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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Luces Rojas en Sunset Boulevard
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Fragmento:


Curtis y Lya eran dos de los más capaces: curtidos, callados, de esos que habían aprendido a hacer el trabajo sucio cuando les tocó ejecutarlo con vecinos, no con monstruos sin alma. Han pasado ya varios inviernos desde la caída de la ciudad. Los niños —siete en total, el más pequeño de apenas dos años, el mayor de trece— se habían vuelto sombras silenciosas en las noches; ninguno lloraba sin motivo, ninguno exigía juguetes ni explicaciones.

Duración: 10:22

Luces Rojas en Sunset Boulevard
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2022

Los Angeles ya no era una urbe. Quienes habían llegado a llamar ciudad a esa colmena de luces y concreto, no la reconocerían en el noviembre de aquel año. A ratos, el smog seguía tapando el cielo, especialmente en las madrugadas, pero ahora era un respiro: los incendios en las colinas ya no atraían a turistas, sino a los hambrientos y a los desesperados. Los sobrevivientes los veían como señales. Para algunos, era un recordatorio de todo lo que se había perdido; para otros, la esperanza de que el fuego limpiaría lo que la plaga todavía no consumía.

Cuando el reloj solar del patio del observatorio Griffith arrojó una sombra oblicua y fría ese lunes, Megan Lamont bajó la mira de su rifle y dejó la entrada principal. Llevaban semanas sin ver movimiento zombi durante el día por esa zona. Las recientes noches de luna llena solo trajeron a un par de “muertos lentos” —así los llamaban ahora, aunque aún nadie se arriesgaba a dejar de hacer guardia—, y uno de los guardias los remató en dos disparos secos.

Megan no era jefa ni líder nata, pero sí era la más vieja del grupo; tenía treinta y ocho años y la costumbre de tomar decisiones que no gustaban a nadie, aunque luego resultaban indispensables. Desde hacía semanas, el observatorio era el centro del asentamiento. Les servía como refugio y punto de vigilancia. El domo, con sus gruesos muros de hormigón, había resistido los primeros saqueos en los días del pánico; ahora, con tablones, puertas de metal y una colección absurda de muebles robados de residencias de La Cañada, parecía un castillo improvisado.

Unos cuarenta sobrevivientes vivían —o, como prefería pensar Megan, persistían— allí. Se turnaban para buscar comida, agua y piezas de maquinaria que pudieran reutilizar. Aquel noviembre, la escasez se había vuelto crítica. Los refrigeradores dejaron de funcionar hacía un año; la leche, la carne y cualquier otra cosa perecedera era más valiosa que el oro. Así que la mayoría vivía de latas abiertas a martillazos, un par de zanahorias cosechadas a duras penas en un jardín improvisado, y el agua que almacenaban cada vez que alguien conseguía excavar un metro más en el suelo del parque.

—¿Ves algo? —le susurró Jorge, acercándosele con paso cauteloso por el pasillo exterior—. Hay movimiento abajo, cerca del acueducto. ¿Enviamos a alguien?

Megan asintió. —Avisa a Lya y Curtis. Mantengan a los niños adentro. Si son saqueadores, nos quedamos callados. Si son zombis, ya sabes qué hacer.

Curtis y Lya eran dos de los más capaces: curtidos, callados, de esos que habían aprendido a hacer el trabajo sucio cuando les tocó ejecutarlo con vecinos, no con monstruos sin alma. Han pasado ya varios inviernos desde la caída de la ciudad. Los niños —siete en total, el más pequeño de apenas dos años, el mayor de trece— se habían vuelto sombras silenciosas en las noches; ninguno lloraba sin motivo, ninguno exigía juguetes ni explicaciones.

Ese día, como casi todos en el Griffith, comenzó con la recogida de agua condensada por las noches en viejas lonas puestas sobre troncos triturados. Inmediatamente después, los expedicionarios salían en pequeños grupos para rastrear el vecindario. El eco de disparos —lejanos o cercanos— aún era frecuente a esas alturas. No solo los muertos caminaban: en el Hollywood abandonado, los “vivos” eran igual de peligrosos.

Megan observó desde una rendija entre las tablas de la cúpula. Dos figuras humanas avanzaban desde la dirección del Acueducto de Los Angeles, bajando con cautela por la pendiente. Iban encapuchados y cargaban morrales grandes. Caminaban como gente cansada, no arrastrando los pies con el letargo inconfundible de los infectados.

Jorge hizo una seña: espera.

El grupo de Megan sabía cuándo abrir fuego y cuándo esconderse. Rompiendo la rutina, la puerta lateral emitió dos leves golpecitos, la señal convenida para “peligro humano cerca”. Todos, de inmediato, se replegaron hacia el salón principal. Allí, bajo la gran bóveda estrellada (que ya era apenas un mural astillado), esperaron en silencio.

Después de media hora, una voz femenina emergió desde la pendiente. —¡Venimos en paz! ¡No estamos infectados! Solo queremos hablar!—.

La voz era ronca pero clara, acento angelino, la clase de tono que uno imagina al otro lado de las ventanillas antirrobo en una gasolinera nocturna. Megan se asomó de nuevo y pudo ver una bandera blanca improvisada —un trapo de cocina, manchado pero limpio.

—¿Le crees?—susurró Lya, tensando la ballesta con las manos llenas de cicatrices.

