Fragmento:
Desperté por el estruendo de un camión reparado: los “recuperadores” regresaban del paseo nocturno por el viejo Downtown; traían desperdigadas cajas de medicinas oxidadas, alguna batería de coche y, milagro, un par de bidones de gasolina. El motor traqueteó hasta morir frente a la iglesia, reconvertida en cuartel y mercado. Algunos niños, casi todos huérfanos, salieron a rodear la camioneta con la curiosidad desconcertante de quien no ha visto otro mundo. Un hombre, Milton, me saludó con el brazo desgarbado de siempre. Sobrevivió a dos emboscadas en Sepúlveda y un disparo de zombi el año pasado. Lo admiro como uno admira a una roca en medio de un río, indiferente y necesaria.
Duración: 12:06
8 de enero de 2028
Día 1
El día ha comenzado antes que el sol, como sucede desde que todo cambió, pero este 8 de enero me ha dejado helado hasta los huesos, igual que aquellos inviernos cuando todavía la electricidad recorría cada calle. Grabé mi nombre sobre el muro nuevo apenas levantado en la Plaza Pershing: Daniel Romero, 44 años, habitante de Nueva Los Ángeles—eso solemos llamarle ahora, como si renombrarla pudiera limpiar la podredumbre de sus entrañas. Es solo una costra sobre la ciudad que fue, con su mielina de esperanza a punto de descascararse.
Desperté por el estruendo de un camión reparado: los “recuperadores” regresaban del paseo nocturno por el viejo Downtown; traían desperdigadas cajas de medicinas oxidadas, alguna batería de coche y, milagro, un par de bidones de gasolina. El motor traqueteó hasta morir frente a la iglesia, reconvertida en cuartel y mercado. Algunos niños, casi todos huérfanos, salieron a rodear la camioneta con la curiosidad desconcertante de quien no ha visto otro mundo. Un hombre, Milton, me saludó con el brazo desgarbado de siempre. Sobrevivió a dos emboscadas en Sepúlveda y un disparo de zombi el año pasado. Lo admiro como uno admira a una roca en medio de un río, indiferente y necesaria.
Volví a mi improvisado refugio, el piso alto de una lavandería encrustada en Koreatown; desde ahí, a través de un ventanal medio cubierto de periódicos descoloridos, veo la ciudad convertida en fortín. No hay semáforos, pero curvas de neón aún cuelgan inútiles sobre avenidas donde los coches no corren, tan sólo carros tirados por mulas. Desde aquí se observa la Plaza MacArthur, ahora repleta de huertos elevados y barricadas hechas con restos de parquímetros. La civilización defendida a base de alambres de espino y turnos de vigilancia.
Lucía, mi compañera de pesares, llegó con pan recién horneado; lo había conseguido a cambio de un paquete de clavos que encontró en una farmacia derruida. El pan es pesado, denso, casi piedra, pero supe que era luz en mi mañana. Charlamos poco y en voz baja; el recuerdo de la última incursión y la muerte de Brian —una mordida mientras revisaba los túneles de metro— sigue tensando el aire entre nosotros. La muerte en Los Ángeles ha perdido el glamour de las estrellas: ahora es hedor y ojos vidriosos.
Día 2
Hoy, antes del amanecer, salí con la patrulla del este. Deambulamos por Sunset Boulevard, custodiados por dos perros entrenados, nuestra más reciente y preciada posesión. Uno de ellos, Pancho, gruñe cada vez que hueles algo podrido: es nuestro detector de muertos. Recorremos edificios antes habitados por millonarios, convertidos ahora en fortalezas para grupos paramilitares o, peor, en nidos para lo que queda de los zombies.
La ciudad en 2028 es un mosaico de poderes, milicias de ex policías y bandas de asaltantes. El año pasado, la Hermandad del Río capturó varios campos y cobra peaje por cruzar los puentes sobre el LA River. Nosotros, la Comunidad de Koreatown, seguimos medianamente a salvo porque supimos aliar a los granjeros de Pomona y a los técnicos de Westlake. Sin radios militares, transmitimos señales en lenguaje de linternas y con banderas. Hace unos días recuperamos un transmisor pequeño y alguien —una mujer de voz grave y acento sureño— anunció por las ondas cortas: “Hermandad no disparará a quien lleve bandera blanca y pan para intercambiar”. Quién diría, hace una década, que la paz se redactaría con migas y gestos.
