23 de Noviembre de 2025
Amanecía sobre Los Ángeles como una presencia incierta. Tras cinco años sumidos en la oscuridad y la ruina, la ciudad —aquella que alguna vez latió veloz y brillante— apenas conservaba una sombra borrosa de lo que fue. El sol salía indeciso, encendiendo los restos de carteles de neón descascarados y fachadas de concreto, y proyectaba largos haces luminosos a través de la polvareda acumulada en el aire. Un apocalipsis prolongado no había detenido nunca el ciclo del cielo, sólo lo había hecho irrelevante para la mayoría de los que quedaban.
Laura ajustaba la correa de cuero de su rifle, atestada de recuerdo y uso, mientras subía sigilosa la rampa que antes condujo a los multicines del centro. A su lado se aislaba en silencio Cam, un joven de unos diecisiete años enfundado en chaquetas tejidas por su madre desaparecida. Delante de ellos, Daniel —rostro arrugado y barba de náufrago— lideraba el grupo. Rondaban las ruinas de Los Ángeles desde hacía semanas, cada día un desafío entre sobrevivientes y muertos, cada noche un pulso de incertidumbre.
―Recuerden: señal de silbato corto para retirada; dos largos para ayuda. No arriesguen por comida enlatada vieja —susurró Daniel, marcando las reglas con la gravedad avara de quien ha enterrado a muchos.
Los tres formaban parte del refugio de Beverly, uno de los asentamientos fortificados de reciente fama al sur de Mulholland. Más de doscientos sobrevivientes vivían allí, protegidos por una maraña de barricadas y un código de señales por luces y espejos. Llevaban meses perfeccionando un sistema de alertas: desde visores de neón recuperados hasta espejos reflectando el escaso sol del invierno. Daniel, curtido exprofesor de física, había sido quien convenció a los habitantes de instaurarlo; la última vez que una horda los había sorprendido, casi no hubo tiempo ni para gritar.
En Los Ángeles ya no existían los coches ni el rugido múltiple del tráfico. Las autopistas —esas serpientes de concreto— eran cementerios de chatarra y esqueletos: taxis, furgonetas, autobuses turísticos, todos devorados por el óxido. El olor permanente de descomposición y de polvo, de madera y plástico quemados, formaba parte del aire. Las palmeras seguían en pie, aunque muchas sin hojas, extraños tótems que presenciaban el lento renacimiento de la barbarie.
El grupo de Daniel había salido antes del alba para acercarse a lo que quedaba de un gran almacén de suministros al norte de Koreatown. Sus fuentes informaban que una banda nómada había saqueado recientemente una ferretería cercana y dejado, en su huida, un rastro de cajas intactas por el peso. Sin embargo, los rumores en estos días tenían el mismo valor que la pólvora: volátiles, codiciados, mortales si caían en malas manos.
Cam observaba a su alrededor con evidente nerviosismo. La escasa luz matutina teñía las calles secundarias de violeta, y cada sombra parecía esconder un zombi o —peor— a otro ser humano. Al sur, a lo lejos, las antiguas letras de Hollywood se veían cubiertas por lonas grises y grafitis, alguna letra caída como una ficha de dominó.
―¿Por qué estamos cada vez más lejos del refugio? —preguntó Cam finalmente—. Creí que estaríamos de vuelta antes del mediodía, señor Daniel.
Daniel lo miró con un dejo agrio pero paternal.
―Porque la comida no crece en el patio, chico. Cada vez hay menos latas, menos medicinas, menos todo. Sólo los grupos que se arriesgan sobreviven, y hoy es nuestro turno. La próxima vez te quedas en la muralla si no puedes aguantar —contestó, apretando el paso.
Laura, que caminaba detrás de ambos y no solía hablar mucho, pensó nuevamente en su hija. Hacía tres inviernos que la niña había desaparecido en una redada nocturna. Desde entonces, Laura medía los días en pasos, los pasos en respiraciones, y todo por inercia. Seguía adelante como si al final de cada salida fuese a encontrar, por azar, alguna señal de su pequeña. El refugio le había dado un propósito, o al menos una tarea útil: patrullas, inventarios, trueque, limpieza de armas, vigilancia nocturna y, de tanto en tanto, excursiones como esa.
