Fragmento:
No sé exactamente para quién escribo esto, si para algún futuro lector, si para mí mismo o solo porque necesito poner en palabras algo que está devorando mi mente desde hace semanas. Este cuaderno lo encontré entre la basura esparcida en el suelo de una casa saqueada en Echo Park, entre papeles mojados y ropa vieja. El dueño original murió o ahora deambula por las calles, hambriento, confundido, incapaz de recordar siquiera cómo sostener un lápiz. ¿O tal vez fui yo el que ya olvidó cómo es ser humano? Espero, con toda mi alma, que no.
Duración: 10:54
14 de diciembre de 2020
No sé exactamente para quién escribo esto, si para algún futuro lector, si para mí mismo o solo porque necesito poner en palabras algo que está devorando mi mente desde hace semanas. Este cuaderno lo encontré entre la basura esparcida en el suelo de una casa saqueada en Echo Park, entre papeles mojados y ropa vieja. El dueño original murió o ahora deambula por las calles, hambriento, confundido, incapaz de recordar siquiera cómo sostener un lápiz. ¿O tal vez fui yo el que ya olvidó cómo es ser humano? Espero, con toda mi alma, que no.
El invierno ha llegado a Los Ángeles, aunque aquí no es tan cruel como en el norte. Aun así, el frío cala entre los edificios abandonados, y las noches parecen cada vez más largas. Quizá sean los días cortos, o el hecho de que la electricidad se apagó por completo hace dos semanas y la ciudad se hundió en una oscuridad abismal, recortada a veces por el fuego, por los disparos esporádicos, y por los gritos cada vez más escasos.
Es 14 de diciembre de 2020. O eso creo. Perdí la cuenta exacta, pero los restos de mi reloj muestran aún la fecha, y el estómago no me ha dejado perder la costumbre de marcar el tiempo por comidas, aunque ahora sean cada vez menos. Tenía la costumbre, desde antes de toda la locura, de escribir mi día al final de la jornada, pero en verdad hace al menos un mes no lo hacía. Ahora cada día parece fundirse con el anterior: sólo lo interrumpen los tiroteos, los saqueos, los lamentos que aúllan por las avenidas convertidas en tumbas.
Hoy fue uno de esos días en los que la muerte parece más cercana que nunca, y por eso escribo. Quiero recordarlo. Quiero no olvidarme a mí mismo. No quiero terminar como ellos.
Desperté poco después del alba, o lo que imagino que fue el alba, en lo que solía ser la sala de un departamento cerca de Koreatown. La familia que vivía aquí dejó restos de fotos, revistas, cartas... Eran felices, o parecían serlo. Al menos tenían motivos para sonreír. El día anterior había refugiado a una mujer y su hija, pero se marcharon antes de que despertara, dejando una nota agradeciendo el arroz y una lata de sopa. Me dejaron un nombre: Leslie y Julia. Ojalá las vuelva a ver, aunque aquí cada reencuentro suele terminar en lágrimas o sangre.
Salí a la calle por una rendija de la ventana, todavía cubierta con tablas de madera vieja. En la acera, los cuerpos amontonados de zombis congelados hacían una especie de muralla macabra. Por suerte, el frío de las últimas noches inmovilizó a la mayoría, y sólo algún despistado movía los brazos buscando comida imposible. El hedor era tan denso que tenía que cubrirme la nariz con un pañuelo empapado en agua de colonia nab. Los parques —antes verdes, llenos de niños y vida— ahora eran campos de huesos y carritos de supermercado abandonados.
Tuve que ir al oeste, hacia la Wilshire, en busca de cualquier señal de vida. Llevo un par de días sin ver a mi hermana. Hace un mes, cuando la cosa estaba peor, conseguimos reunirnos un par de veces en un supermercado saqueado cerca del Centro Cívico. Siempre la encuentro con su grupo de seis, arriesgando la vida para buscar medicinas para una señora enferma que vive en el sótano del hotel Biltmore. No entiendo por qué sigue creyendo que todo esto puede ser corregido. Yo, en cambio, apenas logro pensar a más de dos días de distancia.
La calle estaba solitaria, pero no callada. El aire estaba cargado de un silencio opresivo, roto por el vuelo de unas gaviotas heridas y el rumor lejano de disparos que venían del oeste. De vez en cuando, una ráfaga de viento traía el chirrido metálico de un letrero de neón colgando de un poste de luz. El centro de Los Ángeles parecía un diorama de la muerte: vitrinas rotas, autos con puertas abiertas y equipaje esparcido por doquier, cadáveres —algunos ya esqueletos— y los ocasionales zombis rígidos, temblando como actores detrás de un telón invisible.
En la esquina con Vermont, vi una horda arrastrándose lentamente, bloqueando la entrada al metro. Retrocedí, forzando a mi respiración a ser lo más silenciosa posible, y me escondí detrás de un camión de bomberos volcado. En otra vida, me habría sentido seguro bajo la mirada protectora de los bomberos de Los Ángeles; hoy no quedan ni los uniformes.
A mitad de la mañana, la ciudad se transformó: una banda de saqueadores apareció en la distancia, armados con bates, gritando y golpeando cualquier cosa viva o muerta. No sabría decir si robaban provisiones o sólo lo hacían por rabia. Me quedé quieto, conteniendo la respiración. Si me veían, sería mi fin. Esperé a que pasaran. Uno de ellos disparó contra una sombra detrás de una pared —probablemente un sobreviviente como yo— y estuve a punto de correr, pero me recordé la regla: no te muevas. Si tienes miedo, quédatelo adentro; si tienes hambre, soporta. Aquí, la vida se resume a instintos.