Mientras avanzamos, una columna de humo dibuja el aire sobre lo que fue el Museo de Arte. Ahí hubo una batalla, las esculturas caídas como soldados. Y en las esquinas más duras, marcas de pintura roja avisan: “ZONA LIMPIA”, pero todos sabemos que nada es permanente, ni siquiera esa limpieza amarga. La memoria de los viejos incendios aún flota en el aire, mezclada con el perfume rancio de la podredumbre humana.
Regresamos con un carretón lleno de vigas y un cochecito oxidado con latas abolladas. Una mujer joven, cerca de USC, lloró al vernos armados, suplicando que no le quitáramos a su hija. Ofrecimos asistencia; ella apenas aceptó un trozo de pan, desconfiando, temblorosa. Así viven muchos aquí, desconfiando de todo, incluso de la esperanza.
Día 3
Pasé la mayor parte del día en el taller recopilando herramientas viejas. Miguel, el herrero improvisado, ha puesto en funcionamiento una pequeña fundición de metales a partir de piezas de autos viejos y restos de una cerrajería saqueada. Me maravilla la capacidad de crear de la gente cuando todo parece perdido. Miguel logró reparar una vieja escopeta. Le pusimos por nombre “La Quotidiana”, porque es la única que disparamos ya sea para cazar o espantar caminantes en la noche.
No puedo evitar pensar en cómo se está criando la nueva generación. A los niños les enseñamos a usar hondas casi antes que a leer y escribir; sólo algunos, afortunados, desgranan palabras en los tablones-escuelas del barrio. Hoy vi a Sofía, de ocho años, trenzando trampas para ratas junto al abuelo Chang. Me contó con seriedad de adulta cómo rastrear los túneles pluviales sin terminar comido. Los dibujos que hacen los más pequeños son paisajes de alambre, caballos desnutridos y siluetas anónimas aplastando zombis con mazos. No hay princesas ni superhéroes.
A mediodía llegó una caravana desde el sur. Había un doctor, Ethan, venido en mula desde Long Beach. Traía tiras de antibióticos y un fajo de semillas secas. La bienvenida fue solemne, casi sagrada. Conversamos de los rumores: en Pasadena aseguran que han recuperado una vieja antena y que una banda organizada de saqueadores ha sido derrotada en Glendale. También dicen que los viejos cines de Hollywood Boulevard comienzan a usarse como refugios y para pequeñas ferias de trueque, aunque algunos aún temen ser devorados al salir de noche.
Día 4
Hoy el frío cedió por unas horas y subí al techo a observar el atardecer. Desde aquí Los Ángeles parece haberse detenido en un eterno crepúsculo, una herida abierta tapada por una leve costra verde de cultivos urbanos. Los edificios altos lucen cicatrices: incendios, disparos, grafitis de advertencia, y a veces, sólo a veces, banderas pintadas a mano con mensajes de resistencia. “No pasaran”, se lee sobre la vieja oficina municipal convertida en torre de vigilancia.
En la mañana ayudé a Lucía con el riego de los cultivos. El agua es oro: la almacenamos en bidones que antes contenían detergente, la salinizamos con métodos que aprendimos de viejos manuales encontrados en la biblioteca central. En otra vida fui oficinista, de saco y corbata, y ahora me sorprendo identificando hojas sanas de tomate y hablando de estiércol con ligereza.
A media tarde hubo una alerta: una columna de zombis fue avistada bajando por la autopista 110. Tocaron la campana de la iglesia—tres veces para amenaza mortal—y en minutos todos los aptos estábamos en la muralla armados de palos, hondas y los pocos revólveres que quedan. Vimos avanzar la horda, lenta, tambaleante, desordenada. Parecen menos peligrosos que antes, más desgastados, pero basta una mordida y te conviertes en uno de ellos. El combate fue rápido, casi rutinario. Los niños miraban desde los tejados; algunos mostraban una mezcla de miedo y aburrimiento. Después, recogimos los cuerpos y los quemamos lejos del agua potable.
