Fragmento:
Su guardia empezaba justo al anochecer. A Alicia le correspondía el extremo norte del campamento, junto a la antigua autopista 101. Desde allí, podía distinguir, aún en la penumbra, la silueta ennegrecida del obelisco de Hollywood, con la colina medio arrasada. Nadie se acercaba a esa zona salvo bandas o algún loco cazador de recuerdos. Se decía que los túneles bajo el Griffith Park estaban repletos de cadáveres demasiado descompuestos para volver a alzarse, y que en algunas noches los aullidos aún reverberaban como rezos de condena.
Duración: 12:38
4 de Noviembre de 2027
El cielo tenía un color plomizo, como si Los Ángeles hubiera olvidado cómo ser dorada. El atardecer apenas lograba traspasar la cortina gris de polvo y ceniza que flotaba perpetua, producto de los pequeños incendios que aún ardían en zonas de la ciudad antaño glamorosa. Ya no quedaba glamour. Los carteles arrancados y los neones rotos eran testigos de un mundo que pertenecía a los libros de historia, pero Alicia nunca había sentido tanto miedo al mirar arriba; las nubes bajas eran como una tumba para el sol.
Alicia ajustó el pañuelo que llevaba atado al cuello. La radio a pilas que usaba para las guardias nocturnas había soltado algunos crepitantes anuncios durante la mañana: los puestos de intercambio al este del Downtown volvían a funcionar tras una tregua, y un convoy de fresno debía dejar mercancía en el antiguo centro comercial de Glendale. La vida se había convertido en una rifa diaria, un trueque de costumbres y peligros, pero era una rutina que Alicia, después de casi ocho años de pesadilla, había aprendido a respetar.
El asentamiento que llamaba hogar ocupaba ocho manzanas entre Silver Lake y Echo Park. Años antes, intentar controlar ni siquiera una calle entera era impensable; ahora, con los zombis debilitados y las milicias locales organizadas, los muros formados por autos, camiones volcados, y paneles de metal reciclado marcaban una frontera sólida frente al caos. Del otro lado, la ciudad era un océano de edificios saqueados donde aún podían vagar muertos y vivos por igual, ambos igual de peligrosos.
Su guardia empezaba justo al anochecer. A Alicia le correspondía el extremo norte del campamento, junto a la antigua autopista 101. Desde allí, podía distinguir, aún en la penumbra, la silueta ennegrecida del obelisco de Hollywood, con la colina medio arrasada. Nadie se acercaba a esa zona salvo bandas o algún loco cazador de recuerdos. Se decía que los túneles bajo el Griffith Park estaban repletos de cadáveres demasiado descompuestos para volver a alzarse, y que en algunas noches los aullidos aún reverberaban como rezos de condena.
La rutina de la guardia era simple: revisar que las baterías de los faroles solares estuvieran cargadas, repasar el cuchillo en la bota, y mantener la escopeta a mano, por si algún grito rompía la normalidad. Años atrás, el miedo más grande era a los zombis. Ahora, después del primer brillo de recuperación y las primeras alianzas regionales con ejércitos propios, el mayor riesgo había pasado a ser una incursión humana. Saqueadores, fanáticos de alguna secta activista que pregonaba el fin del mundo, bandas de nómadas que vivían de arrebatar lo poco que los demás conseguían.
Esa noche, un viento agitaba las lonas del refugio improvisado de vigilancia. Alicia comprobó por enésima vez el cierre de su abrigo. Sabía que no tendría mucho frío; el invierno en Los Ángeles rara vez era inclemente, y además los fuegos de bidón ayudaban a entretener el calor y la memoria. Pero a veces, cuando el viento venía del este, llevaba consigo el olor agrio de la descomposición, un recordatorio sobrenatural de que la plaga aun acechaba en lo profundo de la urbe.
Del otro lado de la barricada, un anciano y una niña intercambiaban víveres por un bote de gasolina. Era común ver a las familias fragmentadas aparecer cerca de la entrada principal. Gente solitaria, cargando sus pertenencias en carritos de supermercado. Nadie se acostumbraba del todo a los nuevos impuestos de la supervivencia; la desconfianza era la moneda corriente, pero a la vez el trueque alimentaba la esperanza de pertenecer, aunque apenas fuera una tarde ahí dentro, al grupo que tenía más suerte.
