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Fragmento:


Era una Los Ángeles irreconocible desde la caída. Las autopistas estaban bloqueadas por cientos de carros herrumbrosos, y la icónica silueta de los rascacielos del downtown ahora se recortaba entre columnas de humo y vegetación que había empezado a reclamar el concreto. Los zombis seguían siendo un peligro en muchos puntos, pero los nuevos ejércitos armados –bandas y milicias– eran lo verdaderamente letal para los viajeros.

Duración: 09:57

La ciudad de las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

23 de noviembre de 2026

La primera alerta llegó a la media tarde, entre estruendos lejanos y la estática de la vieja radio de onda corta que mantenía Helen sobre la mesa de operaciones. En el hospital improvisado del este de Los Ángeles, poco quedaba de las antiguas instalaciones médicas. Paredes cubiertas de graffitis y carteles de advertencia, ventanas protegidas por chapas oxidadas, un techo donde todavía rezumaba la humanidad de un mundo anterior. De pie, junto a la colchoneta donde atendía a un joven herido por una trampa, Helen escuchó el mensaje: las hordas se desplazaban hacia el centro, dejando las zonas residenciales relativamente despejadas.

El asentamiento donde vivía –un bloque de apartamentos protegido con escombros y alambre de púas, al que cariñosamente llamaban "El Nido"– vibraba entre la tensión y la esperanza cada vez que una noticia como esa se propagaba. Significaba que era momento de buscar recursos. Nada alimentaba tanto la vida o la codicia como la fugaz oportunidad de explorar vecindarios abandonados.

Helen se lavó las manos, quitándose la sangre del último paciente –un adolescente cuya madre limpiaba las calles como pago a la comunidad– y cruzó los pasillos hasta la sala común. Allí estaban Mónica, la líder de facto del Nido; Shawn, un gigante moreno de voz profunda y mirada desconfiada; y Elena, la encargada de las comunicaciones. Todos discutían el plan que se pondría en marcha tan pronto como la calma fuera confirmada.

Era una Los Ángeles irreconocible desde la caída. Las autopistas estaban bloqueadas por cientos de carros herrumbrosos, y la icónica silueta de los rascacielos del downtown ahora se recortaba entre columnas de humo y vegetación que había empezado a reclamar el concreto. Los zombis seguían siendo un peligro en muchos puntos, pero los nuevos ejércitos armados –bandas y milicias– eran lo verdaderamente letal para los viajeros.

Helen, a pesar de su experiencia médica, se había acostumbrado al rol de exploradora. Su estatura menuda y su determinación la convertían en una adición indispensable para los equipos que salían en busca de medicinas y alimentos. No paraba de preguntarse cuántos rostros familiares quedarían en la ciudad. Hasta hacía un par de años, la mayoría solo trataba de sobrevivir, pero desde que los saqueadores se habían organizado y los humanos se enfrentaban entre ellos tanto como a los muertos, las expediciones eran esenciales y mortales.

—Necesitamos insulina, analgésicos y vendas. —apuntó Helen desde la puerta, entrando en la ya concurrida sala donde cuatro hombres y media docena de niños compartían un plato de arroz y frijoles—. Sin un botiquín entero, la mayoría de nuestros pacientes no pasará la semana…

Mónica la miró con los ojos cansados, oscuros y llenos de una confianza quebrada.

—Esta vez al sur. El hospital de Huntington Park —dijo, y miró a Elena para que marcara el destino en el papel de rutas que colgaba de la pared, un garabato de calles y flechas que cada semana cambiaba como si fuera la piel de la ciudad misma.

—Shawn irá contigo. Tomas a Mark, el chico nuevo. —intervino—. Y cuidado con los del Puente: dijeron que vieron movimiento, pero las bandas de “los Cuerpos” nunca duermen.

Shawn soltó un gruñido, levantando su mochila ya lista. Mark, muchacho pálido y delgado como un tallo, apenas asintió. Helen revisó sus cuchillos, la vieja pistola semiautomática reparada con cinta aislante y un par de vendas de repuesto por si acaso. Se preparó mentalmente: de día, las sombras eran menos abrazadoras en el sur de la ciudad, pero los ecos de disparos y gritos podían atraer a cualquier cosa.

La partida salió en dos bicicletas y una bicicleta eléctrica salvada de las viejas migraciones. Rodaron por bulevares quebrados donde el asfalto estallaba bajo las raíces de los árboles. Las casas estaban abiertas, saqueadas, dejando ver a lo lejos juguetes rotos, muebles derrumbados y ocasionalmente cadáveres irreconocibles, cubiertos por lonas o simplemente expuestos al sol.

Helen recordó los primeros meses, los días de verdaderos horrores al principio de la pandemia zombi. Recordó también a su hermana, perdida en medio de las evacuaciones caóticas cuando intentaban llegar al aeropuerto que nunca reabrió. Al principio, la esperanza era una carga; ahora era solo una pieza más del equipaje de cada día.

Se acercaban al hospital, anticipando lo peor. El Huntington Park, como muchos hospitales de los alrededores, era un enclave temporal y luego un campo de batalla entre bandas rivales. Los zombis allí dentro no les preocupaban tanto, sabiendo que, tras seis años, la mayoría se tambaleaba sin fuerzas o reposaba tiesa. Pero los humanos… esos nunca decaían igual de rápido.

