Fragmento:
Ariana observaba el horizonte por encima de las ruinas de la autopista. La niebla se mantenía baja, agazapada, como si temiera lo que pudiera suceder en un mundo que recuperaba lentamente el aliento. Con los prismáticos que le había prestado un amigo de la milicia, escudriñaba la distancia, atención fija en las sombras donde los zombis aún podían aparecer en estampida.
Duración: 09:50
15 de noviembre de 2028
El amanecer había llegado gris, difuso, apenas visible tras la espesa niebla y el polvo suspendido sobre Los Ángeles. Durante más de ocho años, la ciudad había sido el corazón palpitante de una pesadilla interminable: un campo de batalla entre las hordas de muertos vivientes y los últimos restos rotos de la humanidad. Pero ahora, aunque los zombis seguían vagando en masas dispersas por los escombros de downtown y los suburbios carcomidos, las cosas habían cambiado. Los vivos, notoriamente tercos y creativos incluso en los peores momentos, estaban alzando cabeza otra vez. Las ferias de intercambio habían regresado, protegidas por acuerdos armados y una dura disciplina forjada a base de sangre y pérdida.
Aquel miércoles, mientras miles de cuerpos descompuestos deambulan aún entre avenidas y apartamentos vacíos, el cruce de Alvarado y el 6th era escenario de algo que, pocos años atrás, habría parecido inverosímil: comerciantes gritaban precios al viento, agricultores sacaban sacos de frijoles y trigo recién cosechado en las afueras restauradas y niños, demasiado pequeños para recordar el mundo previo a la plaga, correteaban entre puestos de especias, medicina y herramientas de metal.
El puesto de armas de los Kwan, una familia coreano-americana que había defendido su pequeña manzana contra zombis y saqueadores por igual, estaba hoy rodeado de clientes. Los disparos eran ya raros, el verdadero peligro ahora venía de humanos celosos de sus escasos recursos o ávidos de riqueza rápida. Por encima de todos, custodiando la feria desde la terraza del antiguo restaurante filipino, se alzaba Ariana Carrillo: veinte años, poncho remendado, pelo recogido, y una escopeta recortada.
Había nacido en Echo Park, meses antes del brote, su infancia devorada por barricadas, huidas nocturnas y el hedor de la carne marchita. Ahora, lideraba una pequeña patrulla voluntaria, encargada de mantener el orden y proteger a los comerciantes del Mercado de Pico-Union, uno de los más grandes y relativamente seguros centros humanos al sur de lo que queda de la ciudad.
Ariana observaba el horizonte por encima de las ruinas de la autopista. La niebla se mantenía baja, agazapada, como si temiera lo que pudiera suceder en un mundo que recuperaba lentamente el aliento. Con los prismáticos que le había prestado un amigo de la milicia, escudriñaba la distancia, atención fija en las sombras donde los zombis aún podían aparecer en estampida.
Su atención la distanciaba del bullicio. A veces pensaba en su madre y su hermano menor, muertos hacía mucho, arrastrados entre la multitud que huyó del Staples Center, cuando el ejército aún intentaba contener a la marea de infectados. Pero hoy era un día importante. No podía permitirse la nostalgia. Esa mañana llegaría la caravana del este, trayendo suministros y, quizás, noticias del mundo más allá de las montañas y los valles en ruinas.
El aviso llegó antes de mediodía, comunicándose por una serie de campanadas y banderas de colores en el tejado de la vieja clínica: la caravana se acercaba, intacta. Aplausos, gritos de alivio, e incluso una tímida risa rompieron el aire tenso. Ariana descendió por la escalera de emergencia, saludando a viejos camaradas—cruce de ojos, sonrisas de complicidad, y algún abrazo torpe. El Mercadillo no era perfecta armonía, pero por unas horas el miedo retrocedía.
La caravana era liderada por un mestizo robusto apodado “Chepo”, curtido por el sol y la carretera. Hablaba poco, pero su reputación era leyenda. Había cruzado la vieja ruta 10 hasta Riverside y San Bernardino, intercambiando harinas, medicinas, piezas de maquinaria, y traía consigo una caja de polvora fabricada en talleres clandestinos, además de botellas de alcohol destilado localmente—tesoros más valiosos que oro.
A su lado venían veinte guardias armados, hombres y mujeres de distintas edades, y un puñado de niños y ancianos refugiados tras los muros decrecientes. Una vez despejado el perímetro y asegurada la entrada al Mercado, comenzaron los intercambios. La pequeña comunidad resplandecía. El olor a asado sobre carbón, a pan caliente y especias prestadas, llenaba el aire y, por primera vez en semanas, las risas no parecían forzadas.
Ariana no perdía la concentración. Le preocupaba ese camión varado en la esquina de Olympic con Union; desde hacía días, algunas figuras erráticas se veían alrededor, merodeando entre los escombros. ¿Zombis? ¿Saqueadores? ¿Espías de otras comunidades? No era inusual que bandas de forasteros se arrojaran sobre caravanas exitosas para robar lo ganado a sangre y pólvora.
