Fragmento:
Mientras comemos, Simón lee por la radio manual del asentamiento. Nos informa que durante la noche no se reportaron ataques. Dos horas más tarde, sin embargo, aparecen gritos en la entrada norte. Un grupo de seis personas, armadas con palos y machetes, golpea la reja. Visten harapientos, parecen tan hambrientos como nosotros, pero nos acechan con una desesperación helada. Uno lleva en el brazo un trapo ensangrentado; otro arrastra la pierna, avanzando a saltitos imposibles. Discutimos por media hora si dejarles entrar o no. Sara, la enfermera, aboga por ayudarles; el resto teme que sean espías de alguna banda cercana. Finalmente, les damos agua y algo de pan duro a través de la verja. Sus miradas son huecas y brillan en ellas el miedo y el rencor. Se van, perdiéndose entre los arbustos y los coches quemados del estacionamiento.
Duración: 13:13
15 de noviembre de 2022
Hoy hace mil días que Los Ángeles cayó, según mi propio conteo. No sé si mi sumatorio es correcto. Es difícil llevar la cuenta en un mundo donde el sol aparece cubierto de ceniza y las noches parecen eternas. Pero hoy, 15 de noviembre de 2022, en mi viejo cuaderno, registro una vez más la vida dentro de los muros de la fortaleza que alguna vez fue la secundaria John Marshall.
Esta mañana el frío se colaba por los ventanales rotos y hacía vibrar las chapas que tapizan los pasillos y aulas. Es un frío seco, inusual para Los Ángeles, pero los expertos –si queda alguno– han explicado por la radio que el polvo de millones de cadáveres en descomposición, y los incendios sin control durante los veranos, han alterado la temperatura local. Dormimos todos juntos en lo que fue la biblioteca, usando cortinas, alfombras y pedazos de vestuario de los estudios de próxima puerta para intentar conservar el calor. Mis compañeros de refugio –ya no los llamo amigos, la amistad se ha transformado aquí en una versión funcional del afecto, ligada a la supervivencia– despiertan de mal humor. Los gritos de un bebé sobresaltan a todos. Un bebé, el hijo de Lucero y Darren, nacido esquelético, pero aún con vida. Es una anomalía feliz, aunque nos transforma en blanco fácil: el llanto puede atraer a vagabundos hambrientos, zombis rezagados o, peor aún, a los saqueadores nómadas.
Comenzamos la mañana con nuestro ritual diario. Jesse sale al tejado, subiendo el mástil oxidado de la vieja bandera. Mira a través de sus binoculares: observa la autopista 101, intenta divisar posible movimiento de hordas o de nómadas. Lleva la cuenta de cualquier ser errante, marcando con tiza en la pared del pasillo central los avistamientos del día. Desde aquí, los zombis ya no dominan el paisaje, pero su sombra sigue amenazando. Todavía quedan decenas de ellos arrastrándose por la escuela primaria Griffith Park cercana y se acumulan por Hollywood Boulevard, formando montones frente a los teatros y los faroles que nunca volverán a encenderse.
Yo organizo la cocina. Antes del colapso era chef en un restaurante vegano de Silver Lake. Ahora me encargo de racionar las últimas harinas, frijoles secos y alguna verdura marchita recolectada en el huerto improvisado sobre los techos de la escuela. El desayuno, como siempre, es un cuenco de sopa rala; hoy contiene más agua que verdura. El maíz crece con dificultad, las cosechas han sido mediocres en este otoño. Sin embargo, agradecemos la oportunidad de comer. Siento hambre casi constante. Todos la sentimos, pero sobrevivimos.
Mientras comemos, Simón lee por la radio manual del asentamiento. Nos informa que durante la noche no se reportaron ataques. Dos horas más tarde, sin embargo, aparecen gritos en la entrada norte. Un grupo de seis personas, armadas con palos y machetes, golpea la reja. Visten harapientos, parecen tan hambrientos como nosotros, pero nos acechan con una desesperación helada. Uno lleva en el brazo un trapo ensangrentado; otro arrastra la pierna, avanzando a saltitos imposibles. Discutimos por media hora si dejarles entrar o no. Sara, la enfermera, aboga por ayudarles; el resto teme que sean espías de alguna banda cercana. Finalmente, les damos agua y algo de pan duro a través de la verja. Sus miradas son huecas y brillan en ellas el miedo y el rencor. Se van, perdiéndose entre los arbustos y los coches quemados del estacionamiento.
