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Portada del relato Los Ángeles tras el Apagón: Crónicas de la Aurora
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Fragmento:


Jonás, un mulato corpulento y simpático, cargaba una vieja escopeta sobre el hombro. Milo, hijo de la hermana de Ariadna y único legado de una familia extinguida, la mirada siempre alerta y el gesto grave para sus nueve años, empujaba una carretilla con sacos y una caja metálica donde guardaban salsas, bolsas de semillas y el aceite recalentado que usaban como moneda principal.

Duración: 11:41

Los Ángeles tras el Apagón: Crónicas de la Aurora
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Texto de ajuste de pausa.

29 de noviembre de 2028

Las montañas alrededor del antiguo Hollywood cortaban el sol matinal, proyectando sombras largas y difusas sobre un paisaje que ya casi nadie reconocía. Los Ángeles, una ciudad que durante un siglo había sido sinónimo de luces, sueños y promesas, era ahora una fortaleza viva, extraña y fragmentada. Sus autopistas, antes torrentes palpitantes de acero y velocidad, yacían cubiertas de maleza y escombros, mientras pequeños grupos de supervivientes —ahora ciudadanos de las Nuevas Ciudades— deambulaban atentos, armados de improvisadas lanzas, radios de manivela y el rumor persistente de un futuro incierto.

A 29 de noviembre de 2028, hacía mucho que los zombis ya no representaban el terror omnipresente que una vez asoló la mente de todos. Pero aunque las hordas decrecientes se arrastraban como plaga residual en suburbios abandonados o entre las torres colapsadas del Downtown, la amenaza de la infección —y quizá más aún, la de otros humanos— seguía tensando cada día como un cable a punto de romperse.

Entre los colosos de concreto ennegrecido por años de incendios y abandono, se había forjado un nuevo pulso de vida. Fortalezas levantadas con furgonetas apiladas, paneles de metal y vigas arrancadas de estructuras ruinosas delineaban el perímetro de las zonas seguras. En el corazón de lo que una vez fue Silver Lake —hoy apodado “El Refugio del Ángel”—, se extendía un mercado semanal. Allí, bajo lonas rescatadas de estudios de cine y banderines confeccionados con viejas banderas estadounidenses, convergían caravanas desde San Fernando, refugios de Venice y comunidades aisladas en las colinas de Pasadena.

Ese jueves brillaba especial: se celebraba la “Feria del Regreso”, tradición reciente que recordaba la primera alianza entre comunidades rivales alcanzada poco más de un año atrás. Era una tregua frágil, jamás libre de tensión, pero al menos garantizaba días de comercio, trueque y cierta ilusión de normalidad.

Ariadna bajó cuidadosamente los escalones de su hogar, una casa victoriana restaurada y reforzada con bloques de cemento y ventanales adaptados como troneras. Tenía 31 años y las sombras bajo sus ojos enmarcaban una belleza dura, acostumbrada al hambre y la vigilia, pero tenaz como las jacarandas que seguían floreciendo, contra todo pronóstico, entre grietas del pavimento.

—¿Listos? —preguntó a sus dos acompañantes, Jonás y el pequeño Milo—. Hoy nos toca vender la cosecha de maíz y frijoles. Recuerden: nada de apartarse del grupo. Si vemos insignias rojas de los Guardias del Canal, buscamos otra ruta.

Jonás, un mulato corpulento y simpático, cargaba una vieja escopeta sobre el hombro. Milo, hijo de la hermana de Ariadna y único legado de una familia extinguida, la mirada siempre alerta y el gesto grave para sus nueve años, empujaba una carretilla con sacos y una caja metálica donde guardaban salsas, bolsas de semillas y el aceite recalentado que usaban como moneda principal.

Salir al camino era siempre una apuesta. No tanto por los zombis —a quienes se podía sortear a base de cautela y velocidad— sino por los grupos de humanos desesperados, saqueadores solitarios y patrullas de las facciones militares, cada una celosa de su control sobre rutas y recursos.

