Fragmento:
Debajo de la ciudad, en uno de los túneles del metro, la comunidad de supervivientes se preparaba para otra ronda de señales nocturnas. Desde hacía meses, diversos asentamientos alrededor de los viejos barrios, como Echo Park o Koreatown, usaban linternas, espejos y señales codificadas con estallidos de luz para advertirse unos a otros de desplazamientos de zombis o movimientos de saqueadores. Noviembre se acercaba a su fin y, junto con el frío, se mantenía la promesa de una relativa calma: los muertos se movían menos cuando el aire se volvía ácido y helado, y había aprendido que la humedad de las lluvias otoñales mitigaba su olfato.
Duración: 11:53
21 de noviembre de 2025
El ocaso caía sobre una ciudad irreconocible: Los Ángeles, la metrópoli que una vez destelló con el brillo incesante de las celebridades y los sueños imborrables, era ahora un mosaico de ruinas y esperanzas aferradas con desesperación. El aire arrastraba un olor complejo: fuego lejano, tierra confundida con cemento, cuerpos en descomposición y, por encima de todo, miedo envuelto en esa quietud tensa que precede a la catástrofe. No quedaban coches deslizándose por las avenidas, solo algunos vehículos reconvertidos en barricadas y un puñado de bicicletas, reales tesoros, resguardadas bajo lonas entre escombros. La noche llegaría pronto, y con ella, la amenaza perenne de los infestados.
Courtney escudriñaba el horizonte desde la azotea de una vieja y desvencijada tienda de comestibles en Silver Lake. Las colinas eran llamas anaranjadas por el reflejo del sol que caía, pero también parecían salpicadas de siluetas inquietantes, moviéndose en manada. Hacía tiempo que había aprendido a distinguir a los vivos de los muertos incluso a esa distancia: los vivos se agazapaban, los muertos tropezaban, arrastraban los pies con torpeza. Sus dedos jugaban con un walkie-talkie viejo, uno de los dispositivos con los que podían alertar al asentamiento si una horda se desviaba hacia el este.
Debajo de la ciudad, en uno de los túneles del metro, la comunidad de supervivientes se preparaba para otra ronda de señales nocturnas. Desde hacía meses, diversos asentamientos alrededor de los viejos barrios, como Echo Park o Koreatown, usaban linternas, espejos y señales codificadas con estallidos de luz para advertirse unos a otros de desplazamientos de zombis o movimientos de saqueadores. Noviembre se acercaba a su fin y, junto con el frío, se mantenía la promesa de una relativa calma: los muertos se movían menos cuando el aire se volvía ácido y helado, y había aprendido que la humedad de las lluvias otoñales mitigaba su olfato.
Courtney descendió la escalera oxidada justo cuando una ráfaga de viento levantaba polvo y papeles antiguos. Caminó entre ruinas, pasando junto al esqueleto ennegrecido de un flamante Tesla y las ruinas de un supermercado Sprouts cuya fachada, milagrosamente, conservaba aún algunas letras. Las calles, cubiertas de grafitis recientes, contaban historias muertas a todos, acusando, invocando nombres, cayendo ya en la irrelevancia de lo cotidiano.
"La comida se acaba, la pólvora también", le había dicho esa mañana TJ, uno de los milicianos encargados de patrullar el perímetro de la comunidad. Él tenía los ojos rojos de vigilia, un rifle modificado colgado al cuello y la ceja partida de la última escaramuza. "Pronto tendremos que salir hacia el sur, tal vez buscar contacto con Long Beach o alguna otra comunidad que quiera comerciar. Dicen que hay rutas seguras por el lecho seco del río Los Ángeles, aunque no sé cuánto creer. Algunos nunca regresan."
Lo peor no era la escasez ni los muertos. Lo peor eran los vivos que merodeaban por las noches, saqueadores que se movían con el sigilo aprendido por puro instinto, humanos convertidos en sombra hostil, prestos a degollar por una bolsa de arroz o una cuchilla oxidada. De allí la nueva costumbre, nacida apenas semanas antes, de establecer códigos de señales visuales entre los asentamientos del centro y el este de la ciudad: tres linternazos sucesivos significaban "horda aproximándose", dos significaban "peligro humano", un destello largo era la señal de "todo en calma".
