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Portada del relato Los Ángeles: Crónicas de un Refugio Sitio
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Fragmento:


Anoche Travis y Lía, los más jóvenes, discutieron en voz baja sobre la posibilidad de buscar otro sitio. Travis, impulsivo, piensa que si llegamos hasta las colinas, la vida sería menos peligrosa. Lía, práctica, le respondió con una crudeza que podría helar el sol: el viaje es suicidio, las calles son territorios de muerte y, ahora que conocen este vecindario, es mejor aguantar que exponerse a lo desconocido. Yo le di la razón, aunque no se lo dije directamente. Odio la idea de quedarnos aquí indefinidamente, rodeados de cadáveres entre las sombras, pero la alternativa suena peor.

Duración: 12:50

Los Ángeles: Crónicas de un Refugio Sitio
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Texto de ajuste de pausa.

25 de noviembre de 2021

He comenzado este diario con la esperanza de conservar algo de mi cordura. Hoy es el Día de Acción de Gracias, o eso dicen las voces débiles de los recuerdos. No hay pavo, ni familia reunida, ni partidos de fútbol ni desfiles al otro lado de una pantalla. Hay silencio, salvo por las ráfagas del viento que arrastra cenizas y el distante eco de algún disparo perdido o el aullido inconfundible de los no-muertos.

Hace ya tanto que dejamos de contabilizar los días como antes. Mara, que es la más metódica de nuestro pequeño grupo, insiste en que mantener la costumbre de anotar la fecha es vital para retener algo humano, para recordarnos que el tiempo sigue, aunque nos sintamos detenidos en una pesadilla sin fin. Ella lleva una lista de nombres, una costumbre heredada de su abuela, que sobrevivió a otras guerras. Debajo de mi nombre en su vieja libreta están los de siete más: Jackson, Eva, Tomás, Chen, Lía, Travis y la propia Mara. Antes éramos diez.

De Los Ángeles solo quedan fragmentos. Nosotros estamos atrincherados en el segundo piso de una antigua escuela secundaria cerca de Echo Park, una vez llena de voces adolescentes, ahora convertida en fortalezas improvisadas, pasillos bloqueados por escritorios y sillas apiladas. Hay una especie de ironía en que la vida nos haya devuelto a la escuela, aunque las lecciones ahora sean solo de supervivencia.

Esta mañana la radio de onda corta parpadeó con una voz lejana desde el norte, alguien que transmitía desde la zona de Fresno. Palabras entrecortadas, advertencias acerca de una posible horda desplazándose hacia el sur; zombis, sí, pero también hombres armados en busca de provisiones. No sé quién da más miedo a estas alturas. La humanidad, como los libros siempre sugirieron, puede ser mucho más cruel y sofisticada en su violencia que cualquier contagio.

El aire está frío, el tipo de frío que se cuela en los huesos y que la ropa no puede disipar. Mara pasa las noches tiritando a mi lado. Compartimos mantas, una especie de refugio improvisado, mientras el resto del grupo duerme acurrucado en las aulas que logramos sellar. Desde hace semanas, algunos de nosotros logran dormir solo de a ratos. El insomnio es feroz cuando el mínimo crujido puede significar la muerte.

Hoy han pasado tres días desde la última patrulla. Chen y Jackson regresaron al amanecer, jadeantes y con las ropas rasgadas. En la mochila traían dos latas de frijoles, una barra de pan duro y tres botellas de agua, el botín de una casa saqueada. El riesgo es cada vez mayor: la ciudad está infesta tanto de cadáveres ambulantes como de saqueadores vivos. Ellos cuentan que vieron la columna de humo otra vez, al este, cerca de donde alguna vez estuvo la pequeña tienda vegana de la esquina. Puede que allí haya otro grupo, o un incendio que no terminó de apagarse.

Las reglas aquí son tan claras como frágiles: nadie sale solo, nunca de noche, disparar solo como último recurso. Las municiones se han vuelto más valiosas que cualquier otra cosa. Jackson tiene once balas contadas para su revólver y Tomás guarda un cuchillo de cocina afilado con el que decapitó al último zombi que se acercó a la verja. De vez en cuando Mara recuerda a sus hijos, que vivían en el valle, y a sus padres retirados en Arizona. No sabe nada de ellos desde el verano. Cada uno aquí trata de cargar su dolor en silencio, aunque las lágrimas a veces se escurren sin aviso, sobre todo en esas horas negras en que el mundo afuera se transforma en lobreguez absoluta.