Caminar por la Wilshire era como avanzar en un sueño febril. Las mansiones y edificios desplomados, cubiertos de grafitis, parecían escenas de una película apocalíptica que alguien colocó en bucle. Un cine tenía aún el cartel de “Coming Soon: Nuevo Mundo”, las palabras convertidas en una burla cruel. Crucé las calles desiertas, evitando los grupos. Atento a los perros salvajes, más peligrosos que los zombis.
Había rumores, entre los supervivientes, de que los zombis reducían su movilidad con el frío. Esta mañana confirmo que es cierto: se tambalean, parecen máquinas cuyos engranes oxidados apenas permiten el movimiento. Algunos están pegados al asfalto, atascados por la piel congelada. Otros, tendidos en el suelo, parecen trozos de carne podrida a la espera de ser basura recogida por nadie.
Por la tarde localicé el viejo supermercado donde esperaba encontrar a mi hermana, pero sólo quedaba un grupo pequeño calentándose junto a una improvisada fogata de revistas y muebles. Les pregunté por Lisa. Me miraron con sospecha; uno de ellos tenía un cuchillo ensangrentado. No me respondieron, sólo apartaron la vista. Tomé de la estantería una lata de judías verdes y un paquete de banditas para heridas. Me marché antes de despertar suspicacias.
El sol comenzó a declinar, pintando el cielo de un rojo enfermizo, y temí no regresar a tiempo antes de que oscureciera. La noche es el territorio exclusivo de los horrores: cuando se va el último rayo, se escuchan chillidos, golpes, pasos torpes y el ruido infernal de cuerpos contra puertas y persianas. A veces, el eco de un martillo, a veces el murmullo de un televisor inerte en alguna casa saqueada. Salvajismo y locura.
En el camino de regreso, cerca de la 8ª y Alvarado, sentí pasos detrás de mí y me escondí rápidamente en un portón. Esperé; una figura pasó corriendo, gritando el nombre de su madre. Un disparo al aire; luego el silencio. Los saqueadores a menudo abusan de las pocas armas y municiones que quedan, por miedo o brutalidad. Escapar ileso hoy es una suerte, casi un regalo divino.
Regresé antes de la noche al departamento. Revisé las barricadas, me aseguré de que todo estuviera en su lugar. Me comí la lata de judías poco a poco, como si cada cucharada fuera un manjar traído de otro mundo. Las paredes están cubiertas de polvo y hollín. Afuera, los zombis apenas se mueven. En el fondo, el murmullo de un transistor. A veces, algún grupo militar todavía transmite noticias, casi siempre falsas, sobre centros de refugiados seguros en el norte. Al principio todos corrimos hacia esos refugios, hasta que vimos que sólo atraían multitudes y, por tanto, más zombis. Ahora, la gente huye de la civilización.
Pensé en mi hermana. ¿Seguirá viva? ¿Cuánto tiempo más resistiremos? Hace meses que la esperanza parece un lujo peligroso, pero no puedo evitar mirar a la ventana y fantasear con volver a ver palmeras llenas de luces navideñas, a los niños jugando entre el tráfico, a los ancianos regando sus jardines. Sin embargo, todo eso parece haber ocurrido en otro planeta.
La penuria material es dura, pero la peor es la del espíritu. Hoy vi a un hombre en la calle hablando solo, riéndose, discutiendo con alguien invisible. Hemos llegado al punto en que la soledad pesa más que el hambre. A veces me descubro hablando con los retratos de la familia que dejó este piso. “¿Qué harían ustedes?”, les susurro, esperando una respuesta imposible. El hombre de la foto, con su sonrisa gastada, sólo me mira desde la distancia implacable de la muerte.
Algunas noches, la radio sintoniza mensajes de otros supervivientes. Ayer escuché voces mexicanas, chinas, una chica con acento ruso. Todos buscábamos lo mismo: alimentos, medicinas, noticias de sobrevivientes… un poco de consuelo contra las tinieblas. Se han formado clanes de vecinos; se defienden unos a otros como pueden. Pero cada alianza fracasada termina en traición y muerte. Hay quienes queman casas para no dejar refugio a los zombis ni a los rivales. Otros disparan a todo lo que se mueve. Hasta los perros nos esquivan.
En este barrio, hace apenas semanas, la gente aplaudía desde los balcones a los médicos. Hoy todos están muertos, desaparecidos o convertidos en bestias. Las sirenas han enmudecido. La vida se mide en latas de comida y noches sobrevividas.
Ahora me veo a mí mismo revisando mi propio cuerpo cada noche, buscando signos de infección, esperando no ser uno de ellos mañana. El invierno, dicen, nos está salvando… pero también nos está matando poco a poco. La comida escasea. El agua potable ya casi no existe. Hoy cambié una pastilla de yodo por tres bolsas de arroz pequeño. La señora que me lo dio apenas podía hablar, pero me agradeció con una sonrisa entre lágrimas. Nos aferramos a gestos como esos: nos hacen sentir humanos, a pesar de todo.
Si alguna vez el mundo vuelve a girar, si alguna vez alguien recupera estas calles y limpia la pestilencia, tal vez leerán esto y sabrán que, en Los Ángeles de diciembre de 2020, hubo gente que resistió, que amó en medio del horror, que no quiso entregarse sin luchar.
Afuera, los disparos han cesado. El viento sopla polvoriento, arrastrando trozos de papel por la acera manchada de sangre. La luna, tapada de nubes, apenas deja pasar una débil luz. Me acuesto en el suelo helado, abrazando el cuaderno como si fuera un talismán. Mañana buscaré a Lisa. Mañana intentaré sobrevivir un día más.
Por hoy, eso es suficiente. Por hoy, aún soy yo.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.