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Portada del relato El ocaso de Sunset Boulevard
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Fragmento:


Frente a ellos, Los Ángeles seguía gimiendo. El centro, antes vivo con su tráfico y sus luces, era ahora un páramo gris y frío. Los puentes sobre el río, arenosos, eran como esqueletos gigantescos que nadie se animaba a cruzar de noche. Los supervivientes de la ciudad habían aprendido a esconderse en altura, lejos del alcance de los monstruos y, más importante aún, de otros supervivientes desesperados.

Duración: 10:38

El ocaso de Sunset Boulevard
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Texto de ajuste de pausa.

19 de diciembre de 2020

Los escasos rayos de sol de la tarde caían oblicuos entre el humo y la neblina persistente del invierno angelino, reflejados en los cristales rotos de los rascacielos del centro. La silueta del icónico cartel de Hollywood, a lo lejos, apenas se vislumbraba más allá de la maraña de edificios vacíos y árboles quemados que salpicaban las laderas de las colinas. Los Ángeles era ahora una colección de fantasmas, susurrando en cada rincón, en cada calle vacía, en cada casa que había cambiado las risas por el silencio, la música por el miedo y la prisa por el hambre.

Era el invierno más crudo que se recordaba en décadas, aunque en realidad el frío era más psicológico que físico. La ciudad, que nunca dormía, estaba ahora sumida en un letargo de hambre y miedo. Aquí y allá, entre las sombras, se deslizaban las figuras encorvadas de los que aún respiraban, así como los que ya no, pero seguían moviéndose.

Afuera de la vieja estación de trenes de Union Station, Lara respiró hondo, notando cómo su aliento salía en nubecillas blancas. Llevaba semanas sin cambiarse de ropa; la camiseta de UCLA bajo la chaqueta amarillenta ya no tenía nada que ver con los días de estudiante. Ahora era sólo una capa más entre ella y la muerte. Ajustó la mochila, comprobando por enésima vez que el cierre funcionara bien: adentro estaba su vida, o lo que quedaba de ella. Una linterna, el puñado de barritas energéticas que aún le quedaban, dos latas abolladas de comida para perros, una navaja de bolsillo, algunas pilas y parches de ropa. Y una foto, deslucida y doblada, de su hermano menor.

El ruido era lo peor. Cualquier eco, cualquier chasquido, hacía que su corazón latiera con la violencia de una alarma antiaérea. A esa hora, entre las sombras azules, los zombis apenas se movían. La mayoría, según los sobrevivientes, entraba en una especie de letargo en el clima frío, amontonados en estaciones de metro inundadas o en plazas cubiertas. Pero un puñado de ellos seguía arrastrando los pies, ciegos a la razón, a la vida, al frío.

En el tejado donde Lara pernoctaba con otros seis desplazados, la conversación era casi nula. Nadie tenía ánimo de bromear o soñar. Donovan, el hombre de barba canosa que había sido bombero, revisaba su escopeta por última vez antes de que el sol cayera. Milagrosamente, aún tenía cuatro cartuchos. Había estado ahorrándolos para cuando no hubiera otra opción. A su lado, una joven coreana —Hyeon— reparaba con cinta plateada los agujeros de una vieja lona. Era el único escudo contra la humedad y el viento nocturno. Unos metros más allá, Marta, una costarricense de rostro cuadrado y cabello corto, repartía agua de las últimas reservas que habían conseguido luego de filtrar la lluvia con camisetas y trapos en los días previos.

Frente a ellos, Los Ángeles seguía gimiendo. El centro, antes vivo con su tráfico y sus luces, era ahora un páramo gris y frío. Los puentes sobre el río, arenosos, eran como esqueletos gigantescos que nadie se animaba a cruzar de noche. Los supervivientes de la ciudad habían aprendido a esconderse en altura, lejos del alcance de los monstruos y, más importante aún, de otros supervivientes desesperados.

Lara se giró hacia el oeste, donde la bruma debía ocultar el océano. Alguna vez había soñado con llevar a su hermano a Venice Beach. Ahora el mar era sólo una amenaza: nadie se atrevía a acercarse al puerto, repleto de cuerpos y de animales ferales. Se rumoraba que los barcos llenos de zombis a la deriva tocaban tierra de vez en cuando, desatando nuevas olas de muerte en las playas de Santa Mónica y Long Beach.

—Nos quedan dos días de comida —dijo Marta en voz baja, después de hacer cálculos en una hoja arrancada de una libreta vieja—. Después de eso… solo nos queda rezar para que los patrulleros militares dejen algo en la clínica vieja.

—Patrulleros —espetó Donovan, con una risa sin humor—. Aquellos no han pasado desde antes de Acción de Gracias. O están muertos, o escaparon al desierto.

—O se convirtieron en saqueadores —señaló Hyeon, con amargura. Todos la miraron. Nadie se molestó en contradecirla.

El hambre era un animal en la mente de todos. Las farmacias y supermercados habían sido saqueados hace meses. Ahora solo sobrevivía el que encontraba, mataba o fabricaba. El trueque era la norma, pero en una ciudad donde nadie tenía nada que ofrecer, la violencia era el siguiente intercambio lógico.

Esa noche, Lara se ofreció para tomar el primer turno de guardia. Se sentó junto a la barandilla del tejado, envuelta en la lona, mientras los demás intentaban dormir. Desde ahí podía ver el antiguo letrero de neón de un gimnasio de pilates, aún titilando con la electricidad robada quién sabe dónde. Vio una sombra pasar por debajo, lenta, arrastrando una pierna que parecía astillada. No le quitó la vista de encima hasta que desapareció tras un automóvil volcado.