Ese día, la vigilancia salvó vida. Ariana notó un movimiento inusual: tres siluetas que se deslizaban—torpes, pero más veloces que los zombis típicos. Dio la alarma inmediata. En cuestión de minutos, la milicia local organizó una línea defensiva. Eran saqueadores, armados con navajas y una escopeta vieja. El cruce de balazos fue breve. Los forasteros, viendo la reacción rápida y el número de armas, huyeron dejando dos heridos. La seguridad de la feria se restableció.
Horas después, al caer la tarde, el Mercado brillaba con vida. Ariana, cubriéndose con una manta mientras el sol se ocultaba y la temperatura bajaba, se daba el lujo de observar el entorno como si fuera una de esas películas que su madre le había descrito en noches de terror a la luz de una linterna.
La ciudad, otrora luminosa y poderosa, era ahora una llanura de resistencia: fachadas cubiertas de grafiti, muros improvisados de colchones y chatarra, vehículos convertidos en barricadas. Los ríos de asfalto que alguna vez llevaron sueños, ahora eran fosas comunes o campos minados para despistar a los no-muertos. Las palmeras seguían en pie como estandartes de una civilización que se negaba a morir.
La caravana vino acompañada de historias. Decían que en Pomona estaban instalando turbinas; que en Burbank habían recuperado un pequeño cine, y por la noche proyectaban viejas cintas para niños y adultos. Comentaban sobre milicias rivales en el sur y sobre un grupo misterioso con base cerca del puerto, líderados por una mujer carismática bautizada como “La Marina”. Rumores de una expedición a San Diego, de radios de onda corta captando mensajes en código desde Arizona.
Pero lo que más se compartía era esperanza. Los zombis, decían, ya apenas podían correr—la mayoría, simples restos que sólo un descuido extremo podría tornar en mortal peligro. El verdadero desafío era reconstruir la confianza, organizar la convivencia, levantar escuelas, artesanías, curar viejos odios y abrir rutas seguras.
En uno de los lados del mercado, Chepo reunió a Ariana y a otros tres líderes locales. Tras los saludos de rigor, extendió un mapa, precario pero claramente detallado. Mostraba rutas exploradas y seguras, zonas marcadas como "tierra de nadie" y puntos donde las hordas aún se reunían. Hablaron de una alianza: compartirse noticias, establecer guardias conjuntas en los límites del barrio, programar señales luminosas ante posibles amenazas. Se selló con un apretón de manos y una promesa: “Si caen ustedes, caemos todos.”
Mientras la charla concluía, Ariana sintió una extraña mezcla de orgullo y tristeza. Habían sobrevivido a lo peor, pero el precio era altísimo: las tradiciones, los recuerdos, incluso la inocencia de los niños, todo teñido ahora por el eco de la muerte y del miedo. Aun así, el instinto de comunidad seguía ardiendo.
Al anochecer, la feria se dispersó en pequeños grupos. El toque de queda llegaba, y las patrullas se duplicaban en las calles cercanas. Quedaban fogatas tímidas, conversas en susurros, armas listas al alcance de la mano. Ariana se reunió con su mejor amigo, Mateo, antiguo estudiante de ingeniería. Compartieron un trozo de pan plano mientras él le mostraba piezas que había recuperado de una radio antigua: “Estoy cerca de hacerla funcionar otra vez. Quizá mañana escuchemos un mensaje de más allá… algo que confirme que no estamos solos.”
La esperanza era, en esos días, el bien más escaso y preciado. Ariana sonrió, sintiéndose valiente y vulnerable en la misma medida. Miró el firmamento: ni farolas ni luz urbana, sólo estrellas infinitas rozando el concreto roto. Un pensamiento cruzó su mente: si podían mantener con vida esta isla de humanidad—esta pequeña fortaleza urbana limpia de zombis y saqueadores—quizás, algún día, cada avenida de Los Ángeles volvería a reír. Quizá los niños verdaderamente tendrían escuela, y no sólo manuales rudimentarios garabateados a mano. Quizá la música y las historias recobrarían un lugar junto a las armas.
Como jefa de patrulla, Ariana descansó apenas unas horas. Al primer alboroto del día siguiente, estaba de pie, recargando su escopeta, repasando el perímetro, asegurándose de que la feria se preparaba—una vez más—para el trabajo duro de sobrevivir y encontrar motivos para vivir.
La saga de Los Ángeles, en el noviembre de 2028, era la historia de todos: la costumbre de resistir y, poco a poco, el coraje de soñar, aun entre los restos polvorientos de una pesadilla global. El amanecer, brumoso y frío, era un recordatorio de que quizás—solo quizás—el sol estaba verdaderamente regresando sobre la ciudad de los ángeles.
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