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Portada del relato El Reino de los Muros Caídos
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Fragmento:


Desde hace un año exacto, cada primavera, la Feria de Pacific Plastics transforma el cruce fortificado de Sunset Boulevard y Western Avenue en el corazón de intercambios, rumores y tensión. Este año, la diferencia se nota en el ambiente: las noticias de comunidades rurales floreciendo a cientos de millas de distancia empiezan a sembrar dudas en el pequeño feudo que fue Los Ángeles resguardada. Pero la urbe también tiene sus propias leyendas: hace apenas seis meses, un convoy de saqueadores del este fue repelido gracias a la artillería improvisada de la milicia de Hollywood, y cada líder rencoroso recuerda la escasez de agua que les hizo rozar la anarquía en pleno invierno.

Duración: 11:51

El Reino de los Muros Caídos
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Texto de ajuste de pausa.

2 de Mayo de 2027

Los muros de Los Ángeles, una ciudad que alguna vez fue sinónimo de sueños, se levantan ahora como los vestigios de un mundo entero venido abajo. Desde Griffith Park, la vista es de una urbe reclamada tanto por la muerte como por la esperanza. Los zombis, criaturas menguadas y tambaleantes, vagan por las avenidas anchas donde antes rugían miles de autos. Su número ha disminuido, pero siguen poseyendo la inquietante capacidad de convertir la esperanza en cenizas. Los sobrevivientes, por su parte, se han vuelto una especie distinta: duros, ingeniosos, y, en ocasiones, tan peligrosos como las hordas que todavía acechan en la niebla maloliente.

Desde hace un año exacto, cada primavera, la Feria de Pacific Plastics transforma el cruce fortificado de Sunset Boulevard y Western Avenue en el corazón de intercambios, rumores y tensión. Este año, la diferencia se nota en el ambiente: las noticias de comunidades rurales floreciendo a cientos de millas de distancia empiezan a sembrar dudas en el pequeño feudo que fue Los Ángeles resguardada. Pero la urbe también tiene sus propias leyendas: hace apenas seis meses, un convoy de saqueadores del este fue repelido gracias a la artillería improvisada de la milicia de Hollywood, y cada líder rencoroso recuerda la escasez de agua que les hizo rozar la anarquía en pleno invierno.

José Vega, con treinta y dos años que parecen cincuenta, baja con cuidado desde la cima del viejo Observatorio, donde la cuadrilla de vigilancia tiene su puesto más alto. Lleva consigo una libreta, prestada por el consejo comunal, y una escopeta reparada tantas veces que cada pieza cuenta su propia historia. Su encargo, en apariencia, es simple: catalogar los intercambios y tratar de evitar que la violencia vuelva a teñir la feria. Pero sabe bien que ese tipo de encargos nunca son simples en esta ciudad resquebrajada por el miedo y la ambición.

Al llegar a la plaza central, lo recibe una marea de sonidos: el crujido metálico de ruedas de carretas hechas con resto de andamios, la discusión de un grupo de adolescentes por una botella de alcohol desinfectante, carcajadas nerviosas, relinchos de mulas y burros. Los vendedores instalan sus puestos con barriles de agua filtrada, paquetes de semillas, piezas de armas y, para susurros más clandestinos, medicamentos raros y ciertos papeles amarillentos con escrituras que prometen tierras lejanas y rutas seguras hacia el norte.

Hoy, más que nunca, el aire huele a nuevas posibilidades. En los últimos meses, los militares del asentamiento de Burbank han negociado acceso limitado a los viejos estudios, donde ahora se cultivan hortalizas en lo que alguna vez fueron sets de rodaje abandonados. Artesanos han recuperado parte de un taller y fabrican cuchillas, ollas y hasta candados para quienes pueden pagarlos. Los rumores dicen que la colina de Silver Lake ha sido limpiada de zombis y convertida en un vivero fortificado. Pero cada noticia aquí debe tomarse con reservas y un punto de desconfianza, pues la mentira todavía es moneda corriente.

“Trae munición, nada más”, le dice un hombre mayor mientras pasa junto a él. “Si no tienes con qué defenderte, ni te molestes en intercambiar.”

José asiente, mirando de reojo. Sabe que las palabras de ese anciano resumen el pulso invisible que recorre cada trato. Podría haber traído, como otros, alguna muestra de los tomates raquíticos que crecieron en su parcela, pero prefiere reservarse el trueque para algo indispensable.