Anoche Travis y Lía, los más jóvenes, discutieron en voz baja sobre la posibilidad de buscar otro sitio. Travis, impulsivo, piensa que si llegamos hasta las colinas, la vida sería menos peligrosa. Lía, práctica, le respondió con una crudeza que podría helar el sol: el viaje es suicidio, las calles son territorios de muerte y, ahora que conocen este vecindario, es mejor aguantar que exponerse a lo desconocido. Yo le di la razón, aunque no se lo dije directamente. Odio la idea de quedarnos aquí indefinidamente, rodeados de cadáveres entre las sombras, pero la alternativa suena peor.

Al mediodía hubo asamblea, una rutina que Jackson instauró tras la desaparición de Pedro en septiembre. Cada uno presenta un informe breve: estado del agua, comida, acceso a los baños portátiles y los camastros de la sala de profesores. Eva, que solía ser enfermera, se mantiene vigilante ante cualquier síntoma de fiebre o tos persistente. Hace dos semanas casi perdimos a Tomás por una herida infectada, pero los viejos antibióticos que encontramos bajo llave en el consultorio de la escuela ayudaron a salvarle la pierna. Estamos muy conscientes de que un simple resfriado puede matarnos tanto como una mordedura.

La electricidad es un recuerdo. Chen, ingeniero, aún intenta arreglar un viejo generador rescatado de un concesionario de autos, pero el combustible escasea y solo lo usamos en emergencias. Las noches son un despliegue de linternas medio agotadas y velas que Mara confecciona derritiendo cera de viejas velas aromáticas encontradas en casas abandonadas. El humo le da al aire aquí un olor extraño: una mezcla entre vainilla barata y madera quemada. Las noches, sin embargo, no pierden su carga de miedo.

Acabo de terminar mi turno de guardia. Cada noche, dos personas patrullan el perímetro, observando a través de mirillas improvisadas. En la última semana, hemos visto menores movimientos de zombis. Quedan cientos, pero depende de la estación y de la temperatura. Ahora que ha entrado el verdadero frío, los no-muertos parecen moverse más despacio, vagando como borrachos desmemoriados por entre los autos carbonizados de Sunset Boulevard. El invierno es nuestro único aliado, el enemigo de los enemigos; hasta donde sabemos, la carne putrefacta se endurece y los movimientos se hacen más predecibles. Pero el frío también nos castiga a nosotros.

He pensado mucho en la ciudad. La Los Ángeles de las películas está muerta, sus palmeras ahora son mástiles de banderas blancas o señales improvisadas de otros grupos. Nadie sabe cuántos sobreviven en esta urbe, quizás unos pocos cientos, tal vez mil. Nadie ha escuchado señales del downtown en semanas. Los hospitales son fortines de huesos y paredes con sangre seca. De vez en cuando, en lo alto, algún helicóptero militar sobrevuela, pero nunca aterriza. Son sombras en el cielo, recordatorios de aquello que fue y que no volverá.

Hoy, durante el almuerzo (si se le puede llamar así a dos cucharadas de arroz frío y media lata de frijoles compartida entre ocho), Mara propuso que intentáramos comunicarnos con otros asentamientos. Se rumorea que cerca de Griffith Park hay grupos organizados en los refugios para evacuaciones de incendios forestales; otros dicen que justo bajo el observatorio hay un bunker habitado. Aunque la radio de largo alcance murió hace meses, a veces conseguimos captar una señal. Chen piensa que, si reparamos la antena, podríamos transmitir algo más allá de estas paredes. Eva duda que sea una buena idea. "Cuanta más gente sepa que estamos aquí, más probable es que vengan a por lo poco que tenemos", dijo. No supe qué opinar. El aislamiento duele, pero la exposición puede matarnos. Vivir es elegir riesgos.

Por la tarde, Travis avistó dos figuras cruzando la avenida principal. Corrimos todos hacia la ventana, con el corazón deteniéndose por un instante. Por la manera de andar, sabíamos que no eran zombis—iban encogidos y uno ayudaba a otro, cubriéndose del viento. Tenían mochilas enormes, y uno parecía portar un palo largo, probablemente una lanza improvisada. Nadie les gritó ni intentó llamar su atención. Jackson, con el revólver preparado, nos aseguró que debíamos observar, no intervenir. Después de unos minutos, las figuras desaparecieron hacia lo que queda del supermercado Vons, que debe estar tan vacío como nuestro estómago. Mara sugirió que podríamos seguirles e intentar contactarlos. Chen se opuso de inmediato. "No sabemos si traen problemas encima, ni quiénes les siguen", dijo, y la mayoría asintió en silencio.