Justo antes de regresar al refugio subterráneo para la cena frugal que les esperaba – pan seco, algo de frijol y una sopa aguachenta de verduras recogidas en los huertos improvisados del Griffith Park – Courtney se detuvo al oír un rumor, algo que no era ni viento ni temblor de ramas secas.
—¿Court? —susurró una voz entre las sombras del callejón—. ¿Eres tú?
Reconoció inmediatamente a Diego, uno de los mensajeros encargados de tender enlaces con los asentamientos del oeste. Iba sudado, jadeante, con la mochila colgando y la mano izquierda apoyada con fuerza sobre el vientre, cubriendo torpemente un manchón oscuro en la camiseta. La sangre no era un buen augurio.
—¿Qué pasó? —Courtney lo arrimó hacia una pared de ladrillo y echó un vistazo a su costado; el corte no era profundo, pero sí feo, y si ese tajo tenía hueco, podrían perderlo pronto, sepsis mediante.
—Los saqueadores del este —balbuceó Diego—. Eran cinco, tal vez seis. Estaban al acecho en el cruce con Vermont. Me vieron, pero logré perderlos cerca de la biblioteca. Traje noticias de la comunidad Baldwin. Dicen que en las últimas dos noches han visto a más de un centenar de muertos agolparse en la vieja autopista, y dos granjas de las suyas ardieron anoche. Pidieron ayuda, o al menos que estemos atentos. Creen que los saqueadores los empujan hacia el norte a propósito.
Courtney asintió, intentando tragar el miedo helado que le subía por la espalda como un veneno frío. Desde hacía meses, ataques como ese eran cada vez más refinados: con frecuencia, los grupos humanos organizaban rutas para forzar a los zombis a caer sobre asentamientos rivales, con tal de debilitar sus defensas y robar en los momentos de caos. El enemigo ya no era sólo la plaga, sino también la astucia y la crueldad de aquellos que alguna vez habrían sido tus vecinos, compañeros de trabajo o clientes del Starbucks de la esquina.
—Vámonos —le dijo al mensajero, metiéndolo bajo el brazo—. Iremos por la calle Temple, cortaremos hacia el oeste. No quiero arriesgarme por Sunset esta vez.
Catorce minutos después, después de sortear una avenida bloqueada y deslizarse por la entrada de un estacionamiento subterráneo, llegaron al refugio: una estación de metro sellada con barricadas y sacos de arena, donde linternas parpadeantes y la promesa de un poco de calor les recibieron como si fuesen salvadores. Ahí, bajo la ciudad, más de doscientos sobrevivientes vivían encajonados sobre bancos de cemento, tratando de mantener una apariencia de normalidad en medio del horror.
La señal del día era "Río": una palabra pintada en rojo sobre una placa de metal, colocada cada noche en un rincón diferente del refugio. Inducía a recordar que, si la horda los forzaba a huir, la mejor ruta de escape era hacia el viejo lecho del río Los Ángeles, por donde aún era posible serpentear bajo la protección de algunos árboles y puentes rotos, donde la vigilancia de los saqueadores era menor.
Mientras Diego era atendido en la improvisada enfermería – solo alcohol, vendas recicladas y un poco de antibiótico—, Courtney fue convocada a la sala de señales, donde un puñado de viejos radios y walkie-talkies cosidos a parches de cobre, estaban alineados sobre una mesa escolar. Ana, la ingeniera del grupo, le hizo un gesto para que se sentara.
—La comunidad del sur mandó una señal —explicó Ana, mostrándole un papel manchado—. Solicitan evitar el cruce con Central Avenue, reportaron varias bajas tras los últimos enfrentamientos humanos. Hay mucho movimiento hacia el oeste, sospechan que buscan controlar algún recurso nuevo.
Courtney frunció el ceño.
—¿Agua? ¿Comida? ¿O qué?
—Electricidad —dijo Ana, bajando la voz casi a un susurro—. Rumores de que en la zona industrial de Vernon han conseguido poner en marcha una pequeña hidroturbina con ayuda de un grupo técnico llegado del Valle de San Gabriel. Si es cierto, quien controle esa fuente de energía podría hacer funcionar radios, afiladoras, incluso un viejo torno para fabricar piezas de armas. Por eso están dispuestos a arriesgar tanto.