Cerca del edificio escolar transformado en almacén comunal, una muchacha le llama la atención. Va vestida con un peto de hule y botas desgastadas. Se le nota joven y determinada, limpiando con minuciosidad una caja de herramientas sobre uno de los tablones expandidos. José reconoce en ella a Clara, una “nacida de la catástrofe”, como llaman a los que jamás conocieron el tráfico ni los cines ni las playas llenas. Para ellos, el mundo acaba y empieza en la lucha diaria por sobrevivir, sin recuerdos de pérdidas, sino solo de peligros y fraternidad áspera.

“¿Qué tienes para cambiar?” le pregunta, sin mirarlo realmente. Él observa la caja: hay un par de destornilladores intactos y un juego de llaves de tuercas, tesoro absoluto para cualquier agricultor mecanizado.

“Semillas de calabaza”, responde José, bajando la voz. “Y dos cajas de clavos de tres pulgadas. Pero sólo busco sulfato de cobre.”

La muchacha le clava la mirada, curiosa. “¿Y para qué lo necesitas?”

“Plaga en las papas. Ya sabes, hongos. Si no lo obtengo, perderemos la mitad de la cosecha en la sección sur.”

Ella asiente, comprensiva. “Habla con Mirko. El ruso, junto al mural. Lo hace él mismo.”

José le agradece con un gesto y se integra en el lento río humano que anima la feria. Le fascina, aún después de años, la teatralidad sutil que rodea los intercambios: la vigilancia de los niños, los ancianos sentados como jueces silenciosos, los centinelas armados patrullando las azoteas, el hambre larvado y, por debajo de todo, la sombra de los zombis, perceptibles como un escalofrío lejano.

El mural de Mirko muestra una Los Ángeles dorada bajo un sol difuso, con filas de niños sonrientes y adultos trabajando, rodeados de trigales y viñedos impossibles que jamás existirán en la realidad apocalíptica. Mirko, con barba de varios días y brazos gruesos, lo recibe sosteniendo un cigarro armado con filamentos de papeleo viejo. Escucha el pedido de José, arruga la cara y escupe hacia un costado.

“No es barato, amigo.” Habla con acento denso. “Madre de mi hijo tiene asma. Solo me queda suficiente sulfato… si me das algo que quite dolor. ¿Paracetamol?”

José niega con la cabeza, preocupado. “Conseguí un poco en el hospital viejo, pero tuvimos que usarlo el mes pasado.”

“Entonces necesitas buscar alguien que tenga,” dice Mirko, encogiéndose de hombros. “Mucha competencia. Mucho dolor.”

Frustrado, José considera las alternativas. En la base del colegio, algunos del Escuadrón de Reparaciones han montado un pequeño puesto donde, según los rumores, podría haber analgésicos. Pero eso implica negociar con Lidia, infame por no fiarse de nadie. Al final, decide intentarlo.

Los pasillos del colegio huelen a polvo, cuero curtido y miedo. Memorias vivas del asalto de octubre pasado cuando una banda de saqueadores casi arrasó con las reservas de alimentos y solo la ferocidad de la milicia local evitó la catástrofe. Lidia, una mujer morena y bajita, lo recibe con hostilidad.

“¿Qué quieres?” pregunta, con la mano enguantada acariciando el martillo colgado de su cinto.

José se esfuerza por hablar tranquilo. “Necesito algo para el dolor. A cambio, puedo conseguirte sulfato de cobre. Tus cultivos también lo necesitarán.”

Ella lo mira fijamente. “Ven, te muestro algo.” Lo conduce hasta un aula reconvertida en botiquín. Entre cajas y botes etiquetados con letras apuradas, le muestra un pequeño frasco. “Esto es lo último que conseguimos en el hospital de San Fernando. Guardado para niños, pero podríamos cambiarlo si traes algo especial.”

Ambos reconocen la ironía cruel: todos protegen a los niños como si ellos fueran la salvaguarda de un futuro muy dudoso, pero las necesidades de hoy no permiten sentimentalismos excesivos.

“Dame media dosis,” pide José. “Haré el trato con Mirko y regreso. Te lo juro por mi parcela.”

Ella resopla. “No me interesan juramentos, pero acepto. Soy la única aquí sin la cabeza perdida por la culpa.”