El trayecto hasta el cruce de la Avenida Glendale era una franja de murales descoloridos, limoneros salvajes y autos volcados convertidos en improvisados refugios o trampas. El aire, perfumado de salvia y humo lejano, vibraba con la energía contenida de la ciudad que nunca dormía del todo, ni siquiera mientras moría para renacer.

En la esquina de aquello que una vez fue una boutique hipster, les detuvo una patrulla con brazaletes verdes: la Milicia del Río, surgida de los antiguos skaters y músicos que defendían el lecho casi seco del Los Angeles River. Tres jóvenes de cabello largo y armas hechas de piezas recicladas les preguntaron poco: hoy era día de feria y el tributo ya se había pagado a la entrada, en forma de seis latas de conservas y media botella de vodka fermentado.

—Buen trueque, Ari —dijo uno de los milicianos, devolviéndole una sonrisa cansada—. ¿Trajiste más semillas? El Jefe de Atwater quiere iniciar huertos en la azotea, dice que si logramos tomates será una señal de que el mundo gira de nuevo.

Ariadna asintió. La semilla, ahora bien lo sabían todos, era tesoro y símbolo: cada grano era un voto por el futuro, cada tallo una declaración de guerra contra la desesperanza.

El bullicio de la Feria del Regreso se percibía antes de verla. Un rumor de voces, risas, discusión, pregones entrecortados por síntomas de tos crónica —herencia perenne de las décadas de aire envenenado y medicinas escasas. Decenas de puestos semicirculares rodeaban la entrada de una iglesia reconvertida en centro de control. Allí se comerciaba desde agua filtrada hasta piezas de repuesto de bicicletas; de antibióticos caducados a agujas de coser, viejos vinilos y revistas National Geographic que servían tanto para leer como para empapelar y aislar.

El trueque era salvaje pero justo. Un grupo de ancianos hacía de árbitros, portando collares de silbatos y garrotes. Los coches-dormitorio arrimados al muro externo eran hostales improvisados para quienes viajaban días hasta Los Ángeles desde las nuevas aldeas de Ventura o los resurgidos pueblos del Orange County.

Jonás buscó rápidamente el puesto de Armon Johnson, un ex-paramédico afroamericano que ahora lideraba el gremio de curanderos y recolectaba remedios naturales, ungüentos y lo poco de medicina moderna que sobrevivía. Se intercambiaron granos de maíz por raíz de valeriana y analgésicos aún expirados, pero que más de una vez le habían salvado la vida a Jonás tras una caída o un mal tajo, antes de que pudieran curarse con sal y aguardiente.

Ariadna se dirigió al sector de semillas y productos agrícolas. Allí sostuvo largas charlas con una mujer de ojos verdes y voz profunda, llamada Cassandra. Era, decían todos, “la botánica del Estudio Universal”, una de las pocas personas capaces de distinguir aún cuáles plantas silvestres eran comestibles, cuáles venenosas y cuáles podrían, en un golpe de suerte, devolverles algo del paraíso perdido.

—¿Supiste del tren? —preguntó Cassandra, bajando la voz, mientras le pasaba un sobre con diez semillas de calabaza a cambio de un tubo de miel de urban rooftop.

—¿Tren? —susurró Ariadna, sintiendo cómo Milo aferraba su falda.

—Dicen que esta semana hicieron andar una locomotora, allá en Commerce. Llevará hierro y sal hasta Pomona, si no la sabotean. El rumor es que están limpiando la vía y que, si lo logran, no tardaremos en ver convoyes de vuelta hacia el desierto.

Ariadna sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Recuperar un ferrocarril era algo que solo había leído en relatos pasados de mano en mano, cuando la esperanza era una palabra sucia, casi imposible. Pero ahora el mundo había dejado de ser solamente cenizas.

El mercado hervía. Un grupo de músicos reciclaba tarros y envases plásticos para arrancar acordes dispersos, y un adolescente vendía botellas de agua ‘nunca antes abiertas’ —todos sabían que mentía, pero nadie le quitaba la ilusión, ni los centavos. En una esquina, los líderes de las comunidades negociaban alianzas: el poder ya no se medía en dólares, sino en soldados, municiones, agua o libros técnicos.