El edificio de la antigua ferretería estaba a menos de cinco manzanas. A lo lejos, sonidos dispersos: pájaros carroñeros, el traqueteo lejano de un motor —seguramente de alguna caravana de paso— y, ocasionalmente, el crujido de huesos y el arrastre de pies, que aún ponían la carne de gallina a los más curtidos.
Avanzaron entre lo que, en el pasado, había sido el fulgor culinario de Koreatown: restaurantes devastados, cafeterías donde aún colgaban tazas mugrientas, supermercados saqueados que servían de madriguera para ratas y moscas. El asfalto estaba cubierto de polvo, esqueletos y rastros de sangre seca, pero sobre todo, de vacío. Aquí se notaba que Los Ángeles ya no era ciudad, sino territorio caído en guerra.
Al llegar a la ferretería, Daniel levantó la mano en alto. El grupo se apostó tras un montón de cajas mojadas y metal oxidado. Laura inspeccionó, por la mirilla de un viejo rifle, la entrada: la puerta principal colgaba de una sola bisagra, aparecían rastros de arrastre en el suelo y, al fondo, un par de cuerpos inertes. Ella hizo la señal convenida.
―Zombis —murmuró Cam, apenas audible.
―No, esos están demasiado quietos —aclaró Daniel—. No hay olor fuerte. Son cadáveres viejos. Es probable que haya otros dentro. Atentos.
Rodearon la entrada tratando de hacer el menos ruido posible. En voz baja, Daniel dio nuevas instrucciones: Cam revisaría un lateral, Laura cubriría la puerta trasera y él entraría primero, con el machete listo. Se movieron como sombras entrenadas, pisando losas sueltas y crujiendo entre la suciedad viral.
Dentro, la ferretería era un almacén sombrío, con estantes volcados y herramientas lanzadas al azar. Varias latas de pintura —aún cerradas— yacían en una esquina; sacos de cemento húmedo parecían tumbas improvisadas. Lo primero que llamaba la atención era el silencio absoluto, un silencio tan espeso que cualquier roce resonaba como un disparo.
Laura inspeccionó la parte trasera, cubriéndose tras una hilera de bolsas de abono podrido. Allí encontró, milagrosamente, una caja con cuatro bombillas todavía en su caja, algunos alambres y cinta aislante intacta. Guardó todo con rapidez y regresó al centro de la tienda.
Mientras tanto, Daniel removía la mercancía, pistola en mano. Cam, nervioso, se centraba en buscar medicinales: buscó en cajas de primeros auxilios, e incluso revisó los útiles escolares tirados en una caja secundaria. De pronto, un golpe sordo sobrevino tras el mostrador.
Laura corrió al escuchar el sonido, con Daniel pisándole los talones. Cam se había topado con un zombi, aferrado por el cinturón alrededor de la pernera del joven. Los gritos de Cam hicieron eco en las paredes, mientras la boca del infectado se aferraba a la tela sin lograr morderle por la presión del vaquero. Daniel disparó dos veces a quemarropa. El zombi cayó de espaldas, y la sangre negra inundó el suelo.
Un zumbido más fuerte resonó en la puerta. Laura divisó tres figuras humanas armadas con garrotes y palos. No eran zombis. Eran saqueadores —lo supo por la forma en que miraban, a medio camino entre la desesperación y el resentimiento—. Daniel reaccionó primero.
―¡No disparéis! —gritó en un español torpe—. ¡Solo venimos por medicinas y herramientas!
Uno de los intrusos, un tipo de piel curtida y ropa empapada en barro, se echó a reír.
―Nadie viene “solo” a estas alturas. Vamos a mirar qué tienen, amigos —respondió, chasqueando la lengua.
Laura sintió el frío de la posibilidad mortal escalar por su espalda. No tenía ninguna intención de perder la mañana metida en una pelea por tres latas y un par de vendas.
Un segundo después, los saqueadores entraron completamente. Daniel se interpuso, rifle en mano. Cam, temblando, aún tenía el cuchillo aferrado y mojado en sangre negruzca. Laura no dudó: amartilló la recortada improvisada que llevaba atada al muslo.
―Solo queremos salir. No busquen pelea.
