Fragmento:
Del carro colgaba una bandera blanca improvisada, apenas un trapo sucio izado en un palo de escoba. Henry bajó, con su recién adquirido rango de “Coordinador del Muro Norte”, y cruzó a paso firme la plaza central, que alguna vez fue precisamente eso: una plaza de concreto frente a la iglesia metodista, hoy convertida en sala comunal, enfermería y depósito de semillas. Sabía que debía avisar a Clara, la Jefa de la Guardia.
Duración: 11:43
13 de Noviembre de 2028
El sol se alzaba lento entre los restos carbonizados de lo que algún día fue el Downtown de Los Ángeles, proyectando sombras largas sobre las avenidas rotas y los esqueletos de rascacielos. Henry Ortega, antiguo maestro de secundaria, observaba desde la muralla improvisada del asentamiento lo que quedaba de la autopista 101. Había niebla sobre el asfalto, y entre los vehículos volcados —huesos de acero de un mundo anterior— aún era posible ver cómo el viento jugaba con alguna prenda vieja y deshilachada. A esa hora, el campamento estaba en calma, pero en los bordes de ese silencio crepitaba la tensión cotidiana: la amenaza de los no-muertos se había reducido, pero los humanos —hambrientos, desesperados o crueles— eran el verdadero peligro.
Los asentamientos en el distrito de Echo Park ya sumaban más de seiscientos habitantes, agrupados en cinco cuadras fortificadas con chapas, autobuses volcados y concreto vaciado a mano. Era el fruto del esfuerzo colectivo de los últimos cuatro años, desde que una banda de agricultores y ex-militares expulsara a las últimas hordas de muertos, sellando con fuego y dinamita los túneles del metro. El objetivo era construir una comunidad lo bastante sólida como para repeler a los bandidos y poder permitirse una vida relativamente estable, con cultivos de amaranto, calabaza y remolacha, algunos rebaños de cabras y, desde el pasado invierno, hasta un taller de forja básica capaz de producir clavos y bisagras.
Pero esa mañana había algo distinto, algo amenazando la precaria rutina conquistada con tanto dolor. Henry lo supo nada más ver regresar la patrulla norte con un herido a cuestas. Se encaramó sobre la tronera, oteando el horizonte: una hilera de figuras harapientas avanzaba, arrastrando un carro. Gente, no zombies. Eso lo hacía aún peor.
Del carro colgaba una bandera blanca improvisada, apenas un trapo sucio izado en un palo de escoba. Henry bajó, con su recién adquirido rango de “Coordinador del Muro Norte”, y cruzó a paso firme la plaza central, que alguna vez fue precisamente eso: una plaza de concreto frente a la iglesia metodista, hoy convertida en sala comunal, enfermería y depósito de semillas. Sabía que debía avisar a Clara, la Jefa de la Guardia.
La encontró entre un grupo de adolescentes, organizando el reparto de guardias nocturnas. Clara era de ese tipo de personas que el apocalipsis había cincelado a golpes, y a muchos les sorprendía que con menos de treinta años fuera una mezcla de generala y madre de todos. El extremo de su coleta estaba teñido de rojo, un recuerdo del grupo armado al que alguna vez perteneció, antes de desertar y elegir la construcción frente a la destrucción.
—Tenemos compañía —dijo Henry—. Cinco o seis, quizá más. Vienen del norte, con bandera blanca.
Clara se giró, echó un vistazo rápido al cielo —como quien busca algún signo divino—, y luego a Henry.
—Que nadie ataque primero. Convenio del Valle, ¿recuerdas? Si traen trapo blanco, se negocia antes de disparar. Pero mantengan preparados los arcos.
El grupo de recién llegados fue recibido en la vieja rampa del estacionamiento, justo en la entrada que daba a Glendale Boulevard. Las primeras palabras del líder, un hombre negro de unos cincuenta años, fueron la presentación de rigor: “No venimos en son de guerra. Buscamos intercambiar semillas y herramientas. Estamos dispuestos a hacer trabajo físico.” Tras él, cuatro figuras más, incluido un adolescente con el brazo vendado.