Se apodera de la pequeña botella. Al volver con Mirko, el ruso le extiende, tras intercambiar la medicina, una bolsa de tela azul con el sulfato codiciado.

“Cuidado”, aconseja Mirko. “Muchos miran lo que llevas. Y la gente hoy valdrá más que zombis en noche de luna llena.”

No es solo una advertencia: las bandas itinerantes que acechan las calles en ruinas ya han matado a varios agricultores volviendo tarde de la feria. El regreso se hace siempre en grupo, y aún así nada garantiza seguridad.

De regreso a su puesto, José se cruza con una comitiva armada encabezada por un hombre de gran estatura y uniforme militar improvisado—el líder de la milicia local, David Romero. Su figura transmite autoridad y desconfianza. Bajo su mando, la disciplina es férrea; desobedecer cualquier orden puede significar destierro o, en casos extremos, ejecución sumaria. Hoy, la preocupación es, como siempre, la seguridad.

“Necesito hablar contigo, Vega.” David no pregunta, ordena. José asiente y sigue al grupo hasta una construcción semidestruida que sirve de cuartel general.

Romero estudia los registros de la feria y señala una lista con las recientes desapariciones. Tres personas faltan desde la última luna llena. “Hay rumores de un grupo nuevo, cazadores de humanos. Se mueven por las mañanas, usan armas, cazan para esclavitud o venganza. Si tienes algún indicio, dilo ya.”

José siente el sudor frío recorrerle la espalda. Piensa en los niños corriendo alrededor de la feria, en Clara y los nacidos después de la catástrofe, en los campos pequeños que intentan florecer bajo amenazas constantes.

“No he visto nada extraño, pero estaré atento,” responde, midiendo cada palabra. David lo observa fijamente antes de asentir.

“Esta noche, vigilia doble. Y tú, Vega, patrullas conmigo. No confío en la calma de hoy.”

La noche cae rápido sobre la feria, cambiando el bullicio por un silencio ansioso. José, escopeta al hombro, recorre la frontera de la seguridad con Romero y dos vigías más. Desde una azotea, ven luces titilantes a lo lejos. Al principio, parecen candiles de algún grupo dormido, pero un alarido rompe la quietud. Todos se tensan: los gruñidos familiares de una pequeña horda acercándose, seguida por el espantoso retumbar de disparos.

En menos de cinco minutos, la entrada sur se convierte en una escena caótica: los vigías disparan mientras una docena de zombis, huesudos y lentos, tropiezan entre las barricadas de autos oxidados. Tras ellos, dos figuras humanas intentan escabullirse en la confusión—un hombre y una niña, sucios y desarmados. Los capturan en cuanto los zombis caen.

Romero se encarga; pregunta quiénes son, de dónde vienen. El hombre tartamudea, dice haber huido de una banda esclavista en el este, que la niña no es suya pero prometió cuidarla tras ver morir a su familia. Los testigos que rodean el lugar debaten: ¿entregarlo para sacrificio? ¿Ejecutar por precaución? ¿O permitir que se sumen a la comunidad?

José, agotado, interviene. “Dales una oportunidad. Si mienten, lo sabremos pronto. Si dicen la verdad, hoy nos han dado la señal de que al menos una amenaza humana se ha perdido dos miembros.”

Romero vacila, pero cede. La noche termina con la comunidad compartiendo sopas ralas frente al fuego y la niña sentada junto a Clara, intercambiando, entre cuchicheos y risas infantiles, historias de cómo sobrevivir buscando lombrices o recolectando moras en los escombros.

A la mañana siguiente, José retorna a su parcela, deja el sulfato con los demás agricultores y mira, por un instante, la extensión vacía de asfalto. Los Ángeles renace a su modo: no con gloria, sino a fuerza de persistencia. Los brotes verdes emergen del cemento, y en cada trueque, cada rencor, cada acto de bondad tensa, pulsa una humanidad que se niega a rendirse.

En el horizonte, la neblina matinal cubre los viejos rascacielos, murallas de un pasado que se desmorona poco a poco. Pero aquí abajo, entre los muros caídos, el futuro se construye a trompicones: ferias, armas, cultivos, niños que no recuerdan el “viejo mundo” y adultos demasiado cansados para nostalgia. El reino de los muros caídos es precario, sí, y aún rodeado de muerte, pero, como avisan cada mañana los tambores de la feria, sigue siendo un sitio donde merecería la pena luchar un día más.

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