—No, pero eso no cambia nada. Si son limpios y tienen algo para intercambiar, los recibimos. Si no… —hizo un gesto rápido, como quien aparta una piedra del camino.

Durante años, el truque era el corazón de lo que quedaba de la vida en Los Angeles. Nadie confiaba ya en el papel moneda: solo comida, medicinas, munición, herramientas o, a veces, información. Megan miró a Lya y asintió.

Como guardianes de un tesoro invisible, bajaron a la entrada sudeste. Allí, Megan dejó claro el protocolo: los visitantes debían dejar armas, mochilas y todo objeto sospechoso en la línea blanca, pintada hace meses con la última lata de esmalte sobreviviente. Nadie cruzaría el umbral del observatorio sin que antes les hicieran una rápida revisión.

Los forasteros aceptaron. Eran una pareja de mediana edad, Ron y Elisa, antiguos empleados de una biblioteca en San Fernando. Traían consigo seis latas de atún, ibuprofeno vencido, dos mantas limpias… y un paquete pequeño de semillas envueltas en papel encerado.

Las semillas valían más que cualquier otra cosa.

—¿Cuánto por el lote? —preguntó Jorge, mientras un viento frío agitaba los árboles muertos detrás de las rejas del parque.

—Comida, sobre todo. Agua, si pueden —respondió la mujer—. O… información. ¿Hay forma de llegar a Pasadena sin topar con las rutas nómadas? Nos dijeron que ustedes saben por dónde cruzar los túneles.

Jorge miró a Megan, que le devolvió la mirada con una leve negación. Nadie daba rutas a extraños, aunque ahora la información podía valer más que la propia vida. Riñas recientes causaron masacres, secuestros, y la regla era: “apareces con un extraño, mueres con un extraño”. Esa ley nunca estaba escrita, pero todos cerraban las puertas antes de que prosperaran los lazos peligrosos.

Finalmente, tras una negociación áspera y tensa, Megan cedió un pequeño frasco de gotas potabilizadoras y dos bolsas selladas con vegetales deshidratados, a cambio de las semillas y dos de las latas. No hubo apretones de mano, solo miradas rápidas. Los forasteros se marcharon sin hacer preguntas.

Ya entrada la tarde, mientras el sol caía tras un horizonte contaminado y mutilado, Megan se permitió un respiro en el mirador. Pensó en las historias que todavía circulaban, a través de viejos walkie-talkies, entre asentamientos igualmente desgastados. Casi todos los grupos tenían la esperanza —o el delirio— de que algún día podrían empezar a plantar algo distinto a chayotes y papas mal lavadas. ¿Podrían esas semillas ser la diferencia entre la vida o el olvido?

Mientras, en lo alto del parque, un grito nervioso sacudió la rutina. Era Lya, bajando de la vieja torre de vigilancia.

—Tres zombis por el lado de Vermont. Uno chiquito.

El grupo reaccionó con mecánico agotamiento. Era trabajo sucio, pero habitual. Sin perder el tiempo, Curtis y Jorge salieron con lanzas improvisadas, ocultos tras tablones móviles. Desde hacía meses evitaban disparar, salvo que fuese absolutamente necesario. Los disparos llamaban a los vivos y a los muertos por igual. El silencio era el mejor aliado, así decían los que seguían respirando.

Esa noche, mientras el grupo se resguardaba tras las puertas reforzadas, Megan organizó el recuento de los víveres y puso las nuevas semillas en una pequeña caja de hojalata, guardada junto a los libros rescatados de una biblioteca incendiada. En la oscuridad, el asentamiento se unió alrededor de la radio de baterías, esperando la voz de alguna otra comunidad. A veces, a esa hora, miles de millas al este, alguien contestaba. No esta vez. El aire estaba solo lleno del zumbido distante de generadores y el eco ronco de camiones oxidados.

Afuera, la ciudad herida seguía cubierta de humo, los restos de la rica Los Angeles convertidos en ruinas y memorias quebradas. Al sur, los rascacielos todavía resistían el embate de décadas, pero sus ventanales rotos reflejaban solo la luna y el fuego de los campamentos dispersos. El eco aún traía el rugido lejanísimo del mar, y los astros —los pocos que sobrevivían cada noche al humo— permitían pequeños gestos de esperanza. A la mañana siguiente, Curtis trajo noticias: en Silver Lake, una patrulla rival había saqueado una granja improvisada de un grupo amigo, llevándose incluso las herramientas.

—Ya no sólo los muertos caminan —rezongó él—, los vivos se comen entre sí.

Megan no replicó. Sin embargo, esa noche, cuando arropó a los niños en una tienda armada dentro del gran vestíbulo, les contó una historia que ya nadie recordaba: sobre un Hollywood dorado, un desfile de estrellas y la fabulosa última función. Nadie pidió un final feliz, pero algunos de los más pequeños la escucharon hasta dormirse sobre las alfombras raídas.

En la Los Angeles de ese noviembre, las historias eran el verdadero alimento, y las semillas, la verdadera esperanza. Porque mientras hubiera alguien capaz de proteger, recordar y plantar, tal vez, sólo tal vez, la ciudad tendría futuro.

Al amanecer, Megan subió al techo, divisó la ciudad y murmuró:

—Nadie volverá a llamarte “ciudad de los ángeles”, pero tal vez, sólo tal vez, volverás a ser un hogar.

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