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Portada del relato Bajo el Sol de la Plaga
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Fragmento:


Mientras el reloj parpadeaba las 3:17 am, la fiebre seguía su danza macabra en las venas de la ciudad. Marina se sentía atrapada en una sauna infernal, y la sola idea del amanecer no le traía más que la certeza de encontrarse con una gloria sangrienta y una luz que haría aún más nítidas las sombras arrastrándose por la calle.

Duración: 12:54

Bajo el Sol de la Plaga
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Texto de ajuste de pausa.

30 de abril de 2020.

La ciudad de Los Ángeles nunca dormía, eso solían decir. Excepto esta noche, en la que ni las sirenas ni el murmullo del tráfico llenaban la distancia nebulosa entre los rascacielos y las avenidas de neón. Grupos de patrulleros cruzaban Melrose disparando destellos azules y rojos sobre calles vacías, y ni siquiera los helicópteros de la noticia se atrevían a romper el cielo espeso.

La fiebre había llegado. No acústica, como la del sábado por la noche, cuando la juventud bailaba entre los clubes y el aroma a marihuana y sudor impregnaba los bares de Hollywood. No. Esta fiebre era de cuerpos temblorosos, de ojos amarillentos y sudor frío, de jadeos furiosos y miradas perdidas que ponían a correr a cualquiera con sentido común.

Marina sintió de golpe la presión del calor en su frente, apoyada tras la persiana lateral de su pequeño departamento en Koreatown. Escuchaba los gritos distantes, el fragor de un contenedor de basura volcado, el eco descompasado de lo que parecía una estampida de pies descalzos y tambaleantes. Sabía lo que significaba. Había visto los videos en Twitter dos noches atrás: un hombre, con los ojos rotos y la piel grisácea, mordiendo a su enfermera en la sala de espera del Cedars-Sinai antes de que las cámaras se fueran a negro.

"Esa fiebre... No es normal, mamá," murmuró ella, más para sí misma que para la madre que asistía desde México, su único contacto seguro a través del teléfono.

Marina era enfermera, o lo había sido hasta dos días antes, cuando los hospitales comenzaron a reventarse por dentro y los jefes ordenaron sellar las puertas de emergencia. Ahora se encontraba sola en su pequeño apartamento, armada apenas con un cuchillo de cocina, un viejo bate de softball de aluminio y lo último de sus energías. Doce horas escuchando la radio, el hilo de noticias de la televisión convertido en una monodia de emergencia: "Permanezcan en sus casas. No interactúen con los infectados. Laven sus manos. Mantenga la calma". Aquellas palabras caían ahora con el peso de una ironía cruel.

Mientras el reloj parpadeaba las 3:17 am, la fiebre seguía su danza macabra en las venas de la ciudad. Marina se sentía atrapada en una sauna infernal, y la sola idea del amanecer no le traía más que la certeza de encontrarse con una gloria sangrienta y una luz que haría aún más nítidas las sombras arrastrándose por la calle.

Su teléfono vibró. Mensaje de texto de Max, vecino de tres pisos arriba:

—Siguen viniendo. El elevador ya está muerto. Si puedes, súbete con nosotros, traemos agua y mantas. Apúrate.

La fiebre en el pecho, y el miedo latiendo en las muñecas. Marina arrastró su mochila—con vendas, paracetamol, tres barritas de granola y el cuchillo—y salió de su apartamento. En el pasillo, la luz parpadeaba y una humedad tétrica emanaba de la alfombra. Olía a sudor agrio y lejía. Subió la escalera dos peldaños por vez, ignorando las manos temblorosas y la náusea, mientras en la distancia se escuchaba el retumbar de un cristal quebrándose, tres pisos más abajo.

En el departamento de Max, aguardaba el resto del improvisado grupo: él mismo, alto y delgado, con la camiseta pegada al torso por el sudor; Tania, con su perro mestizo ladrando entre las piernas, y Sam, estudiante internacional, que apenas murmuraba plegarias entre dientes mientras sujetaba una lámpara de emergencia como si fuera una antorcha.

"Tenemos que bloquear la puerta", se apresuró Max en decir, sudoroso, gesticulando hacia una mesa arrastrada torpemente contra la entrada. Sus ojos estaban inyectados en rojo y, durante un segundo, Marina se preguntó si serían los efectos del insomnio, o del virus maldito que ahora tejía su propia leyenda en todos los rincones urbanos.

