Fragmento:
Ahora, las horas eran lentas y nerviosas. El generador apenas soportaba dos focos de emergencia, y el grupo gastaba las pilas de las linternas como si fueran oro. A veces, entre canciones viejas y cuentos de la Vegas anterior, podían redescubrir el consuelo de la compañía. Pero cuando caía la noche y se quedaban solos con sus pensamientos, volvía la ansiedad. A las tres de la madrugada, cuando los gritos de la calle cesaban, Carla se acurrucaba bajo mantas de hotel con el fusil entre las piernas y temblaba, recordando.
Duración: 11:14
14 de Diciembre de 2020.
La nieve caía como nunca antes en la historia de Las Vegas. No era una gran tormenta, apenas una escarcha irregular que brillaba sobre la calzada de asfalto agrietado, pero bastaba para volver fantasmales los neones apagados de la Strip, ondeando sobre los casinos que ya no funcionaban. De vez en cuando el viento arrastraba el eco de una sirena, lejana, o el jadeo cansado de alguna criatura perdida en la noche. Hacía meses que todo era así: Las Vegas se había transformado en una ciudad de muertos y supervivientes, prisioneros entre las paredes de hoteles vacíos y las luces mustias de los carteles que nunca dejarían de anunciar un mundo inexistente.
A través de la ventanilla sucia de la suite 1408 del Bellagio, Carla vigilaba la avenida. Llevaba un abrigo de terciopelo gastado sobre el uniforme de camarera repartidora de barajas, la única ropa limpia que había encontrado cuando la horda entró en el centro comercial y forzó su huida. Aferrada a un fusil pequeño (saqueado de una patrulla policial volcada en Flamingo Road), intentaba recordar la última vez que había sentido calor verdadero. En algún momento de septiembre, quizás, antes de las últimas lluvias ácidas y el asedio de cuerpos reventados en la piscina.
Algunos decían que el frío de diciembre era una bendición. “Los zombis ya no corren como antes”, murmuraban los viejos del grupo, reunidos en torno al generador portátil que temblaba en el rincón menos expuesto al viento. “El rigor mortis los ralentiza, los hiela. Si resistes lo suficiente en noche cerrada, te sobrevives”. Nadie discutía el milagro de estar vivos. Pero Carla sabía lo que se ocultaba tras la alegría de los supervivientes: la escasez, la constante amenaza de los grupos armados de las afueras, y sobre todo el hambre, que venía con el invierno y la muerte.
En la mañana, dos hombres de uno de esos grupos (“Los Rateros del Strip”, como los llamaban con desprecio) habían intentado forzar la entrada del vestíbulo norte. Su jefe, un tipo vulgar y cribado de cicatrices, exigía víveres y medicinas: “Lo que tengas, tía, y rápido. Hay mujeres que enferman y niños que llevan días sin leche”. Carla había negociado solo lo indispensable. Unos antibióticos de baja calidad, dos latas de sopa, un puñado de galletas. A cambio aceptó la promesa de que dejarían en paz la planta sexta, por donde se movía el grupo de veteranos, y que no dispararían a nadie sin aviso.
Ahora, las horas eran lentas y nerviosas. El generador apenas soportaba dos focos de emergencia, y el grupo gastaba las pilas de las linternas como si fueran oro. A veces, entre canciones viejas y cuentos de la Vegas anterior, podían redescubrir el consuelo de la compañía. Pero cuando caía la noche y se quedaban solos con sus pensamientos, volvía la ansiedad. A las tres de la madrugada, cuando los gritos de la calle cesaban, Carla se acurrucaba bajo mantas de hotel con el fusil entre las piernas y temblaba, recordando.
La noche del 10 de abril nunca la dejaría marchar. Las imágenes eran borrosas pero inamovibles: los pacientes de la sala de urgencias, la sangre salpicando las máquinas de juego, los médicos forcejeando con enfermos que ya no los reconocían. Y, más allá del cristal doble, cientos de sombras arrastrándose por la Strip, convirtiendo la ciudad del pecado en una ciudad de penitentes.
