Fragmento:
Yo tomaba notas, más por necesidad de registrar nuestro tiempo que por orden del consejo. Repasar las actas, relatar lo que realmente sucede, ayuda a mantener la cordura colectiva. Tras larga discusión, se vota: los vínculos de trueque serán protegidos, las patrullas duplicadas en las rutas comerciales, y una delegación viajará a Katy para reunirse con los líderes de la alianza oeste. André y yo fuimos designados para la expedición.
Duración: 10:43
8 de Noviembre de 2028.
Llevo años escribiendo lo que no sé si algún día servirá de testimonio, pero hoy al abrir este cuaderno, el sol atraviesa por primera vez en mucho tiempo la cortina de polvo sobre Houston. La ciudad destrozada se despereza entre lo que queda de sus edificios y sus nuevas murallas de chatarra, levantadas a base de soldaduras apresuradas, esperanzas viejas e ingenio forzado al límite. Nadie sabe cuántos diarios, como este, se están escribiendo entre los muros del Sur, Niños Nacidos Después, como solemos llamarles, apenas conocen la palabra “internet”. Para ellos, las historias del viejo mundo parecen fantasías.
Mi nombre es Emilia Ríos. Tengo 34 años. Vivo en la comunidad amurallada Los Robles, al suroeste de lo que una vez fue el Medical Center de Houston. Antes de los muertos y las hordas, era enfermera en la sala de urgencias. Ahora curo heridas de machete, infecciones por mordidas, y paso lista cada tarde en la puerta sur antes de que cierren los portones. Escribir me recuerda quién era y, de alguna manera, me ayuda a sostenerme sobre lo que queda de ese pasado.
Hoy desperté antes de las primeras luces, como suelo hacerlo cuando la ansiedad no me deja dormir. Afuera, una capa de niebla cubría la costa del Buffalo Bayou. Se escuchaba el martilleo de los nuevos talleres: fabrican flechas, cuchillos, y ahora, gracias a los ingenieros de Stanford que llegaron el año pasado, también pequeñas prensas para prensar la pólvora negra. En la plaza ha ido creciendo un mercado cada dos semanas. Vienen de otras comunidades: del canal de Galveston, de lo que fue Sugar Land y hasta de las ruinas de Katy. Traen gallinas, cabras, semillas nuevas. El comercio empieza a prosperar, y aunque sigue sin haber papel moneda, el trueque se ha vuelto un arte.
Hoy, sin embargo, no es un día cualquiera. El consejo de seguridad de Los Robles acaba de recibir noticias de que, en la zona de Tomball y The Woodlands, una colonia rival —los “Halcones de Texas”— está acumulando armamento y saqueando los cultivos pequeños. El miedo nunca abandonó este mundo, solo se tornó más humano; después de años, la mayor amenaza no son los zombis, casi todos atrapados en las entrañas de la ciudad inundada, sino grupos organizados por la violencia. Las escuelas de los niños, improvisadas en uno de los edificios de la Universidad de Houston, reflexionan estos días sobre la palabra “confianza”. Difícil enseñar lo que a veces ni los adultos conservamos.
En el consejo, se sientan hombres y mujeres armados: Carla, la jefa de patrulla, con su brazo protésico de metal forjado (un recuerdo de la batalla en Midtown); André, responsable del turno nocturno, que nunca olvida anotar los movimientos de las hordas por las antiguas autopistas; Mai, llegada desde Vietnam años antes del desastre, ahora experta en filtrar agua y organizar redes de plantas medicinales.
La reunión empezó tensa. Se reportaron emboscadas en Old Spanish Trail. Las patrullas de los “Halcones” tienden trampas en la maleza y roban carros de mulas. “No podemos permitirnos perder otra cosecha”, señaló Carla. “Ni el ganado. Si nos acorralan volveremos a los días del hambre”. La atmósfera estaba cargada: Sebastián, uno de los más viejos que quedan (nunca dice su edad, pero debe rozar los setenta), murmura que quizá debamos negociar. Otros, como Zoé —que perdió a toda su familia en la caída de Pearland—, piden represalias inmediatas.
Yo tomaba notas, más por necesidad de registrar nuestro tiempo que por orden del consejo. Repasar las actas, relatar lo que realmente sucede, ayuda a mantener la cordura colectiva. Tras larga discusión, se vota: los vínculos de trueque serán protegidos, las patrullas duplicadas en las rutas comerciales, y una delegación viajará a Katy para reunirse con los líderes de la alianza oeste. André y yo fuimos designados para la expedición.
Preparar el viaje me llevó toda la tarde. La idea de salir, de nuevo, a terreno abierto me devolvió recuerdos mezclados: algunas veces he cruzado la ciudad para buscar medicinas, otras para rescatar supervivientes atrapados en bloqueos o, los peores casos, para recuperar los cuerpos. Houston, desde el 2023, no ha cambiado mucho: los zombis —ya débiles, descompuestos y lentos— se juntan en las sombras, arrastrándose por los parques inundados de Downtown, o atascados en los sótanos del Galleria Mall. El peligro es real, pero lo que realmente da miedo son esos grupos humanos que cruzan los límites solo por hambre o poder.
La ciudad mutó física y espiritualmente. Desde nuestros muros de chatarra y concreto, la silueta del antiguo centro financiero parece una reliquia de sueños rotos. En algunos solares, huertos improvisados se mezclan con lo que queda de viejos autos. Los niños persiguen gallinas delante de rótulos oxidados de lo que fue un H-E-B. Las tardes, cuando baja el calor, se oyen los relatos de los mayores. El otro día, una niña preguntó qué era un supermercado.