"No salgan al balcón," advirtió Tania. "He visto dos, tres... cosas allá abajo que no podían ser personas. Gente corriendo, uno se arrancó el suéter y saltó sobre otro como un animal..."

Sam, que se sentaba encogido junto al perro de Tania, preguntó con voz apenas audible:

—¿Creen que todo esto sea como dicen en la radio? Que no es gripe, que esto... esto no es humano.

La fiebre colgaba sobre ellos como una lámpara rota.

Marina inspiró hondo, sintiendo el sabor metálico en la lengua. Intentó aferrarse a su instinto de enfermera; buscar signos vitales, preocuparse por la temperatura, la tos, el color de las encías. Todo era inútil ahora. Había aprendido a desconfiar de febriles extraños tanto como del propio pulso, obsesionada cada vez más con el sudor ajeno, la tos, la manera en que algún murmullo podía rasgarse y transformarse en un rugido.

El tiempo se volvió viscoso. Escuchaban, bajando de vez en cuando el volumen de la radio de pilas, las historias: un saqueo en Beverly Center, la policía acribillada tratando de despejar pacientes en Westwood, un conductor de Uber que chocó su coche contra una barricada en Fairfax Boulevard, gritando que no sentía el frío. Relatos entrecortados, habitados por la fiebre de la incertidumbre y del delirio.

"Sólo hay que aguantar hasta que pase la ola", decía Max, una y otra vez. "Alguien vendrá. El ejército, los paramédicos… Seguro ya están llegando refuerzos."

Pero hasta las fuerzas del orden parecían envueltas en el mismo sudor pegajoso de la ciudad. Dicen que un policía había disparado contra su compañero después de que éste, con los ojos en blanco, le mordiera la mejilla en el Alex Theatre de Glendale. Era el principio de algo hondo, algo sórdido que ni los más curtidos oficiales podían nombrar sin temblar.

En el séptimo piso, los ruidos se acercaban. Un portazo. Un largo aullido. Los gritos ascendían, la violencia se desbordaba como marea. Tania sostenía a su perro y rezaba en voz alta. Sam apretaba la linterna como si pudiera arrojarla contra el horror si llegaba la ocasión.

Entonces, un estrépito en el pasillo. Alguien—o algo—hurgaba tras la puerta de Max, gimiendo, resoplando con la garganta. El calor del miedo subió por la columna de Marina: fiebre real, fiebre de terror y cansancio.

El asalto a la puerta duró segundos, pero pareció horas. Golpes, roces, el gemido agudo de una madera astillándose. Les pareció oír el chillido de otro vecino pidiendo auxilio. Marina se preparó, aferrando el bate de softball, preguntándose si le temblarían las rodillas tanto como imaginaba.

Cuando el panel de la puerta cedió, un brazo pálido y sudoroso se coló por la rendija, enloquecido por el delirio. El rostro que surgió poco después era irreconocible: los ojos vacíos, la piel roja de fiebre, los labios espumosos. Max se arrojó sobre la mesa, empujando con todas sus fuerzas mientras Tania gritaba. Marina alzó el bate y descargó la fuerza de su cuerpo en el antebrazo de la criatura, escuchando cómo crujían huesos bajo el aluminio. Sam, dominado por el pánico, arrojó la lámpara al suelo, inundando el cuarto de sombras pulsantes.

La criatura cayó. Un momento, sólo un segundo, y la realidad volvió: la respiración rápida, los sollozos de Tania. El brazo despedazado, aún temblando, intentó levantarse, pero Max lo remató con una banqueta mientras el perrito chillaba más fuerte que nunca.

Sudados, exhaustos, miraron el trozo de humanidad caída; Marina no pudo evitar fijarse en la mordida terrible que cubría el cuello del invasor, y cómo su camisa estaba empapada en sangre ya negra. No había nada que hacer por él. Se retiraron, aturdidos, a la sala interior, bloqueando de nuevo la puerta, y compartieron una botella caliente de agua mientras todos sudaban, temblorosos. La fiebre, la verdadera y la figurada, les quemaba la frente. Nadie hablaba. Había pasado el primer asalto, y sabían que sería el primero de muchos.

Las horas siguientes fueron borrosas y lentas. Marina tomó el pulso a todos, obsesiva y casi brutal, en busca de marcas, heridas, anomalías. Encontró pequeños arañazos en Sam: del forcejeo, dijo él; del perro, añadió Tania, aunque nadie confiaba ya ni en la explicación más sencilla. Temían a la fiebre tanto como al hambre. La paranoia les mantenía cuerdos e insomnes.