Uno de los saqueadores, una mujer delgada de cabello canoso, levantó ambas manos en gesto falso de calma.
―¿De qué refugio son? ¿Beverly? —El acento era puro del este de Los Ángeles.
Daniel asintió. Era peligroso revelar procedencia, pero mentir equivalía a más problemas.
―Tenemos comida, agua y medicina en el refugio. Si nos dejan marchar, pueden acercarse al anochecer, intercambiamos. Aquí no merece la pena matarnos.
Los saqueadores se miraron. Si algo había aprendido la gente en este mundo era a medir riesgos y promesas. Tras cinco segundos eternos, la mujer asintió.
―Váyanse. Pero si mienten, los buscaremos y les cortaremos la lengua, ¿entendido?
Asintieron. Laura no necesitaba más. Empacaron lo poco que habían conseguido, revisando los cuerpos en la salida por si alguno albergaba sorpresa desagradable. Salieron de allí caminando de espaldas, sin perder de vista a los otros.
Al llegar a la calle, el grupo avanzó a paso rápido, Daniel maldiciendo entre dientes. No era la primera vez que los saqueadores permitían una retirada casi amistosa: la violencia indiscriminada había menguado un poco en los últimos dos años. La gente se cuidaba más; los clanes que mataban a la ligera no duraban.
Sin embargo, la tensión latía en cada esquina. Durante el regreso a Beverly —cuadras marcadas con señales de trapo rojo para señalizar paso seguro—, el grupo se mantuvo alerta. Cam no volvió a hablar hasta que cruzaron la barricada con bolsas repletas, y aún entonces se encogió al ver a dos centinelas armados de lanzas y un hacha escondida.
Dentro del refugio, la mañana avanzó a paso lento. Decenas de personas ocupadas repartían el botín: una viejita destilaba agua en un improvisado laboratorio de camping; niños transportaban cajas y arrojaban migas de pan seco a las ratas, como si fueran mascotas. El líder del asentamiento, Jonás, les recibió en una sala forrada de mantas y pizarras. Allí, anotaban cada recurso, cada rumor, cada señal interceptada y cada código de alerta actualizada. Reinaba una especie de comunidad tensa, no exenta de cariño, pero rigurosa: si lograban sobrevivir era porque no perdonaban el error.
Daniel presentó el informe, minimizando el encuentro. La comunidad escuchó en silencio. Una mujer mayor, con ojos tristes, anotó en la pizarra un aviso: “Saqueadores activos, NO ENCONTRADOS, vigilar noche”. Hubo miradas de aprobación.
Laura dejó las herramientas y medicinas en la zona de distribución. Pasaron dos horas hasta que pudo sentarse en el extremo de la azotea, desde donde veía el horizonte difuminado y las montañas apenas esbozadas en la neblina de la tarde. Se encendió una pequeña lámpara de aceite y suspiró. El día era uno más, uno menos.
Había perdido la cuenta de los años, pero recordaba perfectamente el rugido de los aviones sobre LAX, las luces infinitas de la ciudad y el bullicio de las playas en verano. Ahora, el silencio era absoluto. De vez en cuando, los centinelas subían con cartas —páginas de cuadernos usados que intercambiaban entre refugios, a veces con dibujos de niños o mensajes en clave—. La última carta hablaba de una mini-ciudad amurallada creciendo sobre lo que fue Culver City, de un taller donde de a poco reconstruían molinos e incluso de una banda de saqueadores que había dejado las armas a cambio de semillas.
Mientras atardecía, Laura repasó con la yema de los dedos la radio portátil y encendió la antena por costumbre. Se oía chisporrotear y, al fondo, una señal débil: tres notas musicales, mensaje en clave, quizás alguna esperanza de que, en algún rincón, la humanidad persistía, tejía redes, luchaba. Miró hacia el oeste, donde la bruma escondía lo que fue el océano, y pensó en su hija: quizás vivía en otro refugio y también, al anochecer, encendía una lámpara y escuchaba el rumor lejano de la humanidad extendiéndose, con dificultad, entre ruinas.
Esa noche Beverly reforzó sus señales, y la ciudad de Los Ángeles, entre fantasmas y personas, seguía resistiendo: no esperando la salvación, sino construyéndola, un día, una barricada, y una promesa tras otra.
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