Había perdido a su hermano, Gustavo, en el parking del Caesars Palace ese mismo mes. Salieron juntos a buscar víveres y no regresaron. Sólo encontró la mochila, roída por alguna alimaña, y rastros de sangre seca que llevaban al foso de una fuente vacía. Desde entonces, la profunda certeza de que nadie sobrevive solo se instaló como una daga bajo su esternón.
En diciembre, Las Vegas era un mosaico de destellos ocasionales: fogatas de grupos de saqueadores en el sur, ráfagas de disparos cortos cerca de Fremont Street, y los bramidos apagados de alguna horda aislada en el antiguo Luxor, donde decían que los cadáveres apilados sobresalían de la arena artificial. La muerte pasaba por la Strip todas las noches. Pero el frío la obligaba a buscar rincones aún calientes, lo que daba a los vivos margen para reorganizarse.
En la suite, Carla compartía espacio con otros cinco: Elena, una excrupier de origen filipino; Rasheed, antiguo guardia de seguridad del Wynn, moreno como el desierto y fuerte pese a una herida fresca en la pierna; los hermanos Clancy, dos tipos silenciosos y hábiles en destilar alcohol con cualquier cosa; y finalmente, el pequeño Nico, un adolescente hispano que nadie sabía cómo había llegado allí, y que hablaba poco desde que perdió a su madre.
Vivían casi en estado de sitio: turnos de guardia, racionamiento estricto de víveres, y uso selectivo de linternas solo en las ventanas selladas con colchones. Los ascensores habían muerto hace meses, de modo que todos se desplazaban por escaleras internas que, tras los primeros ataques, habían sido bloqueadas con muebles, estatuas de yeso y mesas de blackjack apiladas. El sonido de las uñas podridas de los zombis rascando las puertas era una música de fondo a la que se acostumbraron rápidamente.
Por la mañana, Elena trajo noticias: el casino del Venetian había colapsado. "Dicen que la horda entró por el sótano, que alguien dejó abierta una salida de ventilación", susurró mientras compartían sopa instantánea recalentada con spray de gas. Eso significaba que el grupo de refugiados de Fremont estaba perdido. "Entonces, ¿quién va a buscar más comida?", preguntó Clancy el mayor, mirando a Carla con la expectativa amarga de quien sólo ve un futuro posible.
El grupo decidió intentar una última salida hacia el supermercado que había resistido en el Boulevard South, cerca del letrero de Welcome to Fabulous Las Vegas. Rasheed, aún renqueando por la herida de bala que casi le quitó la pierna, insistió en acompañar a Carla. "Si no somos dos, nos quiebran al primer zombi. Hay menos movimiento con el frío, pero esos cabrones aún huelen la sangre", dijo.
Salieron al amanecer, cuando el hielo cubría el asfalto y la ciudad era una postal siniestro en sepia. La Strip, antes sensacional y abrumadora, era ahora un cementerio: coches abandonados, maletas esparcidas, máscaras caídas junto a charcos de sangre ya negra. En los redondeados aparcamientos del Paris Las Vegas, Carla distinguió una docena de cuerpos mutilados, quizá víctimas de alguna horda ansiosa que había pasado por allí la noche anterior.
Descendieron por Flamingo Road hasta Tropicana Avenue, avanzando siempre pegados a las sombras de las fachadas. Una vez, Rasheed se detuvo de golpe, señalando una silueta encapuchada que hurgaba entre latas caídas en una tienda. Era un niño, quizá de la edad de Nico, que llevó una mano a la boca al verles y salió corriendo campo a través, rumbo al oeste.
El supermercado estaba tapiado con paneles de madera y barriles vacíos. Dos cuerpos de saqueadores yacían congelados contra la pared exterior. Carla bordeó la entrada con el fusil en alto, revisando cada ventana. “Si siguen aquí, nos matan”, alertó Rasheed, pero todo estaba en silencio.