En la noche, hubo cena comunitaria. Sopas, pan y una ración ínfima de carne donada por la última cacería de jabalíes en lo que era Griffith Park. Alrededor de la hoguera, algunos recordaron viejas canciones en español, improvisaron versos y hasta invocaron con nostalgia los tacos al pastor. Esa memoria nos mantiene unidos. Nadie habló de Hollywood, de la fama, de los sueños truncados. Nuestro sueño consiste en cerrar bien la puerta cada noche y despertar nuevamente vivos.
Día 5
Hoy llovió en Los Ángeles. Es raro casi milagroso; hace años aquello revelaba tráfico y autoengaños de ciudad moderna, hoy es motivo de fiesta. Salimos con baldes, recogimos el agua en improvisados embudos de canaleta, celebramos cada litro como si llegara oro. Los niños bailaron bajo la lluvia, completamente ajenos a todo miedo. Lucía atrapó a Isabel, de cinco años, con una manta y la cargó adentro riendo. Era la risa de quienes hace mucho no sabían reír.
Pero la lluvia también trajo problemas. El agua, al escurrirse por las calles, arrastra restos podridos de los combates pasados. Más de un enfermo tosió con sangre esta tarde y la preocupación crece: las infecciones respiratorias matan más que los zombis. Ethan, el médico, intentó improvisar una sulfa, mezclando recetas de un viejo manual. Aún le sobran más dudas que certezas.
He dedicado un rato a escribir este diario, enterrando cada hoja bajo la base de la cama improvisada. No sé si alguien lo leerá, o si servirá para algo. Pero quiero que si un día, lejano, alguien encuentra estos papeles, sepa que, pese a todo, seguimos luchando. A veces, todavía amamos. Y no sólo sobrevivimos. Quizá eso haga, secretamente, toda la diferencia.
Día 6
Hoy llegó un grupo de forasteros, exhaustos, venían de San Bernardino. Uno de ellos, un adolescente, trajo una carta enrollada en plástico: contenía información de los asentamientos alrededor de Riverside y la última lista de rutas seguras hacia el norte. Decían que en Santa Clarita hay un asentamiento con paneles solares y que se paga bien por semillas. Lucía propuso organizar una caravana hacia allá, pero la idea aún es temeraria. Viajar es una apuesta; a veces, las carreteras son más peligrosas por otros humanos que por los zombis mismos.
Por la tarde, ayudé a preparar la defensa del barrio. Ahora que los zombis son menos, el mayor temor vuelve a ser que alguna milicia rival quiera asaltar los huertos. Algunas murallas ya muestran grietas, y los guardias duermen poco. Esta noche nos toca ronda armados con palos y una linterna a cuerda. El cielo está más claro que nunca, sin contaminación ni luces eléctricas. Incluso puedo ver las montañas lejanas. Por un instante, la ciudad parece apacible, como si quisiera volver a soñar un poco.
Día 7
Hace exactamente un año, una horda rompió nuestra frontera este y nos dejó casi sin alimentos. Retrocedimos entonces, y juramos nunca más ceder terreno. Desde esa noche, se han levantado nuevas murallas, se organizó la defensa en grupos familiares y se reestablecieron rituales de paso para los jóvenes: aprender a usar la lanza, a distinguir entre las plantas comestibles y venenosas, a escribir su nombre y grabarlo en el muro central.
Hoy Lucía y yo hablamos largo rato sobre el futuro. Se pregunta cómo será el mundo para los niños nacidos en esta era. No tendrán recuerdos de cines, parques de diversiones, ni de helados en Venice Beach. Algunos viejos los abruman con historias del ayer, pero ellos viven aquí y ahora. Su mundo es esta ciudad amurallada. Saben que hay zombis más allá, pero también que pueden sembrar y cosechar, y que su palabra cuenta en los consejos de la comunidad.
Antes de acostarme, volví a mi ventana favorita. Le prometí a la ciudad, entre dientes, seguir aquí, vigilante. No sé cuántas lunas más resistiremos, pero estoy seguro que mientras alguien narre la historia, desde los tejados de Nueva Los Ángeles, la vida encontrará el modo de abrirse paso, aunque sea entre escombros y cenizas.
Fin de la entrada.
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