La expedición partió al amanecer siguiente. André, dos voluntarios —Camilo y Teresa— y yo. Llevábamos varias semanas preparando los caballos; los autos, aún los reparados, solo se emplean para distancias mayores y quedan protegidos por el consejo. Incluso con el éxito del comercio a larga distancia, la gasolina es un lujo solo al alcance de caravanas específicas. Nuestro armamento: tres viejas escopetas, flechas, cuchillos, y la confianza en que nuestras rutas fueran seguras.
Cruzamos la vieja Loop 610. Los zombis que deambulaban hace años aquí ya solo son esqueletos con ropa, apenas peligrosos salvo en grupo. Atravesamos lo que fue Bellaire, luego el solar abierto de Westpark, donde la maleza ha cubierto comercios y casas. Ramas de la magnolia y el olmo invaden las autopistas. Avanzamos alertas, a veces con el corazón pegado al esternón. Las torres de transmisión caídas, oxidadas y cubiertas de musgo, recuerdan la fragilidad de todo lo que creímos invulnerable.
La primera señal de amenaza vino por la radio militar (una de las pocas aún en uso): una voz nerviosa, fragmentada, notificó movimientos de los “Halcones” muy cerca de nuestras rutas. Decidimos rodear, bordeando lo que fue la zona industrial. Justo antes de llegar al punto de encuentro, un grupo de carroñeros —no zombis, sino humanos armados con machetes y garrotes— cruzó a lo lejos. Todos los cuerpos tensos, dedos crispados en los gatillos. Esperamos en silencio hasta que se alejaron hacia el este.
Esa noche, acampados bajo el cobertizo de una gasolinera abandonada, André encendió un pequeño fuego con uno de nuestros hornillos. El silencio envolvía el aire, roto solo por el canto de un coyote. Teresa, antes maestra de matemáticas, contó que en su comunidad han empezado a enseñar a los niños a leer con manuales impresos en papel reciclado. “Los primeros libros fueron de medicina y agricultura. Ahora, nos piden cuentos”, se rió, nostálgica.
Pensé en mis primeros diarios, cuando los zombis eran el miedo omnipresente. Ahora lo son los hombres y mujeres que han olvidado cualquier lugar para la compasión. Sin embargo, hay destellos. Andrê contó que el mes pasado, en Richmond, una docena de comunidades firmaron un acuerdo para compartir semillas y proteger canales de irrigación. “La guerra no es inevitable”, concluyó. Dormimos vigilando turnos, conscientes de qué tan baja es la guardia de los vivos en estos días.
Al día siguiente llegamos al punto de reunión en Katy: una plaza fortificada donde todos los edificios perimetrales han sido reforzados. Allí los mayores se reunieron; intercambiamos semillas de maíz resistente, municiones, y noticias de la costa. La reunión con los otros líderes se tornó tensa pero productiva; acordamos formar una patrulla conjunta para mantener la paz en la ruta sur. Los Halcones, sabemos, por ahora seguirán siendo una amenaza, pero los asentamientos fuertes están aprendiendo a hacer causa común.
Regresamos a Los Robles después de tres días. Ya en la entrada, los niños se estaban preparando para ir a clase. Esta generación, la de los nacidos entre las ruinas, tiene una mirada que mezcla inocencia con dureza. Muchos llevan cuchillos colgados al cinto, otros ayudan en los cultivos o a arreglar la presa pequeña que nos da electricidad a ratos. Les enseñamos a sobrevivir, a confiar en el grupo y a tener esperanzas modestas: que haya comida, que la horda se mantenga lejos, que los cayótes avisen si hay saqueadores cerca.
Hoy, por primera vez, escribo sabiendo que nuestra comunidad ha crecido: ya superamos los 400 habitantes, de los 170 que éramos a inicios del 2025. Usamos el agua del Buffalo Bayou, filtrada y tratada por los filtros de arena y carbón que Mai dirige. Con las últimas semillas del banco genético de Texas A&M, nuestros huertos han empezado a florecer nuevos tipos de frijol, y este año no hubo hambre en primavera.
Cuesta imaginar a Houston de otro modo y, sin embargo, me esfuerzo. El futuro se construye poco a poco en la memoria de los que logran dejar algo escrito. Cuando era pequeña emergía de mi casa bajo tornados y lluvias, hoy lo hago armada y vigilante, pero también reconfortada por la tenacidad humana. Los adultos de Los Robles organizan cada semana un pequeño círculo de cuentos: ahí narramos historias no solo de zombis y saqueadores, sino de los tiempos en que Houston era una ciudad de música y deporte, de luces sobre el estadio ya devorado por las enredaderas y el moho.
Pienso, mientras dejo este relato en el cajón bajo mi litera, que quizá un día los zombis serán solo una leyenda para los niños, como fueron los dragones para nosotros alguna vez. Ojalá encuentren este diario dentro de años, cuando los tejados sean de nuevo seguros y las escuelas tengan más libros que manuales de supervivencia. Me queda la esperanza de que, en este mundo revuelto, sepamos cómo no repetir la historia que nos trajo aquí.
Hoy la amenaza sigue acechando a las puertas, pero en el alma de Houston, entre muros y campos recuperados, hay una vida que palpita. Un eco de lo que fuimos, y quizá, de todo lo que alguna vez podremos volver a ser.
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