El asentamiento de Silver Lake tenía un consejo de ancianos, y una milicia, ambos cuidados con celo. Los acuerdos con comunidades vecinas eran respetados, y nadie portaba armas de fuego dentro del muro sin autorización especial. Había pequeñas huertas, algunas cabras y gallinas. En las mañanas, el improvisado mercado rebosaba de lechugas y coliflores cosechadas de los jardines que años antes apenas daban flores decorativas. Parecía otro mundo, otro tiempo, pero en cada encuentro entre desconocidos se percibía la fragilidad del pacto: bastaba una chispa para que el miedo ganara.
Alicia aun recordaba el día en que todo empezó. Era apenas una joven estudiante de diseño gráfico, y trabajaba sirviendo café en una franquicia dentro de West Hollywood. En cuestión de semanas, el refugio de su familia en Boyle Heights se volvió una ratonera, y luego pasaron a campamentos, a edificios ocupados, hasta encontrar aquí su pequeño oasis. Su grupo incluía a dos de sus hermanos, la vieja tía Marcia, y algunos amigos de la infancia, sobrevivientes a una primera ola brutal de violencia. Ahora, sobrevivir no solo era resistir: era reconstruir, hacer memoria y tratar de no convertirse en parte del pasado.
Esa noche, cuando el cielo adquirió la tonalidad violeta de las peores tardes californianas, un mensaje recorrió la barricada. Un grupo había sido avistado en Vermont Avenue, cerca del cruce con Melrose. Nadie estaba seguro si eran mercaderes o bandoleros, pero la consigna era clara: cautela y, sobre todo, evitar cualquier provocación. Los recuerdos de una emboscada reciente estaban frescos. Varios campesinos de Burbank habían caído presas de una partida armada dos semanas antes.
En la atalaya, Alicia se encontró con Arturo, el jefe de guardia, que le ofreció café tibio. —Mala noche —murmuró él, mientras le indicaba con la barbilla una silueta que bajaba por la autopista—. Dicen que vienen del sur, que los echó una horda. Alicia no necesitaba buscar el binocular: sabía que la carretera era un imán para desgracias.
—¿Han pasado ya por la otra entrada? —preguntó Alicia, aspirando el vapor del café como si fuera un talismán.
—Nadie seguro. Solo parecían moviéndose a pie. Puede que quieran intercambiar —respondió el jefe de guardia—. Si preguntan por refugio, ya sabes el protocolo. Ojalá esta vez haya suerte.
Sabían todos que la suerte era un concepto ambiguo. Podía significar que el grupo pasara de largo, o que simplemente tuvieran la decencia de negociar sin balas de por medio. Desde la instauración de alianzas regionales, algunos pactos habían logrado evitar masacres abiertas, pero la ciudad aún era un tablero donde una mala decisión podía costar muchas vidas.
Arturo se marchó rumbo al portón principal. Alicia quedó sola en la vigilancia norte, observando cómo la vida seguía temblando, aferrada a la miseria y al instinto. Recordó la vieja vida: conciertos en el Greek Theatre, picnics en Elysian Park, el perfume de churros fritos durante los festivales callejeros. Ahora, todo aquello era un espejismo, perseguido a veces en sueños, más vivo cuanto más lejano.
Un grito la sacó de sus pensamientos. Varios guardias respondieron encendiendo linternas. Alicia saltó la barricada y se dirigió al punto de alarma, flanqueada por los muros de lámina y alambre de púas. La fuente del tumulto era una figura solitaria, una joven de unos veinte años, harapienta, descalza excepto por vendas sucias, que sostenía en brazos a un niño pequeño. Ambos estaban tan cubiertos de mugre y polvo que apenas parecían humanos.
—¡Ayuda! —gritaba la joven—. ¡Por favor, son decentes? ¡Zombis… hay una horda allá atrás, por Melrose!
La tradición dictaba prudencia. Primero, se hacían preguntas; luego se revisaba si el recién llegado estaba herido o infectado. Si dudaban, lo aislaban durante días, a veces a la intemperie, hasta asegurarse de que no era un portador. Lo último que necesitaban era un brote en plena zona segura.
Alicia se acercó, echando mano a las instrucciones que había repetido decenas de veces: voz firme, pero compasiva, sin bajar la guardia. —Detente ahí, no te acerques más. Dime tu nombre, ¿estás lastimada?