De pronto, un grito desgarró el aire. Al otro extremo de la plaza, una mujer de pelo rubio fue tomada por un brazo por dos hombres armados con cuchillos improvisados. Era evidente que no pertenecía a la zona: sus ropas aún conservaban rastros claros, y no llevaba brazalete identificador. La multitud reaccionó con un instinto antiguo, formando un círculo.

—¡Basta! —exclamó uno de los árbitros, acercándose con gesto autoritario—. Nadie hace justicia por su cuenta. Aquí no matamos a los vivos, al menos, no sin juicio.

La mujer, sollozante, exclamó entre jadeos: —¡No soy infectada! ¡Solo busco a mi hermano, acaba de llegar desde el Valle!

Los rostros se suavizaron. Algunos sabían demasiado bien lo que era perder el rastro de un ser querido. Los hombres soltaron a la mujer y la muchedumbre se abrió para que los árbitros condujeran la situación.

Ariadna vio el episodio de lejos, sujetando a Milo. La ley en los asentamientos era volátil, cruda, pero en los días de Feria era posible sentir un atisbo de justicia. Sabía que, en otros asentamientos, la llegada de alguien forastero casi siempre acababa en hoguera o exilio.

En su puesto provisional, la cosecha de Ariadna se fue agotando por trueques: algo de café a cambio de conservas, cordel a cambio de cuchillos hechos de rieles de tren, sal a cambio de pequeños juguetes para Milo y los hijos de otras madres desesperadas. Los niños de la zona jugaban alrededor de un ataúd abierto, usado como improvisada barca entre charcos del estacionamiento.

Al caer la tarde, cuando las sombras crecieron y el frío reptó sobre la tierra, encendieron hogueras controladas en bidones cortados. Las conversaciones viraron del mercado a la plaga, del hambre a los nuevos nacimientos. Entre las pequeñas comunidades, los niños que nunca habían visto la ciudad “viva” aprendían a leer con libros salvados del fuego y el olvido, y algunos viejos comenzaban a reunir a los “narradores”, que contaban leyendas sobre actores famosos, heliocópteros, autos volando por las avenidas o mares de luz recorriendo la ciudad entera en los días de antaño.

Milo, aferrado a Ariadna, escuchaba boquiabierto las historias sobre una Los Ángeles sin muros, donde uno podía comprar helados en Venice Beach con solo unas monedas mágicas llamadas dólares.

—¿Eso de verdad existió, tía? —preguntó, los ojos redondos de asombro bajo el resplandor tembloroso de la hoguera.

Ariadna sonrió con la tristeza de quienes han sobrevivido a demasiadas leyendas.

—Sí, existió. Pero ahora nos toca escribir nuevas historias —contestó, mirando el horizonte donde, según decían los rumores, pronto volvería a silbar un tren.

Aquella noche, bajo las estrellas obstinadas de un cielo más limpio que en el pasado, Lon Angeles lucía, pese a su ruina, una compostura extrañamente digna. Mujeres y hombres, niños y viejos, entre motores oxidados, huertos incipientes y armas improvisadas, bailaron y rieron alrededor del fuego, celebrando la supervivencia, el trueque y la esperanza de un orden nuevo.

Llegada la madrugada, mientras el último grito de un coyote lejano se perdía entre las colinas, Ariadna pensó en todo lo que se había perdido, pero también en lo mucho que se había reconquistado. El mundo no volvería jamás a ser como antes, y tal vez, pensó apretando la mano de Milo, eso tampoco era tan malo.

Quizá, como le gustaba imaginar, la próxima generación de Los Ángeles nacería viendo trenes y huertos donde antes solo hubo asfalto y muerte, y la ciudad, renacida, no sería solo un mito, sino la prueba viviente de la insólita tenacidad humana.

Porque, después de todo, incluso en el peor Apagón, siempre queda un mercado, una feria, un fuego encendido. Algo que, de manera terca y obstinada, sigue llamándose esperanza.

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