Henry sintió la desconfianza habitual, pero también el alivio discreto de saber que esta vez —quizá— no habría sangre. En noviembre Los Ángeles era todavía tierra de parias; la mayoría de los zombies se habían desplazado tierra adentro, atraídos por manadas de ciervos y mulas que ya no temían a ciudad ni a hombre. Por eso, la supervivencia de los asentamientos dependía más de la inteligencia diplomática que del simple uso de la fuerza.
Durante la inspección, llegó el resto de la patrulla, los arcos armados y el forro de metal improvisado en cada peto y casco del “ejército” local. La negociación se realizó con todos los rituales aprendidos en años de guerra civil: tres guardianes de cada lado, armas al suelo, manos a la vista. El hombre se presentó como Jonas Hensley, líder de la comunidad de Van Nuys.
—Tuvimos problemas con una partida de saqueadores —explicó—. Nos arrebataron el campo sur y ahora llevan armamento automático. No buscamos protección, sólo queremos intercambiar: semillas de zanahoria, algo de cobre, herramientas. Escuché que ustedes tienen tela y miel.
Henry intercambió una mirada con Clara. El verdadero valor ya no era tanto la comida, sino aquellas cosas capaces de prolongar la vida: medicinas, gasóleo, información. Aun así, tela limpia y miel pura eran tesoros.
El intercambio se selló con una comida compartida. El adolescente del grupo visitante mostró su herida, una mordida humana, no putrefacta; “de un bandido, no un zombi”, aseguraron. Clara lo inspeccionó y le preparó una rudimentaria pomada de miel y caléndula. Ese era uno de los ecos más claros de la nueva civilización: la medicina del pasado ahora era una amalgama de saberes tradicionales y supervivencia práctica.
Comieron frijoles, pan de trigo cultivado en rooftop, y tortillas toscas, alrededor del fuego instalado bajo la marquesina de una tienda vieja de electrónica, donde aún colgaban trozos de LEDs y cables enrollados. Nadie mencionó la nostalgia, pero flotaba en el aire; la aroma del café improvisado con bellotas tostadas, la música de fondo de una vieja radio militar soltando los tonos de identificación convenidos entre asentamientos.
Por la noche, Henry registró los intercambios en el libro grande, ese que improvisaron sobre la base de un catálogo de IKEA rescatado del incendio de 2024. Tenía una caligrafía temblorosa, pero ordenada: “13/11/28, Van Nuys — semillas zanahoria (8 g), herramientas x2, cobre (150 g), recibido: tela (30 m) + miel (1.6 L), herida atendida.” Así medían el paso del tiempo: hojas dobladas de contabilidad y relatos breves de quién vivía, quién se marchaba, quién moría.
Durante la guardia de medianoche, Henry se permitió pensar en los relatos que cada día escribían entre todos. En la terraza de la vieja iglesia, convertido ahora en observatorio y puesto de francotirador (aunque solo contaban con dos rifles funcionales), se encontraban basura y reliquias: una foto solarizada de los Ángeles Lakers, la mitad de un disco de vinilo de Bowie, una medalla de natación oxidada. Objetos rescatados por niños durante expediciones, objetos a los que otorgaban un significado ritual.
Abajo, Clara conversaba en voz baja con Jonas. Los dos líderes similares en carácter, opuestos en edad y experiencia, abordaban la única cuestión que realmente importaba: cómo sobrevivir al invierno cercano, evitar el deslizamiento hacia una nueva guerra civil entre comunidades, y preparar la defensa ante las predaciones humanas.
—La radio ha captado rumores —decía Jonas—. Gente del sur está uniendo a los nómadas; dicen que tienen motos, algo de gasolina, un viejo camión blindado. Podrían atacar antes de Navidad.