El grupo rodeó la entrada principal, avanzando con cautela hacia el acceso lateral. Primero, un grito bajo, casi un gemido humano. Helen hizo señas y se acercó. Adentro, el hedor era casi insoportable. Avanzaron, uno a uno, con Helen delante, la linterna envuelta en trapos para no atraer miradas indeseadas.

Encontraron los restos de un antiguo enfrentamiento: cuerpos de “los Cuerpos” (los saqueadores que tatuaban líneas en sus mejillas con quemaduras de cigarrillo), destrozados a golpes y cuchilladas, yacían junto a dos cadáveres zombis más antiguos, casi pegados al piso. Muy cerca, el armario de farmacia estaba intacto… pero bloqueado tras una barricada improvisada.

—Shawn, dame un minuto… —Helen examinó la trampa: cable de freno y botellas de vidrio atadas que estallarían al mover la viga. Rápidamente desarmó el mecanismo, mientras Mark vigilaba las escaleras y Shawn la cubría con su rifle.

Acceder al pequeño botiquín fue como recibir una bendición antigua. Había vendajes, una caja de analgésicos y hasta una dosis de morfina. Escucharon un crujido. No era un zombi: eran pasos deliberados, calculados. Helen apenas alcanzó a avisar a Shawn cuando una sombra armada con un machete asomó por la esquina. El ruido de un disparo retumbó en el pasillo, seguido del grito de otro saqueador que huía escaleras arriba. En la oscuridad, Mark temblaba.

—¡Al Nido, ya! —gritó Shawn, y salieron casi a empujones, sabiendo que el ruido traería muertos… o peores.

En la calle, montaron las bicicletas y salieron disparados hacia el oeste, pasando frente a escuelas vacías y mercados saqueados. Atrás, el hospital se llenaba de ecos. Al cruzar la 110, Helen miró la autopista paralizada y recordó viejos paseos en auto con su padre rumbo a la playa. Ahora, las olas eran un sonido fantasmagórico, robadas por el rugido del viento y los ecos de los vivos.

La vuelta a El Nido fue silenciosa. Las patrullas comunitarias les abrieron paso en las barricadas, saludándolos con señales. Dentro, el botín fue recibido como una riqueza inusitada. Los enfermos fueron atendidos rápidamente, y Helen se concedió el lujo de respirar profundo. Afuera, la tarde caía con un matiz rojizo sobre las ruinas, pintando la ciudad con la paleta de un incendio atardecido.

Shawn le ofreció un café –sucedáneo, hecho con raíces y hojas secas– y juntos se sentaron en la azotea: un lugar peligroso, pero el único donde todavía se podía ver el horizonte sin miedo. Desde allí, distinguían la silueta de palmeras sobrevivientes a incendios, las antenas dobladas y, al sureste, el humo lejano de un convoy de camiones que cruzaba la ciudad.

—¿Alguna vez crees que esto acabará? —preguntó Mark, su voz tambaleante pero curiosa.

Helen no contestó de inmediato. Miró la ciudad, pensó en los zombis, en las bandas, los pactos de guerra, la hambruna y los códigos de señales entre asentamientos. Recordó que últimamente llegaban más comerciantes forasteros, que algún líder en South Central había logrado reunir una milicia capaz de limpiar cuadras enteras. Recordó que los niños del Nido, nacidos justo antes del fin, jugaban entre sí como si la infancia fuera una certeza.

—No lo sé —respondió, honesta al fin—. Pero mientras sigamos regresando, mientras alguien pueda decir que queda algo bueno que cuidar… supongo que eso ya es una forma de victoria.

La noche se adueñó del cielo y las estrellas se encendieron sobre las ruinas de la gran urbe. A lo lejos, desde otro bloque, una linterna enviaba señales: breve, breve, larga, breve… “Cuidado”. Los grupos humanos unidos por códigos que mezclaban temor y esperanza.

Avanzaban hacia el invierno, y Helen sabía que cada estación nueva sería una frontera. Los “zombis”, cada vez más listos para ser historia, no eran lo único a temer; la verdadera reconstrucción requería algo más feroz y humano: confianza. Tal vez Los Ángeles, en su eterna mutación, nunca volvería a ser una ciudad luminosa, pero el eco de lo que fue seguía vivo en los supervivientes. Quienes quedaban juntos entre los escombros –pese a todo– constituían el nuevo corazón de una civilización remanente.

Se levantó, guardó el botiquín con sumo cuidado y se encaminó hacia la sala donde el consejo del Nido discutía los próximos pasos. De afuera, de los barrios desolados, aún podría llegar la muerte cualquier noche. Pero al menos ese día, al menos con esos compañeros –Shawn, Mark, Mónica–, la luz rescatada duraría un poco más.

Porque cada noche sobrevivida era en sí misma un pequeño triunfo, una afirmación de que entre las sombras y los rugidos, Los Ángeles seguía luchando, esperando, resistiendo. Y quién sabe… tal vez, algún día, volverían a cantar sobre el sol y las palmeras, y no sobre sangre y pólvora. Tal vez.

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