Cerca de las tres de la mañana, el silencio fue roto por un aullido lejano, desgarrador. No era un zombi. Los zombis rara vez hacían ruido, salvo los gruñidos guturales cuando encontraban comida. Ese grito era humano. Segundos después, otro grito, pero más breve, seguido de lo que parecía un disparo seco. Los pelos de la nuca de Lara se erizaron. No dio la señal de alarma a sus compañeros, pero se mantuvo vigilante, apretando con fuerza la navaja en el bolsillo.

Cuando por fin llegó el amanecer, la ciudad era aún más gris que la noche anterior. Lara despertó a Donovan y juntos bajaron, cuidadosos, por la escalera de incendios. Los cuerpos de los zombis que merodeaban cerca olían a podredumbre y a grasa rancia. Tenían que cruzar la calle para llegar a la tienda de mascotas donde, con suerte, podrían encontrar algo comestible. Donovan iba adelante, fusil en mano; Lara le seguía de cerca, con la navaja lista. La tensión era tal que cada paso les parecía el último.

Al ingresar a la tienda, el hedor de los cadáveres animales les golpeó en la cara. Los estantes estaban destrozados, pero Lara buscó debajo del mostrador y, tras mover una caja rota, encontró dos latas de comida para perros y tres sobres húmedos. Los ojos chispearon con un breve destello de esperanza. Tomó todo lo que pudo y salieron de vuelta al refugio.

Lo que no esperaban era toparse, a dos cuadras de su edificio, con otro grupo. Cinco personas, dos hombres y tres mujeres, todos armados con palos, cuchillos y una pistola vieja que uno de los hombres blandía como si no supiera usarla. Los nuevos intrusos los miraron con esa mezcla de cálculo y desconfianza propia de la era: ni amigos ni enemigos, sólo competencia.

—Es nuestra zona —gruñó Donovan, apuntándolos. El cañón de la escopeta era un argumento, pero no definitivo.

El hombre de la pistola se encogió de hombros.

—No hay zonas —replicó—. Solo sobrevivientes. Igual estamos buscando dirección al hospital. Corría el rumor de que había antibióticos.

—Si hay, ya no queda nada —advirtió Lara, con voz firme—. Y si encuentran medicinas, mucho mejor que las usen rápido. Nadie dura mucho tiempo solo ahí dentro.

Los dos grupos cruzaron miradas durante unos eternos segundos. Finalmente, Donovan bajó el arma, aunque sin dejar de apuntar en general hacia ellos. Los otros se marcharon en dirección opuesta, perdiéndose tras una hilera de árboles mustios. El encuentro recordó a Lara que los humanos, en ese invierno, a menudo eran más peligrosos que los zombis.

El resto del día fue monótono, cruzado por un solo pensamiento: hambre. Marta intentó calentar agua en una lata sobre una placa solar vieja, para cómo suavizar la comida de perro y repartirla entre todos. Hyeon, silenciosa, se dedicó a desinfectar cuchillos y afilar palos. El rumor del mar, a lo lejos, era solo un eco perdido entre los edificios.

A mediodía, los seis se sentaron alrededor de una fogata casi simbólica. Comieron despacio, saboreando cada bocado. Donovan, con voz áspera, habló de las viejas barbacoas en Griffith Park. Hyeon contó cómo su familia había intentado huir en las primeras semanas y solo ella logró sobrevivir. Marta se limitó a mirar el horizonte, perdida en sus propios recuerdos.

Fue entonces cuando Lara decidió que ya no podía vivir solo esperando. Se levantó, cruzó la azotea y miró al sur, hacia el centro de la ciudad. Aún se divisaba la Torre US Bank, aunque sus cristales estaban ennegrecidos por incendios y saqueos. Supo que allí, cuando cayera el atardecer, los zombis se reunirían de nuevo en busca de calor sobre el asfalto y los cadáveres que aún quedaban sin enterrar. Era un ciclo inacabable.

Esa noche, Lara escribió una breve carta para su hermano. No sabía si estaba vivo ni si quedaba esperanza, pero sentía que debía hacerlo.

"Querido Matt,

No sé si esto lo leerás alguna vez. Si lo haces, es porque todo cambió otra vez. La ciudad sobrevivió a huracanes, incendios, disturbios y pandemias. Ahora estamos aquí, luchando por sobrevivir cada día. Si alguna vez vuelves a casa, cuida de no despertar los viejos fantasmas. Los ángeles ya no caen, simplemente desaparecen. Te amo, hermanito. No dejes de luchar.

Lara."

Guardó la nota en una caja de zapatos junto a la foto. Si algún día regresaba, quería que su hermano supiera cómo eran esos días: ni épicos ni valientes, solo llenos de miedo y de esperanza tercamente aferrada.

Al día siguiente, una nevada ligera cayó sobre Los Ángeles. Era casi insólito, pero la naturaleza ahora dictaba nuevas reglas. Al ver los copos posarse sobre los techos, los vehículos abandonados y las palmeras congeladas, Lara sintió por un instante algo parecido a la fe.

El invierno tal vez acabaría por matar a muchos zombis, pero también estaba matando a los vivos. Sin embargo, cada amanecer era una pequeña victoria. Con cada luz del alba, surgía la promesa inverosímil de que, alguna vez, algo nuevo podría crecer entre las ruinas.

Así, entre la niebla y el hambre, bajo la sombra de lo que fue la ciudad de las estrellas, Lara y los suyos resistieron otro día más. No había héroes en el invierno de Los Ángeles, solo supervivientes aprendiendo a vivir con los ángeles caídos y los sueños congelados.

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