La caída de la comunicación es la tragedia menos visible de nuestra época. Hemos perdido más que servicios: hemos perdido el lenguaje común, la confianza. Es imposible saber si la gente afuera es aliada o enemiga, si comparte nuestros miedos o es parte de la multitud de grupos violentos. Hoy, durante la segunda guardia, escuché en la lejanía lo que sonaba como una serie de disparos, seguidos por gritos y luego nada. El eco viaja bien entre los edificios vacíos y se instala en el estómago como un preaviso de lo peor.

Antes de la cena, Lía subió al techo para contemplar el mar, que aún se vislumbra en los días despejados. Dice que mirar ese horizonte la transporta a los años de su infancia, cuando sus padres la llevaban a Santa Mónica. Ahora, la playa es territorio muerto: nadie se aventura allí desde que comenzaron los rumores de que las hordas podrían cruzar los muelles arrastrados por las corrientes. Nadie sabe si es cierto. Aquí todo rumor puede ser realidad. Eva recuerda los primeros meses: cómo la gente pensó que esto era una mutación pasajera, que la cuarentena bastaría, que los militares limpiarían las calles. Ahora sabemos que las historias de esperanza inicial se han oxidado, y que sobrevivir es una tarea sin sentido épico, más dolor que gloria.

Anoche soñé con mi hermana. En el sueño, ella tocaba la puerta de la escuela y la abría yo—pero detrás de ella solo había oscuridad, una pared interminable de sombra. Me desperté empapado en sudor, temblando. Me pesa no saber si sigue viva allá afuera, en algún suburbio, o si fue una más entre millones de silenciados. Mara dice que aferrarse al recuerdo es un arma de doble filo. A veces siento que ella también quisiera poder olvidar.

La distribución de turnos mantiene nuestra cordura. Cada día es igual, solo alterado por componentes imprevisibles: la llegada de una nueva horda pequeña, el cielo despejado, un nuevo corte en una pierna, una lámpara que muere. Jackson escribe en una vieja pizarra las tareas del día: purificar agua con las pastillas que quedan, revisar los filtros artesanales, practicar la puntería en la azotea, barrer los corredores de hojas y polvo para impedir el ruido delatar nuestra presencia. La rutina es lo único que nos salva de caer en el pánico de la incertidumbre.

De vez en cuando alguien recuerda cómo era antes: la autopista congestionada en hora pico, las luces infinitas que parecían prometer que la ciudad nunca dormiría, los conciertos al aire libre, los food trucks en la esquina de la escuela. Ahora esos mismos carros sirven de barricada o de trampa mortal si alguien se esconde en ellos con zombis cerca. El sonido de un motor es un acontecimiento; el olor a comida, una rareza capaz de congregar peligros de todas formas.

Ya cae la noche. Sentados alrededor de una vela, compartimos historias mudas, reímos por inercia ante las bromas de Travis, quien todavía cree que algún día volverá a surfear las olas de Venice Beach. Nadie le contradice, aunque todos sabemos que ese mar ya no es el suyo. Mara reza en voz baja, una letanía para sus hijos y para nosotros, aunque aquí nadie cree ya en milagros. Sin embargo, escucharla reconforta, es como si protegiera la noche igual que las paredes de la escuela.

Los casquillos de las balas se cuentan y se limpian de manera obsesiva. Chen, en las últimas horas, logró conseguir una pequeña radio de onda corta prendida. Una voz, esta vez de una niña, lleno la estática por unos minutos: "Si alguien escucha, estamos en San Fernando. Tenemos un lugar seguro. No traigan a los infectados". No logramos responder, pero la esperanza volvió a colarse entre las grietas.

El frío arrecia. A través de la ventana observo la ciudad muerta, sus luces extinguidas, el silbido de un viento que parece contar secretos a la nada. Aún así, seguimos aquí. Sobrevivimos hoy, lo intentaremos mañana. Quizá algún día este diario se encuentre, y alguien lea que fuimos, que resistimos. Que incluso en Los Ángeles, una ciudad condenada por el mito del paraíso, algunos seguimos amando la vida, aún entre ruinas y espectros, bajo cielos de ceniza.

Cerraré este día como lo hago siempre. Agradeciendo en silencio ese pequeño milagro—un día más, un día menos, un día juntos. Como un eco persistente que atraviesa los escombros, sabiendo que mientras una sola voz escriba, todavía hay esperanza.

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