La joven, de rasgos latinos, temblaba de miedo. El niño balbuceaba algo incomprensible, aferrado a una muñeca sin cabeza. —Rita. Yo soy Rita. No… no estamos mordidos. Estuvimos escondidos en un túnel… vi la caravana de luces, pensé… —sollozaba.
Arturo llegó por detrás con otros dos hombres. Revisaron a Rita y al niño con cuidado, registrando brazos, piernas cuellos. Solo habían sido golpeados y raspados, no había signos de mordedura, ni fiebre evidente. Pero los temblores y el grado de fatiga eran inconfundibles: estaban muy cerca del colapso.
Se decidió al momento. Serían llevados al hospital de campaña, una improvisada sala de curas montada en lo que una vez fue un restaurante vegano. De inmediato, Alicia notó la tensión en el ambiente. Unos querían ayudar, otros temían que fuera una artimaña. Por costumbre, catalogaron todos los objetos que traían: una botella de agua sucia, un libro infantil, un mapa de la ciudad dibujado a mano. Lo más importante, una placa de cobre grabada con un símbolo: la cruz del consejo regional de la zona oeste. Un aviso tácito: esta gente venía de territorio aliado, o al menos eso decían.
Mientras Rita y el niño eran escoltados, Alicia volvió a su puesto. La noche se tornó más espesa con cada minuto; parecía que el reloj avanzaba en cámara lenta. Desde su atalaya, veía cómo las luces de los faroles arrancaban relieves fantasmales en los rostros de los centinelas.
Las horas transcurrían lentas en la ciudad amurallada, pero cada una era un triunfo. Habían pasado años desde los días en que el campamento era una simple barricada, y ahora el grupo tenía recursos: agua de pozo, pequeños cultivos, sistemas de alerta. Había hasta planes para tratar de reactivar una micro hidroeléctrica al norte, cerca de San Fernando, para alimentar algunos focos más. Era poco, pero suficiente para alimentar la esperanza.
Desde las ruinas de un viejo edificio acristalado, Alicia divisó una columna fantasmal en el horizonte; una horda cruzaba el antiguo Hollywood Boulevard. A la distancia parecían manchas oscuras flotando; sabían que los zombis más antiguos apenas podían caminar, pero grupos grandes podían tumbar un muro si no se estaba preparado. Las alarmas sonaron a lo lejos. Todos sabían que el ciclo nunca terminaba: el peligro humano alternaba con el peligro zombi, pero ahora al menos podían organizarse para sobrevivir.
Al amanecer, el humo de las hogueras perfumaba el aire con nostalgia y desvelo. El consejo se reunió en la plaza central, y la comunidad entera se congregó en torno a Rita y su hijo. Contaron su historia: cómo huyeron de una banda de nómadas, cómo se ocultaron en sótanos, cómo el niño sobrevivió días alimentándose solo de galletas viejas. Lloraron, y hubo quien rió, porque la risa todavía era posible, como una pequeña venganza contra un mundo que los había despojado de casi todo.
El sol, aunque débil, calentó por fin el concreto de la barricada. Los sobrevivientes de Los Ángeles organizaron una pequeña feria: alguien vendía café hecho con raíces molidas, otros intercambiaban libros viejos, ropa de segunda, semillas de frijol y coliflor. Un grupo trajo naranjas rescatadas de un viejo invernadero en Pasadena; fue un banquete. Alicia pensó en lo lejos que habían llegado.
Los niños jugaban a las escondidas entre carros oxidados, e incluso alguien comenzó a entonar una canción tradicional, reviviendo brevemente el espíritu festivo de otros tiempos. Alicia sintió el impulso de bailar, pero se contuvo. Lo haría, pensó, cuando su hermana regresara de la misión de intercambio al otro lado de la ciudad —cuando, de verdad, pudieran olvidar aunque fuese por una tarde que el mundo seguía herido.
A lo lejos, las columnas de humo señalaban nuevos peligros o nuevas oportunidades. La vida era un péndulo entre la esperanza y el miedo, pero Alicia sonrió. En Los Ángeles, incluso bajo un cielo plomizo, los sobrevivientes seguían encontrando motivos para levantarse una vez más.
Quizá el viejo mundo era un mito, como tantos decían ya; pero aquí, entre los muros de hojalata y los jardines improvisados, la nueva ciudad comenzaba a latir, con sus propias luces, sus propias reglas, su propia y valiente memoria.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.