Fragmento:
La escuela funcionaba como una comuna improvisada. Unas cien personas hacinadas entre los salones y baños, distribuidos según antigüedad —los primeros en llegar tenían derecho a las mejores ubicaciones. No había líderes verdaderos, pero cualquiera quería escuchar a Tommy, el exprofesor de ciencias, cuando hablaba. Decía tener conocimientos de supervivencia; otros simplemente lo escuchaban porque necesitaban creer que la cordura era posible. A su lado, Luz compartía algunos remedios caseros para las infecciones. Decía que el ajo mantenía a los zombis lejos —no era cierto, pero sí ayudaba a la tos.
Duración: 10:51
21 de diciembre de 2020
Las luces de Wilshire parecían colillas mojadas. Un resplandor postizo a punto de extinguirse bajo el peso de la niebla y la muerte. Desde la azotea de la escuela secundaria John Marshall, el centro de Los Ángeles era imposible de ver. Los rascacielos, incluso los que se aguantaban en pie entre el caos, parecían fantasmas bajo el manto denso del invierno. Es difícil decir cuántos cadáveres apilados había bajo aquellas calles, pero en los últimos días comenzaba a oler distinto. Como a carne podrida ardida bajo la escarcha, a quemadura y olvido.
El frío había llegado con violencia. En años anteriores yo me habría quejado porque no tenía calefacción. Ahora, veía el vapor salir de nuestras bocas como una bendición: el invierno hacía a los zombis, esos bastardos, moverse con lentitud y torpeza. La amenaza nunca se iba, pero algo en el hielo los apaciguaba, como si los entumeciera el peso de la estación. Los vivos, sin embargo, no éramos inmortales. El hambre y el frío mataban tanto como las mordidas.
Mi nombre es Rafael Pérez. Tengo treinta y dos años y llevo casi tres meses viviendo en esta escuela. Llegué a fines de septiembre, cuando la ciudad entera colapsó entre los gritos y las carreras, los hospitales ardiendo y el cielo contaminado de humo. Vine porque escuché por radio que aquí había gente fortificando el perímetro; porque nunca fui bueno moviéndome solo entre los carnívoros. Me traje lo que pude a la espalda: una mochila con tres latas de frijoles, una navaja, mi pasaporte español, unos guantes y una cuerda. Todo lo demás lo perdí cuando salí huyendo de mi antiguo departamento en Echo Park.
Lo primero que hice aquella mañana fue revisar el tablón de anuncios en el gran pasillo central. El frío calaba en los huesos y las ventanas cubiertas de cartón hacían poco para impedir el paso del viento. Doce nuevas bajas: seis por hipotermia, tres por infecciones —las heridas nunca sanaban bien aquí— y otras tres, así se decía, por desesperación: tragaron pastillas hasta dormir para siempre. Nadie mencionaba la palabra suicidio, pero todos lo sabíamos.
La escuela funcionaba como una comuna improvisada. Unas cien personas hacinadas entre los salones y baños, distribuidos según antigüedad —los primeros en llegar tenían derecho a las mejores ubicaciones. No había líderes verdaderos, pero cualquiera quería escuchar a Tommy, el exprofesor de ciencias, cuando hablaba. Decía tener conocimientos de supervivencia; otros simplemente lo escuchaban porque necesitaban creer que la cordura era posible. A su lado, Luz compartía algunos remedios caseros para las infecciones. Decía que el ajo mantenía a los zombis lejos —no era cierto, pero sí ayudaba a la tos.
El desayuno consistía en una mezcla de arroz hervido —robado de los víveres escolares— y algunas lombrices listas para freír. Una señora filipina había prometido enseñar a todos cómo pescarlas entre los surcos húmedos del campo de fútbol. Era la única vez que se oía alguna risa en la mañana.
Terminé de beber el agua racionada y me ajusté el abrigo. Había sido elegido como parte de la patrulla de exploración del día. Nos tocaba rastrear los alrededores en busca de comida. Se formaba a puerta cerrada: tres personas por grupo, cada uno armado con lo que hubiera podido conseguir. Yo tenía el bate de béisbol de un estudiante, astillado en la punta pero letal; Marcos —un tipo grande, exguardia de seguridad— llevaba un cuchillo de cocina; Lidia —menuda y rápida como un gato, hija de migrantes coreanos— portaba una barra de hierro. Entre los tres, una mochila vacía y un radio portátil que a veces sólo reproducía estática.
El primer objetivo era el supermercado Vons, en Hyperion Ave. La información más reciente indicaba que aún quedaban latas y bolsas de arroz, pero el camino estaba plagado de obstáculos. Era fácil olvidar que Los Ángeles era una ciudad gigantesca. Ahora, cada metro se recorría con el corazón a punto de saltar del pecho. Las alarmas mudas, los semáforos apagados, los autos con las puertas abiertas y la sangre seca robaban cualquier sentido de normalidad al paisaje.
Caminamos agazapados, con las espaldas rozando las paredes. Las huellas en el lodo mezclado con nieve eran igual de peligrosas que las de los zombis. A veces, otros humanos, desesperados y armados, podían ser peor sorpresa. La vez anterior, una banda de saqueadores nos había robado una caja de agua y dejado a Jerry con una mano rota. Jerry ahora yacía en una camilla improvisada, delirando de fiebre.
El supermercado era un cascarón vacío. Afuera, una hilera de carros de compra bloqueaba la entrada principal. El truco estaba en moverse rápido, sin hacer ruido. Lidia, más ágil, se coló por una ventana lateral. Adentro era un mundo de estantes patas arriba, bolsas abiertas y ratas. El hedor era insoportable. Encontramos seis latas de habas, dos de sopa, y milagrosamente una botella de Pedialyte casi llena. El botín más importante, sin embargo, fue una caja de guantes quirúrgicos: oro líquido frente a las infecciones.
