas, pero no destruidas. Entró, el cuchillo en mano, y se internó entre góndolas derribadas. El hedor era terrible, una mezcla de carne podrida y humo viejo, pero persistió. Caminó despacio, atentos los oídos a gemidos o murmullos. Todo lo que oía era el lejano viento y su propia respiración.
En la zona de farmacia, la mayoría de las cajas habían sido vaciadas. Rapiñó un kit rasgado y su corazón se encendió: un salbutamol semi-lleno, intacto. El alivio inundó todo su cuerpo. Se lo guardó rápido, mientras el murmullo de lágrimas subía y bajaba en su garganta. Imposible: no debía dejarse vencer. Afuera, el miedo era otra vez más fuerte que la esperanza. Neil la esperaba escondido en lo alto de una lavandería, tapado entre sábanas sucias, tiritando y con la mirada pérdida. Volver sin nada sería el fin.
De improviso, un sonido metálico la hizo girar. Golpes sordos desde la sección de bebidas. Pegó la espalda a una columna. Una silueta se movía entre las neveras, encorvada, arrastrando la pierna. Sarah levantó el cuchillo. No era un zombi: era otra sobreviviente, una mujer de cabello chino, rostro hinchado y sangre reseca en la camiseta. Ambas se miraron, midiendo peligro, pero ninguna se abalanzó. La extraña susurró:
—No busques más ahí. Ya no queda nada.
Sarah asintió, haciendo un esfuerzo monumental por contener el sobresalto. Se retiró despacio, pero antes de irse, la mujer le preguntó, en un tono extraño, casi cansado:
—¿Tienes familia?
Sarah vaciló. Nadie preguntaba eso ya. Era como preguntar si uno tenía esperanza. Los ojos de la otra mujer brillaron, llenos de agua que no se atrevía a rodar:
—Yo los perdí a todos. Ahora sólo busco a alguien que llore conmigo, aunque sea un minuto.
El aire entre ambas se llenó de esa inconfundible sensación de pérdida común que todos en Los Ángeles arrastraban, como cadenas invisibles. Por un instante, Sarah dejó caer la máscara. No soltó el cuchillo, pero le tembló la voz:
—Mi hermano está… lo único que tengo.
Ambas se miraron, reconociéndose como restos de un pasado que no volvería. Sin palabras, la extraña se retiró hacia la oscuridad del pasillo. Sarah escuchó un sollozo apenas audible, rapidito, casi infantil, perderse entre las botellas caídas. Después, sólo silencio y el frío.
Al salir, el viento borró los sonidos. Cruzó Vine hasta la lavandería. Subió la escalera apoyada con tablones, mientras el corazón tropezaba en cada peldaño. Neil esperaba, sus pulmones mugiendo como un motor asmático. El alivio brilló en sus ojos cuando vio el inhalador, y Sarah por primera vez en mucho tiempo, permitió que una lágrima recorriese su mejilla. Mientras Neil aspiraba, clavó la cara en su manga para amortiguar el llanto. No era tristeza, ni rabia, sino algo más profundo: la certeza de que se había convertido en madre, padre, enfermera y escudo. De que, aunque al mundo no le quedara redención, a ella todavía le dolía perder. El llanto era, en cierto modo, prueba de humanidad.
Neil dormía, agotado, balbuceando las palabras de una canción que su madre solía entonar en los peores días. Sarah se sentó junto a él, la mochila abierta como altar y las pocas provisiones alineadas en un inventario de miseria. El llanto regresó, suave, mudo. No tanto por lo que había perdido, sino por la promesa de seguir luchando aunque todo dijera que no valía la pena.
Fuera, alguien gritó. Un chillido prolongado, desgarrador, mezcla de rabia acumulada y terror perpetuo. El sonido se propagó por los callejones, resonando en paredes ennegrecidas. Sarah se asomó entre las rendijas de la madera clavada. Vio a un joven arrodillado, las manos en la cara, temblando. Era uno de esos llantos que no buscan consuelo, sino simplemente vaciar el dolor. Pronto, las figuras arrastradas de dos zombis doblaron la esquina. El joven, dándose cuenta, no se movió. El hambre de los infectados lo calló, volvió la noche al silencio.
Sarah se apartó. El miedo era cada día más grande, pero también lo era la culpa de seguir viva. No era justo llorar por uno mismo cuando otros llevaban pesares aún más profundos. Sin embargo, Neil respiraba mejor y eso era todo lo que importaba. El llanto podía esperar.