La noticia golpeó a Courtney con la fuerza de un trueno. Llevaban años sobreviviendo a base de generadores precarios, arrancados a tractores y paneles solares rescatados a medias. Una hidroturbina era casi un milagro moderno. Imaginó, por un instante fugaz, un mundo en que podrían tener lámparas encendidas toda la noche, radios emitiendo boletines cada día, y hasta poder mantener operativos los frigoríficos donde guardaban medicinas y alimentos perecederos.
El problema era quién llegaría primero a controlar ese nuevo latido de energía. La miseria había vuelto a los humanos astutos y despiadados; sabía, como todos, que cualquier enfrentamiento por el control de Vernon acabaría con docenas de muertos, muchos de ellos inocentes.
La noche se adensó. Afuera, los aullidos de los infectados y los disparos aislados marcaban el menú de cada madrugada. En su rincón, Courtney repartía turnos de vigilancia y revisaba el pequeño depósito de munición: cinco cajas de cartuchos improvisados, con partes extraídas de viejas armas y polvora rescatada a duras penas. Había aprendido a no desperdiciar un tiro.
Durante la vigilia, pensó en la última navidad antes de la plaga, cuando aún era profesora de literatura en el Downtown Community College y Los Ángeles bullía con luces, canciones y promesas vacías de Año Nuevo. Esa vida era un recuerdo lejano, una historia que contaba por las noches a los niños del asentamiento, como si fuese un cuento de hadas imposible.
Al filo de la medianoche, el vigía de la Torre del Metro –una garita de madera clavada sobre uno de los viejos torniquetes– lanzó la alerta: dos destellos largos y uno corto desde el oeste. Sabían interpretar la señal: saqueadores cruzando el puente de la calle 6. No quedaba más remedio que prepararse.
Courtney armó al grupo de defensa: TJ, Ana y dos adolescentes, Reid y Cassandra. Todo el mundo se calzó las mochilas de emergencia y colocó tapones improvisados en los oídos de los niños más pequeños. Si la incursión era pequeña, podrían resistir en la barricada de la entrada. Si los intrusos eran muchos, la instrucción era clara: evacuar por el túnel hacia el lecho del río, no mirar atrás.
Las primeras sombras llegaron cincuenta minutos después, arrastrando los pies entre la basura, linternas sin luz, machetes oxidándose al sol. Vestían prendas de cuero y chaquetas negras rotas, cubrían sus rostros con pañuelos, como si el anonimato los hiciera menos humanos. Había odio en sus miradas.
—¡No tenemos nada que les sirva! —gritó TJ desde detrás de los sacos de arena, la voz ronca por la tensión—. ¡Busquen en el oeste, aquí sólo quedan niños y abuelos!
Pero sabía que no era cierto. Lo que buscaban era control: cualquiera que dominara el núcleo bajo tierra podía imponer peajes, exigir tributo de comida, armas, mujeres. Cuando uno de los saqueadores disparó al aire, los miembros de la comunidad respondieron con una salva: tres disparos precisos, bien dosificados, hiriendo pero no matando.
La batalla apenas duró un par de minutos, tan breve como brutal. Los invasores no esperaban una defensa firme, y tras dejar a tres de los suyos heridos, se retiraron, maldiciendo por el eco de los andenes.
Cuando la calma regresó, Courtney descendió a la zona de literas y comprobó a los más pequeños: todos a salvo, aunque el miedo seguía palpitando bajo las mantas. “Otra noche más”, pensó, recordando a su madre, que le decía de niña que la vida está hecha de minúsculas victorias cotidianas.
Esa madrugada, entre señales de linterna enviadas y recibidas, la comunidad pactó fortalecerse y mantener el código de alerta activo. Al día siguiente, comenzarían a pintar una nueva serie de placas de señalización para los asentamientos vecinos, y revisarían las rutas al cerro del Observatorio Griffith, ese gran vigía de la ciudad, con la esperanza de hallar nuevas fuentes de alimento.
Noviembre de 2025 terminaría entre reconstrucción, acuerdos mínimos y la lúgubre certeza de que la lucha iba a continuar. Pero Los Ángeles, bajo el peso de sus ruinas, persistía latiendo, esperando el día en que la humanidad, aunque reducida, volvería a intentarlo bajo los focos aún apagados de su ciudad perdida.
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