Las tardes en Los Ángeles son distintas ahora. Las palmeras sobreviven, pero el cemento se ha vuelto inerte, repleto de grietas y manchas, como si la ciudad perteneciera a otra época. Las estrellas de la fama en el Paseo de la Fama apenas se distinguen. Un día, juntos, nos acercamos a ver si los zombis se apartaban de su letargo por el ruido. Uno, tal vez una antiguamente famosa cantante, estaba empotrado en el cemento frente al Teatro Chino, la boca abierta, los dientes apenas visibles. Fue el primer muerto errante que maté con mis manos: un golpe de martillo en la cabeza, y después nada, solo silencio.
Cae la tarde, y en la asamblea discutimos sobre el racionamiento de comida, las próximas patrullas y el problema grave que tenemos: una banda nómada ha sido vista cerca de Silver Lake. Los llamamos “Los Marcas”; usan chaquetas rojas con parches robados de los estudios Universal. Dos de los nuestros fallecieron la semana pasada, emboscados en Montana Avenue cuando buscaban un lote de medicinas en una vieja farmacia. Tuvimos que comerciar por antibióticos con los jinetes venidos de Pasadena: una caja de conservas a cambio de tres frascos de amoxicilina. Cada vez que los acuerdos involucran comida, siento un vacío en el estómago. Afuera, la ley es el miedo; dentro, la ley es la supervivencia pactada.
Por la noche, la escuela se convierte en una fortaleza iluminada sólo por velas y faroles de aceite. Doy un paseo por el tejado y escribo en mi libreta. Desde aquí se ve la ciudad, aunque cuesta reconocerla. De lejos, el cartel de Hollywood descascarado resalta en la colina, una Tumbra blanca sobre un terreno ennegrecido. En las sombras, imagino a decenas de familias refugiadas en casas tapiadas, rezando para que ninguna horda renovada atraviese la autopista 5.
Esta noche, recibimos algo extraordinario: una radio transmite en frecuencia corta. Ruido blanco, luego una voz metálica. Habla de una alianza de asentamientos en el norte, en San Fernando. Dicen que buscan comerciar alimentos secos, que organizan caravanas armadas hasta Santa Clarita. La noticia recorre como chispa el refugio. Fantaseamos en voz baja con la posibilidad de más comida, medicinas o, incluso, forjar una alianza contra “Los Marcas” y otras bandas. Nada está escrito; las alianzas suelen durar lo que dura la pólvora o el pan.
Antes de acostarme, escribo estos apuntes. Pienso a veces en escapar, en intentar cruzar la ciudad, seguir la costa, buscar otro enclave más seguro. Pero todos los que lo intentaron nunca regresaron. LA es ahora una isla de ruinas, rodeada por mar, desierto y muertos andantes. Los que quedamos aquí hemos aprendido a sobrevivir; no a vivir, sino a resistir.
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16 de noviembre de 2022
Amanece con la neblina fría que cubre la ciudad. Una excursión de tres sale antes del alba: van hacia Echo Park, donde hay rumores de una casa intacta llena de víveres y una huerta abandonada. Regresan al mediodía, la cara demudada y la ropa tironeada. Tienen doce latas de sopa, tres botellas de agua y un saco pequeño de zanahorias, ya casi podridas. Uno de ellos, Alex, no vuelve. Dicen que un zombi lo sorprendió al entrar en el baño; quedó atrapado entre los escombros y, cuando llegaron a ayudarle, era tarde. El duelo por los muertos a veces es un lujo. Solo tenemos tiempo para guardar silencio antes de volver al inventario de suministros.
Hoy dedico el día a buscar leña y repasar las defensas del refugio. Unos tablones que refuerzan la cerca sur apenas resisten. En la calle, las casas con ventanas rotas parecen fantasmas gordos y torpes. En muchas, aún persisten los restos de la vida anterior: una bicicleta infantil, una televisión rota, fotos familiares pegadas en la puerta del refrigerador. Intento no mirar mucho. Los recuerdos duelen tanto como el hambre.
Al atardecer, se reúnen representantes de tres grupos distintos: los de la Iglesia Metodista, los del hospital improvisado de la vieja comisaría y una mujer que lidera a una docena de refugiados alrededor del Dodger Stadium. Sonríen poco. La charla es tensa. Hablan de los Marcas, de un grupo errante que merodea todos los días, robando provisiones y ocasionalmente secuestrando mujeres. Sara habla fuerte, exige que nos unamos, que creemos una patrulla conjunta. Otros dudan; temen que al aliarse, los Marcas los consideren una amenaza y vengan con toda su fuerza. Nadie toma decisiones definitivas. La desconfianza es parte de nuestro nuevo ADN.