Cuando estábamos a punto de salir, escuchamos pasos pesados por el sótano, justo donde las neveras habían dejado de funcionar desde hacía semanas. El ruido era inconfundible: arrastrado, inhumano, hambriento. Salimos en silencio, pero no lo suficientemente rápido. El zombi apareció, torpe y vestido con lo que otrora fue el uniforme del gerente del Vons; tenía la cara medio arrancada y los dientes dislocados. Fue Marcos quien lo enfrentó primero, con una fuerza bruta nacida del terror. Un golpazo certero en la nuca, otro en la mandíbula, y el zombi se desplomó emitiendo un gruñido gutural. Lidia y yo salimos tras él; sabíamos que no debía hacerse ruido, pero a veces no había alternativa.
Volvimos a la escuela al filo del mediodía. El sol apenas lograba atravesar la capa de nubes sucias, pero nos permitió distinguir una fila de cuerpos congelados en el asfalto de la calle desnuda: zombis que habían caído bajo el frío y el cansancio. Era un recordatorio lúgubre de que la muerte era el destino común y que, si bien los monstruos se ralentizaban con el hielo, la muerte no se marchaba.
Entre los pasillos de la escuela, el ambiente era tenso. A media tarde, Luz reunió a todos para informar sobre la muerte de Sara, una de las niñas pequeñas del grupo. No sobrevivió la neumonía. Su madre, una mujer menuda y desbordada de ojeras, gritaba en silencio. Los otros niños, apenas un puñado, se escondieron bajo los pupitres. Fue entonces cuando Tommy subió a una mesa y habló, intentando insuflar un poco de esperanza.
—El invierno amansa a los muertos, pero nosotros tenemos que sobrevivirlo. Hay que pensar en la siembra, en cómo almacenar comida. Si quieren sobrevivir, esta es la prioridad. Somos los últimos de Los Ángeles. Si alguno tiene semillas, si alguno ha trabajado en un huerto, que lo diga. Hay que ser más inteligentes que el hambre y la carne podrida.
Las palabras pasaron por encima de mi cabeza como un murmullo. Entre los presentes, un anciano se animó a explicar cómo cavar pequeños hoyos para conservar el calor de las raíces y protegerlas del hielo. Alguien más prometió buscar tierra fértil; otro, ofrecer tela para improvisar invernaderos. La promesa de la primavera era demasiado lejana, pero hacía falta creer que llegaría.
Caída la tarde sucedió lo que temíamos. El grupo de saqueadores regresó. Eran cuatro hombres encapuchados, armados con barras y una escopeta oxidada. Querían víveres y medicinas. Sabían que estábamos allí, que no teníamos opción de fuga. Tocaron la puerta con brutalidad, gritando por encima del viento. Tommy intentó negociar, pero en estos tiempos eso sólo era una invitación a la debilidad.
El enfrentamiento fue breve y sangriento. Marcos se lanzó primero, confiando en su corpulencia; recibió un culatazo, pero logró atrapar uno de los brazos del atacante. Lidia, desde una ventana, lanzó una piedra y logró aturdir a otro. Yo, temblando de miedo, apreté el bate de béisbol entre los dedos y me lancé contra el tercero, rozándole apenas el hombro antes de que un disparo resonara en el pasillo. Durante treinta segundos largos, sonó una alarma lejana: alarma o eco, no sé. Todo se volvió borroso.
Cuando recuperé el aliento, los saqueadores huían dejando una estela de insultos y promesas de venganza. Uno de ellos quedó tendido, una herida en la pierna. Luz quiso ayudarlo, pero Tommy lo impidió: “Si lo cuidas, mañana vuelve con más.” Así son las reglas, aquí ya no hay sitio para los pactos. El dolor se calla rápido, porque la muerte ronda en cada recoveco.
Esa noche, la escuela era un mausoleo de susurros. Nadie dormía. Las ventanas temblaban por el viento. Había un silencio lleno de miedo y resignación. La radio escupía estática, de vez en cuando algún balbuceo de Morse. A las tres de la madrugada, mientras limpiaba la sangre de mi chaqueta y envolvía mi bate con cinta para reforzarlo, miré por la ventana hacia las calles en tinieblas. Los zombis apenas se movían; avanzaban lerdos, tropezando con los postes o entre sí. A veces se escuchaba un quejido de los que aún peleaban contra el frío. Pensé que no había visto nunca la ciudad así: detenida, asfixiada bajo la escarcha y el miedo, llena de ausencias.
Pero aún resistíamos. En la mañana, una vieja del grupo se animó a entonar un villancico, en voz baja, apenas un murmullo. Alguien rió por lo bajo. A pesar de todo, la vida se abría paso entre los escombros y las heridas.
Me dediqué a escribir estos apuntes en la parte trasera de un cuaderno arrugado. Notas de un mundo en ruinas para nadie, o tal vez para mí mismo, o para esos niños que aún soñaban con volver a ver el mar.
Porque aún había un atisbo de esperanza, aunque fuera pequeño, enterrado bajo capas de miedo y nieve. Cuando, semanas después, escuchamos por radio que al norte, hacia Bakersfield, una comunidad estaba cultivando papas y zanahorias entre invernaderos improvisados, supimos que tal vez no seríamos los últimos.
Por la tarde, subí a la azotea para ver el horizonte. Bajo las luces mortecinas que aún sobrevivían en la ciudad arruinada, juré que si la primavera llegaba, cavaría mi propio huerto frente al aula de química. Y tal vez, si el invierno no nos devoraba primero, el mundo conocería algo parecido a un nuevo comienzo.
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