Clara asintió, y Henry fue anotando mentalmente los puntos clave. Coordinación, vigilancia, alianza. La noche anterior una pequeña caravana proveniente de Santa Clarita había dejado tres niños; los padres asesinados en la frontera este por un grupo que no sabían si era banda predadora o una célula de zombis atrapados entre edificios. El asentamiento debía decidir en asamblea su adopción, una rutina ya casi ceremonial.
La guardia pasaba bajo el halo naranja de las fogatas controladas. Los más jóvenes, adolescentes en su mayoría, hacían relevos entre las azoteas, aprovechando las lecciones de exploradores y militares desvinculados. Lo que importaba ahora no era resistir un asedio zombi —cuya frecuencia había bajado tanto que algunos confiaban en que dentro de una década solo fueran recuerdos— sino mantener la cohesión social, el optimismo y evitar el colapso moral.
En la vieja estación de bomberos transformada en taller, los herreros nocturnos trabajaban redoblado. Un equipo de chicos planeaba una expedición a un depósito de autopartes, donde se decía había cobre, plomo y algunas placas solares. De ese material dependía la fabricación de nuevos hornillos, candelas y primitivos generadores que alimentaban radios y, con suerte, alguna lámpara en las noches más oscuras.
A la madrugada, Henry bajó a la escuela improvisada, situada en el sótano de una casa victoriana. Unas cuarenta niñas y niños se apiñaban en bancos hechos de madera reciclada, durmiendo bajo mantas tejidas a mano. Los libros eran escasos, la mayoría rescatados o copiados a mano. Él y una enfermera de Boyle Heights enseñaban lo que podían: matemáticas, lectura, historia de “lo que fue” y, en especial, habilidades prácticas. Cómo identificar plantas comestibles, nociones básicas de primeros auxilios, ética comunitaria. Todos los días enseñaba un poco de escritura, convencido de que serían los registros, diarios y cuadernos lo que daría identidad y orgullo a la siguiente generación.
Afincado en la tristeza y la esperanza, Henry pensó en sus propios hijos, quienes murieron de fiebre en los primeros meses, y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que el peso del dolor era menos agobiante. Porque veía en esos niños a los portadores de un tiempo nuevo: una memoria no basada sólo en el horror, sino también en la reconstrucción.
En la muralla, Jonas y Clara fumaban tabaco de hoja amarga. Hablaban de rutas de caravanas, del rumor de una nueva comunidad al sur, de la fabricación de pólvora casera y de las reglas del comercio. En cada frase, en cada discusión, el eco de un mundo perdido quedaba más lejos. Los ataques entre humanos se habían vuelto frecuentes: más peligrosos aún, porque los forajidos sabían cómo moverse por la ciudad, conocían bien la red de túneles y accesos por donde alguna vez circularon millones.
Cuando despuntaba el alba, la plaza central recobró su bullicio. Los hornos de ladrillo improvisados cocían pan, las cabras balaban, las primeras filas para el desayuno se formaban bajo la vigilancia de los armados. El trueque seguía, los relatos orales se mezclaban con los gritos de los niños y el zumbido de una sierra mecánica artesanal puesta en marcha a fuerza de pedal. A lo lejos, hacia la amurallada Koreatown, el humo de otras fogatas confirmaba la presencia de comunidades rivales pero vivas.
Henry, de pie sobre la muralla, sintió que cada día era una conquista: el silencio donde antes había disparos, el trabajo donde antes hubo miedo. Los ecos de sirenas y bocinas solo eran recuerdos. La esperanza, ahora, era el sonido de niños corriendo, el foro comunitario, la radio chisporroteando señales, la construcción de herramientas, la siembra en macetas improvisadas donde antes hubo jardines de concreto.
Y en esa esperanza —siempre frágil, siempre acechada por el peligro— Los Ángeles seguía reinventándose, un amanecer a la vez, sobre los huesos de su vieja gloria y las cenizas de la civilización perdida.
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