En la noche, mientras apago las lámparas, huelo humo. Dos cuadras al sur, una casa arde: alguien intenta ahuyentar una pequeña horda usando fuego. Por la radio nos avisan: hay que vigilar que no se acerquen. Tememos que el humo atraiga tanto a zombis como a saqueadores. Rezo en silencio para que el viento sople hacia el mar.
Antes de dormir, escribo en mi cuaderno. Lo hago cada noche. Es mi manera de recordarme que una vez fui humano, que no era solo un animal forzado a sobrevivir. Sé que si algún día caigo, estas palabras pueden servirle a alguien. Quizás un niño de los que ya nunca conocieron el brillo de los focos del Teatro Dolby, o de las premiers en Sunset, pueda leer esto y entender que Los Ángeles fue, más allá del hambre y el miedo, una ciudad viva.
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18 de noviembre de 2022
Dos días y la tensión va en aumento. Los Marcas atacaron al amanecer. Llegaron en dos carros, una vieja furgoneta con un motor rugiente y un sedán rescatado de un depósito. Llevaban armas caseras: tubos metálicos que disparan balines, palos con clavos. Atacaron por el norte: rompieron la reja y dispararon contra la entrada principal.
La respuesta fue improvisada, caótica. Los nuestros repelieron a los primeros, pero Sara cayó, alcanzada por una bala en la pierna, y dos chicos jóvenes huyeron del lugar mientras los asaltantes escalaban la entrada de la cafetería. Los gritos se mezclaban con el llanto del bebé y el estruendo de los disparos hechos con munición vieja y húmeda. Al final, conseguimos defender el refugio, pero a un precio: un muerto, tres heridos y la paranoia renovada en cada mirada.
Al repasar el refugio –tablas rotas, ventanas con agujeros, sangre seca en el suelo– siento una mezcla de rabia y cansancio. No odio a los Marcas: solo son el reflejo de lo que podemos convertirnos si perdemos toda compasión. Pero sé que la próxima vez pueden ser más y mejor armados. La amenaza no son solo los muertos, sino los vivos.
Decido esa noche escribir una carta, que pueda ser encontrada por otros, si alguna vez todo desaparece. Empiezo así: “Aquí, en la vieja secundaria donde las risas se extinguieron, sobreviven todavía trozos de esperanza, fragmentos de un mundo antiguo. Somos pocos, nos protegemos los unos a los otros, y cada día intentamos salvar no solo nuestras vidas, sino nuestra humanidad”.
El bebé duerme finalmente, agotado. Por un instante, todos nos quedamos en silencio absoluto; ni el llanto, ni el crujir de los tablones, ni el aullido lejano de los perros salvajes llenan el aire. Solo la respiración de los vivos, lo único que realmente nos separa de los muertos.
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21 de noviembre de 2022
Hoy, por fin, llegó la caravana desde San Fernando. Son cuatro hombres y dos mujeres en caballos flacos. Traen sacos con cebada, algo de harina y, maravilla de maravillas, una caja de galletas enlatadas. Nos saludan con cautela, las manos lejos de las cartucheras. Primero intercambiamos nombres, después productos: harina a cambio de vendas y un paquete de café seco que guardábamos celosamente.
Nos hablan de su asentamiento: tienen agua limpia, producen electricidad con un generador viejo, y su zona es mucho más segura que la nuestra, dicen. Nos ofrecen trasladar a los heridos, prometen atención médica a cambio de colaboración. Dudamos. Mover gente herida es complicado y peligroso, pero a la vez, la posibilidad de un hospital, aunque sea improvisado, resucita destellos de esperanza.
Por primera vez en mucho tiempo, comemos mejor. El bebé sonríe, Sarah –aún adolorida– dice que volverá a patrullar pronto. La radio suena toda la noche: afuera, la ciudad ruge, a veces cerca, a veces lejana. Aquí dentro, poco a poco, la vida se reconstruye a un ritmo lento y doloroso. Nadie olvida que afuera, al otro lado del muro, aguarda todavía el hambre, el frío y los muertos.
Pero hoy, al menos hoy, tuvimos algo parecido a un festín. Pudimos recordar, entre todo el horror, que la humanidad no se ha extinguido del todo en Los Ángeles.
Termino este día pensando que, si logramos plantar lo suficiente y mantener alejadas a las bandas, es posible que algún día recuperemos algo más que la lucha diaria. Tal vez, incluso, volvamos a reír como antes, a amar como antes, a soñar más allá de los muros que ahora nos protegen.
Cierro mi diario. Mañana volveré a sobrevivir. Hoy, solo quiero recordar que aún somos humanos, a pesar de todo lo que hemos perdido.
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