La mañana siguiente, una fina llovizna empapó la ciudad. El asfalto brillaba entre marquesinas rotas, reflejando los cadáveres apilados de automóviles quemados y bolsas de basura, trofeos de días mejores. Sarah despertó fatigada, los párpados hinchados de tanto no llorar, el cuerpo agarrotado por el frío y la tensión. Junto a Neil, compartió una barrita destrozada de granola. Comieron despacio, de cara a la ventana, vigilando el horizonte entre las palmeras que aún resistían.
De vez en cuando, sonaban ráfagas de disparos en el Hollywood Hills. Probablemente saqueadores enfrentándose por lo poco que quedaba en las casas de los ricos. Sarah supo—igual que todos los supervivientes de diciembre del 2020 en Los Ángeles—que la violencia entre los vivos comenzaba a ser tan mortal como la de los muertos. El miedo era doble y el cansancio triple, así que nadie jugaba a héroe.
Ese día, Sarah decidió salir de la lavandería apenas clareó el cielo. Neil debía quedarse, y le dolió dejarlo, pero el hambre apremiaba. Cruzó Melrose, pasando por un mural agrietado de Kobe Bryant con alas de ángel. En tiempos previos, los murales eran esperanza. Ahora, eran sólo recordatorio de lo que jamás volvería.
En una esquina de Fairfax, Sarah vio a un anciano acurrucado en un portal. No parecía estar herido, pero temblaba y tarareaba una canción. Sarah pasó, pensó en ignorarlo, pero el temblor de ese cuerpo le recordó a su abuelo. Decidió acercarse. El hombre levantó la vista, ojos rojos de tanto llorar.
—¿Me vas a matar? —susurró cansado, resignado.
—No, solo paso.
Silencio tenso. El anciano prosiguió:
—¿Te quedan lágrimas?
Sarah negó, pero el hombre ahondó:
—Yo tampoco… Me duelen los ojos, pero ya no sale nada.
Ambos rieron, un sonido ronco y breve, mezcla de vergüenza y remordimiento. Sarah compartió media barra de cereal. El hombre la aceptó, agradecido como si fueran manjares de un banquete perdido.
—Hace frío. ¿Por qué tú vives y mi hija no? —preguntó, sin rencor, con voz rota.
Sarah no supo qué contestar. Se sintió diminuta ante ese dolor tan enorme, esa pregunta tantas veces repetida en la ciudad: ¿Por qué yo? ¿Por qué seguimos, si sólo queda llorar?
El anciano falleció unas horas después, sentado, la comida aún a medio terminar. Sarah se encargó de cerrarle los ojos, de dejarlo cubierto con una manta. Esas eran las pequeñas liturgias del fin del mundo, los instantes donde el dolor se compartía como un último hilo de dignidad.
Regresó a la lavandería. En el camino, el llanto de un niño rompió la monotonía sorda. Una madre, sola, intentaba hacer callar a su hija para no atraer a los infectados del canal de L.A. El llanto era peligro, pero era también amor. Sarah entendió, por primera vez en mucho tiempo, que el sonido de un llanto humano, incluso en un mundo de gritos y monstruos, era testimonio de vida. Los muertos no lloran.
Pasaron los días, el invierno se hizo más frío. Sarah y Neil se mudaron a un edificio de apartamentos, junto a dos familias más. Cuando moría alguien, todos se permitían unos minutos de lágrimas. Era necesario, sano, más que la comida o las medicinas. En una ciudad en ruinas, el llanto era el único lenguaje verdaderamente común: la música de quienes aún resistían, a pesar de todo, en Los Ángeles.
Para marzo, el frío amainaba, pero la escasez apretaba más que nunca. Muchos no sobrevivieron ese invierno. Quienes quedaban lloraban menos, por respeto, o por vacío. Pero cuando algún niño nacía, los sollozos regresaban. No eran lamentos de dolor, sino de esperanza imposible. Llanto por los que se habían ido, y por la posibilidad remota de que el mundo, alguna vez, pudiera sanar.
Sarah se aferró a ese llanto. Sabía que en los tiempos más oscuros, el llanto, aunque peligroso, era la mayor prueba de que lo humano seguía en pie, incluso entre las ruinas humeantes de Los Ángeles.
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