Por la ventana, al amanecer, vieron cómo una columna oscura de figuras se movía por la calle Vermont. Los vidrios rotos y las alarmas silenciadas componían un tapiz de catástrofe: un vacío donde antes rugía la vida diaria. Marina notó cómo el calor seguía marcando a los caminantes, cómo estos se arrastraban tambaleantes, contagiando la locura y el sudor a cada nuevo cuerpo encontrado.

Pequeños incendios en la distancia coloreaban la niebla matutina de naranja y gris. Vieron un coche de policía ardiendo, el humo mezclándose con el olor a plástico quemado. Un grito agudo, como de niño, se arrastró hasta ellos desde algún balcón vecino, y la ciudad entera pareció retorcerse de dolor y delirio.

A media mañana, decidieron que no podían seguir allí indefinidamente. Max propuso subir al techo, buscar rutas de escape. Marina, con el pánico aferrado a la tráquea, aceptó. Cargarían con lo que pudieran: agua, las mantas, la linterna, su botiquín. Subieron por las escaleras, esquivando contenedores volcados y marcas de sangre secándose bajo el sol californiano.

En el techo, la vista era triste y majestuosa: Los Ángeles, dormida por la fiebre, se extendía en todas las direcciones. Los rascacielos parecían jaulas vacías. En Fairfax, vieron dos ambulancias volcadas, y en dirección a Wilshire, una columna de humo señalaba otro incendio reciente.

En ese instante, la fiebre del sol comenzó a cocerles la piel. Los infectados, incluso a la distancia, deambulaban por los estacionamientos y tejados vecinos como ciegos en busca de algo que no sabían nombrar. Marina notó cómo el calor elevaba un vapor espeso del asfalto y sintió que toda la metrópoli ardía en una misma enfermedad febril, una peste sin control.

Fue ahí, bajo el ardiente sol de la plaga, donde decidieron el siguiente paso. Tenían que llegar al hospital, buscar otras caras conocidas, armas, medicinas, algo que les diera sentido y propósito frente a la descomposición general. Bajaron de nuevo, despacio, resbalando entre sombras y cristales.

Escabulléndose por la escalera de incendios, Marina lideró al grupo hasta el estacionamiento trasero, donde el silencio era más profundo. Avanzaron, cubriéndose, sorteando cuerpos tendidos, evitando los gemidos desvariados de viejas conocidas, vecinas de siempre, ahora transformadas por la fiebre. Cada calle cruzada era un suspiro contenido; cada metro, una esperanza mínima aplastada por el delirio de la peste que carcomía los huesos de la ciudad.

Caminaron durante horas, el sol volviéndose látigo y foso al mismo tiempo, hasta toparse con el puesto improvisado de una patrulla militar. Había cinco soldados, todos con sudor y las mejillas enrojecidas, apuntando fusiles con manos temblorosas. No se acercaron demasiado. Los militares gritaban órdenes entre sí, en un idioma hecho de números y gritos rotos:

—¡No se acerquen! ¡Muévanse! ¡Atrás! ¡Atrás!

El virus, la fiebre, el miedo a ser confundido con un infectado era peor que el hambre. El grupo retrocedió, buscando refugio en la sombra de un supermercado saqueado. Allí, Marina vio a una madre, danzando en el delirio, sujetando a un niño pequeño que no dejaba de arder en fiebre y sollozar. Nadie les ayudaba. Todos huían de todos.

El día avanzó, cada hora un infierno de calor y sudor, de terror y alucinación. Cuando cayó la noche, Los Ángeles parecía una herida abierta—la fiebre palpitando bajo la piel de la ciudad, la vida reducida a una carrera frenética por un respiro, una sombra, una botella de agua potable.

Marina observó la luna desde su rincón improvisado en la trastienda del supermercado. Sabía que tal vez la fiebre la alcanzaría irremediablemente, como había hecho con tantos; sabía que la diferencia entre la enfermedad y el miedo era, en ese momento, casi imperceptible.

Respiró hondo, prometiéndose sobrevivir otra noche. Porque también, en algún lugar, la ciudad podía reinventar otro futuro, incluso bajo el sol de la plaga, aunque fuera sólo un rumor de esperanza tan frágil como el siguiente amanecer.

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