En el interior, recogieron lo poco que quedaba útil: algunas cajas de cereales, tres latas de atún, una bolsa de arroz rota. Intentaron forzar un cajón de medicinas, pero solo hallaron frascos vacíos. Cuando salían por la puerta trasera, un ruido en los estantes provocó el pánico; Rasheed se giró con el arma, pero sólo era una rata enorme, que desapareció entre los restos de una caja de jugos esparcidos por el suelo.
El regreso fue más arriesgado. El frío había dejado a varios zombis cubiertos por una fina capa de cristal, pegados al suelo, pero uno de ellos —una mujer alta con el uniforme desgarrado de azafata— se soltó de su letargo y avanzó hacia ellos entre gemidos húmedos. Carla disparó una vez, haciendo blanco en la cabeza. El sonido pareció multiplicarse por toda la avenida. “Vamos, antes de que vengan más”, gritó Rasheed, y juntos corrieron hasta perder el aliento.
Al llegar al Bellagio, la tensión era palpable. Elena lloraba en una esquina, abrazada a Nico, y el mayor de los Clancy limpiaba el cañón de una escopeta. “Intentaron entrar —explicó, la voz tan seca como su boca—. No eran zombis. Humanos. Armados.” Carla se sintió invadida por un cansancio tan profundo que casi no tuvo fuerzas de repartir la escasa comida.
Por la tarde, las noticias empeoraron: el grupo enemigo, los Rateros del Strip, había sido diezmado por una horda que emergió del monorraíl. “Niños comidos, mujeres arrastradas. Solo ruinas y gritos”, describió uno de los Clancy, después de vigilar desde una ventana. Nadie celebró la noticia. Sabían muy bien que menos humanos no era más seguridad, sino menos posibilidad de alianzas, menos manos amigas en caso de crisis.
Las horas pasaron lentas, entre la revisión de armas y el racionamiento de la cena. Rasheed intentó entretener a Nico narrando historias de los viejos tiempos en el casino Wynn, cuando las propinas eran tan grandes que los turistas de Texas usaban billetes de cien como servilletas. Carla intentó recordar la risa de su hermano bajo la luz del neón, pero el cansancio la vencía.
Al caer la noche, decidieron que era hora de fortificar aún más el acceso secundario del piso. Usando mesas y las paredes improvisadas de colchones, sellaron la escalera, dejando sólo una salida de emergencia bajo un mueble que podía moverse en caso de huida desesperada.
En la penumbra, mientras el viento ululaba por las rendijas del cristal roto, Carla se acercó a uno de los grandes ventanales que daba a la fuente congelada. Miró el Montgolfier Globe del Paris Las Vegas, cubierto de hielo y titilando de vez en cuando por algún reflejo lejano. Una bandada de cuervos cruzó el cielo estrellado. Pensó en lo extraño de la vida: en cómo la ciudad donde todo era lujo, apuestas y exceso se había convertido en una ciudad de cuartos cerrados, tazas de sopa compartida y espera.
Por primera vez en meses, sintió que el peligro más grande quizá ya no fueran los zombis, sino el hambre, el frío, y la posibilidad de perder la esperanza. Aún así, los cinco sobrevivieron esa noche.
El amanecer trajo consigo la promesa de un día más. Carla, con el fusil y el abrigo gastado, juró que resistiría. A su lado, Elena sonreía débilmente mientras intentaba calentar a Nico bajo una toalla robada del spa de lujo. Rasheed se apoyaba en el bastón que había improvisado con una pata de mesa, vigilando desde la ventana las calles desiertas.
Era el invierno del fin del mundo, y las reglas habían cambiado, pero entre el eco de los neones rotos, Carla supo que a veces la mayor apuesta era simplemente seguir resistiendo. En Las Vegas, el destino siempre podía girar —incluso para los muertos, e incluso para quienes, en medio de la escarcha y el miedo, aún apostaban todo por un día más de vida.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.